En la profundidad de la selva colombiana, donde los ríos se deslizan silenciosos entre la maraña de árboles y lianas, y el aire está cargado de susurros que parecen historias añejas, habitaba antaño un reino peculiar regido por la imponente Danta, cuya presencia era tan majestuosa que, al rugir, la tierra misma se estremecía y el cielo se teñía de temor.
Diríase que la Danta no era entonces el dócil animal que hoy conocemos, sino el soberano indiscutible de todas las criaturas del bosque, un titán de pellejo gris y mirada aguda que había construido su fortaleza en lo alto de una montaña cubierta de árboles frutales, franqueada por nieblas caprichosas y silencios jadeantes. Allí, en su trono vegetal, su rugido resonaba como un trueno, diciendo al mundo que todas las frutas le pertenecían y ningún otro ser tenía derecho a ellas.
El aire vibraba con la memoria de sus rugidos y el bosque se convertía en un reino silencioso, donde ni los rayos del sol osaban alterar aquel silencio impuesto por la reina. Únicamente sus pequeños nietos podían acercarse, esos seres diminutos y diligentes que, con hojas extendidas en sus manos, ascendían la montaña llevando el agua cristalina de los arroyos hasta la boca sedienta de su abuela ancestral.
Sin embargo, los días transcurrieron, como siempre ocurre con el tiempo travieso que erosiona incluso la más poderosa de las obras. Los nietos de la Danta, cansados de los viajes interminables y de ver el agua derramarse antes de llegar a su destino, suplicaron a su abuela que bajase ella misma al arroyo. La Danta, con su sabiduría añosa y guardiana de las antiguas promesas, accedió a complacer a los pequeñuelos con la condición de que cuidaran de su preciada montaña durante su ausencia.
Así pues, la imponente criatura descendió con gracia hasta el arroyo, donde el agua danzaba alegre entre las piedras, chispeante y fresca como un canto de bienvenida. El bosque asistió al descenso de la reina con sus criaturas escondidas entre las sombras, observando la escena como testigos mudos del cambio inevitable que el flujo del tiempo trae consigo.
Mientras la Danta saciaba su sed, bañándose y deleitándose con el frescor del agua, otros animales, aquellos que la miraban con mezcla de envidia y temor, se atrevieron a subir a su morada divina. Lo hicieron en tropel vibrante, en un exorcismo de atavismos, derribando árboles y llevando consigo cuantas frutas pudieron acarrear. El aroma de las frutas robadas llenó el aire con promesas impensables y pecados deliciosos.
Cuando la Danta regresó, saciada de agua y cansada de tanto jugueteo inocente, lo hizo con la majestad de quien regresa a un trono que considera eterno, solo para encontrar el caos allí donde su orden había reinado. Su grito de cólera fue tan espantoso que hizo temblar la selva entera, y los árboles, como movidos por esa furia indescriptible, dejaron caer su follaje en un lamento verde que se extendió como un manto de derrota.
Los animales, aturdidos por el gran rugido, cayeron como si la muerte misma los hubiera tocado con su mano helada. Aun así, con temor y remordimiento, formaron una fila ordenada ante la reina destronada, cargados de las frutas como ofrendas forzadas por sus propias culpas. "¿Qué fruta llevas?", preguntó ella con una voz que ya no resonaba en las honduras del cielo como antes, sino con una tristeza de agua rota y voces calladas. Uno a uno, los animales respondían, entregando su botín mientras ella, cada vez, les prestaba su gran pito, que era la fuente de su poderosa voz.
Pero el destino, siempre caprichoso y amante de la ironía, había reservado para ese día una última peripecia. Un mono macaco, tan astuto como la sombra misma que se escabulle entre las ramas, recibió el pito de la Danta con una reverencia que solo escondía burlas. Con astuta rapidez, lo cambió por otro, uno que, a pesar de su parecido, carecía del poder gran voz que había sido el símbolo de la reina.
Desde la copa de un árbol cercano, el mono se rió, su cuerpo sacudido por una hilaridad que resonaba en ecos traviesos, mientras la Danta, sin sospechar el ardid, intentó alesbozar el rugido de siempre. El sonido que emergió fue un chillido estridente, una lamentación burlona que arrancó carcajadas de las gargantas de cada ser del bosque.
Desde entonces, cuentan los ancianos que la Danta, despojada de su reinado, aprendió la sabiduría del silencio y la humildad de la quietud, mientras que el pequeño macaco, por su osadía y destreza, se convirtió en uno con el trueno que antes perteneciera a la reina, sacudiendo la selva con un nuevo estruendo que era a la vez mofa y gloria, recordatorio eterno de un poder efímero que había cambiado de manos. Los guardianes del bosque, esos antiguos menestrales del verbo, narran que así es como el ciclo del poder cambia y rueda, como las estaciones y la vida misma, siempre bajo el manto de la selva, donde las historias, multitud de historias, aún se susurran al oído de quienes quieran escuchar.
Historia
El mito proporcionado tiene su origen en las historias de los Tucanos, un grupo indígena colombiano que habita cerca del río y las selvas del Vaupés, en los departamentos de Guainía y Vichada y en la frontera colombo-brasilera. El mito narra la historia de la Danta, quien era la reina de los animales en tiempos antiguos. Se creía que su rugido era el más poderoso, superando incluso al del tigre y el león. La Danta vivía en la cima de una montaña, desde donde controlaba todas las frutas del bosque. Sin embargo, un día, debido al ingenio de sus nietos y la astucia de un mono macaco, la Danta descendió de su morada, y en su ausencia, los animales aprovecharon para robarle las frutas y, finalmente, la Danta perdió su poder cuando el mono intercambió su poderoso pito por uno falso, cambiándole así su hegemonía a él.
Versiones
La versión proporcionada de la historia de la Danta presenta un mito indígena de los Tucanos de la región del Vaupés, que hace hincapié en el poder inicial de la Danta como reina absoluta de los animales a través de su formidable rugido. Este relato se enfoca en un cambio crucial en la jerarquía animal cuando la Danta se deja engañar por un mono macaco que le cambia su poderoso pito, lo que resulta en la pérdida de su dominio y la transferencia de ese poder al mono. La narrativa se centra en temas de astucia, poder y la fragilidad del liderazgo, ilustrando cómo el abuso de autoridad y la confianza desmedida en uno mismo pueden llevar a la ruina.
En otras versiones de mitos similares en culturas indígenas, aunque se pueden mantener elementos comunes como el engaño y el cambio de poder, las dinámicas específicas entre los animales y los motivos detrás de sus acciones pueden variar según las tradiciones culturales y el contexto ecológico particular de cada grupo indígena. Por ejemplo, en algunas versiones, la pérdida del poder podría no estar ligada al objeto físico del pito, sino a un acto simbólico de traición o desobediencia por parte de los otros animales. Además, el enfoque narrativo puede estar en cómo esa pérdida afecta al ecosistema en lugar de solo destacar la figura central de la Danta. Esta variación puede reflejar diferentes valores culturales, como la interdependencia comunitaria versus el liderazgo individual, que cada grupo elige enfatizar o moralizar a través de su propio conjunto de mitos.
Lección
El poder puede ser efímero y cambiar de manos a través de la astucia.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Prometeo, donde el ingenio desafía al poder establecido.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



