En los días en que la selva aún no había aprendido a cantar el lenguaje de las hojas, habitaban en el corazón de lo que hoy es poco más que un susurro de viento, los Burumiás. Eran seres de carne y carbón, fusionados con misterios de la tierra y alientos de estrellas apagadas. Poseían una estatura formidable y una fuerza que podría arrancar montañas de su sueño eterno, y sin embargo, vivían con el corazón hambriento y los ojos velados por un deseo oscuro.
Sus manos, vastas y poderosas como los troncos de los árboles que arrancaban para forjar sus moradas, tejían con oro filigranas que narraban secretos antiguos. Con las mujeres-demonio, las Antomiás, sumaban fuerzas como el río se une al mar, invencibles y temidos por aquellos que osaban cruzar sus territorios. Juntos, eran los dueños y guardianes de las sombras, cazadores que usaban cañas huecas como bodoqueras, adornando sus flechas con el veneno que destilaban de flores impenetrables para el sol.
Sobre la misma tierra, aunque en recovecos de historias y mitos que solo el viento conoce, existían los Bibidí o Bibidí-Gomiaés. Criaturas mitad diablo, mitad animal, cuyo apetito no se saciaba más que con carne tan semejante a la suya propia. Cuando se alimentaron de uno de los suyos, los Burumiás se levantaron como tormenta enfurecida y, en una danza de colosos, combatieron en los claros de luna hasta hacerlos desaparecer en el polvo y la espuma de la memoria.
Sin embargo, Karaví, espíritu de juicio y melodía de justicia olvidada, comenzó a entrar en los sueños de los Burumiás, enfurecida por sus banquetes de carne humana. Una noche, cuando el mundo parecía navegar inmóvil entre las estrellas, Karaví desató un incendio que devoró con ráfaga de viento las entrañas de los árboles jenené. Encerrados en su pereza de siglos y custodiados por su propio sueño, los Burumiás sucumbieron al abrazo ardiente del fuego, sus gritos transformándose en ceniza que fertilizó la tierra para generaciones futuras.
Del polvo y el oro que dejaron brotaron los Carautas, seres de belleza fulgurante y manos que danzaban al son del oro, tejiendo historias que nacían del crepúsculo. La tierra, sin embargo, palpitaba en las sombras de sus pecados entrelazados; padres e hijas, hermanos y hermanas enlazados en el entretejido de un amor condenado. Karaví, enardecida por sus trangresiones, los transformó. Así, algunos se hincharon con la furia contenida de bestias, y trocaron su piel por manchas y garras de tigres y leones; otros, más sumisos, aceptaron la calma del viento y la espesura, convirtiéndose en criaturas del bosque, invisibles e inofensivas.
Mientras las sombras de estos pueblos se desvanecían en el murmullo del tiempo, una nueva voz emergía en el tapiz del destino: la de los Emberá. Esta gente, quienes vivían con el espíritu del río Bojayá en su corazón, supo del destino sombrío que les aguardaba a sus hijos, secuestrados por los Burumiás sobrevivientes. Determinados a proteger sus risas y juegos futuros, los Emberá se lanzaron en una expedición bañada por la luz danzante de las antorchas y las plegarias a Karaví.
Navegaron ríos de tiniebla con remos llenos de esperanza, y en las tierras encantadas donde sus antepasados lucharon, enfrentaron a los Burumiás restantes. La selva, testigo silenciosa y cómplice de los acontecimientos de tiempos ancestrales, resonó con ecos de batallas y estrategias tejidas con el hilo de la astucia. Finalmente, las sombras de las cabañas de los Burumiás se disolvieron en la ancestralidad de los matorrales, y aquellos que no cayeron o no huyeron, se mezclaron con la tierra y desaparecieron, absorbiendo en su raíz la historia de siglos.
Así, las antiguas tierras de los Burumiás y Carautas se tornaron hogar de los Emberá, un pueblo que entendió que las voces de los mitos susurraban verdades que se entrelazaban con la nueva vida que erigían entre los silencios de oros ocultos y los gritos de transformación. Con los vientos entrelazados de guerras y renovaciones, los Emberá dejaron que la tierra recordara los ecos y los silencios, y Karaví sonrío al considerar cómo una nueva historia se escribía en los anillos centenarios de los árboles y el viento que danzaba entre ellos.
Historia
El mito sobre los Burumiás y los Carautas está relacionado con la historia de los pueblos indígenas anteriores a los Catíos. Los Burumiás, descritos como antropófagos y aliados con mujeres-demonio llamadas Antomiás, poseían gran fuerza, al punto de derribar árboles con las manos y extraer oro de los filones. Ellos inventaron el uso de bodoqueras y veneno para las flechas. En su historia, combatieron y vencieron a los Bibidí o Bibidí-Gomiaés. Sin embargo, provocaron la ira de Karaví debido a su costumbre de consumir carne humana, lo que resultó en su destrucción por fuego, sin poder escapar por ser perezosos y dormilones.
De los Burumiás surgieron los Carautas, reconocidos por su habilidad como orfebres, pero sus actos inmorales —uniones entre familiares— llevaron a que Karaví los transformara en animales, dependiendo de la naturaleza de su furia o mansedumbre, convirtiéndose en tigres, leones o animales inofensivos.
Además, en algunas versiones, los Burumiás son descritos como un pueblo diferente, una mezcla de diablo e indio, que secuestraba y sacrificaba niños emberá. Ante estas muertes, los Emberá organizaron una expedición por el río Bojayá, lucharon contra los Burumiás y eventualmente los vencieron. Esta victoria permitió a los Emberá poblar las tierras que antes pertenecían a los Burumiás y Carautas. Las historias de estos pueblos fueron preservadas entre los Emberá como parte de su memoria cultural y sus orígenes.
Versiones
El mito presentado ofrece dos versiones principales sobre los Burumiás, variando en sus características y el desenlace de sus interacciones con otros grupos. En la primera versión, los Burumiás son descritos como antropófagos con una alianza con mujeres-demonio y son presentados como un pueblo poderoso pero vicioso que, a pesar de su fortaleza, es destruido debido a su propia indolencia y pereza. Esta versión resalta una intervención divina, Karaví, que los castiga por su hábito de consumir carne humana, subrayando un tema de retribución divina ligada a la moral de su conducta. La narración también introduce a los Carautas como sus descendientes, quienes heredan ciertos aspectos de civilización, como el trabajo del oro, pero a quienes también se les impone un castigo transformador por sus transgresiones morales, lo que refuerza un ciclo de vicios y castigos.
En la segunda aproximación, los Burumiás son descritos como una mezcla de diablo e indio, con un enfoque más social y bélico en su relación con los Emberá. Aquí, el conflicto se centra en las actividades depredadoras de los Burumiás hacia los Emberá, específicamente el secuestro y sacrificio de niños, lo que desencadena una respuesta organizada por parte de los Emberá para combatirlos. Esta versión elimina la intervención divina y se enfoca más en un conflicto humano entre tribus, lo que resalta un enfoque sobre la autonomía y agencia de los Emberá al luchar y al final repoblar las tierras. La victoria de los Emberá y la subsiguiente repoblación de estas tierras también ajusta el enfoque hacia un final de supervivencia y restauración para los Emberá, dejando a los Burumiás como una memoria que justifica la ocupación y dominio de estas nuevas tierras.
Lección
Las acciones inmorales llevan a la destrucción y transformación.
Similitudes
Se asemeja a los mitos griegos de castigo divino como el de Prometeo, y a los mitos nórdicos de transformación como el de Loki.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



