En un rincón místico del territorio llamado Panán, se entrelazan caminos de luz y sombra que, como venas vitales, cruzan las veredas de El Placer Alto y La Merced. Allí, en un lugar venerado y remoto, se yergue la Tuta, un santuario ancestral lleno de secretos y leyendas que respiran en sus entrañas.
Al pie de la Tuta, atrayendo la magia de sus senderos, una laguna de tiempos memorables alguna vez refulgió bajo el sol y la luna. Hoy, ese espejo de agua ha mermado, desvelando un paisaje cenagoso del cual emergen el murmullo y la vida del pueblo de Panán. Desde las alturas de aquel terreno, un arroyo brota con la frescura de la tierra y el canto de las aguas que, incansables, atraviesan las veredas del Placer Bajo y el Centro, como un hilo sutil que entrelaza destinos.
Cuentan los moradores de Panán que en días de antaño, se establecieron tres familias en aquel territorio, sellando una alianza con la tierra fértil, donde el regalo de los dioses les entregaba abundante trigo, cebada, habas y maíz. Su presencia transformó a ese rincón en un sitio estratégico para rendir culto a las deidades que perpetuaban la prosperidad.
Guardiana de estos prodigios es la Tuta, una gruta reverenciada dentro de la espiritualidad indígena. Allí donde el tiempo se dobla sobre sí mismo, surgió la leyenda de tres caciques: Nasate, Juaspuezan y Puednayán. Guiados por el enigma de un dragón de tres cabezas que habitaba en las sombras de la Tuta, se sembraron las raíces y sueños de lo que con el tiempo serían los Pananes, descendientes de luchadores incansables.
A escasos pasos de la Tuta, fragmentos de cerámica dormitan bajo el suelo, susurrando historias de un cementerio o quizá un antiguo asentamiento. Este lugar, bañado por los primeros rayos del amanecer y apresurado a recibir las sombras vespertinas, es conocido como donde madruga el sol, también su despedida.
La Tuta es el camino de los minacuros, quienes al caer la noche desfilan con un resplandor suave, semejante a una ciudad de luces que se comunica con el firmamento estrellado. Aquel resplandor es conexión entre la vida y la muerte, su oscuridad es un túnel que une el mar y la luz, el refugio y el umbral; es un espacio físico y místico donde la dualidad arde con la llama de lo eterno.
Los viejos del lugar, tocados por el misterio y la memoria, afirman con certeza: "Nosotros, los Pananes, somos hijos de esta tierra, que nos ve nacer, nos alimenta y nos acogerá al final". Sabios en su creencia dicen, "somos descendientes de los mayores, de nuestros ancestros que han vivido desde siempre y vivirán hasta siempre." En esta tierra donde estamos, aquí nos quedamos.
El nombre de la Tuta, en misterioso diálogo con las voces del pasado, se dice que es el "ojo del mar" o "mar adentro", un cordón umbilical que se conecta con el corazón del océano. Aquel lugar, oscuro y denso, es hogar de los minacuros, pequeñas luces en la negrura como luciérnagas danzantes que iluminan la senda.
La Tuta es origen, es cuna de los comuneros de Panán. La confluencia del agua y la tierra es el vientre que ha dado vida a los Pananes, forjando y multiplicando una estirpe inmortal. La dualidad en este terreno es leyenda viva: allí donde está el bien, también mora el mal; donde la luz brilla, las sombras la abrazan.
Tres nacimientos de agua surgen como bendición desde la ubicación de la Tuta, luego convirtiéndose en una acequia que atraviesa el corazón del pueblo, sosteniendo a los habitantes. Este flujo sagrado se alinea con las historias de las primeras familias, las cuales se asentaron en las veredas y sembraron su descendencia.
La Tuta, envuelta en el hálito de la historia, es el centro donde quienes pasan detienen el tiempo. La familia Tarapues, los Puednayan y los Nazate forjaron sus vidas allí, ya fueran caciques o los dueños de las veredas, aquellos fueron los primeros guardianes del resguardo, forjadores de una eternidad sembrada en leyenda.
Historia
El mito del lugar emblemático conocido como "la Tuta" en el territorio de Panán tiene sus orígenes en la historia y las creencias de los pueblos indígenas de la región. Según la versión proporcionada, la Tuta es una gruta sagrada que desempeña un papel central en la espiritualidad y la identidad de los pananes, el grupo comunitario que habita allí. La Tuta es conocida como un espacio donde coexistían tres familias principales que se dedicaban a rendir culto a los dioses para obtener alimentos como trigo, cebada, habas y maíz. Estas familias, asociadas con los apellidos Tarapues, Puednayan y Nazate, se establecieron estratégicamente en este lugar por su importancia espiritual y productiva.
La leyenda también menciona la existencia de tres caciques—Nasate, Juaspuezan y Puednayán—quienes bajo la figura de un dragón de tres cabezas habitaban la Tuta y de quienes descendían los pananes. Esto simboliza la conexión ancestral y la raíz histórica de los habitantes. Adicionalmente, la Tuta es descrita como un territorio entre la vida y la muerte, donde el sol madruga y se despide, siendo un reflejo de dualidades como luz/oscuridad y bien/mal.
La narrativa se enriquece con la mención de los "minacuros", criaturas luminosas que aparecen al caer la noche, y con la creencia de que la Tuta es una conexión profunda con el mar, simbolizando tanto vida como muerte. La gruta provee un vínculo con el origen de las familias de la región, y debido a sus características, los comuneros consideran a la tierra y el agua como fuerzas creadoras de su estirpe.
En resumen, el mito de la Tuta entrelaza elementos de espiritualidad, ancestralidad y geografía, consolidando la identidad cultural de los pananes a través de la simbología de la gruta y sus diversas narrativas míticas.
Versiones
En la versión del mito del territorio de Panán presentada, se destaca la adaptación de una narrativa que entrelaza aspectos geográficos, históricos y espirituales que definen la identidad de la comunidad. Una diferencia notable respecto a otras versiones del mismo mito podría ser el enfoque en la geografía y los elementos naturales del territorio como la laguna seca transformada en zona cenagosa, y los tres nacimientos de agua que configuran la comunidad. Estos elementos subrayan la conectividad entre la tierra y su gente, simbolizando la unión vital de agua y tierra como fundadores de la descendencia de los pananes. Asimismo, el énfasis en que estos nacimientos de agua sostenían a las primeras familias que habitaban allí podría diferenciarse de otras versiones que quizás destaquen otros orígenes o elementos sociales más prominentes.
Además, la versión investigada resalta el protagonismo de la figura espiritual y mítica del dragón de tres cabezas, vinculado con los caciques Nasate, Juaspuezan y Puednayan, sugiriendo una cohesión entre linaje mítico y liderazgo terrenal. Esto se asocia con las creencias sobre el dualismo entre luz y oscuridad, vida y muerte, subrayando un equilibrio espiritual y físico que podría variar de otras interpretaciones del mito que no detallen este simbolismo con tanto detenimiento. Estas diferencias reafirman la importancia del mito no solo como narrativa histórica, sino como un reflejo de las cosmovisiones y valores culturales que construyen la identidad de los pananes al conectar los elementos naturales y sagrados del lugar con su historia y su ascendencia.
Lección
La unión de la comunidad con su entorno natural es la fuente de su identidad y prosperidad.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de la Hidra de Lerna por la figura del dragón de tres cabezas y al mito japonés de Amaterasu por la conexión con la luz y la oscuridad.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



