En el corazón ancestral de la Amazonia, donde los ríos serpenteantes reflejaban el cielo y el tiempo discurría en su propio tamborileo, la tribu de los tukanos se extendía por vastas selvas de verdor inquebrantable. De entre ellos surgieron dos hombres imponentes quienes serían protagonistas de un destino singular: Yepá Huake y Yúpuri Baúro. Eran conocidos no solo por su fuerza y destreza, sino también por la sabiduría que destilaban de sus palabras y mirada.
Un cierto día, el destino quiso que Yepá invitara a Yúpuri a su hogar para agasajarlo con una hospitalidad peculiar. Con una sonrisa que escondía secretos de lunas antiguas, Yepá ofreció a Yúpuri una densa nube de tabaco para que inhalase, seguida de una bebida fuerte elaborada del jugo hervido de yuca, ñame y cazabe. Este brebaje, que en otras circunstancias hubiera tenido efectos sencillos, obró un ensalmo profundo sobre Yúpuri, sumiéndolo en un sueño del que las palabras del viento no lograron despertarlo.
Fue entonces, en esa quietud encantada, donde Yepá ejecutó una acción cargada de magia y misterio. Con el sigilo de los jaguares y la precisión de los colibríes al libar, extrajo de Yúpuri una costilla y los huesos de su brazo y pierna izquierda. Con estos huesos recogió tierra fértil, humedeciéndola hasta formar una pasta que moldeó con esmero y anhelo hasta crear una figura de barro. Soplando sobre la frente de su creación con un aliento cargado de vida, Yepá contempló fascinado cómo aquella figura inerte tomaba forma y color, convirtiéndose en una mujer de mirada brillante y sonrisa latente. Le dieron el nombre de Yepara, susurrado por las hojas y las aguas al unísono.
Cuando Yúpuri despertó de su profundo letargo, se levantó sin pesar alguno por su pérdida. Al mirar a Yepara, sintió un lazo que lo unía a ella, invisible e irrompible. Al comprender que era su hermana, sonrió con el afecto de quienes comparten la misma esencia, y juntos atendieron a las palabras de Yepá: “Ustedes tienen la misma sangre, vivirán unidos, dándose amparo cuando el sol decline o lluevan pesares desde el horizonte”.
Con estas palabras resonando como tambores de bienvenida, empezaron a caminar por la selva, cobijados por sombras y luces danzarinas. No habían avanzado mucho cuando un árbol, más radiante que el resto, se alzó ante ellos. En una de sus ramas, un hombrecito de ojos traviesos les dirigió la palabra: “¿Hacia dónde se aventuran?”.
“Nos dirigimos al río para librarnos de la muerte temprana”, replicó Yúpuri, recordando las instrucciones de Yepá.
“No sean tontos”, rió el hombrecito, “para escapar de la muerte, coman el fruto de este árbol”.
Yepara, impelida por una curiosidad insaciable, insistió en probar el fruto. A pesar de las advertencias cautelosas de Yúpuri sobre lo dicho por Yepá, la dulce insistencia de su hermana fue más fuerte que su cautela, y así ambos mordieron el fruto prohibido.
Al instante, el bosque se llenó de sombras cuando Yepá apareció, sus ojos relámpagos de reprobación. Habían desobedecido, fueron reprendidos con firmeza: “Por no escucharme, ya no serán inmortales. No obstante, podrán unirse y llevar una vida con multitud de hijos”.
Pasaron los años, y la selva pronto resonó con las voces y risas de los indios tukanos. Yepá continuó brindando dones a los recién llegados: arcos que penetraban la espesura, flechas que ensartaban sueños, y cerbatanas que emitían cánticos silbantes. Bajo su manto protector, la tribu creció, robusta como los troncos que sustentaban el universo selvático.
Un día, bajo cielos curvados por el peso de leyendas, Yepá ordenó que todos marcharan en pos de un valle amplio y fértil. Allí, junto al río grande y antiguo, les instó a bañarse. Sin embargo, las aguas, protegidas por pirañas y culebras centelleantes, auguraban peligro inminente. Solo unos pocos osaron lanzarse al río, viendo en su valentía una transformación: sus cuerpos se volvieron blancos bajo aquella agua mágica, como reflejos de luna tras el eclipse.
Los demás, al ver que los osados no habían perecido, buscaban también el cambio, pero las aguas comenzaban a escurrir como arena entre dedos. Al mojar apenas las plantas de los pies y las palmas de las manos, solo esas partes tomaron el color de luz escapada.
Y así, los que emergieron con la blancura completa utilizaron su ventaja para dominar a los otros, sembrando una historia que la tierra misma recordaría en sus sueños más hondos.
Y seguía el río su curso, arrullando saberes nuevos, mientras Yepá, desde el cielo, tejía futuros y presente, contenía aguas y palabras, hasta que el tiempo mismo decidiera consumir su propia historia bajo la sombra de su manto eterno.
Historia
El mito proviene de la tribu de los tukanos. Relata la historia de dos hombres importantes, Yepá Huake y Yúpuri Baúro. Yepá, en un gesto de hospitalidad, agasaja a Yúpuri con tabaco y una bebida fuerte hecha de yuca, ñame y cazabe. Mientras Yúpuri duerme, Yepá extrae una costilla y varios huesos de su cuerpo para crear una muñeca de barro, que cobra vida y se convierte en una mujer llamada Yepara. Yúpuri despierta y, a pesar de la pérdida de sus huesos, comprende que Yepara es su hermana. Ambos reciben instrucciones de Yepá para cuidarse mutuamente.
Cuando se encuentran con un árbol que promete inmortalidad a través de sus frutos, Yepara convence a Yúpuri de comer de ellos, a pesar de que no era parte de las instrucciones de Yepá. Como resultado de su desobediencia, Yepá les dice que no serán inmortales, pero podrán casarse y tener hijos. Así, la región se puebla de indios tukanos.
Con el tiempo, Yepá guía a la tribu a un valle fértil y ordena que se bañen en un río. Sin embargo, debido a la presencia de animales peligrosos, sólo algunos lo hacen, quienes ven su piel volverse blanca. El resto, que sólo logra mojarse superficialmente, conserva un tono de piel más oscuro, creando una distinción que lleva a los que se volvieron completamente blancos a dominar a los demás.
Versiones
Esta versión del mito de los tukanos gira alrededor de dos figuras centrales, Yepá Huake y Yúpuri Baúro, y destaca el origen mítico de una mujer, Yepara, a partir de los huesos de Yúpuri. La narrativa resalta una interacción humana y sobrenatural, donde Yepá actúa como un creador transformador que inicialmente recompensa pero luego castiga la desobediencia de Yúpuri y Yepara. La primera parte del mito enfatiza la creación de Yepara y la fraternidad entre ella y Yúpuri, mientras que la segunda parte introduce un elemento de transgresión que afecta su destino, remitiendo a la tentación de comer el fruto del árbol, que resuena con temas universales de desobediencia y pérdida de inmortalidad. Este giro conlleva una sanción divina, aunque moderada, que les permite casarse y procrear, simbolizando la continuidad cultural de los tukanos.
A medida que el mito progresa, se introduce otro episodio que narra cómo la tribu se transforma después de un ritual en el río, mostrando un cambio físico que se vincula con la diferenciación social y jerárquica entre aquellos que obedecieron y los que no. Los que completaron el ritual se volvieron blancos y se aprovecharon de su nueva apariencia para someter a los demás, reflejando una narrativa de desigualdad y dominación que puede ser interpretada como una metáfora de la colonización y sus efectos. Esta versión del mito no solo ofrece una explicación de los orígenes y las jerarquías sociales dentro de la tribu de los tukanos sino también crítica social, utilizando tanto aspectos míticos como históricos para explorar temas de poder, obediencia y transformación cultural.
Lección
La desobediencia lleva a la pérdida de privilegios.
Similitudes
El mito es similar al relato bíblico de Adán y Eva y al mito griego de Prometeo en cuanto a la transgresión y sus consecuencias.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



