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Yepá castiaga a los animales

Yepá castiga a los animales por su comportamiento irracional, cambiando su destino y relación con los humanos en la selva del Vaupés.

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Ilustración de Yepá castiaga a los animales

En el corazón de la selva del Vaupés, donde los árboles se alzaban como gigantes verdes que soplaban historias antiguas a través de sus hojas, un bullicio inusitado rugía como una tormenta de voces enloquecidas. Los animales de la selva danzaban en un frenesí nunca antes visto, todos giraban y se mordían sus propias colas en un acto incomprensible de desesperación. La selva, que había sido un lugar de armonía y equilibrio, se había convertido en un teatro de caos y locura.

Yepá, el guardián y creador de la selva, observaba el espectáculo desde la cima de una montaña que tocaba el cielo. Su sombra se proyectaba sobre el bullicio como un ocaso de pensamientos, y una risa cercana al trueno le recorría el pecho. Sin embargo, la seriedad de la situación reclamaba su atención y, con una voz que resonó como el eco de un río poderoso, habló a los animales:

—Les di la vida para que fueran semejantes a los humanos, y sin embargo, aquí están, comportándose de una forma completamente salvaje.

Las palabras de Yepá se deslizaron como una brisa de otoño, enfriando la fiebre del frenético morder. Una quietud expectante llenó el aire, y los animales, detenidos en medio de su absurda danza, escucharon con temor reverente.

—El castigo que recibirán será ineludible —continuó Yepá con la serenidad de quien conoce el flujo del destino—. Muchos de ustedes habrán de servir de alimento a los indios y a los blancos.

Estas palabras cayeron sobre la multitud de criaturas como una pesada llovizna de fatalidad. El hambre de las propias colas se apagó y fue sustituida por un pesar insondable. Los animales, vencidos por su destino, decidieron reunirse en una conferencia bajo la vasta cúpula de estrellas que parpadeaban con una sabiduría fría y distante.

Mientras tanto, lejos del malestar de los animales, entre luces titilantes de fogatas y el murmullo alegre de los ríos de yuca fermentada, los humanos celebraban. Yepá y Yúpuri, en su benevolencia, habían organizado una gran fiesta. En las sombras de la selva, se alzaba la música del tambor y las carcajadas humanas resonaban al ritmo del viento. Los animales castigados, ensombrecidos por su nueva condición, urdieron entonces un plan que hervía de venganza: se comerían a los hombres, un golpe contra la sentencia impuesta por Yepá.

Sin embargo, el susurro de sus pensamientos llegó al viento, que era aliado de los hombres, y estos pronto se enteraron de la conspiración. Los tukanos, sabios y perspicaces como el río serpenteante, acudieron a Yepá pidiendo su protección.

Yepá arribó al lugar donde los animales maquinaban su desafío. Su presencia imponía un orden natural, y sus palabras cortaron la noche como el primer rayo del alba.

—Ustedes pretendían devorar a los humanos —sentenció, sus ojos brillando como los últimos rescoldos de un fuego.

La danta, cuya pesada figura se asemejaba a un cerdo gigante, tembló y negó con vehemencia:

—¡No, no es cierto!

Pero Yepá, que veía más allá de la piel y los huesos, que leía el corazón como un anciano lee las estrellas, replicó:

—Eres una mentirosa. Por eso las personas te cazarán sin descanso y serás para ellas un sustento. Tu camino será vivir en la selva, siempre huyendo de los cazadores.

Terminando así, Yepá tomó a la serpiente, que había enroscado sus intenciones oscuras alrededor de los planes de los animales, y le retiró los colmillos. Sin embargo, otras serpientes más escurridizas lograron esfumarse entre la maleza, y por esta razón, aún su mordedura es mortalmente venenosa. Asimismo, los tigres y otras fieras, con corazones silvestres indomables, se dispersaron en los montes, convertidos en sombras acechantes que a menudo emergen para saciar su hambriento destino, abrazados en secreto con la bruma y la ferocidad.

Desde entonces, los ecos de esta historia reverberan a través de los troncos altos y las hondonadas ricas en misterio de la selva del Vaupés. La selva guarda estas memorias como una madre cuida de sus hijos secretos, mientras bajo su dosel, Yepá aún camina en silencio, el guardián eterno de los equilibrios perdidos y encontrados.

Historia

El mito describe un episodio en la selva del Vaupés donde los animales caen en una conducta irracional, comiéndose sus propias colas, lo que provoca la intervención de Yepá. Yepá, quien parece ser una figura de autoridad o deidad, se siente decepcionado por el comportamiento salvaje de los animales, a quienes había otorgado vida para que fueran semejantes a los humanos. Como castigo por su conducta, Yepá decreta que muchos de los animales servirán de alimento tanto a los indígenas como a los colonos blancos. En una respuesta furtiva, los animales planean revertir el castigo atacando a los humanos, pero su complot es descubierto, y la gente pide la intervención de Yepá nuevamente.

Yepá enfrenta a los animales, señalando específicamente a la danta (un animal similar a un cerdo gigantesco) de mentir sobre sus intenciones. Como castigo adicional, le predice una vida de ser cazada en la selva. En esta confrontación, Yepá despoja a la serpiente de sus colmillos, aunque algunas logran escapar y conservar su mordedura venenosa. Además, otros depredadores, como los tigres, también escapan y desde entonces acechan en la jungla, convirtiéndose en amenazas tanto para los humanos como para otros animales. Este mito parece explicar el origen del ciclo de depredación en la naturaleza y el porqué de ciertas características de los animales, como la peligrosidad de las serpientes y de ciertos carnívoros.

Versiones

La versión del mito presentada gira en torno al comportamiento irracional de los animales en la selva del Vaupés, quienes, tras ser reprendidos por Yepá, enfrentan un castigo que altera su relación con los humanos. Yepá, una figura de autoridad, inicialmente intenta advertir a los animales de su comportamiento salvaje que contradice el propósito inicial de concederles una naturaleza similar a la de los humanos. En consecuencia, Yepá dictamina que algunos de ellos servirán como alimento para los humanos, señalando un destino de persecución y vulnerabilidad. Un elemento notable es la respuesta proactiva de los animales, quienes intentan revertir su destino organizando un plan para comerse a los humanos, reflejando un conflicto de supervivencia y poder. Sin embargo, debido a la intervención humana alerta a Yepá, los animales son nuevamente enfrentados y castigados, consolidando su papel subyugado en la cadena alimentaria.

Un aspecto intrigante de esta versión es la manera en que se introducen diferentes actores en la narrativa, como los tukanos, quienes piden ayuda a Yepá. La historia compone un relato moral sobre la consecuencia de las acciones y el orden natural predeterminado por figuras míticas. Al final, algunos animales logran evadir el control de Yepá, lo que explica ciertos peligros que aún acechan en la selva, como las serpientes venenosas y los tigres feroces. Esta conclusión ofrece una racionalización etimológica para los peligros naturales en el entorno de la selva y refuerza las dinámicas de dominio entre humanos y animales, al tiempo que preserva un sentido de equilibrio inevitablemente imperfecto debido a las criaturas que logran escapar del control. La narrativa muestra una clara tensión entre el orden deseado por Yepá y la naturaleza indómita de algunos animales, quienes se resisten a su estatus de subordinación completa ante los humanos.

Lección

El desorden y la desobediencia llevan a consecuencias inevitables.

Similitudes

Este mito es similar a las historias griegas de castigos divinos, como la de Prometeo, y a los mitos nórdicos sobre el orden natural impuesto por dioses.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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