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Tulavieja (Tunda)

Adriano Lemos, en el Chocó colombiano, enfrenta a la temida Tulavieja, un ser sobrenatural del folclore que confunde a sus víctimas en el bosque.

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Ilustración de Tulavieja (Tunda)

En una época ya cubierta por el manto del tiempo, cuando el río Mecana aún susurraba historias olvidadas a sus orillas y la selva se expandía imperturbable, vivía un hombre llamado Adriano Lemos. De estatura cimarrona y piel negra como la noche que lo abrazaba mientras miraba a las estrellas, Adriano poseía la calma del río que lo había visto crecer. A cada amanecer, con el canto arrullador de su tierra chocoana, las estrellas le hablaban y, como únicas consejeras, guiaban sus pasos en el dilema sagrado entre pescar o cazar.

Fue en una de esas mañanas, cuando el alba apenas comenzaba a rasgar el cielo, que las estrellas susurraron la promesa de una cacería. Sigiloso, Adriano preparó a sus perros y con la escopeta al hombro, dejó que sus pasos lo guiaran hacia los secretos del monte. La espesura verde se abrió ante él como una anciana que comparte cuentos al calor de la hoguera. Sin embargo, ese día, la selva no parecía querer regalarle sus criaturas. Sus fieles perros olfateaban con entusiasmo, pero no había rastro de guaguas, ni de venados, mucho menos de un escurridizo tatabro. Las estrellas habrían errado o el bosque simplemente tenía otros planes.

Desalentado, regresó a la orilla del río, donde las aguas conocían sus sueños y sus silencios. Pero el desasosiego habitó su pecho; aunque su esposa contenta estaba con los peces de días pasados, Adriano sentía que algo faltaba, algo tangible que pudiera entregar al hogar. Decidido, esperó a que el sol comenzara su descenso y se adentró nuevamente en el monte, esta vez en solitaria compañía.

En la penumbra del crepúsculo, donde la luz juega a esconderse entre las hojas, avistó una pava resplandeciente sobre la rama de un árbol como si fuera un presagio. El cazador movió cada músculo en sutil compás, hasta que el disparo resquebrajó el silencio; la pava cayó, y con ella una sensación de alivio cubrió a Adriano, quien sintió que los espíritus de la selva habían brindado su beneplácito.

Con el ocaso dibujando sombras y tintes de dorado, emprendió el camino a casa, dejando que su espíritu danzara con la melodía del crepitar del bosque. Mas no habían transcurrido muchos pasos cuando un sonido extraño rasgó el aire: "¡icoz! ¡icoz! ¡icoz!", un eco que resonaba en el alma más que en los oídos. De un instante a otro, el tiempo se fragmentó. Emergió ante él una figura ajena a cualquier lógica del mundo visible.

Desde detrás de un árbol jigua-rastrojo, se asomó una mujer, salida de los cuentos que entre susurros compartían los mayores del pueblo. Era horrible, encorvada, con un desaliño tal que parecía moldeada por pesadillas. Adriano sintió una sacudida interna, como si el viento supiera su nombre y lo llamara desde dentro.

Aun con la temeridad que solo la desesperación concede, alzó la escopeta para apuntar al ser que se cernía hacia él. Pero la mujer continuaba, implacable, un río en creciente, desbordando muecas y sonidos que no correspondían al entendimiento humano. En un acto desesperado, disparó. El balazo se desvaneció como un murmullo en el bosque, dejando tras de sí únicamente el inmutable avance de aquella aparición.

Sin otro pensamiento que el de escapar, Adriano dejó que sus piernas lo llevaran. Corrió, y el entorno se desdibujó en un vertiginoso desfile de sombras que perseguían sus talones. A través del monte fértil y de un pantano pegajoso, huyó del eco de una risa salvaje que crecía en intensidad con cada latido. Pero la peor travesía fue hacia y entre el cementerio. Las cruces parecían emerger para atraparlo, para detener su carrera hacia la salvación. Pero él era un hombre del río, y ese día, el viento pareció otorgarle alas.

Al cruzar el macabro templo de descanso, las tumbas parecían danzar a su alrededor, y las chispas que surgían al tocar las cruces dibujaban fugaces estrellas en la negra tela del ocaso. Finalmente, dejó atrás el cementerio y se adentró en el refugio de su pueblo, donde la cercanía de las almas vivientes le concedió un respiro.

Agotado y tembloroso, Adriano se giró para mirar. En la lejanía, tan incierta como difusa, una columna de humo ondeaba, desapareciendo con la noche. Sudoroso, buscó entre sus pertenencias, pero la pava ya no estaba. La caza se había desvanecido junto con el espanto.

Al relatar su vivencia, los ancianos del pueblo se inclinaron hacia él, sus rostros surcados por el tiempo y la sabiduría que viene de este. "Has visto a la Tulavieja o la temida Tunda," le dijeron, y con esos nombres grabaron una nueva leyenda en la memoria colectiva. Le explicaron que aquella criatura de cuentos perturbadores tenía el poder de enredar las mentes y llevarse a los niños, engatusando a los hombres adultos en fantasías enredadas.

Aquella noche, mientras las estrellas volvieron a brillar sobre su choza, Adriano comprendió que había escapado de las garras del olvido gracias a las oraciones de los ancestros y las estrellas que ya conocían su destino. Desde entonces, el río Mecana continuó susurrando las historias que solo los valientes o los incautos como Adriano Lemos se atreven a escuchar.

Historia

El mito relatado se centra en Adriano Lemos, un habitante de las orillas del río Mecana, quien en su juventud tuvo un encuentro aterrador con una entidad sobrenatural mientras cazaba en el monte. Tras un día sin éxito en la caza, Adriano logra abatir una pava al anochecer. Sin embargo, al regresar a casa es confrontado por una figura temida en el folclore local: la Tulavieja o Tunda, una mujer horrenda y maligna, descrita como andrajosa con pata de molinillo, conocida por raptar y confundir tanto a niños como a adultos.

En el relato, pese a su intento de defenderse disparando, Adriano descubre que sus esfuerzos son ineficaces contra la aparición espectral que se burla y lo persigue incansablemente. Al escapar cruzando rápidamente un cementerio, Adriano finalmente logra poner distancia entre él y la entidad, solo para darse cuenta de que su presa, la pava, ha desaparecido misteriosamente. Al relatar su experiencia a los demás, se le explica que ha sido afortunado por no haber sido víctima directa de la Tunda, ya que solo se llevó el fruto de su cacería.

El mito parece surgir de las experiencias transmitidas oralmente en la región, donde figuras como la Tulavieja o Tunda son usadas para explicar fenómenos extraños y para advertir sobre los peligros del bosque y las fuerzas sobrenaturales que lo habitan. La historia es un ejemplo clásico de cómo se incorporan elementos culturales y ambientales en los mitos locales, reflejando temores y creencias de la comunidad.

Versiones

El mito proporcionado parece ser una versión singular y no presenta explícitamente múltiples variantes dentro del mismo texto. Sin embargo, pueden realizarse inferencias sobre posibles divergencias al analizar cómo se articula la historia del encuentro con un espectro en el contexto de la narrativa. En la versión contada por Adriano Lemos, el foco está en el evento personal y específico de su experiencia en el monte y el posterior encuentro con la figura sobrenatural, a la que se refieren como la "Tulavieja" o "Tunda". Un elemento central es el contexto cultural específico de la región del Chocó en Colombia, que se refleja tanto en la forma de narrar como en la caracterización de las prácticas cotidianas de caza y el diálogo con las estrellas.

Al considerar posibles variaciones de este mito, quizá otras versiones podrían enfatizar diferentes elementos del mismo relato, como el origen y características de la "Tulavieja" o "Tunda", su papel en las comunidades donde se cuenta esta historia, o la manera en que las personas reaccionan antes y después de los encuentros aterradores. Podría existir énfasis en la interacción de Adrianos con otros personajes, las herramientas narrativas utilizadas (como la descripción de los entornos), o el desenlace, variando la manera en que la presencia sobrenatural afecta al protagonista. Estas diferencias hipotéticas subrayarían la flexibilidad de los mitos para adaptarse a contextos culturales específicos, su función social como advertencias, o simplemente como historias de entretenimiento cargadas de tradiciones locales.

Lección

La naturaleza puede ser tanto una guía como un peligro, y el respeto por lo desconocido es esencial.

Similitudes

Se asemeja a los mitos de seres como las sirenas en la mitología griega, que también atraen y confunden a los humanos.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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