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Taife

El mito de Taife refleja el miedo ancestral a lo desconocido en la selva y el poder de entidades engañosas.

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Ilustración de Taife

En un rincón escondido de la selva, habitaba Taife, la Madre de Monte, un ser cuyas manifestaciones variaban con las fantasías de quienes la encontraban. Algunos la describían como una mujer avejentada, de rostro arrugado como corteza de árbol, mientras que otros aseguraban haber visto la figura de un niño travieso, siempre cambiante como la bruma que se alza en la madrugada. Era sabido que Taife tenía el poder de encantar a los incautos, llevándolos por senderos perdidos en la espesura, en donde la selva gravaba su escalofriante presencia con susurros y sombras.

Cierta tribu había crecido al abrigo de esta selva mágica, viviendo sin concebir la existencia de amos ni patrones. Cada día, al despuntar el alba, se dispersaban hacia sus chacras para cultivar la tierra. Sin embargo, una inquietante costumbre se había arraigado en su comunidad: una anciana, de piel cubierta por diminutos montículos de niguas, llegaba al pueblo mientras los adultos estaban ausentes. Dormitaba en los umbrales de las casas y, al despertar, llamaba a los niños para que le quitaran las larvas que tanto molestaban su andar. A cambio, les entregaba pedacitos de ñame: aquellos infortunados cuyos tubérculos estallaban al hervir, recibían las partes malogradas, mientras que los beneficiados con ñames perfectamente cocidos gozaban de las mejores porciones.

Un muchacho, más astuto que el resto, observaba con recelo. Su desconfianza crecía cada día hasta que, decidido a compartir sus sospechas, habló a su madre al regresar ésta al pueblo. "Esa vieja nos da pedacitos de ñame y nos pide que le saquemos las niguas. Debemos hacer algo cuando regrese."

La madre, intuyendo el inminente peligro, ideó un plan. "La próxima vez, señala su bastón. Córtalo, mas no lo partas del todo. Cuando ella intente usarlo, se romperá."

Así ocurrió que, al siguiente encuentro, la anciana recogió su bastón y, con un chasquido, se rompió en dos. Sus ojos fulminaron a los niños con un odio que sólo el mal puede conjurar. "Me pagarán", advirtió con un murmullo que reverberó en sus huesos.

Pasaron dos semanas en silencio sepulcral. Los días fueron un susurro apenas, una expectativa contenida en cada rincón de la selva. Hasta que la anciana regresó con un objetivo oscuro. Había tejido pacientemente una red y, una noche de luna oculta tras nubes, colocó el artefacto tramposo en la entrada de las casas. Con una ortiga, azuzó a los niños que, asustados, cruzaron la puerta sólo para caer en la trampa preparada.

Así los cargó, con la facilidad de quien lleva un ramo de flores, hasta su escondrijo en lo más profundo del monte. Allí, como la devoradora implacable que era, consumió a todos los niños, uno tras otro, dejando sólo a un muchachito que había logrado deslizarse por un pequeño hueco en el tejido.

El pueblo, abatido por la pérdida, buscó al niño sobreviviente y juntos trazaron un plan. El capitán de la tribu mandó sembrar ají por doquier. Cuando la cosecha estuvo lista, prepararon una ofrenda de ají en el agujero por donde el niño había escapado, generando un humo que llenó la morada de Taife.

Uno a uno, Taife y sus fantasmales apariciones comenzaron a emerger de la tierra, cada salida como un suspiro cargado de fiebre desconocida. La fuerza del humo los obligaba a huir, pero con cada aparición, la tribu estaba lista para enfrentarlos, liberando a las almas que habían sido atrapadas. Cuando el último de ellos salió, el aire pesado y denso, el ser más dañino, con una boca que exhalaba un hedor indescriptible, se presentó ante ellos.

"¿Quedan más?" preguntaron, la voz firme a pesar del miedo. El hediondo espectro calló, obstinado, hasta que, finalmente, con un gruñido que sonó como ramas rotas, admitió: "No hay".

La selva se aquietó, y por un instante eterno, el pueblo respiró el aire puro del amanecer. Se habían liberado de la trampa de la Madre del Monte, aunque en el viento que acariciaba los árboles aún subsistía el vago recuerdo de la risa de un niño pequeño, advertencia eterna de que la selva siempre tiene vida propia, misteriosa y engañosa, habitada por seres antiguos que desafían el olvido.

Historia

El mito parece originarse de historias relacionadas con una figura conocida como Taife o Madre de monte, que es un ente engañoso y peligroso que acecha en la selva. Según las versiones, Taife puede presentarse en diferentes formas, a veces como una figura común o incluso como un niño, y tiene la capacidad de hacer que la gente se pierda, especialmente a los cazadores, y causarles enfermedades como fiebre o caídas.

También se relata que una anciana, posiblemente una manifestación de Taife, interactuaba con una tribu. Mientras los adultos trabajaban en la chacra, la anciana visitaba a los niños, quienes la asistían extrayendo niguas, y a cambio, ella les obsequiaba trozos de ñame. Un día, la anciana fue engañada al romper su bastón, lo que desencadenó su ira. Después de dos semanas, regresó y atrapó a los niños en una red, llevándolos a su morada. Sin embargo, un niño escapó y dio aviso.

Para rescatar a los niños, se usó una estrategia de sembrar ají y ahumar la guarida de Taife. Los niños fueron saliendo uno a uno, matando a sus captores en el proceso hasta que solo quedó el último Taife. Finalmente, este último Taife, en un intento de uso de su poder, terminó por ser derrotado y eliminó a todos al soltar un aliento hediondo.

El mito refleja el miedo ancestral a lo desconocido en la selva y el poder de entidades que pueden causar extravío y daño, además de incluir elementos de engaño y retribución.

Versiones

Las dos versiones del mito de Taife presentan diferencias significativas en su estructura narrativa y en los elementos temáticos, a pesar de compartir ciertos conceptos comunes relacionados con un ser sobrenatural que atemoriza o causa daño a los humanos. En la primera versión, Taife es descrita como una figura ambigua y cambiante que adopta la apariencia de una persona común, empleando trucos y engaños para desorientar a los cazadores en la selva. La narrativa se centra en el elemento del engaño y su capacidad para causar enfermedades o accidentes como castigo o advertencia. Este enfoque en la interacción directa y personal sugiere un mito en el que el peligro es inmediato e individual, actuando de manera insidiosa en la vida cotidiana de las personas que exploran o trabajan en la naturaleza.

En contraste, la segunda versión ofrece una narrativa más elaborada y estructurada que introduce a Taife como una vieja que interactúa de manera regular con una comunidad, específicamente aprovechándose de los niños para sus propios fines. El mito se desarrolla con un conflicto claro y culmina en una confrontación directa y resuelta a través de la intervención de la comunidad (representada por el capitán que utiliza ají para rescatar a los niños). Aquí, el relato pone énfasis en un juego de justicia retributiva, donde la comunidad actúa colectivamente para liberar a los niños atrapados por Taife. Esta versión del mito parece acentuar la dimensión moral y social del enfrentamiento con lo sobrenatural, concluyendo con un sentido de victoria sobre el mal, en lugar de la advertencia personal y continua presente en la primera variante.

Lección

La comunidad unida puede superar el mal.

Similitudes

Se asemeja a mitos como el de Baba Yaga en la mitología eslava y el de los Oni en la mitología japonesa, donde seres sobrenaturales interactúan con humanos de manera engañosa.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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