Cuando la vastedad insondable de la Creación aún estaba en su fragua, el universo no era más que un sinfín de posibilidades que se escondían entre las oscuras arrugas del tiempo. En aquel principio indefinido, cuando los hilos del cielo y la tierra aún no se habían entrelazado, surgió un acontecimiento asombroso que unió el espíritu y la materia en un único aliento divino.
Dios, en su taller de infinito ingenio, se encontraba a la vera de la eternidad, pues fue en un día sin tiempo cuando decidió lavar sus manos en las aguas celestiales. Al extenderlas para secarse, comenzó a chorrear de ellas un agua luminosa, un agua de tal pureza que no pertenecía ni al tiempo ni al espacio, y como el rocío matinal que besa las hojas, las gotas comenzaron a desprenderse de sus dedos divinos.
De cada gota que caía, brotaba un ángel. Cada gota se transformaba en una criatura alada, etérea y pura, que danzaba en la expansión del cielo como estrellas bajo un incansable manto nocturno. Las gotas se hicieron enjambre, y los ángeles caían y caían, descendiendo como un coro de luces que llenaba el firmamento de una música inaudita.
Eran tantos, que el flujo parecía no tener fin, hasta que Dios pronunció: "Detente". Y al sonido de su voz, los ángeles permanecieron suspendidos en su viaje celeste, atados al balance natural que constituía su nueva naturaleza y defensa. Algunos encontraron reposo en la tierra, convirtiéndose en los Espíritus Terrestres, protectores de los suelos y guardianes de la fertilidad. Otros se sumergieron en las corrientes de agua, tornándose en los Espíritus Aguales, tejedores de los susurros de los ríos y océanos. Algunos quedaron navegando en el aire, como los Espíritus Airales, portavoces del viento y del susurro de las tempestad. Y finalmente, los que encontraron refugio en las abrasadoras alturas de las montañas, se convirtieron en los Espíritus Selváticos, vigías del verde tesoro de las selvas profundas.
En una remota región conocida como Lomaprieta, en el poblado de Riosucio, fueron recordados estos guardianes, quienes ejercen su poder y llenan de respeto y temor al hombre indígena y campesino. La naturaleza no es únicamente el lienzo donde se pinta la vida, sino un templo inmenso donde todo tiene un sentido innato y ancestral de equilibrio ecológico.
Pero no todos los orígenes del mundo nacieron de las gotas divinas. En las ricas tierras de la cosmovisión Embera, se cuenta que Karagabí, el gran creador y organizador del universo, también tuvo sus manos en el juego de la creación. Un día, derribó el árbol de Jenené, y de sus raíces brotaron ríos y mares, liberando así la esencia líquida de la vida misma.
Para que el orden natural y sagrado se preservara, Karagabí creó a los Yaveranas, hombres de fuerza y coraje, designándolos como los custodios eternos de la naturaleza. Ellos no solo vigilaban al mundo desde la materia; su esencia estaba profundamente enraizada en el conocimiento espiritual y cultural que les permitía comunicarse con los espíritus de los animales, las plantas y los elementos naturales.
En la cosmogonía Embera, los "jais", invisibles fuerzas del universo, moran en cada fenómeno natural, animal o persona. Estas fuerzas, visibles solo para el ojo entrenado del "jaibaná", el chamán Embera, constituyen el alma vibrante del mundo. Los relatos cuentan cómo los animales, hijos de Dios, entregaban a los humanos dones esenciales, como el fuego y el banano, enseñándoles a valorar y respetar la tierra.
Así, entre las gotas del firmamento y las raíces del Jenené, se encontraba el aliento de un mismo canto. El tejido invisible de la creación lo habían bordado los espíritus de la tierra, los Yaveranas con su conocimiento protector, y las fuerzas "jais" que alentaban el equilibrio y la armonía del mundo. En cada historia, resuena la voz del viento, la profundidad del agua, la firmeza de la tierra y el murmullo del follaje selvícola. Son relatos de un universo donde lo mágico y lo real, lo humano y lo divino, se abrazan en un manto de perpetua reverencia. Y así, el mito se convirtió en eco en los corazones de aquellos que conocen el lenguaje de la naturaleza, recordando que cada momento del mundo es una danza sublime que une lo visible con lo invisible, lo tangible con lo etéreo.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
Las dos versiones del mito abordan la creación de seres espirituales y su relación con la naturaleza desde perspectivas culturales distintas, reflejando contextos específicos. En la leyenda de Lomaprieta, Riosucio, la creación de los espíritus naturales surge de un acto divino cuando Dios extiende sus manos y de cada gota de agua nacen ángeles que se detienen en el aire, la tierra, el agua y las montañas para convertirse en guardianes naturales. Esta narrativa pone un énfasis especial en la sacralidad de la naturaleza y su carácter vengador contra la profanación, ofreciendo una visión donde la naturaleza es parte integral del sistema espiritual que exige respeto y equilibrio ecológico por parte del ser humano, en especial del indio y campesino.
Por otro lado, la versión Embera presenta a Karagabí como el gran creador y organizador del universo, quien establece las aguas al derribar el árbol de Jenené y encomienda a los Yaveranas, no entidades divinas, sino hombres valientes, la protección de la naturaleza. Esta versión resalta la relación directa y práctica de los guardianes con su entorno, no solo en aspectos físicos sino también espirituales, a través de un profundo entendimiento cultural. La mitología Embera integra a los Yaveranas en una conexión íntima con la naturaleza y los espíritus animales, subrayando la reciprocidad y el respeto hacia los elementos naturales. Además, introduce el concepto de las "jais", fuerzas invisibles que encarnan en animales y son controladas por el chamán, reforzando la interdependencia entre los humanos y el entorno natural. Ambas narrativas, aunque diferentes en su origen y enfoque, destacan el respeto por la naturaleza, pero lo hacen desde entornos culturales y místicos únicos que reflejan la diversidad en la comprensión de los mitos de la creación.
Lección
La naturaleza debe ser respetada y protegida como un sistema sagrado.
Similitudes
Se asemeja a los mitos de la creación en la mitología griega, como el mito de Gaia y Urano, donde los elementos naturales son personificados.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



