Aquí la noche no cae: se derrama. Y cuando se derrama, el río no suena igual, la madera no cruje igual, y hasta el aire se vuelve un animal que respira. Dicen los viejos de antes —y yo lo digo porque lo oí de mi abuelo, que lo oyó de su abuela— que el Chimbilaco no nació murciélago, sino aviso. Fue primero un encargo. En los tiempos en que la gente se iba a barequear oro y a cortar madera sin pedir permiso al monte, el río se cansó de tragar secretos. El río, que todo lo mira, le pidió a la selva un guardián que no tuviera patas para dejar huellas, porque el peligro verdadero no anuncia por dónde viene.
Así fue que la selva amasó una sombra con alas, pero no alas de pájaro alegre, sino alas de cuero mojado. Le puso boca roja como brasa y dientes blancos como pepita recién lavada, para que el que lo viera entendiera: ‘esto no es juego’. Y lo soltó a volar por encima de las casas de palma y por encima de las canoas amarradas, justo cuando el guaco canta y el mundo se acuerda de los que se van. El Chimbilaco no entra de frente, no. Él se aparece por el rabillo del ojo, como se aparecen las cosas que son verdad. A veces es un aleteo bajito que le apaga a uno la vela; a veces es una sombra que se le pega al hombro al caminante; y a veces, cuando la gente anda de mala intención, se vuelve pesado como un costal de agua y le cae encima al pensamiento.
Entonces al hombre le da por perderse, por dar vueltas, por confundir la trocha con el río y el río con el monte. Pero oiga bien, porque aquí está la clave: el Chimbilaco no se lleva a los buenos por gusto. Él prueba el corazón. Si usted va de noche por capricho, por borrachera, por ir a buscar pleito o por ir a buscar lo ajeno, el Chimbilaco le sopla en la nuca un frío que no es de lluvia, y le cambia el sonido del monte. Usted cree que oye a su compadre llamándolo, y es el eco. Usted cree que ve una luz, y es el reflejo del agua. Y cuando quiere acordarse, ya está metido en un pantano donde el barro le agarra los tobillos como manos.
En cambio, si usted va por necesidad —a acompañar a un enfermo, a buscar partera, a traer remedio— el Chimbilaco no lo ataca. Se le pone adelante, alto, y vuela despacio, como quien alumbra sin lámpara. Y si el guaco canta duro, el Chimbilaco da una vuelta grande sobre el techo de la casa, para que la familia se prepare: no para el miedo, sino para la despedida. Una vez, cuentan, un muchacho se burló. Dijo que el Chimbilaco era ‘pura bobada’, que eso era un animal cualquiera. Se fue con linterna nueva, machete afilado, y risa en la boca.
Y sí, vio una cosa negra que le rozó la cara. Se rió más. Pero al rato la linterna le alumbró solo el humo de la lluvia, y el monte se le quedó sin camino. Lo encontraron al otro día, sentado en la raíz de un árbol, con los ojos abiertos como quien vio demasiado. No estaba herido. Lo que estaba era desorientado por dentro. Desde entonces, mijo, aquí se enseña así: al monte se entra con respeto, al río se le habla bajito, y a la noche se le camina con el corazón limpio. Porque el Chimbilaco no es demonio ni santo: es el filo de la selva. Y el filo, usted sabe, corta al que lo agarra mal.
Historia
El relato del Chimbilaco se ubica en el Chocó, donde la noche, la selva y los ríos organizan la vida cotidiana. En la memoria oral del Pacífico negro, el nombre se asocia a un ser nocturno ligado al peligro del monte y a la presencia de un animal alado que ronda trochas y viviendas. En esta versión editorial, el Chimbilaco se entiende como guardián-avisador: una entidad que surge del pacto entre río y selva para corregir excesos humanos (ir de noche por violencia, codicia o burla del monte) y para acompañar causas justas (buscar partera, remedio, o acompañar a un enfermo).
La figura se integra con señales sonoras del territorio (cantos de aves nocturnas, cambios del rumor del agua) y con la idea de perderse sin heridas visibles: el castigo es la desorientación. La historia se cuenta como advertencia comunitaria: no demoniza la naturaleza, sino que la presenta como un orden con reglas. El Chimbilaco aparece cuando se rompen esas reglas.
Versiones
1) Versión del aleteo: el Chimbilaco apaga velas y linternas; no muerde, pero deja al caminante sin rumbo hasta el amanecer. 2) Versión del techo: da vueltas sobre la casa cuando el guaco anuncia muerte; su vuelo es aviso para preparar rezos y despedidas. 3) Versión del pantano: persigue a quien entra al monte por codicia; lo guía a un barro que ‘agarra’ como manos, sin lastimarlo. 4) Versión del guía: si alguien va por necesidad, el Chimbilaco vuela adelante, marcando la trocha correcta con su sombra. 5) Versión del espejo de agua: se manifiesta como una luz falsa sobre el río, para probar si el viajero sabe leer el territorio o solo confía en la vista.
Lección
El monte no es un atajo: es un hogar con normas. La noche exige respeto, compañía y propósito. Quien camina con soberbia o mala intención se pierde por dentro; quien camina por cuidado y comunidad encuentra guía. El miedo no es para paralizar, sino para recordar límites y escuchar señales del territorio.
Similitudes
Comparte con figuras del Pacífico la función de advertir sobre peligros nocturnos y la relación con trochas y ríos. Como otros espantos ribereños, castiga la imprudencia y la soledad, y se asocia a señales (sonidos, luces, cambios del agua) que confunden al viajero. A diferencia de entidades que seducen con forma humana, aquí el énfasis está en el aleteo, la sombra y la desorientación como corrección moral.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



