En un tiempo olvidado por la cadencia de los relojes, cuando las estrellas danzaban en un firmamento sin memoria, el mundo sucumbió a una oscuridad tan espesa que parecía hecha de la misma sustancia que los sueños abandonados. Era un velo nocturno que no cedía ni ante el clamor de los árboles que, desconcertados, susurraban entre sí, narrando historias de soles antiguos.
La gente de aquel mundo, sumergida en aquella tiniebla infinita, se llenó de desasosiego. En un acto de desesperación colectiva, comenzaron a romper todas las piedras que encontraban a su paso, creyendo que al liberarlas reducirían la opacidad que los encerraba. El eco de aquel quebrar de piedras se convirtió en una sinfonía triste, un canto de roca y polvo. Pero, uno a uno, aquellos que desafiaban las sombras se desvanecían en el abrazo frío del olvido.
Entonces, como si surgiera del suspiro del viento, apareció el primer hombre. Era un ser de esencia antigua, de aquellos que se creen esculpidos no solo por la carne y el hueso, sino por la tierra misma. Sus ojos, abismos de preguntas, contemplaban la oscuridad que lo rodeaba. "¿Qué haremos? Todo está oscuro", murmuró el hombre, su voz apenas un eco entre las sombras.
Determinado, se unió al esfuerzo perdido de romper las piedras, como si en sus entrañas petrificadas habitaran las migajas del amanecer. Dentro de sus casas, abarrotadas de sombras, dieron golpes al azar, hasta que, por fin, sucedió el milagro: las piedras cedieron y, con ellas, una delgada línea de luz entonó el canto del día. El mundo respiró, y aquellos que se habían desvanecido retornaron, sorprendidos, a la vida que creían perdida.
Sin embargo, la travesura de la oscuridad no había concluido. Sin aviso, como un niño travieso jugando al escondite, la oscuridad volvió a rendir su manto sobre la tierra, y nuevamente lloraron los sobrevivientes: "Hóbai homa kini burúa", sus palabras resbalaban como lágrimas de un antiguo poema que imploraba al cielo cuerpos celestes.
Persistieron en su esfuerzo. Con inquebrantable fe, las piedras fueron reducidas a polvo y el día regresó, aunque a un alto costo, pues muchos cayeron atrapados en el ciclo interminable de la muerte y el renacimiento. Entonces, una idea luminosa —tan única como la chispa de una estrella naciente— floreció entre ellos: se volcaron al monte, decididos a sembrar vida en la tierra, anhelantes de reconstruir el día.
No obstante, la falta de herramientas fue un desafío montañoso. Solo desnudaban la piel de los troncos con sus manos, agotando los árboles, quienes sucumbían en lentas agonías al despojo constante. La sombra de la noche en sus almas les dio frutos humildes, pequeñas mazorcas de maíz que, al ser transformadas en harina, se mezclaban con agua, ofreciendo una humilde pero tenaz resistencia al hambre que amenazaba con devorarlos.
Así vivían, agrandando la esperanza con cada grano de maíz, marcando un ciclo eterno entre la oscuridad y la luz, día a día desafiando el abrazo implacable de la noche. El mundo, hecho de ritmo y nostalgia, aún recordaba sus intentos, sus pérdidas y sus triunfos parciales, como un palpitar constante en el corazón del cosmos. Aunque quebrar las piedras no siempre traía la claridad anhelada, la voluntad de aquellos hombres había escrito un destino donde la luz, al final, no podía ser vencida, solo diferida.
Historia
El origen del mito relata un ciclo de oscuridad y renacimiento. En el principio, el mundo se obscureció y todos perecieron ahogados. Para combatir la oscuridad, las personas intentaron romper las piedras, pero murieron en el proceso. El primer hombre llegó y expresó preocupación por la oscuridad. Intentaron nuevamente romper las piedras dentro de una casa, y finalmente lo lograron, trayendo de vuelta el día, aunque muchos seguían muriendo. Después de otro período de oscuridad, consiguieron nuevamente romper las piedras para restaurar la luz. En su lucha por sobrevivir, comenzaron a tumbar el monte y a sembrar sin herramientas adecuadas, procesando maíz pequeño para hacer harina y consumirla con agua como alimento básico.
Versiones
Este mito ofrece una visión intrigante de un ciclo de oscuridad y resurgimiento que sucede repetidamente, centrado en la lucha de la humanidad contra un fenómeno de oscuridad total que sume al mundo. La única versión del mito relata un proceso reiterativo, en el cual el mundo se oscurece y la gente intenta romper este ciclo rompiendo piedras —una acción simbólica que podría representar un intento de recuperar la luz o el orden. En las dos instancias de oscuridad mencionadas, el resultado es en su mayoría mortal; sin embargo, se sugiere una eventual resurrección o supervivencia parcial, ya que la humanidad parece recuperarse y vuelve a enfrentar la oscuridad.
Destaquémonos en dos elementos notables: primero, el uso de recursos limitados y la adaptación que muestra la humanidad cuando decide tumbar montes y sembrar pese a la carencia de herramientas, lo que sugiere una resiliencia y creatividad inherentes frente a la adversidad. Segundo, hay un énfasis particular en la simplicidad de su sustento—el maíz pequeñito y la harina con agua—que subraya una dependencia y reverencia a elementos fundamentales y básicos de la naturaleza, sugiriendo un ciclo de vida austero y rudimentario pero esencial para la supervivencia. Esta narración no solo explora el ciclo de la luz y la oscuridad, sino también la dualidad de la esperanza y la desesperación humanas frente a fuerzas aparentemente imbatibles.
Lección
La perseverancia y la creatividad pueden superar incluso las mayores adversidades.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Sísifo en su ciclo interminable de esfuerzo y al mito nórdico del Ragnarök por su ciclo de destrucción y renacimiento.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



