En el cuenco místico del universo Desána, donde el aire lleva el sabor ancestral de la selva y el tiempo no camina en línea recta, sino que danza en espirales, se erige una casa singlar, la casa de transformación décimo sexta. Esta morada no es un lugar común, sino un nudo cósmico donde las fuerzas que tejen la tapicería del mundo se entrelazan en un rito perpetuo de creación, ruptura y renovación. Es allí donde los ancestrales, la "gente transformadora", practicantes de lo sagrado, convocan el poder del tabaco y el ipadu para moldear el destino del mundo.
Boléka, las dos hijas del vómito y el propio nieto del trueno, el enigmático Guelamún Yé, se reúnen bajo el éxtasis de una luna que observa con ojos sabios y silenciosos. Las hijas del vómito, concebidas del reflujo terrestre, portan en su interior la dualidad de la vida y la muerte. En un rito inusitado, una de ellas fuma el cigarro ceremonial. Aspira profundamente y queda embarazada, un prodigio que desafía toda lógica, pues el cuerpo femenino sigue incompleto; no hay apertura que permita el nacer.
Entonces Boléka, con la sabiduría del universo susurrando en sus oídos, interviene. Con inusitada precisión, toma una horquilla de cigarro y un aro de oro natural, herramientas que parecen emerger de un sueño vívido o de las entrañas del bosque, y completa el diseño del cuerpo femenino. Llega la hora del parto, un acontecimiento que en otros tiempos y lugares se contemplaría cotidiano, pero que aquí resuena con la solemnidad de lo divino. Del vientre de la hija del vómito nace Guelamún Yé, criatura destinada a ser más que solo el guardián de las flautas sagradas; su llegada marca el principio y el fin del ciclo.
Sin embargo, el vientre materno no es el hogar de esta criatura. El llanto de la madre, un sonido melancólico que corta el aire como hojas afiladas de la palmera, es lo único que queda mientras los transformadores llevan al recién nacido a la casa del tercer trueno. Ahí, bajo la atenta mirada del guardián celestial, Guelamún crece, sus días y noches entrelazados con el susurro rítmico de las flautas, que ahora parecen respirar al mismo compás que él.
La tierra lo espera. En su primer descenso, el mundo cambia. Marca el comienzo de los ngamá, los ritos de iniciación que separan la infancia de la adultez. Durante el tiempo de los ritos, los jóvenes observan un ayuno riguroso. Solo las mujeres, relegadas a la penumbra social del ritual masculino, escuchan el eco del cuerpo resonante de Guelamún. No lo ven, pero sienten su presencia, una energía que transforma la noche en un espiral de posibilidades infinitas.
Pero el orden es quebrantado. Atraídos por la dulce tentación del prohibido, los jóvenes cocinan furtivamente frutas. El aroma, caricia y tormento al mismo tiempo, llega a Guelamún. Furioso, su vientre se abre, un portal inesperado, un refugio. En un instante que rompe las ataduras del tiempo, los jóvenes se esconden en su interior, llevados de regreso a la casa del tercer trueno. La secuencia del mundo se retuerce, desafía el cosmos mismo, y fuerza a la humanidad a regresar al génesis.
Las sombras de los padres de los ngamá se alargan, móviles bajo la presión de la desesperación. Conscientes de que el orden debe restaurarse, idean una estrategia para destruir a Guelamún. Pero Guelamún, en su sabiduría dolorosa y apacible, les enseña cómo deberá ser. Deberán llevarlo a la hoguera, dejar que el fuego consuma su carne y sus adornos sagrados. Al hacerlo, las llamas desafían la trémula frontera de lo desconocido y se expanden, diseminando el caos en la humanidad, sumiendo a la realidad en una danza de destrucción.
Y aún así, de las cenizas del cataclismo, la vida resurge. Las raíces de la palma paxiúba emergen tenaces y verdosas, brotes que parecen contener la elegancia espiritual de un esqueleto cósmico. El primer susurro de la nueva creación se convierte en el material de las flautas sagradas, un legado palpable e invisible, un puente entre mundos. Estas flautas resuenan con la música del hueso de Guelamún Yé, un lamento y un canto a la vez, un recordatorio del sacrificio y del renacimiento infinito.
El mito de Guelamún Yé, enmarañado en las raíces de la tierra Desána, enseña la relación intrincadamente ambivalente entre creación y ruptura, entre lo masculino y femenino, entre progreso y retorno. A través del caos, se restablece el equilibrio, y en las flautas sagradas reposa el espíritu de Guelamún Yé, un guía, una flama eterna. Es un ciclo sin fin, un reflejo insondable de la fragilidad y resiliencia de la vida que encarna la música del universo mismo.
Por siempre, la palma paxiúba y las flautas sagradas persisten, rozando suavemente el tejido del cosmos. Con cada sonido, evocan la fragilidad y la templanza del orden universal, resonancias de un legado que es tanto el canto de una historia pasada como el susurro de un futuro que espera. En ellas, los Desána encuentran su identidad, anclada en el eterno devenir, en el meet de la creación perpetua, siempre renaciendo desde las raíces del olvido y la memoria.
Historia
El mito de Guelamún Yé en la mitología Desána tiene su origen en la casa de transformación décimo sexta, donde se lleva a cabo un rito sagrado con cigarro e ipadu por los ancestrales "gente transformadora". El propósito era crear las flautas sagradas y permitir a las mujeres tener hijos sin intervención masculina. A través de un proceso de creación que involucra la intervención de Boléka, se crea la vagina de una de las hijas del vómito, permitiendo el nacimiento de Guelamún Yé, una criatura divina y guardián de las flautas sagradas. Guelamún Yé se convierte en una figura central a través de su vínculo con los ritos de iniciación (ngamá) y su sacrificio final, que deja como legado las flautas sagradas y un ciclo de creación y renovación simbolizado en la palma paxiúba. El mito subraya la relación entre creación, ruptura y la continuidad del ciclo de vida, encapsulando las enseñanzas y la identidad espiritual de los Desána.
Versiones
La narrativa presentada parece ser una única versión coherente del mito de Guelamún Yé dentro de la mitología Desána, en lugar de diferentes versiones del mismo relato. Todo el texto sigue una línea argumental continua que explora la creación, ruptura y renovación, sin presentar variaciones contrastantes encontradas usualmente en múltiples versiones de un mito. Sin embargo, se pueden identificar varias transiciones de tono y enfoque dentro de esta única versión, las cuales destacan diferentes aspectos del mito en cada episodio.
Primero, el relato se enfoca en el acto inicial de creación en la décimo sexta casa de transformación, donde se introducen elementos de innovación cultural, como la creación de las flautas sagradas y el nuevo papel concedido a las mujeres. Este tema de creación es inmediatamente seguido por una crisis, ya que la hija del vómito se encuentra incapaz de dar a luz sin la intervención masculina, lo cual representa una tensión inherente entre la capacidad y la dependencia en el proceso de creación. Posteriormente, el enfoque cambia a las consecuencias de los actos de rebelión de los jóvenes ngamá, lo que introduce el elemento de ruptura y caos por medio del enfado de Guelamún Yé. Finalmente, este ciclo culmina con el sacrificio de Guelamún Yé, que a su vez inicia una regeneración simbólica manifestada en las flautas sagradas y el resurgimiento de vida desde sus restos transformados. Cada parte del relato incorpora una reflexión sobre las dinámicas de poder, roles de género y las relaciones profundas entre humanidad y cosmos, sin que existan variantes evidentes en las narraciones aquí presentadas.
Lección
El equilibrio del universo se mantiene a través del ciclo de creación y destrucción.
Similitudes
Se asemeja al mito del ave Fénix en la mitología griega, donde la muerte y el renacimiento son temas centrales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



