La mujer y el áinawi

Orinoquía · Sikuani (Guahíbo)

La mujer y el áinawi

Abandonada por su esposo, una mujer recibe ayuda de un áinawi invisible, sana y elige no volver con quien la dejó.

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El relato

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Un hombre dejó a su mujer en la cabecera de un caño y se fue. Ella tenía sarna. Quedó sola allá, sin canoa y sin camino, y sin nadie a quien pedirle nada.

Del monte le salió otro hombre. No llegó con las manos vacías: le trajo jabón, un vestido, perfume y un peine. Con eso ella se lavó, se curó la piel y volvió a quedar como era antes.

El que le llevó las cosas era un áinawi, uno de los que no se dejan ver. Se quedó con ella y se hizo su compañero, y así vivieron en la cabecera del caño.

Al cabo del tiempo volvió el primer marido. La encontró sana y limpia y quiso llevársela otra vez. Ella se negó. Le recordó que la había dejado allí enferma y sin nada, y dijo que se quedaba con el que la había atendido.

Con la nueva unión el tiempo dejó de correr como corre. Ella quedó embarazada y dio a luz a los seis días. El niño creció rápido. Cuando ya estaba crecido, su padre se lo llevó consigo debajo de la tierra, que es donde él vivía.

Ella no bajó. Y si la mujer hubiera seguido al áinawi, la gente viviría debajo de la tierra. Como no lo siguió y se quedó arriba, la gente vive encima. El hijo sí cruzó, y por eso el camino entre los dos lados quedó abierto por donde pasó él.

La mujer y el áinawi: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien recibe cuidado en el abandono no queda en deuda con quien lo provocó.”

Territorio

Orinoquía · Sikuani (Guahíbo)

Orinoquía · Sikuani (Guahíbo)

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Orinoquía
Comunidad
Sikuani (Guahíbo)
Referencia
4.2° · -71.4°

Ficha del relato

Contexto histórico

La mujer sarnosa la relató Rita Gaitán en 1977, y Eugenia Villa Posse la reproduce en las páginas 282 y 283, remitiendo al corpus de Francisco Ortiz de 1982. El título documental describe una enfermedad y suena despectivo fuera del relato; por eso la página se titula por la protagonista y por el ser que la atiende, y el nombre de archivo se conserva aquí.

De los áinawi hay más documentación que de casi cualquier otra cosa en el corpus, y no dicen todos lo mismo. Ortiz los define desde el ritual: son los dueños y abuelos de los animales y de los seres del agua, y en los días de menstruación acechan a las muchachas para raptárselas; por eso las paredes de esterilla de la casa de reclusión les cierran el paso, por eso el banquito tallado donde la muchacha apoya los pies lleva el diseño iwidakami, que tiene un efecto defensivo contra ellos, y por eso se consigue resina de caraño para muquiarla y defenderla.

William Torres lo escribió de otro modo, como se lo enseñaron los hermanos Kasulú en el resguardo Wakoyo. Allí el ainawi no es un ser sino una potencia: una fuerza anómala e inmaterial que pueden tener los animales, capaz de enfermar y matar a una persona chupándole la energía vital si al cazar, pescar y consumir esa especie no se hacen los rezos que la contrarrestan. La adquirieron los antiguos que cayeron de la escalera de flechas y quedaron hechos animales. Los animales domésticos no la tienen y por eso se comen sin precaución. Y también la tienen los montes, los ríos, los arroyos, las lagunas y las cascadas.

Entre una definición y otra queda el hombre que sale del monte con un peine.

Resonancias con otros mitos

El paralelo exacto, y con dueño, es Bakatsoloba. Los docentes de Awariba y Domoplanas lo publicaron como La joven sirena y Ortiz lo había registrado antes desde el rezo del pescado, donde a Bakasolowa se la invoca como «la muchacha raptada por los peces» y se la da por esposa de Itsaruwa, el jefe máximo de los pescados, el que preside la iniciación en el mundo acuático. Allí una muchacha sola en la choza es llevada por los seres del agua Vichada abajo hasta el Orinoco, y sus padres vuelven del conuco y no pueden hacer nada. Aquí la mujer también está sola, también aparece alguien de otro ámbito, y también termina viviendo con él; la diferencia es que ella escoge y que no la llevan a ninguna parte contra su voluntad. Comparado con Bakatsoloba, este relato es el mismo encuentro leído al derecho.

El segundo paralelo está en el mismo libro de 2015. En La historia de Lekonaiwa, una mujer con poderes que come ají y arranca yuca sin esfuerzo físico se casa con un hombre corriente y despierta la envidia de las vecinas, y una de ellas la mata. También ahí una unión con alguien que no es de este régimen altera lo ordinario; allá el desenlace es la muerte, aquí es un hijo que baja y una humanidad que se queda arriba.

Y en El hombre pájaro, también de 2015, las dos mujeres de Makoko se van al río, le enseñan a nadar al hijo y un día se convierten en delfín rosado y en manatí, y el niño en güío, y se quedan cada una con un río. También allí lo que decide el desenlace es una mujer que no se deja sacar de donde está.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La glosa de la edición traduce áinawi por «invisible», y eso es lo que la página conserva en el Relato, porque es la palabra del texto. Pero «invisible» no es lo que dicen las otras dos definiciones en disco: para Ortiz son dueños y abuelos, es decir alguien; para Torres es una potencia, es decir algo. La ficha las deja a las tres en pie y no elige, porque elegir sería escribir la etnografía que falta.

  2. El sentido de la relación también cambia según de dónde se mire. En el ritual documentado, lo que los áinawi hacen con una mujer sola es raptarla: consumir pescado no rezado provoca, dice Ortiz, el rapto del individuo al mundo subacuático, y todo el aparato del rezo está montado para impedirlo. En este relato no hay rapto. Hay un cortejo con objetos —jabón, vestido, perfume, peine—, una curación, y una mujer que después se niega a volver con el que la abandonó y se queda por decisión propia. Es el mismo encuentro, con el signo cambiado.

  3. Dónde viven no está tampoco resuelto. Aquí el áinawi vive debajo de la tierra y se lleva al hijo para allá. En Ortiz y en Torres los áinawi están en los animales, en el agua y en los lugares —montes, ríos, cascadas—, no en un mundo de abajo. La diferencia se conserva y no se armoniza. La figura del ainawi aparece además, en la lista de emblemas que Ortiz levantó en 1972, como uno de los nombres alternos del grupo jamorúa, lo que indica que la palabra circula también fuera de lo ritual.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Sikuani (Guahíbo) · Llanos Orientales · Orinoquía
Referencias
9
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, sección sikuani

    biblioteca.casadelacultura.gob.ec

    Editorial IADAP, Quito, 1993, dos tomos. En las pp. 279-288 reproduce siete piezas del corpus de Ortiz, registradas en sikuani y en español: Pedro Martínez narró tres y Rita Gaitán cuatro, entre 1972 y 1980. El enlace es el registro catalográfico de la Biblioteca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

  2. Literatura oral sikuani

    cvc.cervantes.es

    Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán y Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ediciones La Rana y el Águila, Tunja, 223 pp. Reúne 58 relatos y es la fuente primera de los siete cuentos que Villa Posse reprodujo después. El enlace es la reseña del Instituto Caro y Cuervo en Thesaurus XXXVIII (1983), en el Centro Virtual Cervantes.

  3. El simbolismo de la cestería sikuani

    publicaciones.banrepcultural.org

    Boletín Museo del Oro 21, pp. 25-37. Lee los diseños del cesto como una escritura del mundo sikuani y da los nombres de objetos, técnicas y figuras que aparecen en los relatos.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. El rezo del pescado, ritual de pubertad femenina entre los sikuani y cuiba

    revistas.unal.edu.co

    Maguaré 6-7, Departamento de Antropología, Universidad Nacional de Colombia. Observaciones en la comunidad cuiba de Mochuelo y en comunidades sikuani del Casanare, con el rezo transcrito a don Pedro Antonio en Getsemaní. Es la fuente del vocabulario ritual y de la relación entre el rezo, la comida y el cuerpo.

  2. Waji: «rezo» chamanístico sikuani

    publicaciones.banrepcultural.org

    Boletín Museo del Oro 37, julio-diciembre de 1994, pp. 35-51. Escrito desde abril de 1993 bajo la enseñanza de don Rafael Vicente Yepes Kasulú, chamán y capitán de Walabó 1, y de su hermano don José Antonio Kasulú, chamán principal del resguardo Wakoyo, en Puerto Gaitán, Meta.

  3. Sikuani pe-liwaisianü. Relatos de la tradición sikuani

    colombiaaprende.edu.co

    Ministerio de Educación Nacional, serie Río de Letras / Territorios Narrados, Bogotá, febrero de 2015. Diez relatos bilingües de la Institución Educativa Indígena Unuma, en el Meta, escritos por los docentes bilingües con el apoyo de los ancianos y los médicos tradicionales. Es la única obra del juego firmada por los propios sikuani.

  4. Taxonomía de los grupos guahibo

    revistas.icanh.gov.co

    Revista Colombiana de Antropología 20, pp. 282-293. Información recogida en 1972 en Mochuelo, bajo Casanare. Describe el sistema de emblemas momowi de las bandas regionales, que es lo que permite leer los nombres de animales de los relatos como nombres de grupo.

  5. Fish consumption during menarche, menstruation, pregnancy and postpartum in Sikuani women from Meta, Colombia

    pmc.ncbi.nlm.nih.gov

    Journal of Ethnobiology and Ethnomedicine 15:48 (doi 10.1186/s13002-019-0326-z). Trabajo de campo en el resguardo Wacoyo, Puerto Gaitán, Meta. Define a los ainawi como las entidades espirituales dueñas de la naturaleza, que habitan las profundidades del agua, los montes, el mundo subterráneo y otros paisajes; recoge que la mujer es especialmente vulnerable a ellos en la menarquia, la menstruación, el embarazo y el posparto, y que el mito de Bakatsolowa recuerda la vulnerabilidad de las muchachas a ser capturadas y llevadas al mundo de abajo o de los peces por los ainawi. Es la definición etnográfica que sitúa a los ainawi también bajo la tierra, que es donde el relato pone al compañero de la mujer.

  6. La voluntad de potencia, el cuerpo y las fuerzas en la cosmovisión del pueblo sikuani

    repositorio.upn.edu.co

    Licenciatura en Filosofía, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, con trabajo en el resguardo Wacoyo, Puerto Gaitán. Al describir el tapi, el banquito tallado que el chamán reza, dice que en él se sienta a la niña en su primera menstruación «para que los espíritus (ainawi) que están por debajo de la tierra no tengan contacto con ella», en el rezo del pescado. Es un segundo testimonio, de campo, que pone a los ainawi bajo la tierra, que es donde vive el compañero de la mujer en el relato.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

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«La mujer y el áinawi» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La mujer y el áinawi» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La mujer y el áinawi» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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