En el principio, cuando ni siquiera el tiempo se había atrevido a discurrir, no había nada más que el vasto silencio del vacío. En este abismo existía un Padre sin forma ni miembros, conocido por quienes lo intuyen como el Corazón que Habla. Este Padre era un gran corazón flotante, pleno de voces y dulzura, que se revolvía en el misterio de su propia aparición, buscando el secreto de la creación.
En una acto de meditación profunda, una palabra se gestó en su esencia, y como el rocío de la mañana, se expandió para parir el mundo. De este corazón brotaron sus hijos, los primeros hijos del cosmos, entre los que se alzó el más notable, conocido como el Hombre de Yuca. Corazón que Habla no guiaba a sus hijos con consejos comunes; en cambio, les contaba historias antiguas y sagradas de aquello que no se ha dicho todavía. Permitió que el Hombre de Yuca, aún verde en sabiduría, se presentara ante las primeras gentes.
Hombre de Yuca caminó entre sus nuevos compañeros, iviniéndose como el sabedor y vigilante de toda existencia, afirmando que su espíritu podía ver el inicio y el fin de los días, que su lengua era la que daría nombres a las cosas recién nacidas bajo la luz que él mismo abriría. Sin embargo, sus palabras se adelantaban a su propio conocimiento del mundo, proclamando poderes que aún no le pertenecían por entero.
Al escucharlo, Corazón que Habla sintió la necesidad de enseñarle una lección. Alzó una vara y la dejó caer sobre Él como quien quiebra un huevo. Desplomado en el suelo, el Hombre de Yuca se convirtió en un fuego agonizante, alrededor del cual solo quedaron cenizas y el eco de su osadía. Las gentes que observaban con asombro inefable se llenaron de polvo y se transformaron en loras, criaturas de luz plumada, condenadas a repetir historias vacías que nunca fueron verdaderas.
Sobre la tierra, se regó la sangre del Hombre de Yuca, dejando tras de sí un sendero rojo que Corazón que Habla contempló con la mayor de las tristezas. Absorto por el pesar, el Padre lamió el reguero de la vida perdida, hasta que oyó su voz, llamándolo desde el último rescoldo de calor tenue. El Corazón que Habla sopló suavemente sobre el carbón con un aliento frío y vivificante. Y de esos restos candentes surgió una planta vibrante, la del tabaco, que habló con la voz del Hijo resucitado.
—¡Padre! Ya volví a nacer —le dijo la planta con un susurro entre sus hojas verde-azuladas.
El Padre comprendió en silencio que el tabaco era ahora su hijo eternamente renacido. Entonces, el Corazón que Habla se adentró en un lugar profundo, llamado el Pozo de la Olla de Barro, junto a un gran río, depositando en su hijo el legado de las historias ancestrales. Desde allí, las palabras que los hijos de la Gente de Olla aún conservan fueron esparcidas como semillas al viento. Así nació la venerada costumbre de cocinar el tabaco, tostar coca y preparar alimentos en las ollas de barro, un rito que mantenía viva la memoria del hijo.
Con el poder del tabaco en su esencia reconstituida, Hombre de Yuca reunió nuevamente a las gentes nacidas del aliento del Padre. En sus clamores de poder y vida, invocó a Corazón que Habla:
—¡Padre mío! Que mis palabras sean un reflejo de tu buen corazón y que todo lo que haga sea justo.
El Padre accedió con una sola condición: que no dañara a sus propios descendientes. De esta forma, inició el relato del Uuikï, la danza sagrada y el juego que simbolizan la fuerza del corazón y la plentitud de la existencia.
Entre los hijos engendrados por las nuevas mareas del tiempo, apareció otro prodigioso ser, el Hombre de Frutas. Con una olla de barro como señal de su linaje, ungió sus manos con goma para recibir el corazón del Padre. Al hacerlo, una espectacular explosión de relámpagos de colores —rojos, amarillos, verdes, azules y blancos— iluminó los cielos pre-humanos, presagiando el nacimiento de todos los frutos. Ante tal visión, extendió su mano hacia una esfera prodigiosa y, en un júbilo puro y ancestral, proclamó:
—¡Bonita mi hija, bonita mi gente!
Se sorprendió, sin embargo, cuando la esfera desapareció en su mano, encontrando su lugar en su pecho, donde le concedió la sabiduría y el don de la palabra verdadera. A partir de ese momento, Hombre de Frutas habló como su antecesor, prometiendo cuidar y mimar a sus hijos con devoción, guiado por su inteligencia renovada.
Su esposa pertenecía a la Gente Pez, y juntos tenían dos hermanos en la familia: Curador de Niños, protector de los recién llegados a este mundo, y Madurez de Frutas, hermoso en sus adornos emplumados y portador de la abundancia. Un día, impulsados por la necesidad de saciar su hambre, estos hermanos de leyenda llegaron al hogar de Hombre de Frutas, donde la abundancia era conocida por todos los rincones del mundo. Hombre de Frutas, diligente y laborioso, había dejado el cálido confort de su hogar para buscar leña, habiendo enterrado previamente una bola de almidón, que era el corazón del Padre, el Uuikï sagrado.
Los hermanos, mientras aguardaban, se entregaron a la danza y al canto, hasta que el cansancio los venció. Con malicia en sus corazones, descubrieron la bola secreta y la robaron, huyendo con ella. Al regresar, Hombre de Frutas notó la desaparición de su tesoro. Al instante comprendió que habían sido los hambrientos parientes.
Tiempo después, los hermanos regresaron con rostros falsamente inocentes, diciendo:
—¡Cuñado! La pobreza pesa en nuestros hombros, y venimos en busca de un bocado que sacie nuestro hambre.
No alcanzaron a prever la furia que había nacido en el alma del Hombre de Frutas, quien se dejó llevar por la ira y los mató, cocinándolos con ají, un regalo de su esposa. Desde ese momento, el ají se convirtió en el condimento indispensable en el reino de las cocinas ancestrales. Fue también la primera vez que se entendió que quien ultraje, robe o deshonre el Uuikï sellará su destino de miseria y muerte.
No obstante, ese acto violento cobró un alto precio para el Hombre de Frutas. Perdió sus derechos como guardián de la tradición, y su locura contempló la morada de su conciencia. Su esposa cayó en la enfermedad, y él, enfurecido por su impotencia y la pérdida de lo sagrado, la abandonó en la maloca. Una noche, entre el viento y las sombras danzantes, voces etéreas se dejaron escuchar dentro de la casa:
—Somos tus hermanos, a quienes tu marido devoró.
Con esas palabras espectrales, los hermanos difuntos, movidos por el compasión y el enlace indestructible del parentesco, curaron a la mujer, y sus presencias fantasmales se desdibujaron bajo la luna. Al amanecer, el Hombre de Frutas regresó esperando encontrar un hogar cubierto por el velo de la muerte, solo para descubrir que su esposa se encontraba sana, dadora de vida, ocupada en sus tareas diarias. En esa visión, sintió cómo su locura se disolvía como la niebla ante el sol. Se apresuró hacia el escondite del Uuikï, donde extrañamente halló la bola restituida con toda su magnificencia.
La bola habló girando con la energía de un trompo incesante:
—Yo soy tu hijo renacido, seré tu corazón, y haré que tus palabras encuentren el camino correcto. Cuídame bien y te inspiraré, para que las gentes vivan con pureza y justicia.
Determinado a protegerla, Hombre de Frutas resolvió construir un canasto especial donde resguardarla. Sus primeros intentos, con tejidos de ojo ancho, simple o triple, se rompieron uno tras otro, hasta que elaboró el tejido perfecto, sin rendija alguna. Con láminas de lana de hormiga, envolvió la bolita con ternura y la depositó en el refugio tejido.
La bolita prometía en suaves susurros:
—Si velas por mí, tus palabras se llenarán de luz. Serás el guardián de la tradición, aquel que rechace pensar en el mal.
Los ancianos dicen que la forma en que arropó a la bolita de almidón dio origen a la tradición de envolver con cariño a los recién nacidos, de acunarlos y derramar amor sobre ellos con delicadeza. Hombre de Frutas se alzó entonces como un verdadero patriarca y compuso un canto sacro que siempre resonaría en el inicio del Baile del Uuikï:
“Traigan harta lana porque el niño llora. La hija de Hombre de Frutas está naciendo. Todos venimos a reverenciarla, y después de alabarla afuera, la introduciremos en la casa. Allí bailaremos hasta que amanezca.”
Quienes conocen en sus corazones el Baile del Uuikï saben que este es el primer cántico, y que su entonación permite que las noches pasen indemnes de desgracias. Mientras continúa la danza, las gentes contemplan la bolita como el pulso del linaje, el corazón que fue primero del Hombre de Yuca, transmitido pacientemente al Hombre de Frutas. Es por ello que, cuando el ambil se comparte, se ofrece con honra en forma de bolita, despertando corazones dormidos, canciones y adivinanzas, alegrando a los niños y permitiendo el florecimiento del conocimiento bajo la bóveda de la noche.
Aquel que verdaderamente ama la paz y busca el conocimiento de los mayores puede realizar este baile de herencia. Sin embargo, requiere de sacrificio: trasnochando, sudando y sufriendo como sufrió Hombre de Frutas en la recuperación de su sabiduría. La travesía en el sendero de la palabra correcta no se conquista sin esfuerzo; es necesaria la perseverancia ante la incredulidad y la resistencia ante la envidia que busca apagar la flama de la tradición.
Mas mientras aún exista quien custodie el Uuikï con entrega, la danza seguirá brotando como un árbol desbordante de frutos. Porque el Corazón que Habla no mora en los troncos de los árboles ni en las profundidades de los ríos, sino en cada alma dispuesta a escuchar el eco antiguo y poderoso de estas narraciones sagradas.
Se dice que no debemos olvidar jamás este legado de coca, tabaco y danza sagrada. Son palabras que traen la aurora; son el Uuikï, la bola que late con vida, para que el futuro de generaciones renazca lleno de esperanza y abundancia.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
El mito presentado es una narrativa continua sin versiones alternas claramente diferenciadas, pero dentro de la historia se distinguen dos episodios principales que reflejan diversos aspectos de la creación y el rol de los hombres que actúan como protagonistas mitológicos: Hombre de Yuca y Hombre de Frutas. En el primer segmento, el enfoque se centra en el origen divino proporcionado por el Corazón que Habla, un ser primordial que despliega la creación a través del lenguaje y cuyo hijo, Hombre de Yuca, se eleva de la nada para ser una figura de sabiduría. Este hijo es castigado por su arrogancia al usurpar títulos y funciones divinas, siendo transformado finalmente en tabaco, lo que simboliza un renacimiento y la transferencia de tradición y poder espiritual. La primera parte subraya la importancia del respeto hacia los roles asignados por el orden cósmico y la corrección del comportamiento mediante castigos divinos, lo que lleva a la resurrección y la delegación del poder para guiar a la comunidad.
El segundo episodio se traslada a la historia del Hombre de Frutas, quien hereda y adapta las enseñanzas y poderes del Uuikï, una entidad simbolizada por una bola sagrada que contiene el corazón del Padre. Aquí se observa la continuidad y adaptación de la sabiduría primordial en el contexto humano, centrando el relato en la interacción con la vida diaria, junto con los procesos culturales de preparación y ofrenda comunitaria. A diferencia del aspecto de renacimiento divino en la primera sección, esta parte ilustra las complejidades sociales y las consecuencias de las acciones humanas como el robo del Uuikï, el poder de la palabra, y la restauración del equilibrio a través de rituales y valoraciones familiares. La transición de contenido enfatiza una relación más pragmática y comunitaria, mostrando la evolución del caos al orden social, la tradición y la preservación cultural en la esfera mortal. Estas diferencias reflejan un cambio en el protagonismo de lo divino a lo terrenal, manteniendo una narrativa fluida que abarca la totalidad de las enseñanzas míticas.
Lección
El respeto y la transmisión de la sabiduría ancestral son fundamentales para el equilibrio y la justicia.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Prometeo por el tema del castigo divino y la transmisión de conocimiento.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



