Tomagata

Andina · Muiscas

Tomagata

Tomagata, el cacique rabón, convertía en animales a quien lo miraba de frente. Un joven descubre que el poder vive tanto en el rumor como en el zaque.

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Tomagata: la entrada del relato

El relato

Tomagata era el zaque de Hunza, y nadie alzaba los ojos cuando él pasaba.

Tenía cuatro orejas, una cola como de tigre que arrastraba por el polvo y un solo ojo abierto, porque del otro era tuerto. Por la cola le decían el Cacique Rabón. Decían también que oía una burla dicha en voz baja al otro lado del valle, y que a quien lo miraba de frente o lo enojaba lo volvía serpiente, lagarto u otra bestia. Era un poder que Idacansás y el Sol le habían dado a él y a sus herederos cuando le confirmaron el cacicazgo.

Todas las noches salía de Hunza hacia Sugamuxi, donde el Templo del Sol, y regresaba diez veces antes del amanecer, rezando en cada adoratorio del camino. La gente lo veía partir con la cabeza baja y lo veía volver al alba, y nadie sabía cuándo dormía.

Una noche, un joven que cargaba la lámpara detrás del zaque tropezó y la llama se apagó.

—Mírame —ordenó Tomagata.

El muchacho conocía la prohibición: ningún hunza miraba el rostro de su cacique. Pero la orden era la orden.

Levantó los ojos.

Tomagata lo observó en silencio. Las cuatro orejas parecían escuchar hasta el miedo. La cola trazó una raya sobre el polvo.

—¿Qué ves?

El joven quiso responder lo que todos decían: poder, santidad, terror. Pero la cercanía de la noche le mostró otra cosa. El zaque venía de diez caminatas, respiraba hondo y tenía los pies heridos.

—Veo a alguien cansado —dijo.

En la piedra del camino un lagarto se quedó quieto. El muchacho pensó que esa era su forma y esperó la transformación. Nada ocurrió.

—¿No temes que ese seas tú? —preguntó el zaque.

—Sí.

Tomagata siguió andando. Se detuvo en el primer adoratorio, rezó, continuó. En el segundo, igual. Diez veces cruzó la noche el camino de Hunza a Sugamuxi, y el joven lo acompañó hasta el primer sol, cuando el templo encendió su techo de paja y el zaque se inclinó y pidió algo que nadie más oyó.

En el regreso, el lagarto seguía en la piedra.

—No transformé a nadie —dijo Tomagata.

—Pero todos creen que puede hacerlo —dijo el joven.

—A veces eso basta.

El muchacho comprendió que el miedo caminaba más lejos que el zaque y llegaba a lugares donde sus cuatro orejas no alcanzaban a oír. Siguió detrás de la cola que arrastraba el polvo, y cuando el zaque murió, después de cien años y más, el reino pasó a Tutazúa, su hermano, el hijo del Sol, y en la piedra junto al camino ya no había lagarto.

Tomagata: lo que quedó del relato

La enseñanza

El poder se sostiene menos en lo que el soberano hace y más en lo que todos imaginan que podría hacer.

Territorio

Andina · Muiscas

Andina · Muiscas

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Muiscas
Referencia
5.544642° · -73.357557°

Contexto histórico

Piedrahíta registra a Thomagata dentro de la sucesión de los zaques de Hunza: el reino corrió de uno en otro hasta llegar a él, "de quien refieren mayores desatinos y ficciones que de otro alguno". La crónica mezcla santidad —no se vio otro hombre semejante desde Idacansás—, cuerpo extraordinario —cola de tigre arrastrada por el suelo, cuatro orejas, tuerto— y el poder de convertir en culebra o lagarto a quien lo enojara, potestad recibida de Idacansás y del Sol para él y sus herederos. Su autoridad se sostenía en el temor reverencial: los hunzas no se atrevían a mirar el rostro de los caciques, y mucho menos el del Cacique Rabón. El relato se cierra con una razón dinástica: quiso casarse, el Sol lo inhabilitó la noche antes y el reino pasó a Tutazúa, cuyo nombre se interpreta "hijo del Sol".

Villa Posse (1993) recoge la misma materia y la ordena como tradición de los zaques: Tomaghata o Fomagata, zaque de Tunja en tiempos inmemoriales, peregrino nocturno que iba y volvía diez veces entre Tunja y el Templo del Sol de Sugamuxi rezando en los adoratorios del camino. Su síntesis liga el cuerpo, la devoción y la amenaza de metamorfosis con el origen del tabú de la mirada: por eso los hunzas no miraban de frente a sus soberanos.

La lectura de la autoridad importa más que el catálogo de rarezas. La prohibición de mirar de frente no es un capricho: hace del rostro del soberano un umbral sagrado y del súbdito un cuerpo disciplinado por anticipación, no por castigo efectivo. La crónica lo admite a su manera cuando ironiza que los sucesores no transformaban hombres "por pura cortesía" o por falta de la candidez de Thomagata.

Cautelas: Piedrahíta escribe más de un siglo después de la conquista y moraliza abiertamente —llama a esa estampa "figura más propia para jeroglífico de un rey indigno"—. Villa Posse depende de crónicas y publicaciones anteriores. Ninguna fuente permite separar persona histórica, memoria dinástica y elaboración mítica; el relato se lee mejor como explicación de por qué se obedecía a un gobernante extraordinario y de por qué la sucesión pasó a Tutazúa.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales para quien quiera profundizar.

Procedencia

Recopilado de la tradición oral de Muiscas, Andina · Andina > Varios > Muiscas.

Cómo documentamos cada relato

Fuentes y revisión editorial

Esta ficha cuenta con referencias de contraste publicadas. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Última revisión: 19 de agosto de 2026Aportar o corregir una fuente

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