En el principio del tiempo, cuando el Sol y la Luna custodiaban el universo, había una casa celestial desde donde Abé, el Sol, vigilaba el mundo con un brillo que no distinguía la noche del día, convirtiendo el día en una ilusión de permanencia. En esa tierra, el orden y el caos se entrelazaban en una danza eterna, como las raíces de los árboles con las corrientes subterráneas.
Una mañana, Abé dejó en el puerto dos trozos de paxiúba, esa madera que brilla como si encerrara la esencia del oro, y una liana mágica, cuyos secretos podrían despertar los sentidos. Estaba destinado que su hijo, al romper el alba, los utilizara para fabricar las flautas sagradas, instrumentos que podían convocar tanto a los espíritus del bosque como a los ancestrales guardianes del conocimiento. Sin embargo, el hijo permaneció dormido, bajo el velo del olvido que tejen los sueños, y fueron las dos hijas de Abé quienes, atraídas por el áureo resplandor de la paxiúba, se aproximaron al puerto, intrigadas.
Al tocar los trozos de paxiúba, estos parecían apartarse de sus manos, como si jugaran un juego desconocido. Pero con persistencia, lograron sujetarlos. En ese instante aparecieron los hombres-pez, seres del agua y del viento, quienes, comprometidos con el misterio de las flautas, se acercaron. Sin entender realmente el propósito de esos objetos, las hijas de Abé usaron los trozos de paxiúba de una manera íntima, viéndolos, más que como objetos, como extensión de sus propios cuerpos. Entonces, un hombre-pez sopló en la paxiúba, y el aire vibró con una melodía que parecía surgir del corazón mismo de la tierra.
El resonar de aquellas flautas no se limitó al mundo visible; su eco alcanzó los confines del cosmos, convocando a seres de todos los rincones del firmamento, como si fueran los días de Guelamún Yé, aquella época en que el universo danzaba en medio de un festival de luces y sombras. Pero fue entonces cuando los hombres, testigos de las mujeres dominando los instrumentos sagrados, sintieron en sus corazones un miedo profundo, una perturbación del equilibrio ancestral, y se retiraron, sus sombras arrastrándose tras de ellos bajo la luz titilante de las estrellas.
Las hijas de Abé, con las flautas en su posesión, se adentraron en la maloca de su padre. Allí descubrieron a los hombres involucrados en tareas consideradas femeninas. Conscientes de haber sido descubiertos, Abé y los suyos huyeron, dejando tras de sí un murmullo de miedo y de un pasado resquebrajado. Las flautas desafiaron las normas y plantaron semillas de cambio, que germinaron en un conflicto que se esparció a través del telar del tiempo.
Para recuperar las riendas de un destino escurridizo, los hombres crearon una nueva flauta, la bariseron begue, de una especie distinta de paxiúba, su sonido dotado del poder de dar la vida o arrancarla en su fulgor. La liana que la completaba había sido tejida con la saliva del hijo de Abé, entrelazada con los hilos invisibles del destino. Al elevar su sonido hacia el sur, una de las hijas de Abé, llevada por una atracción primordial, alzó su mano al oído, y en ese instante, su hermano murió, pues lo que fue dado, debe ser también arrebatado.
La tensión aumentó, tanto como las corrientes del río durante la crecida. Algunos hombres, en su temor, contemplaron exterminar a las mujeres para restaurar el orden, pero Ngoamãn, el Creador, detuvo sus manos temblorosas con una declaración de inequívoco sentido: terminar con las mujeres era como apagar la llama de la existencia, pues en ellas descansa la continuidad de la humanidad. Las mujeres fueron, por tanto, expulsadas de la maloca, obligadas a huir hacia el sur como las hojas que el viento arrastra, aunque una de ellas mantuvo un trozo de paxiúba, oculto en su cuerpo como si fuera el último secreto de un ciclo que nunca se cierra.
Ngoamãn, en su infinita sabiduría, restauró el equilibrio, sancionando la diferencia y la coexistencia de los géneros. Las flautas, encarnaciones de la ley y el orden, quedaron en manos de los hombres, mientras que la paxiúba, informe y fecunda en su caos, permaneció junto a las mujeres. Así, cada género custodiaba una parte esencial del universo: los hombres, con su conocimiento estrechamente vinculado a las reglas y ceremonias; las mujeres, con su conexión primordial al misterio y la sustancia creativa de la vida.
Y fue en esos días luminosos, cuando el viento traía consigo el eco de la antigua melodía, que el Sol, en su radiante majestuosidad, dejó caer su mirada amorosa sobre una mortal. De esta unión secreta nació un niño, Yuruparí, cuya mera existencia tejía una red de aspiraciones y expectativas. Separado de su madre, creció entre payés, sabios que le enseñaron los misterios del universo, hasta que, convertido en hombre, regresó a su tribu, portando una piedra cilíndrica, símbolo de su poder y responsabilidad.
Proclamado líder, Yuruparí emprendió una tarea de transformación; sus leyes resonaban con la autoridad del Sol, y cada palabra suya reconfiguraba la relación entre lo masculino y lo femenino. Pero las mujeres, movidas por un deseo inextinguible de conocimiento, rompieron el cerco del silencio y se infiltraron en sus rituales, lo que provocó un castigo riguroso: el eco de sus faltas resonó, devolviendo al mundo el desorden.
Pero los ciclos son como los cuerpos celestes; giran y vuelven. Yuruparí fue traicionado y asesinado por aquellos que temían el cambio, su cuerpo convertido en cenizas, desde las cuales surgirían nuevas formas, nuevas vida, nuevos conocimientos. Las flautas que los hombres fabricaron con sus huesos eran más que instrumentos: eran un recordatorio de la lucha eterna entre la tradición y el cambio, el refugio y el descubrimiento.
Las mujeres, empoderadas por el toque de lo prohibido, tomaron el poder por un tiempo, pero el Creador, en un guiño a la totalidad del cosmos, devolvió la estructura y equilibrio perdidos. De esa manera, el mundo volvió a fluir en su curso incesante, mientras Yuruparí, incluso en su ausencia y en sus transformaciones, continuó viviendo en el susurro del viento, en la danza de las llamas y en el pulsar del corazón de la selva.
A través de los tiempos, mientras los cuentos sobre Yuruparí y los instrumentos mágicos que portaban su legado siguieron su curso, se estableció claramente que la existencia del universo dependía de la armonía entre lo masculino y lo femenino, un reflejo del amor eterno entre el Sol y la Luna que veían en el horizonte, tanto unidas como separadas, tejiendo entre ellas las rápidas hebras del destino. Así, la selva prosperó, llenando su vastedad con la música de la creación y el silencio del conocimiento perdido, esperando pacientemente a que alguien deshilara su misterio.
Historia
La información proporcionada en las versiones sugiere que el origen del mito de Yuruparí es un mito fundacional amazónico conocido especialmente entre las tribus de Brasil y Colombia. Este mito se centra en la figura de Yuruparí, un héroe mítico vinculado a varias culturas indígenas, incluidas las de las familias lingüísticas tupí-guaraní, tucano y arawak. La leyenda de Yuruparí se ha transmitido de manera oral y fue posteriormente documentada en el siglo XIX por el indígena José Maximino y traducida al italiano por el conde Ermanno Stradelli. El mito interviene en la creación de rituales importantes, incluido el uso de flautas y máscaras que forman parte del ritual de Yuruparý. La leyenda establece una conexión con las leyes del Sol y refleja temas como la organización social, la relación entre géneros, y el equilibrio entre orden y caos.
En resumen, el mito de Yuruparí tiene sus raíces en las tradiciones orales amazónicas y simbólicamente aborda cuestiones de poder, conocimiento, y estructura social, reflejando un cambio de un sistema matriarcal a otro patriarcal en la cosmovisión indígena.
Versiones
Las múltiples versiones del mito de Yuruparí demuestran una notable diversidad tanto en el enfoque temático como en el detalle narrativo, reflejando las ricas tradiciones orales de las comunidades amazónicas. En la primera versión, el mito destaca un cambio de poder dentro de una estructura social ya establecida, centrándose en las hijas de Abé, quienes rompen las normas al apropiarse de las flautas sagradas. Esta ruptura del equilibrio entre géneros promueve un conflicto que solo se resuelve con la intervención divina de Ngoamãn, que restablece un orden complementario entre hombres y mujeres. En contraste, las versiones posteriores apuntan hacia una génesis más amplia, donde el Yuruparí, como una entidad transformadora, introduce nuevos códigos y normas que reestructuran el orden social bajo una luz más estrictamente patriarcal, enfatizando el poder, control y el papel de los secretos rituales.
Otros relatos, como el recogido por el indígena José Maximino en el siglo XIX, abordan el mito de Yuruparí desde un contexto cosmogónico más elevado, donde el ciclo de vida y muerte se explica no solo a través de la interacción entre géneros, sino como parte de una narrativa de creación y destrucción cósmica. Versiones alternativas como la historia de Tupana y Yuruparí también revelan dinámicas internas sobre el poder, con una iteración que sugiere un ciclo de usurpación y restauración del orden masculino frente a la subversión femenina. Este elemento sirve para resaltar tensiones intrínsecas en las relaciones sociales y cósmicas, simbolizando la lucha entre lo estable y lo caótico. El uso de elementos sobrenaturales, tales como transformaciones mágicas o intervenciones divinas, común en todas las versiones, indica cómo el mito proporciona explicaciones para las normas sociales y las relaciones de género que regulan la vida colectiva e individual a lo largo de diferentes contextos culturales en el Amazonas.
Lección
La armonía entre lo masculino y lo femenino es esencial para el equilibrio del universo.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Orfeo y Eurídice por el uso de la música como elemento transformador y al mito nórdico de Yggdrasil por la conexión entre el orden y el caos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



