El rocío del amanecer cubría el verde valle de Iraca, donde la bruma danzaba suavemente sobre los campos, como si la tierra estuviera aún soñando con tiempos mejores. Era un valle susurrante, poblado de leyendas y restos de un pasado glorioso, y en medio de todo, las generaciones recitaban historias como quien repite plegarias antiguas. La Edad de Oro, ese fantasmal periodo en el que los días transcurrían con la suavidad de un canto, había dejado su brillo sobre la memoria de los chibchas, y con el paso de los años, sus relatos se entrelazaron con el oro de otras tierras lejanas.
Allá en el viejo Lacio, bajo el manto de estrellas vigilantes del firmamento, Saturno, el anciano dios desterrado, había llegado buscando refugio. Renunciando al trono de los cielos, caído en desgracia por la traición de su propio hijo Júpiter, se instaló en aquellas tierras. Su llegada no fue un accidente, pues el rey Latino lo recibió con la calidez que solo se reserva a un viejo sueño hecho carne, y juntos engendraron un reino de armonía y prodigios. La gente del Lacio vivió en tiempos de abundancia, donde la tierra ofrecía sus frutos sin reparos y la paz se tejía en la sonrisa de cada habitante.
Al otro lado del gran mar, donde las nieblas abrazan montañas eternas, los chibchas del venerado valle de Iraca contaban con sus propias caricias doradas. Su Edad de Oro había llegado de la mano de Bochica, el sabio de barba espinosa y ropas largas como ríos. No era un hombre común, pues su piel llevaba marcas, signos en forma de cruz que relucían bajo el sol como signos divinos tatuados en su frente y brazos; y su sable no era de acero, sino un bordón de macana, un humilde bastón de madera que llevaba consigo la fuerza de la tierra misma.
Nompanem, el cacique del momento, devoto al bienestar de su pueblo, fue el primero en reconocer la luz que Bochica traía consigo. Viendo su sabiduría y pacífica presencia, rogó al forastero que compartiera los secretos que el tiempo le había revelado. Bochica, con sus pasos serenos y voz que susurraba sueños de una Era Luminosa, organizó al pueblo chibcha; dictó leyes que eran como poemas tallados en las piedras, enseñó las artes olvidadas y redescubrió las técnicas que convertían el trabajo en un arte espiritual.
La tierra, la gente y hasta el mismo aire parecían conocer por fin el significado de la dicha. La vida en el valle discurría con una majestuosidad que se asentaba en la fe, la paz y el trabajo laborioso. Por cada gota de sudor derramada en los campos, la tierra devolvía un canto de agradecimiento en forma de cosechas abundantes. Y así, los chibchas conocieron un tenor de vida en el que la necesidad era un extraño y la guerra un mito olvidado.
Pero el tiempo es un río que nunca deja de fluir, y en su cauce arrastra tanto las alegrías como las presencias. Bochica, con la misma discreta y misteriosa gracia con la que había llegado a las orillas de Iraca, un buen día decidió que era momento de retirarse. Antes de partir hacia los horizontes ocultos que solo él conocía, reunió a su gente bajo el cielo multitudinario. Sobre una gran piedra, cuyos ecos resuenan hasta el día de hoy en la tierra de Iza, devolvió los poderes al noble Nompanem en una ceremonia cargada de emoción y eternidad.
La piedra guarda silenciosa las huellas milagrosas de sus pies, un recuerdo grabado por el tiempo mismo de aquel raro momento. En una última bendición, consagró a Nompanem como su digno sucesor en una nueva era del reino chibcha; un eco de esa Edad de Oro que ahora vivía en los corazones antes que en las historias. Y así, la leyenda de Bochica se unió al eterno fluir del viento, acompañando en espíritu a aquella gente que, mucho tiempo después, seguiría contemplando el amanecer con la esperanza de un mañana tan dorado como el pasado.
El mito descrito tiene sus orígenes en las tradiciones de los antiguos chibchas de la región de Tunja, en lo que hoy es Colombia. Los chibchas recordaban haber vivido una era de prosperidad, comparable a la Edad de Oro de la mitología clásica vinculada a Saturno y el rey Latino, según poetas latinos como Virgilio. En la tradición chibcha, esta era dorada se asocia con la aparición de Bochica, una figura venerada que llegó en un tiempo reciente, según creían al momento de la llegada de los españoles. Bochica fue recibido con honor por el cacique Nompanem y, al compartir sus vastos conocimientos, logró una transformación positiva en el reino chibcha. Se encargó de organizar el gobierno, dictar leyes y fomentar un estilo de vida pacífico y laborioso. Al final de su mandato, antes de desaparecer misteriosamente, Bochica devolvió el poder a Nompanem en un acto solemne. La huella de este evento sobrevive en la tradición local a través de las marcas sagradas de los pies de Bochica en una piedra en Iza, simbolizando la transferencia de poder y la nueva era en el reino de los chibchas.
El análisis de las dos versiones del mito, centrado en la Edad de Oro, revela diferencias significativas en el contexto cultural y el enfoque narrativo. En la versión latina, especialmente en la obra de poetas como Virgilio, la narrativa se centra en el reino de Saturno en el Lacio, representando un tiempo de abundancia y paz. Esta Edad de Oro es un reflejo de la nostalgia por un pasado idealizado, donde Saturno, acogido por los latinos tras ser desterrado del Olimpo por Júpiter, aparece como un dios benévolo que trajo orden y prosperidad al pueblo. El énfasis está en los elementos poéticos y la conexión directa con los dioses del Olimpo, subrayando un vínculo divino y mitológico que conecta a Roma con un tiempo de perfección preolímpico.
Por otro lado, la versión del mito chibcha, aunque comparte la temática de una Edad de Oro, se presenta dentro de un contexto indígena y tiene una configuración diferente. La figura central es Bochica, quien trae sabiduría y establece una época de moralidad y prosperidad para los chibchas. A diferencia de Saturno, Bochica es un civilizador que instruye en artes, gobierno y religión a su pueblo, y aún conserva una presencia física recordada en vestigios arqueológicos, como las huellas en Iza. La narrativa se centra en la relación directa y terrenal entre Bochica y el pueblo chibcha, enfatizando la transformación cultural y social que ocurrió bajo su guía. Mientras que Saturno representa un enlace con lo divino y un tiempo dorado casi mítico, la historia de Bochica se centra más en la mejora tangible de las condiciones del pueblo a través de reformas y educación.
La sabiduría y el liderazgo benevolente traen prosperidad y armonía.
Se asemeja al mito griego de Saturno en el Lacio, donde un dios trae una era de paz y abundancia.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



