El Bufeo

Amazonas · Mixto

El Bufeo

Testimonios de Leticia cuentan que el delfín de río puede presentarse como persona; la revisión separa al animal real del riesgo social narrado.

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El relato

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En el puerto de Leticia los bufeos salen a jugar cuando ven gente en la orilla. Saltan, cogen pescado, y entre ellos hay macho y hembra. Si notan que alguien les tiene confianza, lo llaman a bañarse, le ofrecen fruta y lo encantan. Entonces se lo llevan al fondo del agua, y allá abajo esa persona queda como gente.

A veces el encanto llega de otra manera. Alguien empieza a sentirse aburrido sin saber por qué, y un día se tira al río.

Con las mujeres el bufeo es más atrevido. Cuando se enamora de una, se le aparece en forma del hombre que ella quiere. El pescador sale de noche y vuelve a la una o a las tres de la mañana, y mientras tanto la mujer queda sola con los hijos. El animal sube de la orilla convertido en un hombre grande y entra a la pieza. Ella, creyendo que es su marido, lo recibe y le sirve la comida. De madrugada él vuelve a salir. No era el marido: era el bufeo.

Una noche el pescador regresa y el perro de la casa se pone a aullar. El hombre agarra el machete y grita que, si es cristiano, responda, que no lo va a matar. Si es el bufeo, desaparece: corre al agua, se mete y nunca se le ve. Por eso no sube donde hay caserío y perros. Sospecha que allá lo matan, y busca el silencio.

Los hijos que deja no llegan a término. A los tres meses la mujer siente dolor y sangra; la criatura sale como animal, con rabito, y con un trueno el bufeo se la lleva.

También sube al pueblo a beber. Nadie lo distingue: se acomoda como cualquiera y gasta cuatro o cinco mil soles en una noche. Lleva puesto el sombrero y, aunque esté borracho, no deja que se lo quiten, porque debajo tiene un huequito en la cabeza, y ahí está su peligro.

Hay quien lo mata para sacarle los dientes. El diente se raspa hasta volverlo ceniza, se prepara con aceite y se le unta a la muchacha que no quiere a un joven, y ella se vuelve loca. Por aquí a eso le dicen pusanga. Pero el bufeo vuelve en gente y se le aparece a quien guarda sus dientes, le conversa y le pregunta por qué lo mató. Si ese joven no sabe manejarlo, termina arrastrado bajo la corriente. Un día está sentado a la orilla, y de pronto se va solo al río, como en sueños, y no vuelve a aparecer. A la muchacha untada, en cambio, la visita un hombre que es bufeo; y si el untado es varón, le llega una mujer.

En el río hay tres clases: el pequeño, el colorado grande, que mide casi tres metros, y otro medio redondo. El bravo persigue la canoa, bucea por debajo, levanta espuma y a veces se trepa a ella para espantar. En las cochas se juntan en montoneras con los pescaditos, saltan de un lado a otro y, cuando quieren asustar, se vienen gritando. Lo de las mujeres fue antes, dicen; ahora ya no. Los de hoy no lo han visto, pero así lo contaban los viejos.

El Bufeo: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Lo que se toma del río para forzar un querer vuelve a cobrarse en quien lo tomó.”

Territorio

Amazonas · Mixto

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Amazonas
Comunidad
Mixto
Referencia
-1.2° · -71.8°

Ficha del relato

Contexto histórico

Este relato procede de la sección «Folclor. Versiones de algunas leyendas» con que cierra el informe «El español hablado en el Amazonas», publicado en Noticias Culturales, el boletín del Instituto Caro y Cuervo, n.º 179, del 19 de diciembre de 1975. El texto sobre el bufeo ocupa las páginas 6 a 9 y lo firma José Joaquín Montes Giraldo. Salió de la encuesta que el Departamento de Dialectología hizo en Leticia en septiembre de 1975 para el Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia, con Luis Flórez, Jennie Figueroa, Marina Dueñas, María Luisa Rodríguez de Montes y el dialectólogo español Manuel Alvar.

La sección no cuenta una sola historia: transcribe seis voces, cada una con su encabezado. Primero, niños de diez a doce años del puerto de Leticia, de quienes se anota que hablan portugués y español: el juego, la fruta y el que se llevan al agua. Después, María Cachique de Vega, que llama al animal «el bufeo, el boto» y le atribuye la forma del enamorado; Pedro Roque, con el diente para brujería; Manuel Curitima, el testimonio más largo, con el pescador que vuelve de madrugada, el perro que aúlla, los hijos con rabito, los soles gastados en el pueblo y el sombrero; Gladys de Bolívar, con la pusanga y el castigo a quien guarda los dientes; y Raimundo Curico, que describe el animal bravo de la canoa y las tres clases, y separa lo que él vio de lo que contaban los viejos.

La transcripción conserva el habla de cada narrador, porque el propósito del informe era lingüístico: el yeísmo, el «nojotros», el «bujeo» por bufeo.

El cajón «mixto» se sostiene en el propio texto. El mismo número describe la población de Leticia como un fondo peruano al que se sumaron indígenas de las tribus vecinas, muchos brasileños e inmigrantes del interior de Colombia. Y las voces lo muestran: el nombre brasileño «boto», los niños bilingües en portugués, la moneda peruana, el castellano amazónico de todos.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está al otro lado de la frontera. En la Amazonía brasileña, el boto aparece vestido de blanco en las fiestas de orilla y baila toda la noche con las muchachas. Paulo Maués Corrêa recuerda, a partir de Luís da Câmara Cascudo, que la madre de la Cobra Norato fue embarazada por ese boto, «el mayor seductor de las aguas amazónicas», y cita el poema de Antônio Tavernard que Waldemar Henrique puso en música, donde el boto viene a tentar y se lleva a la moza. Es el mismo nombre que María Cachique de Vega usa en Leticia, y la misma visita nocturna de Curitima y Curico, aunque en Pará la fiesta reemplaza a la casa del pescador.

Más al norte, en el Mirití-Paraná, los yukuna cuentan al delfín de agua dulce entre los dueños del agua. María Clara van der Hammen, en El manejo del mundo (1992), anota que esos dueños viven en el fondo, donde tienen sus malocas y su gente. Es otra manera de decir lo que dicen los niños de Leticia: que al que se llevan, allá abajo queda como gente.

En el Llano, Getulio Vargas Barón publicó en 1996 «Los delfines dorados», donde los delfines del Pauto y del Meta son la descendencia de unos amantes perdidos en un remolino. Invierte el motivo: el delfín ya no suplanta al marido, sino que nace de un amor humano.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Las seis voces de 1975 no cuentan lo mismo, y cada una aporta una pieza que las otras no tienen. Para los niños del puerto, el bufeo juega, da fruta y se lleva al que se confía; lo que pasa abajo cabe en una frase: «Él queda como gente». María Cachique de Vega pone la seducción en primer plano, con la forma del enamorado, y la sitúa en el pasado: «Eso fue antes tamién, ahora ya no». Pedro Roque junta dos cosas que otros separan, el encanto que empuja a tirarse al agua y el diente que sirve para brujería y enloquece a quien lo usa.

  2. Manuel Curitima es el único que narra escenas: el pescador que vuelve a la una o las tres, el perro que aúlla, el machete y el «si es cristiano, que diga»; y el único que habla de hijos con rabito que se pierden a los tres meses con un trueno, de los soles gastados en el pueblo y del huequito bajo el sombrero. Gladys de Bolívar invierte la dirección del peligro: para ella el daño lo hacen los jóvenes que matan al bufeo y usan su diente como pusanga, y es el animal el que vuelve a cobrarlo. Raimundo Curico es el más prudente: describe al bufeo bravo que persigue la canoa como cosa de la orilla, pero la transformación en marido la atribuye a los viejos.

  3. María Luisa Rodríguez de Montes, de la misma comisión, publicó en 1981 la Muestra de literatura oral en Leticia, Amazonas, con ocho versiones distintas del bufeo. La reseña que el Caro y Cuervo dedica al libro resume dos rasgos que en 1975 aparecen apenas insinuados: el bufeo convertido en hombre viste con elegancia y lleva siempre sombrero para ocultar el espiráculo, y cuando fija los ojos en una mujer toma la forma de su esposo. Añade que las muelas y partes del cuerpo de la hembra sirven de talismán para la pesca, la cacería y el amor.

  4. Treinta años después, Salima Cure Valdivieso oyó en la frontera de Colombia, Perú y Brasil al bufeo descrito como gringo, blanco y bien vestido, que iba a los bailes a llevarse muchachas a ciudades bajo el agua. Sus interlocutores recordaban también delfines bravos que volteaban canoas, y varios le dijeron que ahora ya no son malos: el mismo «antes sí, ahora no» de María Cachique de Vega.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mixto · Amazonas
Referencias
11
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. El español hablado en el Amazonas. Encuesta en Leticia para el Atlas Lingüístico Etnográfico de Colombia; sección «Folclor. Versiones de algunas leyendas: El bufeo»

    bibliotecadigital.caroycuervo.gov.co

    Es el registro del relato, pp. 6-9: seis voces de Leticia transcritas por separado en septiembre de 1975. Los niños del puerto (juego, fruta, el que se llevan y queda como gente); María Cachique de Vega (el boto que se aparece en forma del enamorado); Pedro Roque (el encanto que empuja a tirarse al agua y el diente para brujería); Manuel Curitima (el pescador que vuelve de madrugada, el perro que aúlla, los hijos con rabito, los soles gastados en el pueblo, el huequito bajo el sombrero); Gladys de Bolívar (la pusanga del diente y el bufeo que se lo cobra a quien lo usa); Raimundo Curico (el bufeo bravo de la canoa, las tres clases y el marido suplantado que contaban los viejos).

  2. El bufeo: Muestra de literatura oral en Leticia (reseña de Rodríguez de Montes, 1981)

    lenguasyliteraturasnativas.caroycuervo.gov.co

    Da noticia del libro de María Luisa Rodríguez de Montes (Instituto Caro y Cuervo, 1981, 262 pp.), que reúne ocho versiones distintas de El Bufeo recogidas en Leticia, y lo clasifica entre los seres «fantasmales» del río y la selva que se describen más que se narran. Resume rasgos que la nota de 1975 sólo insinúa: el bufeo hecho hombre viste con elegancia y usa siempre sombrero para ocultar el espiráculo, toma la forma del esposo de la mujer que desea, y las muelas y partes de la hembra sirven de talismán para la pesca, la cacería y el amor.

  3. «Cuidado te mochan la cabeza». Circulación y construcción de un rumor en la frontera amazónica de Colombia, Perú y Brasil

    repositorio.unal.edu.co

    Registra el bufeo treinta años después de la encuesta, en la misma frontera: se vuelve persona, sobre todo gringo, blanco y bien vestido, va a los bailes a llevarse muchachas o muchachos a ciudades bajo el agua con calles y alumbrado, rapta a las muchachas que se bañan en el río, y los delfines de antes eran bravos y volteaban canoas. Varios interlocutores le dicen que ahora los bufeos ya no son malos, ni bravos. Recoge además el bufeo como disfraz de los cortacabezas, reconocible porque golpea la canoa en vez de huir.

Contraste y contexto · 8 referencias
  1. El bufeo colorado en dos novelas amazónicas peruanas

    scielo.org.pe

    Describe el relato del bufeo colorado en la Amazonía peruana: se transforma en un hombre de rasgos occidentales, a menudo rubio, y se le señala como padre de los hijos sin paternidad reconocida. Cita la pusanga hecha con partes del bufeo hembra y el sombrero que el bufeo hecho hombre no puede quitarse porque delata el orificio de la cabeza, y lee el relato como encubrimiento de la violencia contra las mujeres. Cita a Cure Valdivieso 2005.

  2. Anotações sobre a lenda da Cobra Norato

    periodicos.uepa.br

    Documenta el boto brasileño que se vuelve hombre vestido de blanco y baila toda la noche con las muchachas en las fiestas de orilla; recoge de Câmara Cascudo que la madre de la Cobra Norato fue embarazada por el boto, «el mayor seductor de las aguas amazónicas», y cita el poema «Foi boto, sinhá» de Antônio Tavernard, musicado por Waldemar Henrique. Es el paralelo brasileño del nombre «boto» que usa María Cachique de Vega.

  3. El manejo del mundo: naturaleza y sociedad entre los Yukuna de la Amazonia colombiana

    tropenboscol.org

    En la p. 113 cuenta al delfín de agua dulce entre los dueños del agua de los yukuna del Mirití-Paraná, junto a la anaconda, la charapa y las nutrias, y dice que esos dueños viven en el fondo del agua, donde tienen sus malocas y su gente. Es el paralelo indígena colombiano del «queda como gente» de los niños de Leticia.

  4. The Tukuna

    etnolinguistica.wdfiles.com

    En la p. 27 anota que los ticuna no matan al delfín colorado, aunque les disgusta porque espanta a los peces. Contrasta con la versión de Gladys de Bolívar, en la que se mata al bufeo para sacarle los dientes, y con el bufeo que se amontona con los pescaditos en las cochas de Raimundo Curico.

  5. Guía de observación responsable de delfines en la Amazonia colombiana (2.ª edición)

    omacha.org

    Describe al delfín rosado o bufeo (Inia geoffrensis): el delfín de río más grande del mundo, de hasta 2,75 m, con entre 25 y 28 pares de dientes por lado en cada mandíbula, y menciona las historias y mitos que lo rodean en la región de Leticia y Puerto Nariño. Da la medida real frente a los «casi tres metros» del bufeo colorado grande de Raimundo Curico y explica por qué el diente es el objeto del filtro.

  6. Raíces sumergidas: historias ancestrales de la Amazonia

    omacha.org

    En «El Toreruma, abuelo de los delfines» (p. 46) los delfines se vuelven rosados al envejecer, los más viejos se convierten en el Toreruma, cuidan las almas de los que mueren en los ríos y viven en un lago del mundo de los espíritus. Es la cara tikuna del mismo animal: otro mundo bajo el agua adonde van los que se pierden en el río.

  7. Madre Selva: representación de mitos y leyendas de la región amazónica colombiana a través de la danza

    repository.udistrital.edu.co

    Su apartado «El bufeo colorado» (pp. 89-90) resume el núcleo que en 1975 da Gladys de Bolívar: el animal se transforma en persona y se presenta a quien usa sus dientes o mata a su especie para hacer brujería o talismanes, y las muelas de la hembra sirven para la pesca, la cacería y el amor. Muestra que esa es la forma que circula del relato en Colombia.

  8. Cuentos, mitos y leyendas del llano: «Los delfines dorados»

    babel.banrepcultural.org

    En «Los delfines dorados» (pp. 22-32) los delfines del Pauto y del Meta son la descendencia de unos amantes perdidos en un remolino. Es el paralelo colombiano que invierte el motivo leticiano: el delfín nace de un amor humano en vez de suplantar al marido.

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No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El Bufeo» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El Bufeo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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