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El origen del lago Tota

El mito del Lago de Tota narra la intervención de Bochica y Monetá contra Busiraco, simbolizando el poder espiritual de los muiscas.

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Ilustración de El origen del lago Tota

En tiempos antiguos, cuando los dioses intervenían con más frecuencia en los destinos de los hombres y las tierras eran tan vastas como los mitos que las poblaron, existía una llanura desértica de tierra amarilla. En el corazón de esta extensión vacía se abría una profunda cavidad que parecía una herida en el mundo. En las noches de plenilunio, una inmensa bola de fuego cruzaba el cielo y descendía hasta lo más hondo de aquel abismo. De ella emergía Busiraco, el dios de los infiernos, cuyo regocijo consistía en desatar tormentas y vientos tan fuertes que expulsaban las nubes, perpetuando la sequía por tiempos incalculables. Su risa resonaba como un trueno sobre la tierra marchita, y su sombra, extendida sobre las praderas, tomaba la forma de una serpiente negra con ojos de brazas, que se movía silenciosa pero cargada de intenciones nefastas.

Por aquellos días, se cuentan las historias de las largas estaciones de sequía que trajeron angustia y desesperación al pueblo chibcha, quienes clamaban a sus dioses por un alivio, por una señal de que no habían sido olvidados. Sus pieles, tostadas por Sua, se estremecían al visto del firmamento vacío, donde ni siquiera un destello anunciaba la venida de la lluvia. En este tiempo de sufrimiento, un resplandeciente rayo de esperanza cruzó el horizonte. Era el aviso de la llegada de Bochica, el anciano profeta de blanca y hermosa barba que avanzaba desde el oriente por el camino de Sua, trayendo consigo no solo conocimientos sobre el arte de trabajar metales, tallar vasijas y tejer ricos tejidos, sino también un mensaje de paz, amor y la promesa de una prosperidad futura.

Sin embargo, el mal acechaba. Entre las sombras de este relato antaño vibrante, se hallaba Monetá, un sacerdote joven que había sido elegido en tiempos mejores para portar la gran esmeralda de Bochica. El destino mandaba que él fuera el guía espiritual del pueblo, el mediador entre los hombres y los dioses en tiempos de penumbra. Monetá, al llegar en respuesta a las plegarias de su pueblo, congregó a su gente a pesar de la vasta extensión del territorio y los desafió: unirse todos contra Busiraco, conjurando el mal que había atado la tierra a los grilletes de la aridez. A su lado, las promesas largamente guardadas resurgían.

Por designio del gran creador Chiminigagua, el benevolente dios de la luz, fue ordenado que en el borde de la gran cavidad se erigiera un adoratorio en honor a Bachué, la diosa madre de los chibchas, la proveedora de aguas y fecundidad. Con esta construcción, se buscaría atraer de nuevo la generosidad de la diosa y allanar el camino para el regreso de las lluvias. Los hombres, humildes pero imbuídos de una fe renovada, descendieron, caminando sobre el polvo callado que cubría las tierras. Frente a las primeras luces de Sua, el pueblo entero se postró en oración y vigilia, esperando un nuevo amanecer que trajera aquello que tanto deseaban.

La noche cayó y aquel espacio milenario comenzó a resonar con las ceremonias dedicadas a la serenidad de Bachué. Danza tras danza, canto tras canto, vibraron las canciones hasta el cielo. En una danza culminante, la valiente Siramena se presentó sola frente a todos, con un disco de oro resplandeciente en sus manos. Con increíble destreza y fuerza, lo lanzó contra la gran serpiente que personificaba la presencia maligna de Busiraco. La criatura fue alcanzada, convirtiéndose en un solo grito que se deshizo en silencio, y la furia del dios de los infiernos terminó por desvanecerse.

Parte del destino de aquel lugar, guardando aún su intrínseca bondad y caudal, residía en una mucura divina. Mientras Monetá, en su trance visionario, se encontraba aún retirado en oración, los niños atraídos por la curiosidad de los mayores se unieron al juego con aquella vasija sagrada que contenía el preciado líquido vital y en una mezcla de risas y asombro, la volcaron en medio de la caótica celebración. Las aguas, libres y potentes, se derramaron con ímpetu y desbordaron la tierra, arrastrando consigo todo lo que encontraban en su camino. Las gentes y los espíritus errantes del desierto huyeron, confundidos y atemorizados. Pero lentamente, el desborde halló su cauce, asentándose como un manto tranquilo sobre la cavidad que antes había albergado la desgracia, comenzando a irradiar el mismo color verde hipnótico de la esmeralda que Monetá había lanzado momentos antes.

La gran masa acuática, el lago recién nacido, trajo consigo la fertilidad, y con ella la prosperidad. Un espejo líquido que prometió reflejar siempre el recuerdo de la intervención divina, y el recordatorio humano de nuestras falibilidades ante los designios de los dioses. Entonces, ante el primer desatado brote de alegría, resonó el antiguo saber de Bochica y su arcano plan, que cruzó las generaciones para que aquel pueblo saliese victorioso ante la mirada benévola del cosmos.

Detrás del lago, recuperado de un cuento entre fábulas y estrellas, el arco iris surgió del agua como una sonrisa celeste: en sus ondas serpenteaban los eternos diálogos con el pueblo chibcha, una historia que nunca cesaría de contarse a través del tiempo. Habitaba así el alma en aquel lago sagrado que los ancestros veneraron con profundo respeto y las generaciones del mañana admirarían como un tesoro de lo inexplicable, premiando la faz inocente de sus mitos en una verdad más eterna que el viento que sopla desde el oriente, y las sombras que avanzan desde el occidente.

Historia

El mito de la creación del Lago de Tota en la mitología muisca se origina a partir de la historia de una profunda cavidad desértica donde aparecía Busiraco, el dios de los infiernos, en forma de una bola de fuego. Este ser desataba sequías y tormentas, causando sufrimiento en la región. La situación llevó al sacerdote Monetá a tomar acción. Con la ayuda de los dioses, se le otorgó una mucura sagrada con el objetivo de verter su contenido en la cavidad y formar un lago que traería vida y fertilidad. Sin embargo, durante el ritual, los niños del pueblo, por curiosidad, derramaron accidentalmente la mucura, lo cual generó un cataclismo de inundaciones. Pese al desastre inicial, las aguas se calmaron y dieron origen al Lago de Tota, proporcionando fertilidad y prosperidad, y convirtiéndose en un sitio sagrado para las comunidades indígenas. El mito simboliza la intervención divina y el respeto hacia los dioses.

Versiones

Las dos versiones del mito del Lago de Tota presentan diferencias significativas en cuanto a narrativa, protagonistas y el origen del lago. En la primera versión, el mito se centra en la figura de Bochica y Monetá, un gran sacerdote de los muiscas quien, con la ayuda de la deidad Chiminigagua, resulta fundamental en la formación del lago. Aquí, el conflicto se origina con Busiraco, un dios maléfico que perpetúa la sequía en la región, y culmina en un ritual significativo encabezado por Monetá. El sacrificio de una preciada esmeralda, regalada por Bochica, es clave para calmar y destruir al mal, provocando el milagro del surgimiento del lago. Este narrativo subraya la intervención divina y la consagración religiosa mediante visiones y ceremonias lideradas por figuras de autoridad indígenas, simbolizando así el poder del orden espiritual y social precolombino.

Por otro lado, en la segunda versión, el mito se enfoca en la intervención directa de Monetá empoderado por los dioses, que le encomiendan una tarea crucial: el vertido de aguas sagradas para crear el lago. Aquí, el desencadenante del evento es una acción humana impulsada por la curiosidad de un niño, lo que causa un cataclismo inicial. Esta narración se centra más en la interacción entre humanos y lo divino, donde el desenlace tiene significados de error, corrección y redención. La resolución, si bien también involucra un lago que promueve la vida, es presentada como un recordatorio del respeto que se debe tener hacia los poderes sobrenaturales, destacando el elemento humano en la creación y esbozando una lección moral sobre la imprudencia y sus consecuencias. En resumen, la primera versión es más rica en elementos ceremoniales y simbolismo religioso, mientras que la segunda subraya el dinamismo y las enseñanzas a partir de una experiencia humana fortuita.

Lección

El respeto hacia lo divino trae prosperidad.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Prometeo por la intervención divina y al mito nórdico de la creación del mundo por el uso de elementos naturales.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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