La tertulia de la italiana

Orinoquía · Mestizo

La tertulia de la italiana

Una familia encuentra monedas, discute durante horas qué hacer con ellas y olvida la necesidad que tenía delante.

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La tertulia de la italiana: la entrada del relato

El relato

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Era un día de invierno y en el cafeteadero La Italiana se hablaba de política y de plata. En la mesa estaban el ingeniero Julio Pineda, consejero espiritual y literario de la casa, y su amigo y contradictor Alfredo Mesa. Al oriente, el cerro de los Venados, guardián de la ciudad, se iba tapando de nubes negras, y los árboles del parque silbaban con el viento.

Cayeron los primeros goterones y por la calle apareció un hombre vestido de negro de pies a cabeza. Era Saúl, el Niño Mentiroso, y cuando le ofrecieron un café le preguntaron por el luto. Él se tomó su tiempo, sorbo a sorbo, y contestó con una historia.

En el pueblo vivía una familia con varios hijos, pobre de solemnidad. Trabajaban sin descanso y apenas les alcanzaba, pero sobrevivían y hasta mandaban a los pequeños a la escuela. Cada noche, durante años, marido y mujer hacían planes para el día en que tuvieran dinero, y cada plan terminaba en pelea y se cambiaba por otro.

Vivían en una casona vieja de tapia pisada, herencia de los padres de ella, con las paredes a punto de caerse. Un día él ganó algo más de lo usual y, después de discutir tanto que casi se separan, decidieron tumbar las tapias y levantar una pieza decente. Él compró una barra de hierro, le quitó a la casa el techo que goteaba y se puso a derribar. Cuando ya terminaba, dentro de la pared más gruesa apareció una botija llena de morrocotas.

Ahí empezó la disputa: ella quería ir a Bogotá a venderlas en el Banco de la República, y él prefería enterrarlas hasta dar con un comprador. Tampoco se ponían de acuerdo en cuánto pedir por cada moneda. Discutieron, se dieron golpes, y al final guardaron una de muestra y enterraron las demás.

El hombre no volvió al trabajo. Nadie le puso a la casa ni un techo provisional, y la familia dormía en un rincón, a merced de la lluvia. A los pocos días empezó a faltar la comida, y los niños lloraban, pero los padres no se inquietaban: tenían la cabeza en las monedas. Al fin se las vendieron a un americano, a buen precio.

Con la plata en la mano volvió la pelea: ella quería una casa con todo lo moderno y él una finca para criar ganado, y ella aceptaba el ganado, pero sólo de ceba. Como no se entendían, inventaban otra salida, y otra. Al fin coincidieron: pondrían el dinero en un banco, a interés, y antes averiguarían cuál pagaba más.

Los niños seguían llorando de hambre mientras consignar les llevaba la mañana entera. Por primera vez, sin discutir, estuvieron de acuerdo en algo: apartarían una buena suma para comida y regalos. Volvieron felices, pensando en la cara que pondrían los pequeños al ver tanta comida. Abrieron las láminas de zinc que hacían de puerta y todo estaba en silencio, con los dos niños recostados contra la pared. Los llamaron, los sacudieron, y entendieron que habían muerto.

Sin entender qué había pasado llamaron a un médico, que miró aquellos cuerpos delgados y dijo que habían muerto de hambre.

—Por eso ando de negro —dijo Saúl—. Quiero acompañarlos en su dolor.

Cuando el cuentero se despidió, uno de la mesa comentó que eso pasa cuando la plata le llega a quien no está acostumbrado a manejarla y nunca la esperó sino en sueños.

La tertulia de la italiana: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien discute el futuro de una fortuna puede olvidar el hambre que tiene delante.”

Territorio

Orinoquía · Mestizo

Orinoquía · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Orinoquía
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.2° · -71.4°

Ficha del relato

Contexto histórico

Con este texto se cierra, antes del glosario, «Cuentos, mitos y leyendas del llano», de Getulio Vargas Barón (Corpes Orinoquia, 1996). Es el duodécimo del índice y ocupa las páginas 117 a 119 de la edición que conserva la Biblioteca Virtual del Banco de la República. Antes de ceder la palabra monta un marco completo. El autor, en primera persona, está en el cafeteadero La Italiana con dos amigos a los que nombra, el ingeniero Julio Pineda y Alfredo Mesa, frente a un parque y bajo el cerro de los Venados. Entonces entra Saúl, el Niño Mentiroso, vestido de luto.

El título, por tanto, nombra el café y la conversación, no el sitio del caso. La familia de las morrocotas vive en «este pueblo», sin nombre, y el marco tampoco dice qué ciudad guarda el cerro.

El propio texto se ocupa de que nadie tome el caso por noticia. Presenta a Saúl «haciendo gala de su mente imaginativa» y lo despide como «el popular cuentero»; y la presentación del libro, firmada por Leonel Pérez Bareño, describe el volumen como recreación literaria de vivencias del autor, no como recogida oral. El cuento es sátira de costumbres con remate negro. Su materia es enteramente criolla y republicana: la tapia pisada, la botija escondida en la pared, el Banco de la República que compra oro, el comprador americano, la disyuntiva entre casa moderna y finca de ceba.

Lo que el marco añade es una segunda moraleja. Uno de los contertulios la saca en voz alta, sobre la plata que llega a quien no sabe manejarla, y el lector puede comprobar que no es exactamente la que el cuento acaba de contar.

Resonancias con otros mitos

El cálculo de ganancias que se come el presente es el asunto del ejemplo VII de «El conde Lucanor», de don Juan Manuel. Allí doña Truhana, camino del mercado con una olla de miel, imagina huevos, gallinas, ovejas y riqueza hasta que la olla se le rompe. Samaniego y La Fontaine lo repiten como la fábula de la lechera. La diferencia es de peso: allá se pierde la mercancía; aquí se pierden los hijos, y el dinero queda intacto en el banco.

El oro que no alimenta tiene su figura clásica en Midas, que en las «Metamorfosis» de Ovidio pide que todo lo que toque se vuelva oro y descubre que ya no puede comer. Los padres del cuento no convierten el pan en oro, pero dejan de comprarlo mientras deciden qué hacer con él.

El hallazgo pertenece a la creencia en los entierros, viva a ambos lados de la frontera andina y llanera. En el Táchira y en Mérida los estudios de antropología registran botijas de monedas de oro que los hacendados escondían en paredes y solares, y que aparecen por accidente al demoler tapias viejas: el sueño de «encontrarse un entierro para acomodarse la vida». Los cazadores de botijas de Mérida añaden la otra cara de la creencia. Quien saca el tesoro sin cumplir las condiciones de su dueño arriesga la ruina, la enfermedad o la muerte de sus familiares, y este cuento lo cumple sin necesidad de fantasma.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. No se conoce otro registro del caso, y la diferencia que importa está dentro del propio texto, entre las dos lecturas que ofrece. La de Saúl no se enuncia: se viste de negro por dos niños que él mismo acaba de contar, y deja que el remate hable. La del contertulio es explícita y va en otra dirección, porque culpa a la falta de costumbre y de planeación. El cuento, sin embargo, muestra a unos padres que llevaban años planeando cada noche y que se pierden precisamente en el plan. El hambre de los hijos no llega por no saber qué hacer con el dinero sino por no dejar de discutirlo.

  2. Hay una tercera voz, la del autor que narra el marco, y es la más irónica. Presenta al ingeniero Julio Pineda como sabio sin pedestal, defensor de las buenas costumbres, esposo ejemplar y viejo verde, todo en la misma frase, y a Alfredo Mesa como su contradictor. Son ellos, dice, su único patrimonio electoral. Con esa mesa por testigo, la moraleja del contertulio suena a lo que se dice en un café para cerrar una historia incómoda, no a la conclusión del libro.

  3. El café y el cerro de los Venados sitúan la tertulia en una ciudad que el texto no nombra, mientras que el caso ocurre en «este pueblo». La distancia entre los dos lugares es la misma que separa a quienes comentan la desgracia de quienes la viven.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Orinoquía
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Cuentos, mitos y leyendas del llano

    babel.banrepcultural.org

    Duodécimo y último texto, «La tertulia de la italiana», pp. 117-119. El autor narra el marco: un día de tormenta en el cafeteadero La Italiana, con el ingeniero Julio Pineda y Alfredo Mesa, bajo el cerro de los Venados, llega Saúl vestido de negro. Saúl cuenta el caso de una pareja pobre que halla una botija de morrocotas dentro de una tapia, pelea por qué hacer con ellas, las vende a un americano, pone el dinero en un banco y vuelve a casa para encontrar a sus dos hijos muertos de hambre. Un contertulio saca al final una moraleja sobre la plata mal manejada.

  2. Enxemplo VII: De lo que contesció a una mujer quel dician doña Truhana, en El conde Lucanor

    gutenberg.org

    Patronio aconseja atenerse a las cosas ciertas y no a las «vanas fiuzas»: doña Truhana, pobre, va al mercado con una olla de miel en la cabeza y se imagina huevos, gallinas, ovejas, riqueza y bodas de sus hijos, hasta que la olla se le rompe. Es el antecedente castellano más antiguo del cálculo de ganancias que se come el presente, que en el cuento llanero consume a los hijos.

  3. La lechera, en Fábulas de Samaniego

    gutenberg.org

    La lechera camino del mercado planea vender la leche, comprar huevos, criar cien pollos, cambiarlos por un cochino y luego por una vaca y un ternero, y todo se pierde al caer el cántaro. Es la forma escolar hispánica del motivo que el cuento de Saúl invierte: aquí la riqueza llega y lo que se pierde mientras se planea es la comida de los hijos.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Metamorphoses, book 11, lines 85-145 (Bacchus and Midas)

    perseus.tufts.edu

    Midas pide a Baco que todo lo que toque se vuelva oro y descubre que ya no puede comer ni beber. Es la figura clásica del oro que no alimenta, que en el cuento llanero toma la forma de unas morrocotas vendidas y consignadas mientras los niños mueren de hambre.

  2. Del oro de los indios a los entierros de los viejos

    asociacionlatinoamericanadeantropologia.net

    Estudia en el Táchira la práctica de los entierros: ganancias en monedas de oro guardadas en botijas dentro de paredes, patios y solares, y botijas halladas por accidente al demoler paredes antiguas. Recoge el deseo de «encontrarse un entierro para acomodarse la vida». Es el mismo hallazgo que hace el marido al tumbar la tapia pisada.

  3. Tesoros y entierros: mitos y rituales de los cazadores de botijas de Santa Cruz de Mora, estado Mérida

    redalyc.org

    Etnografía de la «cacería de botijas»: tesoros de monedas escondidos por antiguos dueños y la creencia de que quien los saca sin cumplir sus condiciones recibe un castigo, la ruina, la enfermedad o la muerte propia o de sus familiares. Da el marco de creencia en que el hallazgo de las morrocotas acaba en la muerte de los hijos.

  4. Cuentos y mitos

    eltiempo.com

    Nota del lanzamiento del libro en el Latino Piano Bar de Yopal, en septiembre de 1996. Presenta al autor como político, funcionario y presidente de la Academia de Historia de Casanare, es decir como hombre de tertulia pública, lo que ayuda a leer el marco del café con sus contertulios nombrados.

  5. Los mitos del Llano

    eltiempo.com

    Reseña de la segunda edición firmada por un amigo del autor, que lo recuerda como líder cívico de la creación de Casanare. Confirma el tono de círculo de amigos y de vida pública regional que el cuento reproduce en la mesa de La Italiana.

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«La tertulia de la italiana» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La tertulia de la italiana» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La tertulia de la italiana» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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