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Los tres luceros

La historia de Carlos y Victoria, marcada por desafíos, refleja la unión eterna simbolizada por tres luceros en el cielo.

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Ilustración de Los tres luceros

En los últimos años de la década del cuarenta, cuando las historias de la tierra reverberaban con ecos de realidades y fantasmas, existía un hombre llamado Ambrosio en la costa del río Quachiría, no muy lejos de la histérica ciudad de Pore. Su figura, alta y enjuta, se integraba al paisaje de la sabana con la destreza que sólo aquellos nacidos bajo el sol inclemente podían demostrar. Ambrosio dominaba el arte de la llanura: el lazo se convertía en su extensión natural, los caballos se sometían a su voluntad, y las tierras respondían a su llamado al trabajo.

Viudo desde hacía varios años, Ambrosio vivía para sus dos hijos: Carlos, de tres años, y Victoria, una recién nacida que llevaba el nombre de su difunta madre. Aquella casa, aunque pobre en posesiones, era rica en labor y ternura. Una pequeña ranchita junto a las sementeras resguardaba a los niños cuando el río se tornaba cómplice del clima impredecible. Allí colgaban chinchorros y el padre se entregaba al conuqueo, cultivando el plátano, el maíz y la yuca con la devoción de un hombre que había hecho un pacto de amor con la tierra.

Ambrosio poseía convicciones religiosas profundas. No era católico practicante, pero creía en la presencia de Dios y de la Santa Virgen como guías de su senda. Su vida, como un hilo de agua entre las rocas, se entretejía de realidad y oración. Cada jornada era un acto de fe, su fervor un acto silencioso, destinado a inculcar en Carlos y Victoria la valentía de los valores fundamentales: el respeto, la generosidad y, por sobre todo, el amor inquebrantable entre hermanos.

Los años transcurrieron como el viento sobre la llanura. Carlos había cumplido diez años, y Victoria, ocho. Su padre, desgastado por el clima y los sacrificios, sucumbía lentamente a una tos persistente que lo atenazaba durante las noches. No tardó mucho en descubrir que aquello era más que una dolencia; los rumores hablaban de un espíritu oscuro, una brujería que le había depositado un cachicamo en el estómago. El yerbatero, Catimay, fue llamado para ver si podía sanar lo que, en realidad, iba más allá del cuerpo.

Con la muerte acechándolo, Ambrosio reunió a sus dos hijos. Les hizo prometer que jamás se separarían, que cuidarían uno del otro como si su propia existencia dependiera de ello. Y con estas palabras, y aunque las estrellas no susurraron respuestas, su alma se elevó, dejando a Carlos y Victoria abrazados a la soledad.

Desde ese momento, los dos hermanos formaron un lazo sagrado. Carlos se convirtió en el hombre de la casa, cuidando las sementeras y el ganado con el vigor de un centauro joven. Victoria, por su parte, transformó aquella tierra en un jardín donde la ausencia florecía en colores. La vida continuó, pues así lo dictaban las voces de sus ancestros, danzando entre sombras y luceros.

Con la llegada de la violencia de los años cincuenta, el mundo de Pore se sacudió como un gran árbol golpeado por el rayo. Las guerrillas reclamaron sus peones y los jefes de familia partieron, dejando espacios vacíos e historias sin terminar. Carlos fue convocado, pero su historia conmovió al comandante y fue devuelto al calor de su hogar y a los brazos de su hermana.

Las tierras de Carlos y Victoria florecían donde otras se marchitaban. La fortaleza del lazo fraternal era el mejor abono, y a través de dificultades y fervor, su ganado aumentaba mientras que las almas perdidas regresaban a casa tras la tormenta de guerra. Como cada año, en el aniversario de la muerte de Ambrosio, los hermanos visitaban su tumba. En el rito de aquella fecha, vestidos de luto y pureza, renovaban su promesa de unión eterna bajo la mirada de los luceros de infinita melancolía.

Pero el destino, siempre celoso de los legados eternos, trajo consigo una nueva amenaza en la forma de un verraco negro, salido como de un sueño ancestral, que aterrorizaba los caminos cercanos. Carlos, con su esencia indomable, decidió enfrentar la bestia. Partió al amanecer, con las súplicas de Victoria resonando en sus oídos como un conjuro protector.

La jornada fue larga y el cazador volvió sobre sus pasos bajo un cielo presagiando tormenta. Pero el destino, aquel escultor invisible, reclamó su obra maestra. En el fragor de la lucha, Carlos enfrentó al verraco en un duelo titánico entre lo humano y lo salvaje. Su última mirada parecía buscar el azul infinito donde su padre les aguardaba.

Victoria aguardaba en vano, su corazón alternando entre esperanza y hueso helado. El caballo volvió solo, trayendo historias de gloria y sacrificio inscritas en su lomo. Ella, enfrentándose al dolor con una serenidad que se engrandece frente a lo inevitable, no derramó lágrimas. El mundo se detuvo momentáneamente cuando, convertida en un espectro de voluntad, decidió seguir a su hermano en el río Quachiría, que corría como si no supiera ser testigo de lo sagrado.

Fueron enterrados juntos, Carlos, Victoria y Ambrosio, en un rincón de la llanura donde el viento narraba su historia a quien supiera escucharlo. Desde entonces, bajo el manto nocturno, tres luceros brillan con una intensidad que desafía tiempos y distancias: las almas de aquellos que se amaron más allá de lo tangible, danzando en el piélago del infinito, colgadas de la eternidad.

Historia

El origen del mito relatado por Saúl, el Niño Mentiroso, narra la tragedia de dos hermanos, Carlos y Victoria, quienes quedan huérfanos tras la muerte de su padre Ambrosio debido a lo que se cree fue una brujería. Los dos hermanos, siguiendo las enseñanzas y el juramento hecho a su padre, viven dedicados al trabajo y mantienen una relación fraternal ejemplar en su comunidad. Sin embargo, la violencia y un peligroso marrano que acecha la región se cruzan en sus vidas. Carlos muere enfrentando a la peligrosa bestia, y Victoria, incapaz de vivir sin él, se ahoga en el río. La historia sugiere que tras su muerte, las almas de los tres, padre e hijos, se manifestaron como tres luceros en el cielo, simbolizando su unión eterna.

Versiones

La versión del mito proporcionada se centra en la historia de Ambrosio y sus dos hijos, Carlos y Victoria, en una comunidad rural, destacando aspectos de sus vidas personales y desafíos, mientras introduce elementos sobrenaturales y culturales. Esta narrativa detalla principalmente la vida cotidiana y la lucha por la supervivencia en un entorno adverso, desde la viudez y las responsabilidades parentales de Ambrosio hasta la madurez prematura y el vínculo indivisible entre los hermanos tras su muerte. Sobresale el tema de la superstición y los desafíos míticos, como la creencia en la brujería y el fatídico enfrentamiento con el verraco, que simbolizan las amenazas externas que deben enfrentar los protagonistas.

Por otra parte, la historia se enmarca en un contexto sociopolítico específico, el de la violencia de los años cincuenta en Colombia, lo que introduce una capa adicional de dificultad y amenaza a la narrativa familiar. Aquí, la trama se vuelve más amplia y trágica, aludiendo a la desintegración causada por conflictos externos que consumen a las comunidades rurales. Este telón de fondo histórico resalta cómo, a pesar de las tragedias personales y colectivas, los hermanos procuran mantener los valores inculcados por su padre, fortaleciendo su unión. Sin embargo, la introducción de elementos simbólicos en el cierre, con la aparición de los "tres grandes luceros", resalta una metamorfosis final donde el vínculo entre el padre y los hijos trasciende hacia un plano mítico y espiritual, otorgándole un significado duradero al legado paternal.

Lección

La unión familiar trasciende la muerte.

Similitudes

Se asemeja a mitos griegos como el de Orfeo y Eurídice, donde el amor y la muerte están entrelazados, y a mitos japoneses que exploran el vínculo entre los vivos y los espíritus.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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