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Origen de las plantas

Este relato describe cómo las semillas de María Santísima son consideradas una herencia divina, contrastando con las culebras de Santo Tomás.

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Ilustración de Origen de las plantas

En los tiempos en que la tierra aún despertaba a la vida, cuando los susurros de las estrellas narraban historias antiguas a quienes aún creían en el latido de lo invisible, María Santísima caminaba entre nosotros. Su presencia era un suave murmullo en el viento que acariciaba las hojas, una luz dorada que danzaba entre las sombras del amanecer. Sus manos, siempre prestas a dar, eran fuentes inagotables de bondad y promesa.

Era María quien traía consigo el milagro de la naturaleza encapsulado en diminutas semillas, cada una un mundo a punto de nacer. Estas semillas, aseguraban los viejos, las extraía del vientre, un acto que no solo era milagroso, sino la manifestación suprema de su amor por la creación. Con cada semilla, María no solo entregaba la promesa de un árbol, una flor, un fruto, sino también la certeza de la supervivencia, la continuidad de la vida.

En torno a ella, plantas de todos los colores brotaban, extendiéndose como centellas vivas por los campos y bosques. Las gentes, agradecidas, recibían aquel legado divino sabiendo que en esos gestos se tejía la herencia de la fecundidad. Se decía, con voz baja y reverente, que mientras el hermano de María, aquel que había vagado por caminos oscuros buscando crear pero no encontrando la manera, percibía este acto con profunda rabia.

El hermano, Santo Tomás, había anhelado dar a la humanidad su propio regalo, algo que surgiera de las tierras como centinelas y guardianes. Pero su donación fue incompleta; la tierra no siempre respondía a su llamado. Se cuenta que en un arranque de desesperación y lucha interna, Santo Tomás creó a las culebras. Su creación no fue un acto de maldad, sino uno de la más pura frustración por no poder igualar a la hermana. Las culebras, largas cintas de piel viva, se deslizaron por la tierra, y a diferencia de las semillas de María, provocaron en los corazones un terror primigenio.

En síntesis, las semillas de María y las culebras de Santo Tomás coexisten entre las páginas del mundo, formando una dualidad inherente. Mientras las semillas florecen en vida y sustento, las culebras serpentean entre las raíces, recordatorios oscuros del deseo insatisfecho. Así, la herencia de la madre de todas las semillas se entrelaza con los senderos contorsionados de las culebras, en un equilibrio que forma parte del tejido de la existencia misma.

El cielo y la tierra, entonces, pactaron un silencio respetuoso ante este equilibrio. Las estrellas, testigos impasibles de estas destrezas divinas, suspendieron su canto y permanentemente grabaron en el firmamento la historia de estas ofrendas celestiales. Así permaneció la creación de María, un susurro eterno todavía narrado entre tanto susurro nocturno y murmullo del viento. Las semillas aún germinan por mares y montañas, testigo fiel de la bondad primera. Las culebras, guardando silencio, vigilan en las sombras, reclamando un espacio en la narrativa universal de la ilusión, desafiando su oscura belleza contra la fecundidad de las flores que alguna vez nacieron del amor celestial de María.

Historia

El mito tiene su origen en la creencia de que María Santísima fue quien proporcionó toda clase de semillas a los cristianos extrayéndolas de su vientre para que pudieran mantenerse. Las plantas, por tanto, son consideradas una herencia de María Santísima. Este relato también menciona que había rabia por parte de "el hermano", quien deseaba proporcionar semillas y animales pero no podía, sugiriendo un conflicto entre entidades divinas. Por último, se sugiere que Santo Tomás pudo haber sido responsable de crear las culebras.

Versiones

El mito presentado ofrece una narrativa única sobre el origen de las semillas y plantas, atribuyéndoselas a María Santísima, quien las entrega a los cristianos como un sustento. La versión contrasta el papel proactivo de María con un hermano sin nombre, quien también deseaba proporcionar semillas y animales pero no tenía el poder para hacerlo. Se introduce además la idea, posiblemente a modo de variación, de que las culebras podrían ser obra de Santo Tomás. Este enfoque no solo realza el protagonismo y el don de María, sino que implícitamente crea una dinámica de celos y tensión entre figuras espirituales, sugiriendo oposición y competencia en la distribución de elementos de la creación natural.

Comparando esta versión con otras posibles narrativas mitológicas, destacarían principalmente las atribuciones divinas específicas y el trasfondo de relaciones conflictivas entre figuras religiosas. Mientras que muchas mitologías tienden a explicar el origen de las plantas y animales a través de procesos naturales o interacciones con deidades sin personalidad específica, esta versión introduce la peculiaridad de identificar una fuente mariana para las semillas. La mención de Santo Tomás, aunque marginal en esta versión, también puede ser un intento de integrar diversos elementos y figuras cristianas con roles activos en la creación, añadiendo una capa compleja de idolatría y rivalidad que puede reflejar influencias culturales y religiosas más amplias.

Lección

La creación y la naturaleza son regalos divinos que deben ser apreciados.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Deméter y Perséfone, donde la fertilidad de la tierra es un regalo divino.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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