La rodillona

Andina · Mestizo

La rodillona

Una vieja de rodillas enormes espera sobre los barrancos y rompe la noche con una risa que desconcierta a amantes y caminantes.

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El relato

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En los pueblos paisas la llaman la Rodillona por lo que más la atormenta: unas rodillas enormes. De noche se sienta en lo alto de los barrancos que bordean los caminos, encogida como una vieja, con la cara metida entre las piernas. Tiene el pelo canoso, los ojos rojos, la nariz afilada y ganchuda como de bruja y una boca grande con un solo diente. Cuando alguien pasa por debajo, suelta la carcajada.

Su presa es el trasnochador perdido en la oscuridad. Si el hombre raspa un fósforo para encender el farol, ella se vuelve ventarrón y se lo apaga. Luego se ríe del desesperado que no atina con la entrada, ni da con la salida, ni encuentra el portillo ni la señal convenida. A los jugadores que de regreso tienden la ruana en mitad de las mangas para echar los dados o unas manos de tute, les llega en forma de murciélago. Les apaga el farol y se burla hasta de los más valientes.

Sus chanzas no tienen medida. Hay quien se ha ido por un abismo, quien se ha herido con el arma que sacó contra ella, quien ha caído sin sentido del puro miedo. Entonces es cuando más se ríe.

Hay cosas que no soporta. Donde hay una mujer encinta o un niño que berrea, no se arrima ni deja oír su risa. Los campesinos de experiencia, cuando andan en malos pasos, cargan el cordón del Señor Caído para azotarla si los persigue. Y para alejarla sin llamarla se canta una copla que la nombra de lejos: allá en la montaña, con sus rodillas hinchadas, la Rodillona aparece.

De dónde salió, unos lo saben así: es el alma en pena de una alcahueta embaidora que con sus astucias deshonró doncellas, avergonzó hogares, arruinó fortunas y enfermó a clérigos confiados. En el atrio se oye otra cosa. Fue una mujer arrogante y vanidosa a quien el destino castigó con una artritis sin cura. Desde entonces va a la misa de la aurora y a la del anochecer, le da la vuelta al templo de rodillas y baja las escalinatas apoyada en ellas, pagando una promesa. Sale la última, con unas muletas de madera que suenan, lenta como una tortuga. Sus rótulas parecen calabazas peladas y sangrientas. Se sabe todas las oraciones, lleva medallas y escapularios colgados de la ropa y un galón de agua bendita. Las veladoras que le sobran del altar mayor las prende frente a las tumbas del cementerio, para que los difuntos descansen.

En Risaralda, cuando el pueblo todavía se llamaba San Joaquín, a finales de los años 20, la vieron más de una noche por las calles empedradas de Chisperos, la zona de tolerancia. Caminaba con sus piernas largas y esqueléticas, de rótulas salidas, asustando a los trasnochadores y a los borrachitos.

En el alto oriente caldense la conocen los cazadores. Allá se sube a la copa de los árboles y se hace pasar por uno de esos animales endemoniados, arregionados, que no se dejan cazar. Javier Gallego era apenas un muchacho cuando encontró a unos cazadores dándole bala a un perezoso trepado en un árbol altísimo, sin poder tumbarlo. Él sabía cómo se bajaban esos animales necios, y lo bajó. Aquello cayó como una llanta de tractor, con un estruendo terrible, y rodó. Cuando los cazadores fueron a recogerlo, en el suelo estaba la señora, con el pelo tirado sobre toda la cara y las rodillas saliéndole por los hombros. Dejaron allí la escopeta y todo lo demás.

La rodillona: lo que quedó del relato

La enseñanza

“La soberbia que se burla del extraviado termina pagando su culpa de rodillas y a la vista de todos.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6.5° · -75.5°

Ficha del relato

Contexto histórico

La Rodillona tiene dos registros escritos que no dependen uno del otro. El primero es el capítulo que le dedica Fabio Vélez Correa en «Mitos, espantos y leyendas de Caldas», libro que la Imprenta Departamental de Caldas publicó en 1997 y que El Libro Total sirve hoy en una edición ampliada. Vélez la coloca entre los mitos menores y abre con Arturo Escobar Uribe, «Mitos de Antioquia» (Minerva, 1950), página 119: de allí vienen el nombre, la vieja sentada en el barranco con la cara entre las piernas, el diente único, el ventarrón que apaga los fósforos, el cordón del Señor Caído, la copla, el ancestro de la alcahueta y el miedo a las embarazadas y a los niños que lloran. La explicación de la mujer soberbia castigada con artritis, que da vueltas de rodillas a la iglesia, Vélez la atribuye a «otros investigadores» y a lo que dicen feligreses y parroquianos, sin dar nombres. Cierra con un apunte propio, «La Rodillona en Risaralda»: varios ancianos le contaron que a finales de los años veinte, cuando el pueblo caldense aún se llamaba San Joaquín, la vieron por las calles de Chisperos, la zona de tolerancia.

El segundo registro es oral y reciente. «Remembranzas de mis abuelos. Memoria oral y ambiental del alto oriente caldense», libro digital del SENA publicado en La Dorada en 2022 por Santiago Useche Toledo, Allison González González, Carlos Alberto Guzmán Ruiz y Eliana Marcela Tunarrosa Echeverría, recoge testimonios de Manzanares y Marquetalia. En sus páginas 83 a 85 describe a la anciana de rodillas abultadas y transcribe en primera persona a Javier Gallego, «un morador caldense», que cuenta cómo, siendo muchacho, tumbó de un árbol a un perezoso que resultó ser ella.

Es un espanto de los pueblos de la colonización antioqueña: se defiende uno de ella con un objeto de devoción católica y su penitencia transcurre entre el atrio, la misa y el cementerio.

Resonancias con otros mitos

En el mismo libro de Vélez, la Vieja Colmillona, que peones de la hacienda El Oro, en Aguadas, contaron a Javier Ocampo López, comparte con la Rodillona una regla precisa: no ataca a las mujeres embarazadas ni entra en casas con niños recién nacidos. Las dos son viejas de un rasgo corporal desmedido, colmillos en un caso y rodillas en el otro, y las dos atacan al hombre que anda de noche fuera de casa.

El Patetarro, según Iván Salazar Duque citado por Vélez, baja de los montes a los poblados mineros a altas horas para espantar con gritos y carcajadas a los mineros que sorprende por las calles desiertas. La carcajada como arma, y no el golpe, es lo que acerca a los dos espantos.

El libro del SENA de 2022 ofrece un tercer vínculo, esta vez con el mundo de la cacería: los animales «endemoniados» o «arregionados», que no se dejan cazar, son una categoría que los cazadores del alto oriente caldense conocen por sí misma. La Rodillona se esconde en ella. Lo que el cazador cree una presa difícil resulta ser un espanto con forma de mujer.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Escobar Uribe, según lo resume Vélez, la ve como espanto caminero y burlón: vieja sentada en lo alto del barranco, que apaga luces, extravía al que busca el portillo y lo lleva hasta el abismo. Para él es el alma en pena de una alcahueta, y en esa línea la hace aparecer también a los jugadores que tiran los dados sobre la ruana, esta vez en figura de murciélago.

  2. Los feligreses que Vélez cita sin nombre cuentan algo muy distinto, casi piadoso. Allí la Rodillona no se ríe de nadie: fue una mujer soberbia enferma de artritis que se arrastra de rodillas alrededor del templo, reza de memoria, carga agua bendita e incienso y enciende veladoras a los difuntos. La culpa es la misma, pero la figura ha pasado de verdugo a penitente.

  3. La memoria de Risaralda, también en Vélez, la saca del camino y la mete en el pueblo: la ven por las calles empedradas de la zona de tolerancia, con piernas largas y esqueléticas, espantando borrachos.

  4. El testimonio de Javier Gallego en el libro del SENA de 2022 cambia de escenario y de víctimas. La anciana aparece despeinada y canosa, confundida con bruja, con las rodillas «por los hombros», y no en un barranco sino en la copa de los árboles, disfrazada de animal «endemoniado» o «arregionado». Asusta a cazadores y a amantes solitarios. No hay risa, ni farol, ni origen: sólo el golpe de algo que cae como una llanta de tractor y la huida.

  5. «Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano» (El Tiempo y Universidad Autónoma, 2004) le dedica las páginas 69 y 70, pero es un libro que se presenta a sí mismo como recopilación de «documentos imaginarios»: ficción de autor, no testimonio.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Antioquia · Andina
Referencias
5
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos, espantos y leyendas de Caldas

    ellibrototal.com

    Capítulo «La Rodillona», con la cita de Escobar Uribe (Mitos de Antioquia, 1950, p. 119), la copla y «La Rodillona en Risaralda»; en el mismo libro, la Vieja Colmillona y el Patetarro de Similitudes.

  2. Remembranzas de mis abuelos: memoria oral y ambiental del alto oriente caldense

    repositorio.sena.edu.co

    Registro oral reciente de la Rodillona en el alto oriente caldense, con el narrador Javier Gallego (p. 83), y los animales «arregionados» de los cazadores.

  3. Desarrollo de competencias lectoras a partir de un programa de acompañamiento en estudiantes de educación básica del municipio de Galapa, Atlántico

    manglar.uninorte.edu.co

    Usa un texto de la Rodillona como lectura en su programa escolar y lo reproduce en el anexo.

Contraste y contexto · 2 referencias

  1. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano

    archive.org

    Trae la Rodillona en sus pp. 69-70.

  2. En Medellín: desfile de danzas, mitos y leyendas. Una noche a la colombiana

    eltiempo.com

    Nombra al Patetarro, que Similitudes compara con la Rodillona, entre las comparsas de un desfile de mitos en Medellín en 1990.

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«La rodillona» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La rodillona» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La rodillona» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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