Bajo el sol inclemente de aquella Viernes Santo, la hacienda Los Rosales parecía más una playa soleada que un refugio de descanso espiritual. La sombra de Don Antonio aún se cernía sobre el lugar, a pesar de que ya habían pasado casi dos años desde aquel fatídico suceso. Romelia, la vieja cuidadora, murmuraba para sí misma, su rosario negro titilando en la mano como un canto rodante de advertencias ancestrales.
El día antes, en el clamor de la llegada de los Amos —acompañados de sus cuatro hijas y una pareja amiga—, Los Rosales se despertó de su letargo. Pedro, su marido y capataz, había preparado la finca con tal esmero que hasta las flores parecían saludarles con fervor. Sin embargo, los Amos, seducidos por el encantamiento de las cartas, habían traído consigo el frenesí de la ciudad, olvidando las invitaciones del paisaje que a su alrededor imploraban ser contempladas.
El juego infernal había comenzado en la terraza abierta, un escenario elegido por su vista directa al sendero hacia el camino Real, como si desde allí quisieran absorber cada secreto que el campo pudiera ofrecer entre el sopor de sus apuestas. Apenas el reloj lentamente desgranaba sus horas, y las solemnidades del día santo desfilaron sin que los Amos ni su séquito parecieran notarlo.
Romelia, con su ropa mejor planchada en honor al día, observaba desde la sombra de sus tareas, su mirada fija en el cielo cerrado y ominoso que, según sus juicios, anunciaba una noche de prodigios. Era mejor rezar, lo sabía, pero ¿quién escuchaba a una vieja cuando las fiestas de los hombres se alzaban más que los milagros del cielo?
La noche cayó sobre la casa, como un manto que sugiere embrujos camuflados en el susurro del viento. Pero los Amos continuaban inmóviles en sus sillas, perdidos en el mundo de números y colores que las cartas les regalaban. Eran las diez cuando un par de luces comienzan a parpadear, danzando coquetas desde el sendero angosto, tan atractivas y misteriosas como cuentos antes del amanecer.
"Esas luces no son de este mundo", dijo Pedro, más para sí que para los Amos, cuando notaron aquel resplandor extraño. Romelia, abrazada su rosario, murmuró plegarias con una certeza que provenía de quien conoce la hondura de los secretos más ocultos del mundo.
Las luces, inexplicablemente suspendidas en el aire, parecían permanecer fijas sobre la pared del cuarto de las niñas. Y lo que primero fuera enigma se convirtió entonces en un horror sordo que penetró hasta los más recónditos huesos del alma. Un quejido resonó, largo y profundo, un eco de mil ecos que rebotaban en las paredes.
"Salgan o disparo", gritó Ricardo, apuntando con su pistola a esa nada luminosa que parecía burlarse del atrevimiento humano. Las mujeres, tomadas por el terror y la sugestión, comenzaron a rezar sus Réquiem, y las niñas se acurrucaron en los brazos seguros de sus madres, un refugio contra lo desconocido.
Pero el lamento, un susurro constante, crecía y decrecía en intervalos perfectos; un lamento que replicaba lo más íntimo de los miedos: "Ay, de no haber rezado... hoy Viernes Santo, sólo barajas y más barajas", lamentó Romelia, dejando que su voz acompañara al coro de pesares que la noche había acogido en su centro. Y como si el tiempo se hubiera derretido, las horas se dejaron deslizar hasta convertir el miedo en resignación.
Con el amanecer, el abrazo del sol dispersó los temores, y sin embargo, el quejido aún resonaba cuando los más osados decidieron investigar. Allí, entre las ramas del árbol de guayaba —como un guardián gentil— la explicación aguardaba, revelada por el hijo de Eladio: el candil de luz que el mono rebelde había encendido, el crisol de sombras que, en la noche, se había convertido en más que una simple lámpara.
"Y la luz?", preguntó una de las damas, buscando más allá de la razón. Pero Pedro, con su sabiduría terrosa, concluyó con una certeza propia del que vive entre lo tangible y lo espiritual: "El miedo... y el viento, mujer...".
Mientras la casa se vaciaba de sus ruidos humanos, las historias de Los Rosales se quedaban, inscritas en cada tablón y en cada hoja, listas para recordar que hay mundos donde lo divino y lo humano convergen, a menudo más cerca de lo que se sospecha. Romelia, en lo profundo de sus pensamientos, comprendió que los hombres pueden olvidar, pero el aroma de las flores y el canto de los rosarios nunca lo harían.
Historia
El mito en cuestión parece girar en torno a una serie de eventos extraños y aterradores que ocurren en una finca durante la Semana Santa. La historia describe cómo los propietarios y sus amigos, que están inmersos en un juego de cartas irrespetuoso en un día sagrado, experimentan sucesos inquietantes por la noche. Escuchan quejidos sobrenaturales y ven luces misteriosas en la propiedad, lo que lleva a especulaciones de que son las almas de los muertos, específicamente el alma de un tal don Antonio.
Al final, todo el misterio se resuelve de manera racional. Se descubre que el quejido proviene de un árbol de guayaba cuyas ramas se frotan contra la casa, mientras que las luces y las sombras fueron causadas por un mono que había robado un candil encendido. Los apagones y otros fenómenos extraños se atribuyeron al miedo y al viento.
Este mito parece ser una advertencia sobre no faltar el respeto a las tradiciones religiosas, sugiriendo que las acciones irreflexivas y profanas pueden llevar a interpretaciones erróneas de sucesos naturales como eventos sobrenaturales. La moraleja subyacente podría ser una crítica a la superstición y a la tendencia de las personas a buscar explicaciones sobrenaturales ante lo desconocido, mientras que a menudo existen explicaciones racionales.
Versiones
Este análisis se centra en las variaciones observadas en las diferentes versiones del relato sobre una noche misteriosa en "Los Rosales". En la primera versión, el énfasis está en la actitud irreverente de los Amos, quienes, en un día tan solemne como el Viernes Santo, se dedican al juego de cartas en lugar de participar en actividades religiosas o recreativas propias de la finca. Esta actitud desinteresada y negligente hacia las tradiciones y el entorno natural de la finca establece un tono de desaprobación desde el punto de vista de los personajes que observan, como Romelia y su esposo, quienes habían preparado el lugar con esmero. Este desacato hacia lo sagrado es percibido como una provocación a las fuerzas sobrenaturales, lo que prefigura los eventos inquietantes que siguen.
En contraste, en otras versiones del mito, el foco puede trasladarse hacia los eventos sobrenaturales mismos, profundizando en el misterio del resplandor y el quejido extraño durante la noche. El descubrimiento al amanecer de que el susto fue causado por un mono suelto con un candil, y que el quejido provenía del roce del árbol de guayaba, proporciona una resolución racional a lo que parecía un fenómeno paranormal. Esta variante enfatiza la tendencia de las personas a atribuir causas sobrenaturales a lo inexplicable durante la oscuridad, mostrando cómo el miedo colectivo puede exagerar y transformar eventos cotidianos en leyendas. La diferencia en el enfoque de cada versión resalta los temas distintivos del respeto a las tradiciones y la psicología del miedo.
Lección
El respeto a las tradiciones puede prevenir malentendidos sobrenaturales.
Similitudes
Se asemeja a mitos como el de las luces de San Telmo en la mitología griega, donde fenómenos naturales se interpretan como presagios sobrenaturales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



