En tiempos remotos, cuando el mundo aún era joven y la tierra se extendía sin conocer a su gente, un grupo de hombres partió de Uchi Juroteka, en la Sierra Nevada de Santa Marta, con el propósito de explorar nuevos parajes, entablar amistades y desafiar a la suerte misma. Se aventuraron lejos, hasta llegar a Maiceo, la Carraipía, donde Wojoro, exhausto, sintió los pies arder y el alma desfallecer. "No puedo más", confesó con la mirada perdida en el horizonte. Sus compañeros, con la resignación que da la necesidad, le dijeron: "Quédate aquí, si el cuerpo ya no responde. Nosotros seguiremos". Así, Wojoro quedó atrás, junto a los susurros de la brisa y el eco de sus anhelos.
Más adelante en el camino, Epits, llamado también el Cerro de la Teta, sintió el mismo peso de la fatiga que lo abrumaba. Sacó sus sandalias para descansar, pero el alivio efímero fue reemplazado por una sed implacable. Sus fuerzas se extinguieron como el último destello del sol antes del crepúsculo, y tampoco pudo seguir. Así, uno a uno, los compañeros dejaron de escuchar las pisadas de sus amigos, encapsulados en un silencio infinito, mientras los demás seguían pretendiendo desafiar al destino.
Itojoro, el más ágil y liviano de todos, marchaba con el aliento de mil generaciones en su pecho. "Vamos, hermanos, pronto dejaremos estas áridas tierras detrás y hallaremos otras mejores", animaba con una voz inquebrantable. Pero aquellos que quedaban rezagados sólo atinaban a responder: "Ojalá te quedes también, encadenado a estas arenas, cuando el cansancio te venza".
Wososopo llegó al borde de su resistencia. "Tengo el bofe seco", clamó con desesperación que casi era una plegaria. En sus ojos, los compañeros que marchaban más allá del horizonte se convertían en sombras danzantes, hasta que la sed lo tomó. En su honor, los hombres futuros recordarían su nombre: Wososopo, el que cayó, consumido por la sed en su camino hacia el olvido.
El turno llegó para Juyouira, el hábil invocador de las lluvias y los truenos, el que no pudo más. Ni la fuerza de las tormentas que anidaban en su espíritu pudo salvarle del hambre lacerante y del cansancio pertinaz. Clamó en vano a Ttitsi, pero en vez de ayuda, escuchó: "Tú ya no puedes seguir". La tierra lo acogió con el corazón abierto, y su nombre permaneció, resonando con los ecos de las lluvias futuras.
Tsitsi, inevitablemente, a su vez se quedó en el camino, desolado como un suspiro que anuncia un final.
Finalmente, Itojoro mismo sucumbió. Aunque sus palabras eran de aliento, sus pies no pudieron más, pelados y heridos, condenados por el hambre y la sed inquebrantables. Descubrió una mata de Ita, el totumo, en la cúspide de Akuwa. Allí, en ese santuario natural, una nueva metamorfosis ocurrió.
Los Monkii avanzaron sus últimos pasos hasta reclinarse junto al mar, donde el tiempo los transformaría en los morros que atestiguan los lamentos del oleaje. Y Guarapú, consumido por el sopor que nublaba su juicio, halló un descanso eterno.
Mareiwa, con mirada omnisciente desde la cúspide del Tsitsi, observó el destino de sus hijos, aquellos que él mismo había enviado a correr tierras. En su corazón resonaba la tristeza hecha viento. "No habéis cumplido vuestro destino", sentenció, y con ese acto creador, les halló otro: "Os convertiréis en cerros, eternos guardianes de la tierra". Así, la geografía misma fue tallada con los nombres de aquellos que no lograron llegar.
Con una honda ancestral, Mareiwa lanzó una piedra que desnudó la tierra ante sus nietos, apartando el mar que antes lo rodeaba todo. Con ese solo golpe, las aguas retrocedieron y la Guajira se reveló. Quedaron pozos salados, resabios del antiguo dominio del océano, atestiguando el cambio.
Pero la obra de Mareiwa no había terminado. "¿Qué daré a mis hijos para que vivan sobre esta tierra desvelada?" murmuró al viento. Sembró los cielos de Wampiray, pavas luminosas, de Urui, turpiales de canto sagrado, y de Morva, arbusto de frutos oscuros. Las aves poblaron la nación esmerada con el verde de iguaraya y el rojo de sangre de toro. La tierra prometida empezó a respirar vida y alimento.
En una cueva profunda, Mareiwa volvió a su taller de creaciones. "Hágase el Indio", dictó y el eco obedeció. A cada uno de sus hijos, les dio un nombre, casta y compañera, un legado tallado en piedra en Arachi, donde los símbolos del hierro nacieron para perdurar. Las castas de Ipuana, Uriana, Epiayú, y tantas más, encontraron su hogar en la Guajira, cada uno con sus pares de animales, marcados por el hierro que Mareiwa pintó en las piedras, sellando así pactos invisibles con la tierra.
Ellos, los indios de la Guajira, ahora caminaban en un mundo sacralizado por cerros cuyos nombres eran memoria, por aves cuyo canto hilaba historias y por árboles cuyas raíces extendían nuevos comienzos. Así, el mundo se hizo tangible en un tapiz de leyendas, prendido de hilos invisibles tejidos por Mareiwa y su aliento primordial.
Historia
El origen del mito se centra en la figura de Mareiwa, quien envió a varios hombres a explorar tierras. Cuando estos hombres no pudieron completar su viaje debido al hambre, la sed y el cansancio, Mareiwa los convirtió en cerros, dando lugar a que los montes llevaran sus nombres. Posteriormente, Mareiwa disparó su honda desde la cima del Tsitsi para separar el mar y revelar la tierra de la Guajira. Luego, pobló la región con aves, árboles y alimentos para sustentar a los habitantes y creó a los indios, distribuyendo la tierra y asignando a cada casta un par de animales y compañeras. Además, en Arachi, estableció los símbolos de cada casta en grandes piedras.
Versiones
El mito presentando narra un relato perteneciente a la tradición oral de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Guajira, centrado en un grupo de hombres que exploran nuevas tierras en cumplimiento de la voluntad de Mareiwa, una figura creadora. A través del texto, se observa cómo los distintos participantes de esta expedición enfrentan desafíos físicos y van quedándose rezagados debido al hambre, la sed y el agotamiento, transformándose en elementos geográficos permanentes del paisaje. Cada uno de estos hombres recibe un nombre basado en sus circunstancias particulares, como el terreno donde quedó o las características que exhibieron durante el viaje. El relato concluye con la intervención de Mareiwa, quien transforma la región al separar el mar y repoblar el área con alimentos y animales, estableciendo además a las diferentes castas indígenas con sus respectivos emblemas y roles dentro del recién configurado entorno.
Una diferencia notable con otras versiones del mito radica en el enfoque y simbolismo de los personajes transformados en formaciones geográficas. En otras variantes, estos individuos pueden ser descritos con habilidades extraordinarias o recibir un destino diferente al final del viaje, como llegar a su destino prometido o alcanzar algún tipo de epifanía espiritual. Además, las consecuencias de la misión encomendada por Mareiwa también pueden variar, con algunas versiones destacando aspectos específicos de la intervención divina que generan distintos paisajes o condiciones de vida para las castas indígenas. Este texto en particular subraya la conexión entre el agotamiento físico de los personajes y su transformación en partes constitutivas del paisaje, un tema común en las mitologías que intentan explicar fenómenos geográficos a través de relatos de creación y metamorfosis.
Lección
La naturaleza transforma y acoge a quienes no logran cumplir su destino.
Similitudes
Este mito se asemeja a los mitos griegos de metamorfosis, como los de Ovidio, donde los personajes se transforman en elementos naturales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



