Un quejido, una luz

Caribe · Mestizo

Un quejido, una luz

En Los Rosales, un quejido y una luz convierten una noche ordinaria en episodio de miedo; la percepción de quienes observan organiza el misterio.

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El relato

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Romelia no paraba de murmurar contra los amos. Habían llegado el día antes, Jueves Santo, con las cuatro hijas y otro matrimonio amigo, y apenas desempacaron abrieron la mesita de juego y se pusieron a darle a las barajas. Amaneció el Viernes Santo y volvieron a lo mismo. Hasta la comida se les llevó a la mesa.

Ella y su marido, que era el capataz, habían abierto la casa grande en cuanto supieron que venían. Barrieron los corredores, pusieron flores y alistaron los mejores caballos, que desde aquello —y ya hacía casi dos años— nadie había vuelto a montar. Para nada: montaron las dos niñas mayores y ninguno más.

Ni bajaron al pueblo a la procesión del Santo Encuentro, ni rezaron a las tres de la tarde un Padre Nuestro. Se les pasaron por encima las horas sagradas y a las siete seguían con el juego. Estaban tentando a los cielos, pensaba Romelia. Podía venirles un castigo.

Dieron las diez en el reloj del comedor. Ella se acercó a la mesa con el rosario negro entre los dedos y la falda de percal, negra también por respeto al día.

—Si no mandan más los señores, es la hora de rezar. Debe estar Nuestro Señor entre los muertos.

—Anda, vete a acostar, mujer. No, no te vayas: parece que tenemos visita. Allá se ve como el resplandor de unos mechones en el sendero.

—Así es. ¿Quién será a estas horas? Por aquí no se acostumbra salir el Viernes Santo.

Recogieron las barajas y se dispusieron a esperar. La luz no avanzaba.

Uno de los señores se fue hasta la esquina de la terraza, se puso las manos en bocina y gritó preguntando quién era. No contestó nadie. Se había calmado hasta la brisa, y en ese silencio se oyó, cerca, un quejido que la dueña de casa dijo que era su hija, la sonámbula.

El resplandor se movió despacio hacia los cuartos y se detuvo sobre la pared de uno.

Los hombres dispararon. Las mujeres se pusieron a rezar el responso a gritos. Las niñas corrieron a abrazarse a su madre.

—¡Hay un quejido en el cuarto!

Y el quejido sonó otra vez, recio, encima de los rezos.

—¡Ay, si es sobre el mismo cuarto! En el mismo lugar donde encontramos muerto a don Antonio. Es su ánima la que se queja. En vez de haberle rezado hoy Viernes Santo, lo que hubo fueron barajas y más barajas —se atrevió Romelia a criticar a los amos.

Trancaron puertas y ventanas. El quejido seguía y la luz seguía encima del cuarto. El reloj empezó a desgranar la medianoche y las lámparas titilaron y se fueron apagando. Con la última campanada sonó fuerte el quejido, y todos sintieron un aliento tibio que les rozó la cara, mientras afuera los perros aullaban.

Duró un instante. Enseguida volvió a subir la luz.

—¡Apenas amanezca nos vamos!

Pasaron así las horas que faltaban, ellas rezando y ellos fumando.

Al alba los hombres salieron por fin, porque el sol da valor. El quejido continuaba. Se llegaron por el corredor hasta el cuarto de las niñas y pusieron atención. Allí estaba el árbol de guayaba, y una de sus ramas tropezaba con el alar justo enfrente de ese cuarto.

Estaban celebrando el hallazgo cuando la señora preguntó:

—Está bien, ese es el ruido. ¿Y la luz? ¿De dónde venía la luz?

Todos temblaron. Pero el capataz, con la pereza que le da a la gente del campo quitarle lo sobrenatural a los hechos, dijo:

—Ah, me olvidaba. Esta mañana vino el hijo de mi compadre a pedir permiso para buscar un candil que cogió el mono que tienen los señores y que se les soltó anoche. Y por cierto que lo encontramos encendido, en dirección al cuarto.

—¿Y quién apagó todas las lámparas?

—¡Nuestro miedo, y el viento, mujer! No preguntes más.

Un quejido, una luz: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Casi todo lo que asusta de noche tiene un nombre sencillo que aparece con el sol.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.6° · -75.3°

Ficha del relato

Contexto histórico

Es la única pieza rural del conjunto de leyendas cartageneras que Judith Porto de González publicó con el título «Al filo de la leyenda», un libro de 1962 —Talleres El Marinero— que volvió a las prensas tres veces: Colgráficas en 1979, la Imprenta Departamental de Cartagena en 1982 y Plaza & Janés en 1989. De esas cuatro formas, la tercera es la que la antología reprodujo y la que aquí se cita. Las demás transcurren dentro de la ciudad amurallada; ésta ocurre en una hacienda llamada Los Rosales, en el campo cercano, con capataz, casa grande, casita de los cuidanderos a unos cientos de metros y estanque con lotos. Se lee en los folios 386 a 389 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse compiló para el IADAP y que apareció en Quito en 1993; su sección veintiocho reproduce el libro editado por la Imprenta Departamental de Cartagena, páginas 29 a 199 del original.

La nota con que esa sección se abre sostiene que el material procede de la tradición oral de la población negra de la ciudad y que lo impreso es una redacción literaria del lenguaje popular. En ninguna otra pieza se ve tan claro qué quiso decir la compiladora con lo segundo. La autora escribe a los señores en castellano normativo y a la criada con ortografía fonética, marcando en la página la diferencia de habla. Ese contraste es un recurso literario y no una transcripción de campo, y conviene saberlo antes de leerla: el acento está escrito por quien no lo tiene.

En cuanto al punto de vista, es de ella. Romelia abre el relato quejándose de los patrones, formula el diagnóstico —están tentando a los cielos, puede venirles un castigo— antes de que ocurra nada, nombra al muerto de la casa y acaba criticando a los amos en voz alta. Los señores rezan poco y disparan mucho. La pieza está construida desde la cocina hacia la terraza.

El calendario, en cambio, lo organiza todo: Jueves Santo, Viernes Santo, la procesión del Santo Encuentro en el pueblo, el Padre Nuestro de las tres de la tarde, el responso de difuntos. La falta que desencadena el miedo es litúrgica, y sin ese armazón católico el cuento no tendría motor.

Resonancias con otros mitos

El primer parentesco es con una familia de relatos muy extendida en el mundo católico: el castigo por profanar los días santos. Jugar a las cartas en Viernes Santo, bailar en Semana Santa, trabajar en día de guardar o burlarse de una procesión son las faltas típicas, y el castigo llega esa misma noche en forma de aparición, de enfermedad o de fuego. La autora usa el esquema completo, incluida la voz que anuncia el castigo antes de que llegue, y sólo al final se desvía.

El segundo es el de las luces que caminan. La candela errante que se acerca por un camino y que la gente identifica con un alma en pena, un entierro o un anuncio de muerte tiene versiones en casi toda América, y suele resolverse en la conversación del día siguiente con una causa mundana: una vela, un farol, un fuego fatuo. Aquí la causa es un candil, y el animal que se lo llevó es un mono doméstico de los propios dueños, de modo que el susto de los patrones acaba saliendo de su propia casa.

El tercer paralelo está dentro del mismo conjunto de leyendas cartageneras. «Doce en punto de la noche» y «La sombra» terminan también por desarmar la aparición, una con un brazo dormido y otra con una confesión de fraude. En las tres, lo sobrenatural funciona mientras dura la noche y se deshace con la luz o con un testigo. La diferencia de esta pieza es que la autora se guardó un misterio sin explicar, y que quien manda callar sobre él no es el fantasma: es el marido.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Tres fenómenos y sólo dos explicaciones: así está armado el relato, y el desajuste es deliberado.

  2. El quejido queda resuelto al amanecer por una rama de guayabo que rozaba el alar del corredor justo frente al cuarto de las niñas. La luz queda resuelta por el capataz, que informa de un candil que se llevó el mono suelto de los señores y que apareció encendido apuntando hacia ese mismo cuarto. Las dos explicaciones llegan de la gente que trabaja en la finca, no de los patrones, y llegan con desgana, como quien no le ve gracia a lo sobrenatural.

  3. El tercer fenómeno —las lámparas que se apagan solas a la medianoche y el aliento tibio en las caras— no se explica. El marido lo despacha con «nuestro miedo, y el viento» y una orden de callar, y ahí termina el cuento. No se puede cerrar ni por lo racional ni por lo sobrenatural: la autora lo dejó abierto a propósito, y ahí está su gracia.

  4. Conviene además distinguir quién sostiene cada lectura mientras dura la noche. Que el resplandor es el ánima de don Antonio, muerto casi dos años antes en ese mismo cuarto, lo dice la criada, y lo enlaza con la falta del día. Que el quejido viene de la niña sonámbula lo dice su madre, que ya se lo había oído en la ciudad. Que hay que disparar lo deciden los hombres, dos veces, sin salir de la casa. Ninguna de esas tres versiones es la del narrador, que se limita a ponerlas una al lado de otra.

  5. Y una advertencia sobre el soporte: lo que puede leerse hoy es la reproducción parcial que la antología hizo en 1993, porque la impresión de la Imprenta Departamental de 1982 no está digitalizada.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
8
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Al filo de la leyenda (Cartagena, Talleres El Marinero, 1962; impresión de la Imprenta Departamental, 1982, pp. 29-199), reproducida en la sección 28 del tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia»

    flacso.edu.ec

    Es la única pieza rural del libro y la única fuente de este relato, en los folios 386 a 389: una hacienda llamada Los Rosales, con capataz, casa grande, casita de cuidanderos a unos cientos de metros y estanque con lotos. Sólo aquí constan el armazón litúrgico que mueve todo —Jueves Santo, Viernes Santo, la procesión del Santo Encuentro en el pueblo, el Padre Nuestro de las tres de la tarde, el responso de difuntos— y las dos explicaciones materiales que el texto da por su nombre: la rama de guayabo que rozaba el alar del corredor frente al cuarto de las niñas y el candil que se llevó el mono suelto de los señores y que apareció encendido apuntando a ese mismo cuarto. Y aquí consta que hay un tercer fenómeno sin resolver, las lámparas que se apagan solas y el aliento tibio, que el marido despacha con «nuestro miedo, y el viento» y una orden de callar.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor»

    flacso.edu.ec

    En ninguna otra pieza se ve tan claro qué quiso decir la compiladora, y por eso su nota se cita aquí como fuente y no como formalidad. El folio 359 declara que la sección veintiocho recoge leyendas de la tradición oral de la población negra de Cartagena y advierte que los textos «ofrecen una redacción literaria del lenguaje popular»: en este relato esa redacción literaria consiste, literalmente, en escribir el acento de la criada y no el de los amos. El acento está escrito por quien no lo tiene, y la advertencia de la antología es lo que permite decirlo sin acusar a nadie de nada. El tomo es además el soporte —páginas 29 a 199 del libro de 1982— y lo que deshace la atribución heredada a Martínez Fajardo.

  3. Escritura, creatividad e historia de Cartagena: vida cotidiana y popular a través de la obra de Judith Porto de González

    iniciacioncientifica.com

    Declara como mérito lo que en esta pieza es el problema, y por eso conviene citarlo. La investigación patrimonial sobre la autora sostiene que de sus cuentos y ensayos emergen «el lenguaje de distintas épocas de la historia de la ciudad y el comportamiento de las gentes», la mentalidad de las personas en un momento determinado, y que permiten escuchar «—de manera divertida— las voces de algunas personas de ese pasado». Aquí la voz que se escucha de manera divertida es la de Romelia, y lo divertido está puesto en su ortografía: el estudio confirma que la representación del habla popular es un rasgo buscado y reconocido de esta escritura, no un descuido de imprenta.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Los 90 años de la escritora Judith Porto de González

    eluniversal.com.co

    Trae el dato biográfico que impide despachar a esta autora como una señora de la élite que se ríe de su criada, sin por eso resolver nada. La crónica refiere que más de sesenta años antes de 2012 fundó la Sociedad de Amor a Cartagena, con la que levantó instituciones en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, y sitúa su origen en una casa de la calle de Baloco en 1922. El trabajo de una vida estuvo en los barrios populares; la página en que escribe a Romelia con ortografía fonética es de la misma mano. Las dos cosas se dejan aquí dichas y sin fundir.

  2. Espacio Cultural de San Basilio de Palenque · Plan Especial de Salvaguardia

    patrimonio.mincultura.gov.co

    Ofrece el contrapunto con el que medir lo que el relato hace con la voz de Romelia. El expediente documenta, con investigación de campo y con la comunidad como parte, la lengua palenquera y el repertorio oral afrocaribeño de la región de Cartagena: quién habla, qué formas tiene esa habla y cómo se transmite. Puesto al lado, deja ver que lo que hay en la página no es registro de un habla sino una convención ortográfica aplicada a un personaje de servicio, y que sin embargo el punto de vista del cuento está en la cocina: es Romelia quien abre, quien diagnostica antes de que ocurra nada que los patrones están tentando a los cielos, quien nombra al muerto de la casa y quien acaba criticando a los amos en voz alta.

  3. Lo «afro» en el discurso turístico de Cartagena: subexposición y sobreexposición, en «Circulaciones culturales. Lo afrocaribeño entre Cartagena, Veracruz y La Habana»

    books.openedition.org

    Permite describir con exactitud la posición de Romelia en la página, que es doble y contradictoria. El capítulo propone leer la representación de lo afro en Cartagena como un juego de sobreexposición y subexposición: unas pocas figuras negras convertidas en imagen pintoresca y consumible, y al mismo tiempo la lengua, la tradición oral y las condiciones reales de esa población fuera del cuadro. En este relato la criada es a la vez lo más visible —abre, diagnostica, nombra al muerto, critica a los amos— y lo más deformado, porque es la única cuya habla se escribe como sonido y no como lengua.

  4. Ghosts: Folktales of Aarne-Thompson-Uther Types 1676 and 1676B («Real Ghosts and Fake Ghosts»)

    sites.pitt.edu

    Ofrece el catálogo en el que caben dos de los tres fenómenos de esta noche, y deja ver por qué el tercero incomoda. La antología agrupa los tipos 1676 y 1676B en torno a la distinción entre el aparecido verdadero y el fabricado: sustos que se explican, burlones que se disfrazan, miedos que se deshacen con la luz del día. La rama de guayabo contra el alar y el candil que se llevó el mono pertenecen de lleno a esa tradición de desactivación. Las lámparas que se apagan solas y el aliento tibio, no; y es la autora quien decide dejar ese resto sin catálogo.

  5. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Ubica la única pieza del conjunto que sale de las murallas. El libro describe la relación entre la ciudad y su entorno rural a lo largo de tres siglos, con las estancias, haciendas y caseríos del hinterland cartagenero abasteciendo una plaza que dependía de ellos, y permite decir que una casa grande con capataz y cuidanderos a unos cientos de metros es una unidad reconocible del campo cercano, no un escenario inventado. Los Rosales no aparece; el tipo de finca, sí.

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«Un quejido, una luz» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Un quejido, una luz» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Un quejido, una luz» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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