En los tiempos antiguos, cuando la selva murmuraba secretos que solo el viento entendía, existían los bibidigomias, seres tan extraños como los susurros del río en la noche. Eran bestias mezcladas con demonios, hombres y animales, que habitaban en copas de árboles tan gigantescos que apenas podían ser soñados por los hombres de hoy en día. Estos colosos naturales, que crecían desafiando la misma vastedad del cielo, eran el refugio de aquellos monstruos, cuyas manos afiladas cortaban el aire como cuchillas y cuyas intenciones eran sombrías como la profundidad de sus moradas arbóreas. Su líder, un ser de espeluznante renombre, respondía al nombre de Juratsarra.
Los bibidigomias descendían de sus alturas con la ferocidad de una tormenta tropical, cazando entre los indios catíos, llevándose a hombres, mujeres y niños para sus banquetes. Ellos, movidos como fieras hambrientas, cruzaban selvas y se establecían allí donde los árboles ofrecían su corpulencia y su altura, migrando como una sombra que se extendía sobre la tierra.
En una jornada que el sol pronto olvidaría obscurada por la desesperación, un grupo de catíos salió de caza y jamás se les volvió a ver. Entonces un segundo grupo de cazadores vino, como atraídos por la inquietud del viento, y pronto también se esfumaron. Fue un pequeño grupo de exploradores catíos el que, guiados por la curiosidad y la sospecha, desde lejos avistaron a los extraños hombres llevándose a sus compatriotas. Al regreso, el viento traía en susurros el escalofrío de su relato.
Con un pesar convertido en rabia, los catíos se prepararon para lo que sentían era una guerra que les devolvería su paz. Pero antes enviaron a Atamía, llamado Diablo, un indio ingenioso y sagaz, a seguir el rastro de los ladrones de vida. Atamía se adentró en la espesura del bosque, allí donde los sonidos menguaban y la luz parecía detenerse en el aire. Observó a los bibidigomias, quienes en lugar de moradas terrenales, habitaban en el interior de un árbol magnífico, hueco hasta su coronación, como un gigantesco tambor celestial. Regresó Atamía a los catíos, relatando con ojos asombrados la horrorosa verdad: sus hermanos habían sido devorados sin misericordia por aquellos monstruos.
Reuniendo coraje y determinación, los catíos irrumpieron en el monte, buscando justicia entre los pliegues de la selva. Les tomó tiempo hallar la abominable residencia de los devoradores, hasta que uno de ellos asomó su grotesco rostro desde lo alto de su guarida arbórea. Los catíos entonces se pertrecharon de ajíes, barbascos y anamúes, y con estas hierbas de poderosa irritación, en la base del árbol encendieron un fuego que ascendió hasta envenenar el aire. El humo traía consigo un embriaguez que como una danza alucinante, derribó a uno por uno de los bibidigomias, quienes cayeron al suelo, donde los catíos, con macanas firmes como sus voluntades, dieron término a la existencia de aquellos seres.
El último en caer, de una forma semejante a un negro extraordinariamente fornido, aún en su debilidad alcanzó a abrir el pecho de un indio antes de huir. De lo alto del árbol saltó un tigre, centinela de aquellos oscuros inquilinos del bosque, y aunque también fue abatido por los valientes catíos, su compañera escapó en la confusión, llevando en su vientre la semilla de futuras generaciones.
La matanza dejó tras de sí un silencio pesado, cortado solo por el goteo de susurros perdidos entre las hojas. Al inspeccionar la hedionda cavidad del árbol, los catíos encontraron un osario de cráneos humanos, una macabra colección de los que habían caído en las fauces de los antropófagos.
En ese oscuro hallazgo, los catíos perdonaron a una niña, hija de los bibidigomias, con la esperanza de domesticarla y alejarla de la violencia impresa en su sangre. La dejaron un día cuidar de un niño en una hamaca mientras ellos salían a buscar agua. Al regresar, encontraron la hamaca meciéndose en el viento, y la niña guareciéndose en el ensueño de la sangre que había derramado. Al despertarse el niño de su sueño sin retorno, era evidente el horror: su cráneo abierto y vacío era una ofrenda a un apetito que no entendía de piedad.
Los catíos, en su dolorosa sabiduría, deliberaron sobre qué hacer con la joven asesina. Aunque el líder prohibió la muerte inmediata, pensando en cómo podría domeñar esa ferocidad. No fue así que la siguiente noche, otro indio cayó como el primero. Así, en la penumbra de una luna que no deseaba mirar, dieron pronto fin a la horrible arpía, cerrando un ciclo de antiguas atrocidades, enmarcadas en un bosque que al menos por ahora, podría reposar bajo el manto del olvido.
Y así, con el eco de esos días resonando a través del tiempo, persisten los relatos de los bibidigomias, sus árboles, y los catíos, fundiéndose en la niebla de lo que alguna vez fue, en un canto inmemorial donde cada palabra es bosque, y cada silueta, sombra bajo las estrellas.
Historia
El mito de los bibidí gomias, mezcla de demonios, animales e indígenas, se origina en las narraciones de los catíos, un pueblo indígena. Estos seres habitaban en los altos árboles de las selvas y cazaban a los humanos para devorarlos. Su líder era Juratsarra, y sus incursiones resultaban en el secuestro y la muerte de catíos. Después de muchas desapariciones, los catíos organizaron un plan para derrotarlos, utilizando hierbas irritantes para emborrachar a los bibidigomias y golpearlos cuando cayeran del árbol. También se cuenta la historia de un indio que trepó a la copa de un gigantesco árbol para enfrentarse a un bibidí gomia y su guardián tigre, resultando en la muerte del extraño ser.
Estos relatos reflejan el temor ancestral a seres caníbales, como el bibidí gomia, quienes en estas historias representan tanto el peligro externo como la parte intrínsecamente salvaje y temida de la naturaleza y del ser humano.
Versiones
Las dos versiones del mito de los bibidigomias, seres caníbales mezcla de demonio, animal e indígena, difieren significativamente en su trama y en el enfoque de ciertos elementos narrativos. En la primera versión, hay un énfasis en la convivencia de los bibidigomias en un gran árbol hueco, donde realizan incursiones para capturar humanos que posteriormente devoran. Los catíos, tras descubrir el paradero de estos seres gracias al espía Atamía, organizan una extensa expedición para eliminarlos utilizando humo de hierbas irritantes, lo que lleva a la caída de los bibidigomias desde el árbol. Este fragmento destaca el enfrentamiento grupal de los catíos y un desenlace violento que implica una batalla colectiva y un sentido de justicia comunitaria; además, después de la masacre, hay una subtrama sobre el intento de integración de una cría de bibidigomia que termina trágicamente.
En contraste, la segunda versión es mucho más breve y contiene un relato centrado en un único conflicto entre un indio y un bibidí individual. Aquí, el mito se desarrolla de manera más personal, enfocándose en la venganza personal del indio cuyo hogar ha sido atacado. Este individuo sube al árbol y mata a un tigre que custodiaba la morada de los bibidigomias, para luego preparar una emboscada que lleva a la muerte de uno de ellos a través de flechas, escondido por el follaje del árbol. No se narran intentos de redención o integración, y la historia parece cerrarse con la derrota del enemigo. Estas diferencias reflejan variaciones en la interpretación del mito: una visión comunitaria con un enfoque en el terror y la violencia masiva, y otra más individualista centrada en el ingenio y el enfrentamiento personal.
Lección
La unidad y el ingenio pueden vencer incluso a los enemigos más temibles.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de los cíclopes, donde seres monstruosos amenazan a los humanos, y al mito nórdico de los gigantes que habitan en la naturaleza salvaje.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



