El crimen ocultado

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El crimen ocultado

Después de una fiesta, dos hombres matan a un viajero y comen el cuerpo para ocultar el delito al cacique; no es un relato sobre un pueblo caníbal.

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El relato

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Un día prepararon chicha allá en un pueblo. Se fueron allá los hombres de otros pueblos y así hubo mucha gente: gente de un pueblo y gente de otro, todos en el mismo sitio. Tomaron mucho y bailaron, y volvieron a tomar y volvieron a bailar, y siguieron tomando y bailando hasta que cayó la noche.

Cuando ya todos estaban cansados, dos hombres dijeron: «¡Vámonos a casa!». Así se fueron, por el monte, de noche.

Allá, en el camino, encontraron a otro hombre. Era de un pueblo vecino e iba por el mismo camino que ellos. Entonces los dos se pusieron a pelear con él. Eran dos y él era uno solo, y lo mataron con macana. Con un golpe le trozaron la cara y se le cayó un gran pedazo de carne del lado del ojo izquierdo.

Entonces los dos hombres se quedaron mirando al muerto que habían dejado en el camino y dijeron: «¿Qué vamos a hacer con el muerto? Si el cacique sabe esto, nos va a castigar».

Pensaron en enterrarlo allí mismo y seguir para su casa. Pero dijeron: «Si lo enterramos y lo encuentran, lo reconocerán por el golpe que le dimos». El golpe estaba en la cara, del lado del ojo izquierdo, y cualquiera que levantara ese cuerpo iba a saber de qué macana venía y quién la cargaba.

Así que dijeron: «¡Vámonos a comerlo!».

Así lo hicieron. Hicieron fuego allá en el monte, lo asaron y se lo comieron. Cuando terminaron ya no quedaba cuerpo que enterrar ni cara que reconocer, y los dos hombres siguieron su camino para la casa como si vinieran de la fiesta y nada más.

De ese hombre del pueblo vecino no se volvió a saber, y del golpe que le dieron tampoco.

El cacique nunca supo así que ellos habían matado a un hombre.

El crimen ocultado: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Lo que la autoridad nunca supo siguió sabiéndose en otra parte, contado de padre a hijo.”

Territorio

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Ette Ennaka (Chimila)
Referencia
10.0356° · -74.2147°

Ficha del relato

Contexto histórico

Es el número quince de los veintiún relatos que Gerardo Reichel-Dolmatoff publicó en 1945, narrados por el cacique Tangrutaya Mutsu de noche, en su hamaca, en un castellano a veces confuso y sólo ante hombres. Este texto trae algo que casi ningún otro del corpus tiene: su propia cadena de transmisión, dicha por el narrador al cerrar. Dice que se lo contó su padre y que así fue. No da nombre ni fecha, pero deja constancia de que el relato venía de una generación anterior a la suya.

El rótulo con que se publicó es otra cosa. «Los caníbales» es el título que le puso el recopilador, y en su nota comparativa explica por qué: dice que en este relato y en el del morrocoyo, el número veintiuno, se encuentran recuerdos de la antropofagia, y añade que por los historiadores de la Conquista se sabe que los chimila eran caníbales. Las dos mitades de esa frase se sostienen mal. La primera se apoya en un relato donde un hombre pela, asa y come a un morrocoyo que antes era gente como nosotros, y donde el final funda una regla de cocina, no un recuerdo de guerra. La segunda remite a crónicas que el propio autor no cita.

Un año después, en su «Etnografía chimila» de 1946, Reichel-Dolmatoff describió con detalle armas, entierros, vida mágica y organización social, y no mencionó en ninguna parte antropofagia chimila. El rótulo no descansaba sobre nada que él hubiera observado.

De dónde venía la acusación lo muestra Gustaf Bolinder, el viajero sueco que visitó a los chimila entre 1914 y 1920. Rastrea el origen hasta 1514, cuando Oviedo describió a los indígenas de la costa de la región de Santa Marta, que tenían varios rasgos culturales en común con los chimila pero no eran ellos, y los culpó de ser caníbales porque en sus chozas se tropezó repetidas veces con fragmentos de cuerpo humano colgados y manos humanas saladas, y porque les vio collares hechos con dientes humanos ensartados. El propio Bolinder añade en seguida que se puede suponer que se trataba de trofeos o quizá simplemente de extremidades de simios. En esas mismas páginas reproduce sin distancia otros tópicos coloniales sobre los chimila, incluidos los gritos de guerra y unos monstruos con dobles filas de dientes. Marta Herrera Ángel estudió cómo se construyeron y usaron políticamente esos estereotipos raciales en la Nueva Granada del siglo XVIII, y Marcela Quiroga Zuluaga documenta con archivo que desde 1763 la Corona pasó de las incursiones esporádicas a una guerra ofensiva contra los chimila como enemigos internos, con milicias al mando de capitanes a guerra.

Lo que la etnografía sí sostiene son los objetos del relato. La macana está tallada en madera dura y pesada de palma, y la grande es atributo exclusivo de los guerreros. El poblado lo forman de cinco a diez casas bajo un cacique local, dispuestas en círculo alrededor de una placita, con casi ningún contacto entre poblaciones y con enemistades entre vecinos. Bolinder registra que fiestas como la imposición del nombre y los entierros se celebraban con bebida y baile.

Resonancias con otros mitos

Dentro del mismo corpus de 1945 el paralelo obligado es el del morrocoyo, porque el recopilador juntó los dos relatos bajo la misma etiqueta. Allí un morrocoyo que antes era gente como nosotros es flechado en una pata, descolado, apaleado y finalmente muerto, y un hombre se lo lleva a la casa, lo pela, lo asa y se lo come contra el consejo de los demás, y dice que es muy sabroso. Ese final funda cosas: desde entonces los morrocoyos tienen las patas traseras tiesas y la cola corta, se hicieron una concha dura y son comida muy buena. La diferencia es de función. En el morrocoyo comer explica el mundo; en este relato comer no explica nada y sólo sirve para que no haya cuerpo.

El relato muisca de Nemequene ofrece el contraste del otro lado, el de la autoridad. Allí el zipa dedica cada mañana, antes de recibir noticias de guerra, a escuchar disputas: un lindero movido durante la noche, una manta tomada sin permiso, una familia que no entregó lo acordado. Hace preguntas, oye testigos y dicta una respuesta, y sus decisiones viajan de boca en boca hasta que la gente habla de ellas como si siempre hubieran existido. Frente a eso, en el relato ette la autoridad no es un procedimiento sino un riesgo, y la única diligencia que hacen los dos hombres es destruir la prueba antes de que alguien pregunte.

Queda un paralelo que esta página no hace. Existen relatos de otros pueblos sobre comer gente como práctica, y ninguno sirve aquí, porque el texto no describe una práctica: describe a dos hombres una noche en el monte.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. No hay más de una versión documentada de este relato, y la antología de 2010 reproduce la de 1945 sin añadir testimonio.

  2. Lo que sí cambió es el rótulo. El título impreso en 1945 es «Los caníbales». Esta página conserva el slug por estabilidad y muestra el título «El crimen ocultado», porque lo que el texto narra son dos hombres que borran un homicidio, no una costumbre ni el rasgo de un pueblo. La antropofagia aparece una sola vez y como recurso: sirve para que no quede cuerpo que reconocer. La revisión no adopta la conclusión del recopilador sobre unos recuerdos de antropofagia, pero tampoco la esconde, porque de ella viene el nombre con que el relato circuló durante ochenta años.

  3. La frase final del impreso, «a mí me lo contó mi padre y así fue», es una fórmula de procedencia y no parte de la acción. Por eso queda fuera de la narración y se reporta aquí.

  4. El desenlace es otro punto que el texto heredado había movido. El impreso dice que el cacique nunca supo que ellos habían matado a un hombre, y ahí se detiene. No hay confesión, no hay castigo y no hay arrepentimiento. La expansión anterior añadía remordimiento y convertía el título en identidad colectiva; esta revisión limita la acción a dos homicidas y deja la impunidad tal como está documentada.

  5. Tampoco se puede decir qué habría hecho el cacique. En la monografía de 1946 no aparecen las palabras castigo, justicia ni delito, y las funciones que allí se le atribuyen son sacerdotales: dirige los ritos de siembra y cosecha, los de iniciación y los de entierro. El obituario del último kraanti explica que el término que los ette traducen como cacique nombra a los ancianos encargados de mantener en equilibrio el conjunto cósmico, y que su etimología remite a sabiduría, ancestralidad, árbol primordial y columna universal, pero no documenta funciones penales. El miedo de los dos hombres está en el relato; el procedimiento que temían, no.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Ette Ennaka (Chimila) · Magdalena · Caribe
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y cuentos de los indios Chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Publica los veintiún relatos del corpus histórico y atribuye su narración al cacique Tangrutaya Mutsu, registrada en castellano durante trabajo etnográfico.

  2. El sol babea jugo de piña: antología de las literaturas indígenas del Atlántico, el Pacífico y la Serranía del Perijá

    babel.banrepcultural.org

    Reedita y contextualiza literatura Ette dentro de una antología nacional, identifica las traducciones y remite a las fuentes etnográficas usadas.

  3. Etnografía chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Describe el arma del crimen y la autoridad que los homicidas temen: la macana, tallada en madera dura de palma, es atributo exclusivo de los guerreros, y el cacique posee además otra ceremonial que lleva sobre el hombro izquierdo y que acompaña sus funciones rituales en entierros e iniciaciones.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Chimilas y españoles: el manejo político de los estereotipos raciales en la sociedad neogranadina del siglo XVIII

    revistas.javeriana.edu.co

    Analiza cómo se construyeron y usaron políticamente los estereotipos raciales sobre los chimila en la Nueva Granada del siglo XVIII, tanto para reforzar la dominación como en clave de resistencia: la base para leer el título heredado del cuento como etiqueta colonial y no como descripción cultural.

  2. Los últimos indígenas chimilas

    publicaciones.banrepcultural.org

    El viajero sueco que visitó a los chimila entre 1914 y 1920 confirma los dos elementos materiales del relato: que en caso de guerra usaban una maza achatada llamada macana, y que fiestas como la imposición del nombre y los entierros se celebraban con bebida y baile, el marco de la reunión de chicha con que abre el cuento.

  3. El legado del último kraanti: obituario al líder ette Samuel Sánchez

    revistas.icanh.gov.co

    Explica qué es el cacique que los dos homicidas temen: kraanti es el título de los ancianos a quienes corresponde mantener en equilibrio el conjunto cósmico, término que los ette traducen como cacique pero cuya etimología remite a sabiduría, ancestralidad, árbol primordial y columna universal.

  4. Entre la inconstancia y la incuria: la experiencia fallida de los pueblos de misión chimilas a finales del siglo XVIII en las llanuras del Caribe

    revistas.uniatlantico.edu.co

    Documenta que la Corona pasó de una guerra defensiva a una guerra ofensiva contra los indios tratados como enemigos internos, con milicias y capitanes a guerra: el clima de criminalización que explica por qué un relato chimila sobre un homicidio llegó a publicarse bajo el rótulo Los caníbales.

  5. Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, segunda parte (Cuarta noticia)

    archive.org

    En la Cuarta noticia, capítulos XV a XVII (pp. 325-329), cuenta cómo el Ubaque mata al hermano del zipa Nemequene y, temiendo su indignación, le envía la verdad del caso con mensajeros y regalos; el zipa exige que venga en persona, rehúsa el presente salvo dos mantas «por no tomar del acusado cosa que turbase la claridad de la justicia», manda averiguar y tras seis meses de pesquisas lo deja volver libre. Es el Nemequene juez que la ficha opone en «similitudes»: allí un homicidio se lleva ante la autoridad y se investiga; aquí dos homicidas borran el cuerpo para que el cacique nunca lo sepa.

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«El crimen ocultado» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El crimen ocultado» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El crimen ocultado» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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