AndinaMuiscasmojas

Los Mojas

Explora los sacrificios humanos chibchas en Bogotá y Tunja, donde la sangre joven era ofrenda al Sol.

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Ilustración de Los Mojas

En el vasto reino ondeante de los chibchas, donde el viento susurraba secretos al pasar por los cerros y los ríos cantaban himnos antiquísimos, había un pacto sagrado entre el pueblo y el Sol, creador y destructor, tejedor del destino y el tiempo. Los chibchas de Bogotá y Tunja tenían, pues, maneras únicas de honrar a este astro radiante, de mantener su favorecedor resplandor sobre sus tierras doradas.

En tiempos de guerra, entre las brumas que separaban a los chibchas de los belicosos panchos, surgía la primera de las ceremonias. Así, si capturaban a adolescentes cuyo porte y pureza encandilaban la mirada, los conducían a los cerros altos, templos de tierra y cielo que tocaban el rostro del Sol. Allí, entre cantos que formaban un puente de sonido hacia el firmamento, ofrecían la vital esencia de estos muchachos. La sangre, como un río escarlata, ascendía y parecía ser bebida por el Sol, quien sonreía en refulgentes tonos dorados. Era una sangre que narraba historias de juventud y potencial, y en esos sacrificios, el Sol hallaba placer, más que en las ofrendas de hombres maduros, ya transidos por el camino de la vida.

Casi un soplo distante de este misterio, yacía el segundo rito, extendiendo sus raíces por los Llanos orientales, donde la Casa del Sol se erguía como testigo de lo divino en lo humano. Aquí, los mojas, guardianes de secretos hechos carne, vivían en honor y santidad, custodiados con devoción en los brazos de aquellos quienes los amparaban. Eran niños adquiridos entre los seis y diez inviernos, alabados en estos lares por sus corazones inmaculados, destinados a ser la voz del pueblo ante el Sol.

Los caciques pagaban grandes tributos por ellos, sabiendo que la pureza no tenía precio, sino un valor más allá de lo terrenal. En el santuario, levantados en brazos para nunca tocar la tierra mundana, sus pies se alejaban de las sombras, elevándose como los palabras que dirigían al astro. Ellos cantaban, y cuando sus voces alzábanse como el humo de un incienso sagrado, los indios se liberaban de sus cargas. En esas notas, el remordimiento encontraba perdón, pues el canto de un moja tenía la esencia pura de la esperanza.

Mas, en el devenir inmutable del tiempo, todo niño moja llegaría a la luna de su adolescencia, a aquel día en que lo natural reclamara lo inocente, y entonces, en un acto de la máxima ofrenda, la hoja del sacrificio debía cortar el lazo de sus cuerpos con el mundo. Sus vidas eran derramadas bajo el Sol, y aquella ofrenda última era el puente para la redención del pueblo.

Sin embargo, si por azar uno de esos niños, resguardados bajo ojos vigilantes, perdía su pureza en el abrazo de una mujer, la sombra de la decepción caía sobre él. De inmediato, su valor como moja se disolvía entre las aguas de la cotidianidad. Era devuelto al camino de hombres comunes, su sangre ya no considerada digna de ser entregada. La sagrada misión se transformaba entonces en una vida ordinaria, tal vez restándole brillo al pueblo, pero devolviéndole al mundo un joven a mitad del camino entre lo prodigioso y lo mundano.

Y así, entre sacrificios y cantos sublimes, transcurría en Bogotá y Tunja la danza perpetua de los mojas, elevándose con su historia hacia el insondable corazón del Sol que, desde lo alto, continuaba abrazando el mundo con su luz infinita.

Historia

El mito se origina en las prácticas religiosas de los chibchas, específicamente en las provincias de Bogotá y Tunja. Estos pueblos realizaban sacrificios humanos como una forma de adoración al Sol, a quien consideraban un dios. Existen dos formas documentadas de estos sacrificios:

1. Capturaban jóvenes varones durante las guerras con los panchos, sus enemigos, y los llevaban a cerros altos para realizar ceremonias y cantar al Sol durante tres días. Creían que la sangre de estos jóvenes era del agrado del Sol.

2. Existía un grupo especial de jóvenes llamados "mojas", que eran comprados a un alto precio y dedicados al culto del Sol desde temprana edad. Eran tratados con gran respeto y considerados sagrados, se creía que los mojas podían comunicarse con el Sol. Cuando alcanzaban la madurez sexual, eran sacrificados como una ofrenda propiciatoria al Sol, a menos que perdieran su pureza al tener relaciones con una mujer, lo cual les hacía perder su estatus especial sin ser sacrificados.

Estas prácticas reflejan la importancia del Sol en la religión y sociedad chibcha, y cómo los sacrificios eran vistos como una forma crucial de mantener una relación correcta con esta deidad.

Versiones

El texto presenta dos métodos distintos de sacrificios humanos practicados por los chibchas de las provincias de Bogotá y Tunja, en relación con el culto al Sol. La primera versión describe un método de sacrificio en el contexto de la guerra. Los jóvenes capturados, que se presume no han tenido contacto sexual, son llevados a cerros altos para ser sacrificados. Este tipo de sacrificio es altamente ritualizado, se prolonga durante tres días con cantos al Sol y se considera que la sangre de los jóvenes es predilecta para el Sol, más apreciada que la de los hombres adultos. Esta práctica refleja un propósito ceremonial y un intento de aplacar o agradar a la deidad en un contexto de guerra.

La otra versión describe un marco más estructurado y socialmente integrado, relacionado con los mojas, jóvenes que sirven como intermediarios entre los chibchas y el Sol. Estos muchachos son altamente valorados, comprados a precios elevados y no se les permite tocar el suelo, adquiriendo casi un estatus sagrado. Al alcanzar la madurez sexual, si permanecen puros, son sacrificados al Sol como una ofrenda considerada ideal. En caso de transgresión sexual, pierden su estatus y son tratados como indígenas comunes, excluyéndose del sacrificio debido a la impureza de su sangre. Esta versión resalta un componente de pureza ritual y devoción religiosa, centrado en el mantenimiento de la integridad como un medio para mediar entre los humanos y lo divino. La dualidad de sacrificios resalta distintas motivaciones y contextos, desde el conflicto bélico hasta la práctica religiosa institucionalizada.

Lección

El sacrificio y la pureza son esenciales para mantener el favor divino.

Similitudes

Se asemeja a los mitos griegos de sacrificios a dioses como en la historia de Ifigenia, y a los rituales aztecas de sacrificio al Sol.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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