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Los mensajeros de los dioses

La historia de Mongatá y su esposa refleja la lucha contra la infertilidad y el destino en la cultura chibcha, conectando lo espiritual y lo...

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Ilustración de Los mensajeros de los dioses

En el cálido abrazo de un atardecer fundido en el oro de Sua, allá en tierras chibchas, Mongati trabajaba frenéticamente, dándole forma a sus vasijas de barro, trazando con sus manos la memoria de un amor que se resistía a marchitar. El pasado se deslizaba suavemente en su mente, como un río que serpentea entre recuerdos, bañándolo de nostalgia.

Recordaba con cariño los días de su infancia junto a su padre, un artesano consagrado en la creación de cálices y copas rituales que los caciques y señores solicitaban. Mongatá había aprendido el oficio como una canción heredada. La vida lo había endurecido, pero no tanto como para olvidar el afecto que no conoció, cada caricia faltante de aquellas esposas de su padre que nunca fueron madres para él. Sin otra compañía que su soledad, enamoró su corazón de una joven que, como él, buscaba agua en la fuente de Turubiuta. Juntos habían entretejido sueños en lianas que colgaban de los árboles, intercambiando miradas cómplices entre risas y silencios cargados de promesas no dichas.

La joven era la compañera fiel de sus sueños y un día, movidos por el amor primero, sellaron su unión en la ceremonia tradicional. Luego, en su nueva vida juntos, construyeron un hogar cerca de aquella fuente de amor, donde los pájaros trinaban y las tórtolas arrullaban el viento con dulzura. Ella sembraba, tejía, cuidaba el hogar; Mongatá hacía grandes cántaros, decorados con amor invocado de entrañas ancestrales. No carecían de nada, pero la felicidad se les escapaba, esquiva y caprichosa.

La infertilidad era un dios que los castigaba con silencio en aquel rincón pintado por los colores de la vida y destruido por la ausencia de risas infantiles. En vano, sacrificaron y suplicaron a los dioses para aliviar la calamidad. Un amor que fluía más allá del entendimiento humano no era suficiente para llenar el vacío dejado por el hijo nunca llegado.

Finalmente, la presión de la tradición y el deseo ardiente de ser padre, lo llevaron a tomar una cruel decisión. Con palabras que desgarraban más que el filo de cualquier navaja, Mongatá envió a su amada lejos del hogar, justificando su dolorosa decisión en pedidos de los dioses y del sacerdote. Ella, al principio incrédula, luego acepta el destino con la calma resignada de quien ha sido herido por la socarrona mano del destino.

Recomenzó su vida, asistida por Boquicha y las lágrimas vertidas bajo la mirada vigilante del lago. Su dolor fue mitigado con el tiempo, arropado con el manto del olvido y el trabajo de la tierra. En su vientre, como promesa durante un ocaso inesperado, la vida florecía secretamente. Sin saberlo, Mongatá tenía una vez más un motivo para sonreír, pero la vida ya no se lo permitió conocer.

El destino jugó con ironía, dejando que los días pasaran y la hija Mayavita creciera solo con la naturaleza como su guía, sola pero abundantemente rica en ilusiones y secretos. Mayavita miraba la inmensa laguna y sentía cómo su corazón recogía distancias que nunca había pisado. La jungla cantaba lo inalcanzable y las quinzitas, veloces, eran un eco de su eterno deseo de un horizonte más allá de las montañas.

En una sorprendente tarde que llevaba el perfume de lo infinito, las manos de Mayavita, arrebatadas por un impulso creativo divino, modelaron dos aves de las hojas de su amado arbusto de grao. No sabiendo que trazaba un destino, las figuras cobraron vida súbitamente, llevándola en un vuelo que cruzó cielos y perteneció a mundos que solo existían en sus sueños.

El viaje fue un canto fragmentado de colores y vibraciones. Mayavita se convirtió en una imagen desdibujada por el tiempo y la tierra que sus pies tocaron por primera vez. Entre la vegetación densa y bulliciosa, la lentitud de las selvas empaparían sus sentidos, y su alma satisfizo el hambre de libertad que había incubado desde siempre. Sin embargo, el eco de una nostalgia obstinadamente persistente reclamó su regreso, la madre olvidada y la tierra que dio vida.

Las aves, ahora no solo creadas sino instructoras en la lengua de los hombres, comprendieron su deseo y juntas iniciaron el retorno. Pero el destino, bromista y severo, decidió otra cosa. Mayavita, en su vigor transformado con los años, no fue llevada de vuelta completamente, cayendo para regalar al mundo el sacrificio que los oráculos jamás habían previsto.

En el plumaje de las aves que regresaron, los ojos chibchas vieron el canto dorado de la luz de Sua, la vida de Mayavita transformada en color. Con el resplandor inédito de cuerpos que parecían iluminarse por dentro, las aves hablaron, y supieron los indios que fueron engendradas para traer los rezos hasta el astro rey. Mayavita, hija del viento y del amor, vivía ahora entre los reflejos de Sua, en el misterio de las guacamayas, en el vuelo que terminaba justo donde ella deseaba haber estado: bajo el ardiente sol de Sua, en el hogar de sus raíces.

Historia

El mito narrado se centra en la historia de Mongatá, un joven indio que hereda de su padre el arte de fabricar y decorar vasijas de barro. A pesar de su felicidad inicial, su vida y la de su esposa se ven marcadas por la tristeza debido a su incapacidad para tener hijos. Mongatá decide dejar a su esposa en busca de otra que le pueda dar hijos, obedeciendo a los mandatos de los dioses y sacerdotes. La esposa, abandonada, descubre con el tiempo que está embarazada y, en lugar de informar a Mongatá de que el hijo es suyo, decide quedarse sola para ocultar la verdad.

Su hija, Mayavita, crece protegida del mundo exterior por su madre. Un día, gracias a su imaginación y a su habilidad para transformar hojas en aves, Mayavita es llevada a un viaje mágico por la selva donde experimenta el mundo exterior. Sin embargo, al final, en un intento por volver a su hogar, cae y muere, transformando su sacrificio en el colorido plumaje de las aves que la acompañaron. Estas aves se convirtieron en símbolo de la conexión con los dioses, llevando mensajes al sol para los chibchas, y se consagraron como seres sagrados en diversas culturas americanas.

Este mito refleja las creencias de los pueblos chibcha y otras culturas americanas en torno a las guacamayas, que se veneraban por su belleza y capacidades extraordinarias, tanto en la región chibcha (donde se les consideraba emisarios al sol) como entre los Maya-Quiché, quienes las hilaron en su narrativa de la creación y les otorgaron un significado simbólico de importancia cósmica y sagrada.

Por lo tanto, el origen del mito está en la necesidad humana de explicar fenómenos naturales y dotar de significado espiritual a la flora y fauna que los rodeaba, elevando a las guacamayas a un estado reverenciado por su apariencia y capacidades casi mágicas.

Versiones

El mito presenta la historia de Mongatá y su esposa, centrándose en su deseo frustrado de tener hijos, y cómo esto lleva a Mongatá a abandonar a su esposa en busca de otra compañera, siguiendo un mandato divino. La primera sección de la historia muestra a Mongatá, un hábil alfarero, y su esposa viviendo juntos, dedicados a sus tareas diarias, pero con el peso de la esterilidad que nubla su felicidad. La narrativa detalla sus esfuerzos fallidos para lograr concebir un hijo, narrando un entorno idílico alrededor de la fuente de Turubiuta y exponiendo la tradición cultural que considera la esterilidad una calamidad.

La segunda parte introduce a su hija perdida, Mayavita, que crece aislada pero con una imaginación vivaz, deseosa de viajar más allá de su confinamiento. La historia de Mayavita añade elementos de aventura y misticismo, transportándola a un mundo selvático donde se encuentra con criaturas fantásticas. Su eventual regreso y el fatal accidente ofrecen un cierre trágico. A diferencia del relato de Mongatá, que enfatiza la tradición y el cumplimiento de roles culturales, la historia de Mayavita se enfoca en la búsqueda personal y la llegada inevitable del destino. Además, la transformación de Mayavita y sus aves en símbolos religiosos subraya el impacto del mundo espiritual en las culturas chibchas y mayas, mientras que las dos partes del mito conectan mediante temas de pérdida, deseo y la inevitabilidad del destino dispuesto por los dioses.

Lección

El destino y la conexión con lo divino trascienden los deseos humanos.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Ícaro por el tema del vuelo y la transformación, y al mito japonés de Amaterasu por la conexión con el sol.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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