En lo más profundo de la selva, allí donde el follaje tembloroso oculta los misterios del mundo antiguo, se extendía el vasto territorio de los indios, atravesado por el río Vaupés, un gigante acuático que llevaba consigo la memoria del legendario cacique Boupé. Al río llegaban, como niños jugando en un patio, las aguas de incontables quebradas y otros ríos tan gigantescos como el propio Vaupés: el Inírida, el Cuquiari, el Macaya, el Tuy, el Apoporis y el majestuoso Guanapanaca. En su danza perpetua, estas corrientes parecían hablar el idioma silente del tiempo, un idioma que solo los espíritus podrían comprender.
Los indígenas contemplaban estas aguas desde la orilla, sus ojos vastos como la noche indígena, con una mezcla de reverencia y envidia. ―Mira cómo los patos caminan por el río sin hundirse, cómo los animales atraviesan las corrientes con ligereza,‖ decían, codiciando esa habilidad etérea de dominar y flotar sobre el río. ―No sabemos andar sobre los ríos,‖ comentaban con tristeza, un eco melancólico que viajaba entre los árboles.
Impulsados por el deseo de viajar con las corrientes, los indios comenzaron a buscar un medio para lograr lo que consideraban un milagro, pero sus esfuerzos se encontraron con el silencio inmutable del destino. Años transcurrieron sin que sus manos, ágiles y pacientes, lograran alguna solución. Sin embargo, había alguien que el curso de los años aún no había podido domeñar: el joven hijo del viejo Tuhixana, un muchacho a tal grado lleno de travesuras que sus caídas y estruendosas risas reverberaban en las noches de luna llena como cuentos susurrados por el viento.
Fue un día, cuando su búsqueda lo llevó a las inmediaciones del río, que el joven observó un tronco de palmera flotando a la deriva. Sus ojos, que captaban el mundo con una curiosidad insaciable, se iluminaron al notar cómo el tronco seguía el curso de la corriente con la serenidad de un anciano que al fin ha comprendido la vida. Sin dudarlo, el joven brincó sobre otro tronco que se deslizaba cerca de la orilla, y comenzó a remar con sus brazos, cada movimiento una danza con la marea. En su rostro se dibujó una felicidad tan radiante como las mil estrellas que iluminan la vasta bóveda celeste.
Al regresar a tierra firme, su pecho se llenó de palabras urgentes que necesitaban ser pronunciadas. ―He caminado por el río,‖ proclamó entre carcajadas, cada una más ruidosa que la anterior, como si sus palabras fuesen semillas que el viento llevaba a todos los rincones del poblado. Al principio, los otros indios dudaron, como si las palabras fuesen simples reflejos del agua. ―No puede ser,‖ murmuraron. Pero la verdad no se detiene ni ante el escepticismo ni ante el desconcierto. ―Es cierto,‖ respondió el joven, sus ojos brillando con un fuego que no conoce el miedo.
Finalmente, todos lo siguieron hasta la orilla del río, donde comprobaron con asombro que el joven no les había mentido. ―Es capaz de andar sobre el río,‖ murmuraban, sus voces entrelazándose con el murmullo del agua. Inspirados por su descubrimiento, todos querían flotar en los troncos que cortaban la corriente con una gracia divina.
Así, bajo la dirección del hijo de Tuhixana, cortaron muchos troncos que luego amarraron con bejucos, formando una gran balsa que prometía llevarlos en un viaje más allá de las riberas del conocido. Al amanecer, una procesión de cuerpos y sueños se subió a la embarcación, llevándose provisiones y animales, dejando atrás el poblado con una ligereza nueva, impulsada por remos que cantaban con cada movimiento.
El viento, cómplice de su travesía, los empujó hacia el vasto vientre del mar, donde las distancias eran devoradas por una masa acuática sin fin. Pasaron días, quizás semanas, hasta que el júbilo incansable empezó a desvanecerse, dejando lugar a la sombra del temor. La comida mermaba transformándose en un recuerdo distante, y el horizonte se mantuvo callado, sin ofrecer la promesa de tierra.
Fue en este momento de desesperación cuando el hijo de Tuhixana, con los ojos que aún estaban llenos de aquella chispa irreverente, divisó algo que había permanecido oculto: en las hendiduras de los troncos de la balsa, había grandes cantidades de un pequeño ser que habitaba las palmeras, un animalito modesto cuyo sabor era un bálsamo para los sentidos y revitalizaba el cuerpo. Sin titubear, comenzó a comer, y los demás lo imitaron, recuperando fuerza y claridad mental, como si cada bocado fuera una plegaria respondida.
Renovados en cuerpo y espíritu, cambiaron de rumbo. La balsa se convirtió en un ser vivo movido por la voluntad colectiva, y con la ayuda del viento y las generosas corrientes, regresaron a su tierra, satisfechos y sabios, habiendo conquistado el río, no como dioses, sino como humanos guiados por la osadía y la unión. Y allí, a la orilla del gran Vaupés, bajo un cielo cómplice que arropaba sus sueños, encontraron no solo el camino a casa, sino también el río infinito del destino que sus corazones navegaban desde tiempos inmemorables.
Historia
El origen del mito se encuentra en un enorme territorio indígena atravesado por el río Vaupés, llamado así en honor a Boupé, su primer cacique. Los indígenas, atraídos por la idea de caminar sobre las aguas como los patos, buscaban un método para lograrlo sin éxito hasta que un joven atolondrado, hijo de Tuhixana, descubrió que los troncos de palmera flotaban en el agua. Experimentando con ellos, logró "caminar" sobre el río, noticia que emocionó a su comunidad. Posteriormente, amarrando troncos, construyeron una balsa que les permitió viajar por el río hasta el mar. A pesar de enfrentar dificultades como la falta de alimentos y la pérdida de fuerzas en altamar, el hijo de Tuhixana encontró alimento en animalitos que vivían en las palmeras, salvando a los tripulantes y permitiéndoles regresar a casa. Así, se cumplió el deseo de la comunidad de andar sobre las aguas.
Versiones
En esta única versión del mito, se nos presenta una narrativa centrada en la aspiración de los indígenas por caminar sobre el agua, inspirada por la observación de los animales que realizaban esta hazaña sin dificultad. La trama se desarrolla alrededor del descubrimiento del joven hijo de Tuhixana, quien encuentra una solución práctica a este deseo: usar troncos de palmera como medios de flotación y así emular la capacidad de los patos. El relato también incorpora un componente de innovación colectiva, donde la comunidad colabora para construir una gran balsa, lo que les permite explorar y avanzar, llevándolos incluso más allá del río hasta el mar.
El mito enfatiza no solo la curiosidad y el ingenio humano, sino también los riesgos asociados a tal aventura, ilustrados por la falta de alimentos y la navegación a la deriva. Esta dificultad es superada gracias a otro descubrimiento azaroso realizado por el joven, quien encuentra sustento en un animal que habita los troncos de la balsa. De esta manera, el final feliz del mito subraya el poder del ingenio y la adaptabilidad frente a situaciones adversas, con una suerte de lección sobre la armonía entre la naturaleza y las soluciones humanas derivadas de la observación y el ingenio. En esta versión, no hay secuencias alternativas ni variaciones en el conflicto o la resolución; todo ocurre en una narrativa continua, donde el viaje y el retorno completan el arco del relato.
Lección
La curiosidad y el ingenio pueden superar las adversidades.
Similitudes
Similar al mito griego de Ícaro en su aspiración de trascender límites naturales, y al mito nórdico de los viajes de los vikingos por su espíritu de exploración.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



