En el principio de los tiempos, cuando el universo apenas comenzaba a susurrar sus secretos, existían las entidades que serían el alma de todo cuanto conocimos: Maleiwa, el gran creador; Kaí, el Sol resplandeciente; y a su lado, Kashi, la dócil Luna. Cerca de ellos, Juya, la Lluvia, cantaba melodías que solo el cosmos podía entender. Y aquí abajo, solitaria y serena, yacía Mma, la Tierra.
Kaí, el Sol, tuvo una hija a la que llamó Warattui, la claridad que iluminaba cada rincón del firmamento. Kashi, por su parte, madre de la apacible Pluushi, engendró las Shulliwala, aquellas estrellas que titilan en las noches, hijas de la oscuridad, meciendo en el cielo cuentos que a menudo olvidamos escuchar.
Un día, Juya, la Lluvia, comenzó a deambular por capricho del viento y sus pasos lo condujeron hacia la Tierra, Mma. Al encontrarse con ella, sintió cómo su corazón se llenaba de un canto nuevo, un himno de amor que, al ser entonado, provocó un Juka Pula Juka, un rayo de amor que penetró a Mma y dio vida a un ser magnífico: el Ama Kasutai, un caballo blanco, quien danzó hasta convertirse en Ali Juna, el ancestro radiante de todos los Ali Juna Blanco.
A pesar de este milagro, Mma deseaba más hijos, algo que pudiera abrazar y con quienes compartir sus secretos. Juya, complaciente, siguió cantando, y sus rayos fructificaron la Tierra muchos más, haciendo brotar a Wunu Lia, las plantas que adornaron su vientre con formas únicas. Sin embargo, estaban quietas, ajenas al deseo de Mma por vida en movimiento.
Maleiwa, testigo de la tristeza en Mma, descendió al lugar que hoy conocemos como la Alta Guajira, donde tomó barro, pootchi, y de su mano nacieron los Wayúu, los hombres, a quienes dotó del don de la palabra y el andar errante sobre esta tierra que ahora sería suya. Con el mismo barro moldeó a los muruluu, los animales, instruyéndolos a guardar silencio y servir de compañía con sus diversas formas: unos alados, otros de patas incansables.
A los Wayúu, Maleiwa les dio preceptos: vivirían en paz, sin derramar la sangre sagrada ni tomar lo ajeno, pues la venganza sería el legado de tal desobediencia. Y así, por mucho tiempo, los Wayúu vivieron como Maleiwa lo dispuso, en armonía con la Tierra.
No obstante, con el tiempo, Maleiwa observó que los Wayúu comenzaron a olvidar sus palabras. Él, en su sabiduría, envió a Juya a castigarles. La lluvia, reticente, comenzó a llorar. Lloró tanto que sus lágrimas colmaron la Tierra, y Mma se vio cubierta de aguas que devoraban todo a su paso.
Entre los mortales había uno que aún respetaba las leyes de Maleiwa. Advertido por sueños, construyó una canoa de Ipa, sólida piedra, y allí refugió semillas, animales, a su familia, sellando el arca contra el embate de las aguas. Las lágrimas cayeron hasta que Juya no pudo más con su llanto, y se detuvieron.
Mma soportó el dolor y absorbió las aguas hasta que quedó vacía de vida, de plantas, de animales. Fue entonces cuando el Wayúu piadoso sintió que su canoa estaba en calma, y al abrirla, volvió a la tierra con su gente y los animales. Sus pasos dejaron marcas en el suelo aún blando, y aquellos caminos se recordaron con el paso de las eras.
La canoa de Ipa, en su fortaleza, dejó huellas tan profundas que aún se pueden ver, dividiéndose en dos partes: una parte quedó en Aun Wapa, la otra cruzó hasta el otro lado, separadas por el vigor inmutable de una montaña.
Así, el eco de las historias resuena en el viento, recordando a los Wayúu y a todos en la Tierra de sus orígenes, de la voz en el barro, de las lágrimas repentinas y del baile perpetuo de las estrellas y la oscuridad, que siguen contando el ciclo inmortal del canto de Juya y la fértil tristeza de Mma.
Historia
El mito relata la creación y el desarrollo de la vida según la cosmovisión de los Wayúu, un pueblo indígena de la Alta Guajira. Al principio, existían las entidades celestiales como Maleiwa (o Mareiwa), el sol Kaí, la luna Kachi, y Juya (la lluvia). La tierra Mma estaba sola bajo estas deidades. Los eventos se desencadenaron cuando Juya se enamoró de la tierra Mma, y mediante su canto creó un rayo que engendró vida, comenzando con un caballo blanco que se convirtió en Ali Juna, padre de los Ali Juna Blanco. La tierra Mma deseaba más descendencia, por lo que Juya continuó su canto, creando las plantas.
Maleiwa, al ver la tristeza de Mma por querer descendencia que caminara y hablara, modeló a los Wayúu con barro, dándoles la capacidad de hablar y moverse, otorgándoles la tierra. Además, Maleiwa creó a los animales, estableciendo normas de respeto y convivencia pacífica para los Wayúu. Cuando los Wayúu dejaron de seguir estas leyes, Maleiwa castigó al pueblo mandando a Juya a llorar mucho, causando una inundación total. Un Wayúu, que siguió las leyes, fue advertido en un sueño, preparó una canoa de piedra y salvó diversas formas de vida. Cuando la inundación terminó, la tierra se secó, y este Wayúu comenzó de nuevo, dejando huellas junto con la canoa, cuyas marcas permanecen visibles, dividiéndose en dos por una montaña con el tiempo.
Versiones
Esta única versión del mito explica la creación y el establecimiento del pueblo Wayúu y su mundo circundante, destacando varios componentes mitológicos importantes. La narrativa comienza con una cosmogonía donde diferentes deidades y elementos naturales son personificados: Maleiwa, el creador; Kaí, el sol; Kachi, la luna; y Juya, la lluvia. Un aspecto notable de esta versión es la interacción entre Juya y Mma, la tierra, que da lugar al nacimiento tanto de los elementos naturales como de los seres vivos, reflejando una visión animista en la que los fenómenos naturales tienen un papel crucial en la creación del mundo. Maleiwa, la entidad creadora, utiliza barro para modelar a los Wayúu y a los animales, estableciéndolos como los habitantes del mundo y delegando importantes códigos éticos y sociales.
El relato evoluciona hacia la introducción de normas que Maleiwa impone a los Wayúu, las cuales son orientadas hacia la convivencia pacífica y el respeto mutuo. El incumplimiento de estas normas resulta en un castigo divino, implementado a través de las lágrimas de Juya que causan un diluvio, una clara analogía con mitos del diluvio presentes en otras culturas. Esta acción de Juya representa la mediación entre el deseo de castigo y la compasión, ya que la lluvia es tanto la causa del desastre como un acto de tristeza. El mito concluye con un renacimiento, donde un Wayúu que obedecía las leyes de Maleiwa sobrevive al diluvio con su comunidad en una canoa de piedra, simbolizando un nuevo comienzo después de una catástrofe. En esta estructura narrativa, se denota la enseñanza moral que busca reforzar los valores de la comunidad Wayúu.
Lección
El respeto a las leyes divinas garantiza la armonía y la supervivencia.
Similitudes
Este mito se asemeja a los mitos del diluvio en la mitología griega y la historia de Noé en la mitología judeocristiana.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



