Lagunas encantadas

Andina · Mestizo

Lagunas encantadas

Un ciclo santandereano reúne lagunas bravas, animales dorados, tormentas y aguas que protegen sus límites en distintos municipios.

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Lagunas encantadas: la entrada del relato

El relato

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Donde hoy está la Casa de Mercado de Bucaramanga hubo una laguna brava que se tragaba a la gente. Para aplacarla le arrojaron una imagen de San Mateo, y el agua se volvió mansa. No volvió a llevarse a nadie, y el santo le dejó su nombre a uno de los barrios más antiguos de la ciudad.

En Galán, en el Peñón de la Luchata, hay una laguna cavada por arte del diablo. En mitad del agua se ve un totumo cargado de frutos de oro, y también una clueca con sus polluelos, de oro la madre y de oro las crías. Nadie se atreve a sacarlos. Los guarda un mohán que puede hacer crecer la laguna hasta desbordarla y ahogar al que llegue a robar.

El Socorro está edificado encima de otra. Cuando llegaron los españoles, los indios echaron en ella sus tesoros para ponerlos a salvo. Los conquistadores quisieron rescatarlos, pero cada vez que tanteaban el agua la laguna se ponía brava y amenazaba con inundar todo el territorio. Entonces trataron de secarla y le echaron cuatrocientas arrobas de sal. Lo que quedó fueron dos vigas de oro, enormes, y sobre ellas se levantó la ciudad. Si alguien tocara o desportillara una, el Socorro se vendría abajo.

En la vereda del Pantano, en Girón, de una laguna nace la quebrada de La Angula. En sus aguas vivía una serpiente enorme, con cresta y crin y cabeza de ternero, y muchas reses que bajaban a beber no volvían. Un sacerdote rompió el encanto arrojando al agua un cáliz y un cristo bendito. Algunos aseguran que desde entonces la laguna se secó.

En el Alto Nogales, en Bolívar, está la Laguna brava. A la orilla salía la clueca a espulgar a sus pollitos y la yegua retozaba con su potranquín, pero al primer ruido extraño los animales se lanzaban al agua y se perdían. Al que le tirara una piedra, la laguna lo perseguía varias cuadras. Y de tarde en tarde salía de ella una doncella como de catorce años, con una cabellera tan abundante que la tendía sobre el agua en forma de abanico. Se dejaba ver un cuarto de hora. Nadie podía mirarla de frente: había que espiarla escondido entre los matorrales.

En Mogotes, cada vez que quemaban cohetes en día de fiesta caía un aguacero. Era la cólera de las lagunas bravas de la comarca.

En San Andrés, sobre la Laguna de Ortices crece el puerro, que también llaman flor del lago. Si sale escasa, el año será malo; si abunda, será excelente para sembrar. El junco también es agüero. Y allí hay patos que se pierden bajo el agua, remolinos que se tragan a las personas, caminantes perseguidos por las aguas irritadas y cóleras que sólo calma un objeto bendito.

En la Mesa de Los Santos, a cinco leguas del pueblo, en mitad del bosque, está la laguna del monte. Sobre ella flotan unas calabazas muy blancas y muy bonitas. Un forastero que no conocía las cosas de la tierra iba para La Florida, las vio, cogió dos de las chiquitas y las echó en la ruana. Al poco empezaron a juntarse nubes sobre el monte, y a llover, y a tronar, y a caer rayos. La laguna se había puesto brava. El hombre no avanzaba en el barro, porque las calabazas le pesaban cada vez más. Ya oscureciendo, rendido, soltó las puntas de la ruana para botarlas. Al suelo no cayeron calabazas sino dos sierpes amarillas, grandísimas, que echaron a correr hacia la laguna. Entonces el agua se aquietó. Mientras ningún sacerdote la conjure, nadie se arrima a ella, y todos pasan callados su camino.

Lagunas encantadas: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Lo que se arroja al agua para esconderlo termina defendido por el agua misma.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6° · -73°

Ficha del relato

Contexto histórico

Las ocho lagunas de esta página vienen de un solo capítulo, «Lagunas encantadas», que Juan de Dios Arias puso en la sección de leyendas de su Folclor santandereano, publicado en Bucaramanga en 1954 como volumen XXIV de la Biblioteca Santander. Se lee hoy en el segundo tomo de Mitos y leyendas de Colombia, la antología que Eugenia Villa Posse editó en Quito en 1993, folios 135 a 138.

Arias no escribe un cuento sino un inventario. Después de una entrada sobre el agua que no corre en mesetas y páramos, anuncia «algunos informes particulares» y va de municipio en municipio: Bucaramanga, Galán, el Socorro, la vereda del Pantano en Girón, el Alto Nogales de Bolívar, Mogotes, San Andrés y la Mesa de Los Santos. No nombra a ningún informante. La única huella de una pregunta hecha en el lugar está en la laguna de Ortices, cuyas medidas —siete cuadras de largo por seis de ancho y hasta quince metros de hondo— trae «según nos informaron». Para Bucaramanga junta dos voces distintas: la «conseja popular» de la laguna brava y lo que «opinan los historiadores» sobre los caracoles que alimentaron a las huestes de Alfínger.

La última entrada no la recogió Arias. La copia de la Peregrinación de Alpha, donde Manuel Ancízar cuenta su paso por Los Santos con la Comisión Corográfica y el diálogo con un vecino «letrado en veredas y cursado en viajes» que les habló de la laguna del monte. Ancízar publicó esa obra por entregas en El Neo-Granadino entre 1850 y 1851, de modo que el episodio de las calabazas es cien años más viejo que el resto del capítulo.

Arias explica la mezcla del conjunto con una frase: «Superstición indígena y deslumbramiento ingenuo de los iberos, hicieron crecer y proliferar la leyenda en torno de las lagunas». Las entradas le dan la razón por dentro. De un lado están los indios que arrojan su oro para quitárselo a los conquistadores y el mohán que guarda el tesoro de Galán. Del otro, la imagen de San Mateo, el cáliz y el cristo que amansan el agua, y el sacerdote que haría falta para conjurar la de Los Santos. En la nota que cierra el capítulo, Arias remite a José Antonio León Rey, que en Tierra embrujada, de 1942, dedicó capítulos a las lagunas encantadas del oriente de Cundinamarca.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano en el tiempo y en la geografía está en Vetas, en el páramo de Santurbán. En 2012 Emerson Buitrago, en su tesis de antropología, recogió allí de boca de doña Aura que la laguna de Pajarito era la más brava del municipio. Se tragaba a las personas y a las mulas que bajaban cargadas de oro, y por eso un cura la maldijo echándole un cáliz. Es el mismo remedio de la vereda del Pantano, en Girón, y la laguna, como aquélla, se está reduciendo. En Vetas tampoco se le tiran piedras a las lagunas, porque se ponen bravas y mandan a llover, igual que la de Alto Nogales o las de Mogotes; y en la laguna de Cunta aparecía un toro dorado, pariente de la clueca de Galán. Adela Parra-Romero retomó ese testimonio en 2022 para mostrar cómo esas lagunas siguen organizando el cuidado del agua.

El segundo paralelo es el más antiguo y explica la entrada del Socorro. En El Carnero, escrito entre 1636 y 1638, Juan Rodríguez Freyle cuenta cómo el heredero de Guatavita salía en una balsa de juncos, cubierto de oro en polvo, a ofrecer oro y esmeraldas en mitad de la laguna. Cuenta también que la fama de ese tesoro llevó a Antonio de Sepúlveda a capitular con Felipe II el desagüe de la laguna. Sacó de las orillas más de doce mil pesos, quiso abrir un segundo desagüe, no pudo y murió pobre. El intento de secar el agua para alcanzar el oro de los indios, que en el Socorro se hace con sal, ya estaba ahí.

El tercero lo pone el propio Ancízar en el diálogo de Los Santos, cuando responde al vecino que también la laguna de Tota estaba encantada «hasta que un inglés la desencantó por cazar venados».

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Hay dos manos en este capítulo y conviene no fundirlas. Siete lagunas las cuenta Arias con su propia voz y en resumen; la octava es una cita de Ancízar, casi palabra por palabra. Cotejada con la edición de la Peregrinación de Alpha que publicó la Biblioteca Nacional en 2016, la transcripción de Arias es fiel en lo que importa. Cambia detalles menores: las calabazas se ven «por sobre del agua» en Ancízar y «sobre el agua» en Arias, y el forastero pierde el artículo. Lo que Arias recorta es el marco. Ancízar cuenta que los vecinos de Los Santos los tomaron por guardas del contrabando y de las salinas, por los barómetros enfundados que cargaban, y que de esa sospecha salió la reunión de curiosos donde apareció el narrador de la laguna. Arias conserva, en cambio, el cierre escéptico del viajero, para quien el diablo no se mete en esas cosas «salvo en figura de ciertos hombres interesados en propagar semejantes consejas».

  2. Dentro del propio inventario las lagunas no terminan igual cuando entra lo bendito. En Bucaramanga la imagen de San Mateo vuelve mansa la laguna, que sigue ahí. En Girón el cáliz y el cristo rompen el encanto, y sólo «algunos afirman» que la laguna se secó, con lo que Arias deja abierta la otra posibilidad. En Ortices hay cóleras «calmadas por un objeto bendito» sin que se diga cuál. Y en Los Santos el conjuro no ha llegado: todos esperan al sacerdote.

  3. Tampoco pesan igual las entradas. La de Alto Nogales podría leerse como otra laguna de animales de oro, pero Arias escribe que lo particular y más asombroso de ella es la doncella de catorce años que tiende la cabellera sobre el agua durante un cuarto de hora, y que sólo se puede espiar desde los matorrales. Igual sucede en el Socorro: las vigas de oro no salen de un intento vago de secar la laguna, sino de cuatrocientas arrobas de sal arrojadas a propósito.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor», sección 19, Departamento de Santander: «Lagunas encantadas», de Juan de Dios Arias, Folclor santandereano (Biblioteca Santander, vol. XXIV, Bucaramanga, 1954)

    flacso.edu.ec

    Es el único texto que reúne las ocho lagunas, folios 135 a 138. Arias abre con la frase que explica la mezcla del ciclo —«Superstición indígena y deslumbramiento ingenuo de los iberos»— y enumera «informes particulares» con municipio: la laguna bajo la Casa de Mercado de Bucaramanga amansada con una imagen de San Mateo; la del Peñón de la Luchata en Galán, cavada por arte diabólico, con su totumo de frutos de oro y su clueca de oro guardados por un mohán; las cuatrocientas arrobas de sal que dejaron al Socorro sobre dos vigas de oro; la serpiente con cabeza de ternero del Pantano de Girón y el cáliz del sacerdote; la doncella de catorce años de Alto Nogales; los cohetes de Mogotes; la flor del lago de Ortices, medida «según nos informaron»; y el diálogo de Los Santos copiado de Ancízar.

  2. Peregrinación de Alpha (edición digital de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana)

    siise.bibliotecanacional.gov.co

    Es la fuente de la octava laguna y permite cotejar la transcripción de Arias. En el capítulo de Los Santos, Ancízar cuenta que los vecinos tomaron a los comisionados por guardas del contrabando y las salinas a causa de los barómetros enfundados, y que entre los curiosos apareció uno «letrado en veredas y cursado en viajes» que les habló de la Laguna del Monte, a cinco leguas, en el extremo norte de la Mesa. Trae el diálogo entero: la alusión del viajero a la laguna de Tota desencantada por un inglés que cazaba venados, las calabazas blancas que el forastero rumbo a La Florida echa en la ruana, la tormenta, las dos sierpes amarillas y la espera de un sacerdote que conjure el agua.

  3. Entre el agua y el oro: tensiones y reconfiguraciones territoriales en el municipio de Vetas, Santander, Colombia

    repositorio.unal.edu.co

    Es el mismo motivo, recogido en campo sesenta años después y en otro municipio de Santander. En las páginas 89 y 90, doña Aura cuenta que la laguna de Pajarito era la más brava de Vetas, que se tragaba a las personas y a las mulas cargadas de oro, y que por eso un cura la maldijo echándole un cáliz: el mismo remedio que Arias registra en la vereda del Pantano de Girón. Añade que a las lagunas no se les tiran piedras porque se ponen bravas y mandan a llover, como la de Alto Nogales, y que en la de Cunta aparecía un toro dorado y en otras un niño de oro jugando con canicas, parientes de la clueca de oro de Galán.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. ¿De quién es el páramo de Santurbán? Ancestralidad minera como narrativa de defensa del territorio en el municipio de Vetas, Santander

    icesi.edu.co

    Retoma el testimonio de la laguna de Pajarito, maldecida con un cáliz porque se tragaba personas y cargas de oro, y lo lee junto a su propio trabajo de campo: en Vetas las lagunas se enojan, hacen llover y envían neblina para estorbar el camino, y nadie explota minas ni cultiva cerca de ellas. Muestra que la laguna brava de Arias no es una curiosidad de 1954 sino una figura que en el páramo santandereano sigue regulando qué se puede hacer junto al agua.

  2. El carnero (edición digital de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana)

    siise.bibliotecanacional.gov.co

    Da el antecedente colonial de dos entradas de Arias. Describe la ceremonia de Guatavita: el heredero, untado de tierra pegajosa y espolvoreado de oro, salía en una balsa de juncos a ofrecer oro y esmeraldas en mitad de la laguna, que es la ofrenda indígena de la que Arias parte en su introducción. Y cuenta que la fama del tesoro llevó a Antonio de Sepúlveda a capitular con Felipe II el desagüe de la laguna: sacó de las orillas más de doce mil pesos, no logró un segundo desagüe y murió pobre. Es el mismo empeño de secar el agua para llegar al oro que en el Socorro se hace con sal.

  3. 2.1 Peregrinación de Alpha, en la exposición Manuel Ancízar de la Biblioteca Virtual Colombiana

    humanas.unal.edu.co

    Fecha la entrada más antigua del capítulo de Arias. Informa que la Peregrinación empezó a publicarse en la sección de variedades de El Neo-Granadino el 21 de mayo de 1850 y terminó el 21 de diciembre de 1851, que se escribió sobre la marcha de la Comisión Corográfica y que sólo en 1853 se reunió en libro, en la imprenta de Echeverría Hermanos. Con eso, el diálogo de la laguna del monte de Los Santos queda fechado un siglo antes que el resto de las lagunas.

  4. «Literatura santandereana». Visibilidad, concepciones y evocaciones

    revistas.udea.edu.co

    Sitúa a quien reunió estas lagunas. Cuenta a Juan de Dios Arias entre los escritores santandereanos de mediados del siglo XX que los autores de la región siguen recordando, junto a Mario Acevedo Díaz y Horacio Rodríguez Plata, y cita un juicio suyo de 1943 sobre el pueblo santandereano que fantasea en las noches de tertulia casera y fija en imágenes y refranes sus tradiciones. Esa es la mirada con que Arias arma el inventario: la de un letrado que colecciona lo que el vulgo de aldeas y veredas cuenta.

  5. Folklore santandereano (ficha de la obra)

    ellibrototal.com

    Confirma que la obra de Arias circula hoy en una biblioteca digital de Bucaramanga, y describe su método: una recopilación hecha «con ayuda del magisterio de todo el departamento», que buscaba el sello de cada provincia y la influencia de las culturas que formaron la región. Esa influencia mezclada es la que el capítulo de las lagunas formula al hablar de superstición indígena y deslumbramiento ibérico.

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«Lagunas encantadas» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Lagunas encantadas» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Lagunas encantadas» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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