La Mula Herrada

Andina · Mestizo

La Mula Herrada

La mula de don Álvaro Sánchez espera frente a una casa de juego de Las Nieves y continúa buscándolo incluso después de la muerte.

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La Mula Herrada: la entrada del relato

El relato

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Primero fue un ruido. En altas horas de la noche, cuando ya no quedaba nadie en la calle, los vecinos de Santa Bárbara oían el galope de una cabalgadura que subía por la Calle de la Carrera hacia la plazoleta de Las Nieves. Muchos se persignaban debajo de las cobijas y no se asomaban. Los que se asomaron vieron una mula sin jinete corriendo por el centro de la vía, sacándole chispas a las piedras del pavimento con el choque de las herraduras. Nadie la conocía. Nadie sabía de dónde salía ni a qué casa entraba.

El animal, en cambio, tenía dueño y rutina. Álvaro Sánchez era jugador empedernido y bajaba todas las noches en su mula desde Santa Bárbara hasta Las Nieves, a jugar y a beber con sus contertulios, y volvía pasada la medianoche por el mismo camino.

Una tarde el criado la llevó a beber al río y la soltó por descuido. La mula no se perdió ni se devolvió a la pesebrera: enfiló por la Calle de la Carrera, hizo sola el recorrido de todas las noches y se paró en la puerta de la casa de juego donde estaba su amo. Fue tanta la dicha del señor Álvaro al verla llegar así, sin nadie que la guiara, que —aseguran— la burra le exclamó una palabra.

Nunca se supo cuál. Él no volvió a montarla.

A la aparición que recorría las calles le pusieron el nombre de la Mula Herrada, y un tiempo después la ciudad encontró con qué explicarla. En el fondo de un solar, dentro de una ramada abandonada detrás de la ermita de Belén, apareció el cuerpo de una mujer vieja que llevaba meses desaparecida y a la que todo el mundo había conocido por su oficio de celestina. Tenía clavadas en las manos y en los pies unas herraduras gastadas que no hubo forma de arrancar. Nadie explicó quién se las puso ni por qué. Desde ese hallazgo, el trote no se volvió a escuchar.

Ahí se partió la historia en dos, y así sigue. Unos dijeron que la mula era esa mujer, una bruja que salía de noche convertida en bestia y a la que alguien alcanzó a herrar. Otros, los del barrio, no aceptaron esa cuenta: para ellos lo que recorría de madrugada la Calle de la Carrera, con Belén y el centro de Santafé en su ronda, era el fantasma del jugador con su mula, haciendo otra vez el camino que hicieron juntos tantas noches, ahora sin apurarse y sin nadie esperándolos al final.

La Mula Herrada: lo que quedó del relato

La enseñanza

“El ruido que nadie ve termina pagándolo siempre el vecino más pobre del barrio.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.5981° · -74.0758°

Ficha del relato

Contexto histórico

El registro más antiguo que se conoce no cuenta la historia: la menciona de pasada. José María Cordovez Moure, en la serie tercera de sus «Reminiscencias de Santafé y Bogotá», página 313, enumera lo que se hablaba en los atrios de la ciudad colonial y ahí coloca, entre milagros y devociones, «el espanto de la mula herrada que recorría las calles en altas horas de la noche y nadie veía». En esa sola frase quedan fijados los dos rasgos que después repite todo el mundo: la ronda nocturna y la invisibilidad.

El relato desarrollado está en «Fantasmas de ciudad. Fantasmas en La Candelaria», de Stella Monsalve Gaitán, publicado en 2008 por la Alcaldía Mayor de Bogotá y el Archivo de Bogotá dentro de la colección Memorias de la Ciudad. El volumen hace algo poco habitual y muy útil: en vez de fundir las variantes, las deja separadas. En la página 18 transcribe literalmente un texto anterior, «Los fantasmas de Santafé», de Jorge Bayona Posada, con el recorrido de la calle de Piedra Ancha a la iglesia de Las Nieves, la mula sin jinete y el cadáver de la alcahueta con las herraduras clavadas. En las páginas 30 y 31, bajo el encabezado «Carrera 7a – calle 20», da una versión distinta, de barrio, con el jugador Álvaro Sánchez, el criado, el río y la palabra que el animal pronuncia.

De dónde salió ese material es lo más frágil del conjunto, y la autora lo declara sin rodeos en la página 30: «Tomamos esto después de haber consultado a los historiadores, al legado intangible que nos han dejado las generaciones anteriores». No hay informantes con nombre, no hay fecha de recolección, no hay vereda ni esquina donde se haya grabado nada.

Queda una advertencia sobre el desenlace que da nombre al espanto. La versión de Bayona Posada castiga a una mujer vieja y pobre por su oficio, y lo hace con una imagen de crucifixión: herraduras clavadas en manos y pies que no se pueden arrancar. El hallazgo está en la fuente y sin él no se entiende ni el nombre del espanto ni por qué la recopiladora de 2008 siente la necesidad de salir a decir que la mula no era ninguna bruja. Se cuenta, entonces, pero sin heredar el juicio moral con que se sirvió: nada en el relato explica ese cuerpo, y nada lo justifica.

Resonancias con otros mitos

El motivo de la bestia que habla tiene un antecedente que cualquier lector de la Santafé colonial reconocía sin esfuerzo: la burra de Balaam, en el capítulo 22 del libro de los Números, que se planta en el camino y le dirige la palabra a su jinete. En los dos casos la cabalgadura sabe algo que el hombre no sabe, y en los dos la relación entre ambos se rompe en el instante en que el animal abre la boca: Álvaro Sánchez no volvió a montarla. La diferencia es que en el relato bogotano nadie transcribe la palabra. Queda una sola, sin repetir, y esa reticencia es lo más eficaz que tiene la página.

El segundo parentesco está a pocas cuadras y en otro siglo. La leyenda del venado de oro, que Pedro María Ibáñez recogió en el tomo I de sus «Crónicas de Bogotá», páginas 139 a 141, también pone en el centro a un jugador de oficio: un portugués que dejaba el garito solamente para buscar lances de amor y que acaba muerto en la calle. Las dos historias usan la misma figura urbana —el hombre que se pasa las noches fuera, en mesas de juego, y vuelve tarde por calles vacías— y las dos lo castigan sin decir nunca que lo castigan por jugar.

Hay una tercera coincidencia que conviene nombrar por lo que separa. Circulan relatos con este mismo título en otros países, con hijas desobedientes, frailes y pactos distintos, pero las únicas versiones localizables hoy están en sitios de leyendas sin autoría ni procedencia, y con eso no se compara nada.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Las dos versiones que el libro de 2008 recoge no discrepan en un detalle: discrepan en quién es la mula.

  2. En la de Bayona Posada, transcrita en la página 18, la mula es una mujer transformada, y el relato se cierra como se cierra un caso: aparece un cadáver, se le encuentran las herraduras y el galope se acaba. El recorrido tiene ahí otros extremos —de la calle de Piedra Ancha, que era la calle 6 entre carreras 5 y 6, hasta las inmediaciones de la iglesia de Las Nieves—, y quien se asoma sí alcanza a ver algo, contra lo que decía Cordovez Moure medio siglo antes.

  3. En la de barrio, páginas 30 y 31, no hay bruja ninguna: hay un hombre con nombre, una rutina de juego y trago, y un animal con una costumbre. La propia autora toma partido al final de esa página y descarta la primera lectura, atribuyéndola a lo que «dicen», para quedarse con el fantasma del jugador y su mula recorriendo las calles.

  4. La especie del animal tampoco se sostiene igual en todo el texto, y esa vacilación es un dato del relato y no un descuido que convenga corregir: la misma página empieza hablando de un caballo, sigue con una mula y termina llamándola la burra. Las descripciones firmes que circulan por ahí —una mula parda, ensillada, bien herrada— no tienen respaldo: ninguna de las dos versiones describe al animal.

  5. Dos atribuciones más conviene devolver a sus dueños. La casa de juego no tiene propietario en ninguna de las dos páginas; el nombre de don Juan de Guevara, que se repite en blogs y recorridos turísticos, procede del Bogotálogo del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, hoy no consultable, y hasta que se pueda abrir carece de ancla. Y la localización del espanto tampoco es un domicilio: Las Nieves es el destino de la ronda, no su sede. Las dos versiones lo hacen recorrer un eje, con Belén como lugar de cierre en ambas.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Fantasmas de ciudad: fantasmas en La Candelaria (colección «Memorias de la Ciudad», n.º 1)

    repositorio.biblored.gov.co

    Es el registro de esta ficha y su mayor mérito es que recoge dos versiones del mismo espanto y las deja separadas en vez de fundirlas. En la p. 18 transcribe literalmente a Jorge Bayona Posada, «Los fantasmas de Santafé»: el recorrido con dos extremos con calle y número, «de las inmediaciones de la calle de Piedra Ancha (calle 6, entre carreras 5 y 6), a un sitio al parecer cercano a la iglesia de Las Nieves»; lo que ve quien se asoma, «una mula sin jinete que corría por el centro de la vía, arrancando chispas a las piedras del pavimento con el choque de sus herraduras»; y el desenlace, una mujer «muy conocida anteriormente en la ciudad por su oficio celestinesco», desaparecida meses atrás y hallada muerta en una ramada tras la ermita de Belén, con herraduras clavadas en manos y pies que no se pueden arrancar, tras lo cual el galope cesa para siempre. En las pp. 30-31, en cambio, la ficha propia del barrio cuenta otra cosa: un jugador con nombre que bajaba de Santa Bárbara a Las Nieves a jugar y a beber y volvía pasada la medianoche, la mula que se suelta en el abrevadero y hace sola el camino hasta la casa de juego a buscar a su amo, y el punto de giro dicho con toda la cautela de un «aseguran», que el animal le habló. El libro enfrenta las dos lecturas y escoge: nombra la del cadáver herrado, la atribuye a lo que «dicen» y se queda con la del jugador y su mula.

  2. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Serie tercera (1.ª ed. corregida y aumentada)

    babel.banrepcultural.org

    Es la mención impresa más antigua que se ha podido localizar y no cuenta el relato: lo registra. Dentro del catálogo de conversaciones de atrio de la Santafé colonial, en la p. 313, aparece «el espanto de la mula herrada que recorría las calles en altas horas de la noche y nadie veía». En una sola frase quedan fijados los dos rasgos que después repite todo el mundo —la ronda nocturna y la invisibilidad— y, sobre todo, queda demostrado que en el siglo XIX el espanto circulaba sin cadáver, sin bruja, sin jugador y sin mula que hablara. Todo lo demás es posterior, y esta página es la que permite decirlo con fecha.

  3. Crónicas de Bogotá, tomo I

    babel.banrepcultural.org

    Sostiene el segundo paralelo, que está a pocas cuadras y en otro siglo. En las pp. 139-141, la leyenda del venado de oro pone en el centro a la misma figura urbana que la ficha de barrio de la mula: un jugador de oficio, en este caso un portugués llegado hacia 1700 que dejaba el garito solamente para buscar lances de amor y que acaba apuñalado en la calle, camino de la gruta donde escondió su hallazgo. Las dos historias usan al hombre que se pasa las noches fuera, en mesas de juego, y vuelve tarde por calles vacías, y las dos lo castigan sin decir nunca que lo castigan por jugar. El parentesco no es de motivo sobrenatural sino de moral urbana: en la Santafé de las crónicas, el que anda de noche paga.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Nova Vulgata, Liber Numeri (libro de los Números), capítulo 22

    vatican.va

    Da el antecedente de la bestia que habla, que en la Santafé colonial cualquier lector reconocía sin esfuerzo. En el capítulo 22 la burra de Balaam se planta en el camino, ve lo que su jinete no ve y acaba dirigiéndole la palabra para reprocharle los golpes. Es la misma estructura de la escena bogotana: la cabalgadura sabe algo que el hombre ignora, y la relación entre ambos se rompe en el instante en que el animal abre la boca —el jugador no volvió a montarla—. La diferencia es de economía narrativa y está a favor del relato bogotano: allí la burra habla y su discurso se transcribe entero; aquí nadie transcribe la palabra, queda una sola mención sin repetir, y esa reticencia es lo más eficaz que tiene la página.

  2. Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938

    babel.banrepcultural.org

    Es lo que permite comprobar que los dos recorridos del relato existen y que no son el mismo. Va barrio por barrio por el casco antiguo, con Las Nieves oriental en la p. 163 y occidental en la 211, Santa Bárbara y la Calle de la Carrera —hoy carrera 7.ª— con sus nombres viejos, y con la ermita de Belén y los cursos de agua que servían de abrevadero. Con ese plano se ve que la versión de Bayona Posada, de la calle de Piedra Ancha a las inmediaciones de Las Nieves, y la versión de barrio, de Santa Bárbara a la plazoleta de Las Nieves por la Calle de la Carrera, comparten el destino y no el origen: son dos ejes distintos de la misma ciudad. Y esta obra trae además la mula herrada ya en su pórtico, como emblema de la Santafé antigua, prueba de que en 1938 el espanto era parte del repertorio que la ciudad usaba para nombrarse a sí misma.

  3. La Candelaria: el centro histórico de Santafé de Bogotá

    idpc.gov.co

    Da la materia física sin la cual el relato no suena. Reconstruye la formación del tejido urbano del centro histórico y describe sus tipologías —calles estrechas, casas de patio, zaguanes, y sobre todo el empedrado— junto con los espacios domésticos y los espacios para la vida ciudadana. El detalle que la leyenda convierte en su firma, las chispas que las herraduras arrancan a las piedras del pavimento, depende enteramente de que las calles estuvieran empedradas y de que de noche no hubiera otro ruido: esta obra documenta ambas cosas. Y explica el despoblamiento posterior del centro —la moda que se va a San Victorino, La Merced, Teusaquillo, Chapinero— que dejó esas cuadras vacías de noche, que es la condición de todo el repertorio nocturno de la ciudad.

  4. Bogotá etílica: chicha, cerveza, aguardiente y otras

    archivobogota.secretariageneral.gov.co

    Documenta el mundo nocturno del que sale el protagonista de la versión de barrio y explica por qué el relato no necesita decir que lo castiga. Reconstruye la campaña larga contra el consumo de chicha en Bogotá y los recursos con que se hizo —detención de consumidores, cierre de chicherías, destrucción del producto decomisado— y describe la operación simbólica que la acompañaba, con campañas que representaban a los bebedores como animales, señaladamente como burros, para desacreditarlos. Un hombre que baja cada noche de un barrio a otro a jugar y a beber, y vuelve pasada la medianoche, es exactamente la figura que ese aparato perseguía; que el castigo le llegue en forma de bestia parlante no es una casualidad del folclor sino el mismo lenguaje.

  5. Fantasmagorías bogotanas: invención y producción de fantasmas en la Candelaria

    colombianistas.org

    Da el marco con que esta ficha ordena sus dos versiones en vez de elegir una. Estudia el repertorio fantasmal de La Candelaria como una construcción hecha de inclusiones y exclusiones, donde cada relato se recorta y se completa según lo que el circuito necesita, y donde los fantasmas funcionan a la vez como persistencia de una memoria y como representación capturada. Aplicado a este caso, explica lo que el propio libro de 2008 hace a la vista del lector: enfrentar la versión del cadáver herrado con la del jugador y su mula, y quedarse con una. La elección no es un hallazgo sobre el pasado sino una decisión sobre qué historia sirve hoy al barrio, y eso es lo que la ficha necesita poder decir.

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«La Mula Herrada» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La Mula Herrada» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La Mula Herrada» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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