En las tierras de los muiscas, donde la niebla se enrosca entre las montañas y el cielo pareciera inclinarse en un murmullo constante de plegarias antiguas, se contaba la saga de Nencatacoa. Este dios, protector de los tejedores, pintores y amante de las celebraciones, se manifestaba bajo la efigie de una zorra de oro, su cuerpo pequeño envuelto en una manta con su cola asomando traviesa, como si invitara a los humanos a seguirla a un mundo más allá del entendimiento cotidiano.
Nencatacoa era dueño de la risa y el secreto de los colores. Las mantas que protegía y las artes que alentaba llevaban en sus tejidos y pigmentos la esencia de la naturaleza: algodones suaves como las nubes de los páramos, y tonos vivos que parecían robados de las alas de los quetzales. En cada chircate, las mujeres ceñían sus historias al aire, prendiéndolas con alfileres de oro en forma de cascabeles, llamados topos, que resonaban como un coro de diminutos dioses danzantes.
El dios era amante de las borracheras, no por el descontrol sino por la comunión profunda en la embriaguez. Era durante las fiestas colectivas y los trabajos comunales cuando Nencatacoa se hacía presente, alentando con los vapores de la chicha, un elixir fermentado de maíz que contenía la memoria de las cosechas pasadas y la promesa de las futuras. Se decía que en la construcción de bohíos y templos, cuando el sudor era río y las piedras se desplomaban como titanes vencidos, Nencatacoa ayudaba, su figura danzando entre los obreros, susurrando canciones al ritmo de los corazones y de las flautas.
Cuando la noche cubría el valle con su capa estrellada, los muiscas encendían hogueras que competían con los astros en brillantez. Alrededor, hombres y mujeres cantaban, mientras el dios bebía con ellos. Si el viento levantaba las llamas en una danza peligrosa, era señal segura de que Nencatacoa bailaba junto a sus hijos de barro y sueños. Su presencia hacía que hasta las rocas se convirtieran en música, y los árboles susurraran secretos de la creación.
Con la llegada de los españoles, la chicha y las mantas de colores sobrevivieron como relictos sagrados de un tiempo pretérito. La figura del dios mutó, mezclándose con las influencias que cruzaron el mar, amaneciendo en lo cotidiano de la Fiesta de San Pascual Bailón. Llegado desde el Viejo Mundo para enseñar el amor por la Sagrada Eucaristía, San Pascual se convirtió en el reflejo cristiano de Nencatacoa. En Boyacá, sus festividades hicieron eco del pasado, cada movimiento del viento entre las velas recordando la risa del dios antiguo.
En las tardes suaves de mayo, cuando la tierra despertaba de su letargo invernal, los campesinos danzaban alrededor de una llama que flotaba sobre pétalos, invocando al santo y al dios que amalgamaban sus esencias. Los bailes continuaban mientras los cuentos de zorros de oro y pastores santos se contaban alrededor de las mesas, en festines que parecían enredar el hilo del tiempo entre riquísimas viandas y el humo del altar.
Por esto, el mito de Nencatacoa no era solo la historia de un dios bailarín, sino un testimonio de la comunión entre lo divino y lo terrenal. En cada borrachera colectiva, en cada tejido de algodones teñidos, se podía vislumbrar el rastro del dios que amaba a su gente con la ferocidad de una tormenta y la dulzura de un amanecer redecuando la esperanza en la trama del presente. Así, entre hilos y bailes, los muiscas y aquellos que llegaron después se unían en una única voz, uniendo el canto de la zorra antigua con las oraciones del pastor, bajo el mismo cielo que todavía abrazaba sus sueños en el susurro eterno de la tierra.
Historia
El origen del mito de Nencatacoa se encuentra en la mitología de los muiscas, un pueblo indígena del altiplano cundiboyacense en Colombia. Nencatacoa era considerado el dios protector de los tejedores de mantas, pintores y de las borracheras. Se representaba con la forma de un animal del bosque, similar a una zorra, cubierto con una manta, y se decía que participaba en las celebraciones y ebriedades colectivas. Era también una figura que auspiciaba el trabajo y las festividades asociadas con la elaboración de tejidos y la construcción de grandes estructuras. Este mito presenta ciertas similitudes con el dios Baco de los romanos y Dioniso de los griegos, en cuanto a ser asociado con el baile y las bebidas alcohólicas. Además, se menciona que la Fiesta de San Pascual Bailón en Boyacá representa una aculturación de las festividades muiscas dedicadas a Nencatacoa.
Versiones
El análisis de las versiones del mito de Nencatacoa revela varias diferencias y transformaciones influenciadas por la interacción cultural y el sincretismo religioso. En la versión original, Nencatacoa es un dios muisca caracterizado por una dualidad de protector, tanto de los artesanos, tejedores, y pintores, como de las celebraciones festivas acompañadas de borracheras. Se le retrata visualmente como un animal del bosque, posiblemente una zorra, y es un participante activo en la vida cultural y laboral de los muiscas, incentivando festividades y esfuerzos colectivos mediante la chicha, una bebida fermentada de maíz que se utiliza para infundir alegría y entusiasmo en varios contextos, como las construcciones comunales y las festividades cíclicas.
Con el sincretismo posterior a la llegada de los colonizadores españoles, la figura de Nencatacoa se aculturaliza a través de la Fiesta de San Pascual Bailón, un evento cristiano que mantiene raíces en las celebraciones muiscas. Introducido en el siglo XVII, San Pascual Bailón reemplaza a Nencatacoa como el patrón de las festividades rurales en esta región colombiana, conservando similitudes rituales como el baile y la presencia simbólica a través de movimientos de la llama del cirio, reflejo del soplo de viento que, en la tradición muisca, indicaba la presencia del dios danzante. Este proceso de aculturación evidencia cómo un dios indígena es sustituido por un santo cristiano al tiempo que se preservan prácticas autóctonas adaptadas a un contexto religioso diferente, reflejando una mezcla de tradiciones indígenas y cristianas en la cultura folclórica de Boyacá, Colombia.
Lección
La comunión entre lo divino y lo humano se celebra a través del arte y la festividad.
Similitudes
Se asemeja a los mitos de Baco y Dioniso en la mitología romana y griega, respectivamente, por su asociación con la celebración y el vino.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



