En una pequeña aldea rodeada de selvas y arroyos cantarinas, donde el tiempo fluía diferente y las estaciones se desnudaban como una danza eterna de colores vibrantes, vivían Tío Conejo y Tío Gallo, dos personajes célebres por sus historias nacidas del susurro de los vientos y del canto de las aves.
Una noche, mientras la luna se reclinaba descarada en el firmamento, Tío Conejo deambulaba curioso por el gallinero. Sus orejas largas y sus ojos vivaces no dejaban escapar detalle alguno, y fue entonces cuando notó algo peculiar en Tío Gallo, quien, al dormir, parecía no tener cabeza. El gallo, como era su costumbre ancestral, metía la cabeza bajo el ala, perdiendo para el ojo no entrenado cualquier rastro de tan noble extremidad.
La mañana siguiente, Tío Conejo, lleno de intriga, buscó a Tío Gallo. "Oiga, Tío Gallo", le preguntó con la voz temblorosa de impaciencia, "¿cómo hace usted para dormir sin cabeza?". Tío Gallo, astuto y dueño de un secreto que bulliciosamente circulaba entre las aves, respondió: "Esto es sencillo, Tío Conejo. Le entrego una navaja a mi señora gallina, y le ordeno que, antes de dormir, me corte la cabeza. Por la mañana, con igual destreza, me la vuelve a pegar."
"¡No me lo diga más, Tío Gallo!", exclamó Tío Conejo, envuelto en asombro e ingenuidad. Pensaba ya en lo esperanzador que sería librarse de las picaduras de los mosquitos en su cabeza mientras dormía. Y así, decidido a probar aquel singular método, se lanzó en busca de una navaja.
Más tarde, cuando las sombras alargaban sus dedos sobre la tierra, Tío Conejo llamó a Tía Coneja. Con seguridad insólita, le entregó la navaja para que le cortara la cabeza. La Coneja, consciente de las rarezas que palpitan en el corazón de cualquier mito, dudó, discutió y se rehusó al principio. Pero al final, con la firmeza propia de quien conoce sus propios destinos en las aguas cambiantes del tiempo, accedió.
A lo largo de la aldea, una roza compartida por Tío Conejo y Tío Gallo rebosaba de promesas cosechadas. Era su tarea conjunta, un lazo cultivado entre cantos y sudores. Después de quemar la roza, Tío Gallo, ansioso por el descanso, se fue temprano a casa, escondiendo su cabeza bajo el ala, y alzando una sola pata al aire en un gesto que para él era natural como respirar. Tío Conejo llegó después y, sorprendido, se encontró de nuevo con aquella imagen que retaba al sentido: Tío Gallo sin cabeza y con una pata suspendida en el aire.
Pasaron diez minutos de denso silencio en el lenguaje que los animales comparten en una mirada, cuando Cantó el Gallo saludando al sol. "Gallo", preguntó Tío Conejo, "¿qué tenías?". Tío Gallo, despertando de su meditación astral, preguntó a su vez: "¿Por qué lo dices?". "Pues porque te vi sin pata y sin cabeza," contestó Tío Conejo.
Con voz que acariciaba las hojas del primer otoño, Tío Gallo explicó: "Estábamos amontonando la roza y veníamos sofocados. Sin poder bañarnos completamente, pedí a mi señora gallina que me cortara la pata y la cabeza, llevándolas al arroyo para refrescarlas en las aguas que llevan los sueños al mar."
En su inocencia atrevida, Tío Conejo se convenció de seguir su ejemplo. Volvió a su hogar y, mirando a su mujer, instruyó: "Zorra, móchame la cabeza y una pata."
"Y eso, ¿para qué?" preguntó Tía Zorra, medio pensativa y medio divertida, pero obediente al intrépido mandato. "Haz lo que te pido", replicó Tío Conejo con fe ciega.
Y Tía Zorra, con la delicadeza de las decisiones que saben de su destino inevitable, procedió a cortarle ambas. Tío Conejo, símbolo de aquel que salta hacia lo imposible, quedó a brincar sin rumbo. Mientras tanto, Tía Zorra fue al río, donde el agua corría cantando leyendas de tiempos antiguos. Llevó la pata y la cabeza a lavar en el claro arroyo, seguro de encontrar al volver a su compañero resucitado y renovado.
Pero cuando regresó, la danza de la noche había caído mortalmente sobre Tío Conejo, quien permanecía tieso y eterno en su espera, desencantado de unir los pedazos de su fe en un nuevo amanecer.
Así, en aquella aldea donde el sol y la luna cuentan historias entre las estrellas, la narración se esparce como el viento a través de los campos, donde todo lo que inicia un ciclo, por arte de magia narrativa, encuentra su camino de regreso al principio, en un eterno retorno de risas y lágrimas compartidas.
Historia
El mito se origina a partir de la astuta observación de Tío Conejo, quien al ver a Tío Gallo con la cabeza metida bajo el ala, concluye erróneamente que Gallo puede dormir sin cabeza y que se la vuelve a colocar cada mañana. En ambas versiones, Tío Conejo intenta replicar esta supuesta habilidad por motivos diferentes: en una para evitar ser picado por mosquitos, en otra para lavar su cabeza y pata mientras "se sofoca". En ambas ocasiones, siguiendo la errónea lógica derivada de sus observaciones de Tío Gallo y sus posteriores instrucciones a sus respectivas mujeres (Coneja y Zorra), el intento resulta fatal para Conejo, quien termina sin poderse recomponer.
Versiones
Las dos versiones del mito presentan a Tío Conejo y su interacción con Tío Gallo de manera distinta, resaltando diferencias en el contexto y el propósito detrás de la acción definitiva de querer "quitarse la cabeza". En la primera versión, la intriga de Tío Conejo surge de una observación nocturna en la que ve a Tío Gallo durmiendo con la cabeza metida bajo el ala, llevándolo a preguntar al día siguiente acerca de este "fenómeno". La respuesta de Tío Gallo es un elaborado relato donde implica que su esposa le corta y luego le pega la cabeza. Este relato lleva a Tío Conejo a tomar una acción impulsiva al intentar emular lo visto en Gallo, llevándolo a una situación irónica donde queda sin cabeza y en espera de que se la peguen.
En cambio, la segunda versión sitúa a Tío Conejo trabajando en compañía con Tío Gallo en una actividad agrícola, lo que establece una conexión inicial de colaboración. Aquí, Tío Conejo observa a Gallo en una postura que parece desproporcionada y, al preguntar, recibe una explicación absurda sobre la necesidad de refrescar su cuerpo sofocado por medio de un ingenioso –aunque imposible– lavado separado de la cabeza y la pata. La historia sigue con Tío Conejo, convencido por esta extraña práctica, intentando lo mismo, pero con un desenlace fatal y directo donde es la Zorra, caracterizada aquí como su esposa, la que actúa como la ejecutora de lo que termina siendo un error fatal. En ambas versiones, el tema central gira en torno a la credulidad de Tío Conejo y las consecuencias trágicas de su intento de imitar a Tío Gallo, pero la narrativa y el contexto divergen, reflejando distintas dinámicas entre los personajes y la moraleja sobre la ingenuidad y la imitación ciega.
Lección
No imites ciegamente sin entender las consecuencias.
Similitudes
Se asemeja al mito de Ícaro en la mitología griega, donde la imprudencia lleva a un desenlace fatal.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



