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Los dioses civilizadores

Explora el legado de Bochica, el dios civilizador que transformó la cultura chibcha con sus enseñanzas y su lucha contra Chibchacum.

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Ilustración de Los dioses civilizadores

En el albor del tiempo, bajo cielos que campaban infranqueables y tierras que palpaban lo divino, apareció un ser de luminiscencias inextricables, un anciano que congregaba en su mirada el pasar de los siglos. Era el dios civilizador Bochica, también conocido entre los pueblos como Nemqueteba o Sadigua. Su figura, con cabellos blancos que caían como cascadas de nieve y barbas que trenzaban historias ancestrales, peregrinaba por las tierras chibchas. Con un bordón de macana en la mano y adornos en cruz que destilaban un aura celestial, ofrecía sus enseñanzas a aquellos que sabían oír.

Bochica surgió de la niebla en el pueblo de Pasca, y desde allí recorrió los caminos polvorientos llevando consigo el arte de hilar, tejer y pintar; enseñó a moldear la cerámica con la delicadeza de quien esculpe sueños. En cada adobe y manta dejaba un legado, infundiendo preceptos sociales y espirituales como el mensajero del supremo Chiminigagua, padre de la luz y pilar del cosmos.

En su travesía alcanzó Gámeza, donde la hospitalidad fue su bienvenida, y luego se retiró a la cueva sagrada de Toya. Allí, envuelto en la penumbra, fue visitado por caciques de los pueblos vecinos, quienes se postraban con reverencia ante estas manifestaciones de lo divino. En estas tierras, el eco de su voz colmó el aire de enseñanzas, susurros benevolentes que tejían el entramado de la existencia chibcha.

Sogamoso, abrazada por montañas que rezan eternas, se convirtió por voluntad de Bochica en la ciudad sagrada. Allí se conjuraron las místicas festividades que celebraban la unión de lo terrenal y lo celestial.

Sin embargo, la paz de estas gentes fue perturbada por la cólera del dios Chibchacum, quien, enceguecido por las blasfemias de su creación, desató un diluvio sobre la Sabana de Bogotá que arrasó la tierra, una lección impuesta por la diosa Huitaca, cuyo espíritu rebelde desafiaba las doctrinas celestiales. Entonces, clamando al mensajero de Chiminigagua, los hombres de Bacatá pidieron auxilio.

Bochica, en su infinita misericordia, apareció envuelto en la luz que emanaba del arco iris; una aurora vibrante que cruzó el cielo. Al llegar al Tequendama, lanzó una vara de oro contra las rocas que oprimían las aguas, y de esa colisión nació la portentosa caída que hoy alumbra la tierra: el Salto del Tequendama.

Con su acto de justicia, Bochica aprisionó a Chibchacum, condenándolo a sostener la tierra sobre sus hombros por toda la eternidad, y así los terremotos se convirtieron en danzas de sus estéticas torturas. Huitaca, la diosa risueña convertida en lechuza, quedó atrapada en la noche, sus vuelos limitados por las estrellas que la vigilaban.

El ser sagrado, desvanecido en su misterio, desapareció al llegar a Iza dejando una impronta divina: la huella de su pie que marcó la piedra, convertida en santuario de esperanza para las mujeres que esperaban una nueva vida, pues bebían del polvo de la roca esperando partos felices.

En Sogamoso, el legado de Bochica dio paso a sus sucesores, los Sumos Sacerdotes, elegidos en votación por los caciques, en rituales de paz e incluso discordia, como el año en que el deseo de poder se alzó entre los muiscas de Firavitoba y Tobasía. Fue tal el impacto de este milagro que Idacansás, el primer gran sacerdote y doble de Bochica, proseguía su legado con poderes que evocaban tempestades y heladas, transformaciones de la tierra que hablaban con el lenguaje de los dioses.

Asimismo, Nomparem, otro de sus sucesores, estableció leyes que reflejaban el ethos divino: prohibiciones de matar, hurtar, o mentir, mientras Suamox, último en la línea de Bochica, enfrentó la devastación de su templo al contacto con fuerzas foráneas.

Cierro este relato con el vestigio de palabras de antiguos cronistas. Fray Pedro Simón y Juan de Castellanos, quienes trasvasaron a pergaminos el eco de Bochica y sus metáforas, entrelazando el mito de Bochica con deidades como Quetzalcóatl, Viracocha y otros pueblos civilizadores que danzaban con la sombra de los tiempos, creando puentes entre este mundo y el misterio eterno.

De este modo, Bochica, el anciano andariego del Oriente, se alejó por las sendas del ocaso, mas sus enseñanzas dejaron un pueblo transformado, con costumbres y sílabas que recordaban su paso omnipotente. Al final, su imagen sigue siendo un misterio, un susurro indescifrable que el viento se lleva al encuentro del sol naciente.

Historia

El mito de Bochica tiene sus orígenes en la mitología de los chibchas, un pueblo indígena sudamericano. Bochica es presentado como un dios civilizador, equivaléndose a Nemqueteba o Sadigua, y es descrito como un anciano con barba y cabellera blanca que enseña a los chibchas diversas habilidades como hilar, tejer, hacer cerámica y preceptos sociales, morales y políticos. Ingresó al territorio chibcha por el pueblo de Pasca y realizó diversas enseñanzas en aldeas como Gámeza, Sogamoso y otras. Enfrenta un conflicto mitológico con el dios Chibchacum, quien inunda la sabana de Bogotá en represalia por las blasfemias promovidas por Huitaca. Bochica resuelve la inundación y castiga a los dioses responsables, dejando un legado político y religioso que persiste entre el pueblo chibcha. Varios cronistas como Fray Pedro Simón y Juan de Castellanos documentan el mito, mencionando que Bochica tiene equivalentes en otras culturas indígenas de América, al compararlo con figuras como Quetzalcóatl y Viracocha.

Versiones

El mito de Bochica presenta varias versiones que muestran diferencias significativas en cuanto a los detalles de su recorrido y las enseñanzas que impartió a los chibchas. En la primera versión, Bochica es descrito como un anciano civilizador que enseña habilidades prácticas como hilar, tejer y hacer cerámica, además de preceptos morales, sociales y políticos, destacando su papel como enviado del dios supremo Chiminigagua. Esta versión resalta su intervención directa en eventos naturales, como la resolución de las inundaciones causadas por Chibchacum, y su posterior condena a este dios y a Huitaca. Además, se menciona su desaparición en Iza y la importancia de Sogamoso como centro sagrado para la cultura chibcha, gobernado por sumos sacerdotes electos.

Por otro lado, el relato de Fray Pedro Simón y el de Juan de Castellanos proporcionan una perspectiva más centrada en la influencia cultural de Bochica, describiéndole como un hombre barbudo y vestido humildemente, que introducía prácticas y enseñanzas que los indígenas adoptaron parcialmente. Simón narra su viaje desde el este hasta su desaparición en la provincia de Tunja, mientras Castellanos sugiere que la figura de Bochica podría ser una amalgama de personajes legendarios. Ambos cronistas enfatizan el impacto cultural duradero de Bochica, relacionándolo con otras deidades civilizadoras de América, pero presentan menos detalles sobre sus acciones específicas, como el episodio de las inundaciones. Estas versiones también ofrecen una descripción de su apariencia física y vestimenta que refleja la influencia cultural peruana. En resumen, las diferencias radican principalmente en las acciones específicas de Bochica, su recorrido geográfico, el contexto cultural y la profundidad con que se describe su interacción con los chibchas.

Lección

La sabiduría y la justicia prevalecen sobre el caos y la rebelión.

Similitudes

Se asemeja a los mitos de Quetzalcóatl en la mitología azteca y Viracocha en la mitología inca, donde dioses civilizadores traen conocimiento y orden.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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