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La monja vidente y el taxista

El mito del taxista y la monja vidente resuena en Bogotá y Tuluá, fusionando lo real y lo irreal en una narrativa sorprendente.

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Ilustración de La monja vidente y el taxista

En la ciudad de Bogotá, una noche lluviosa como pocas veces se ha visto, cargada de una pesadez plomiza y un viento que cortaba como cuchillas invisibles, se cocía el germen de una leyenda. Las luces parpadeaban nerviosas, confundidas entre los aguaceros y las risas de truenos que rasgaban el aire con su presencia herrumbrosa. Era un ocaso donde lo real y lo irreal danzaban en un frágil equilibrio, y fue en medio de esta paradoja temporal que una monja enigmática hizo acto de presencia.

Vestida en un hábito que llevaba las marcas de todas las órdenes religiosas conocidas —Franciscanas, Carmelitas, Clarisa—, su paraguas era insignia de otros tiempos y su bolso guardaba secretos que ningún ojo humano podría sospechar. El aire alrededor de ella se espesaba, y aunque no había evidencia de a qué comunidad pertenecía, su presencia era tan densa como la bruma que cubría los veinte camposantos y los cinco parques cementerios de la gran ciudad.

La monja hizo señas a un taxi solitario que luchaba contra la tormenta. El conductor, un hombre locuaz y curioso, se apresuró a detenerse. Sintiéndose escoltado en su aislamiento por las palabras de esta figura silente, en cuanto ella cruzó el umbral metálico del taxi, le preguntó: “¿Hermanita, se mojó mucho?”

La respuesta fue una tela de historias que cubría un vasto y desconocido mar: “Esto no es nada para lo que he sufrido y visto sufrir”, musitó la monja, con un tono cargado de misterios por desvelar.

El viaje se transformó en una travesía épica cuando la monja, casi con un susurro, empezó a desentrañar una realidad insospechada. Relató, con la parsimonia de quien ha cruzado mil veces el umbral de lo desconocido, acerca de conventos donde la virtud había sido cambiada por cadenas de sufrimiento oculto, lugares donde las monjas, obligadas al silencio, vivían tragedias que resonaban en un eco invisible.

El taxista, sin comprender del todo, preguntó si era cierto lo que escuchaba, y con una sonrisa que parecía más un eco del pasado, la monja le advirtió del costo del silencio, un silencio que se podía pagar con una ineludible fatalidad. “Vamos cambiando de tema”, dijo, como si cambiar de tema fuera tan fácil como cambiar de estación.

Y así, en un giro tan inesperado como lo fue el encuentro, la conversación giró hacia el tema de las funerarias. “Usted sabe bien, señor taxista, sobre el negocio de la muerte”, dijo la monja, enarbolando un lenguaje florido que hacía de la muerte un espectáculo de luces destellantes en el imaginario del asombrado conductor.

El taxista se sumergió en un mundo donde las funerarias no sólo prestaban servicios ordinarios, sino que se involucraban en las decisiones más íntimas sobre la muerte. No era tan simple como un ataúd, pues las formalidades se extendían hasta los planes posmortem que transformaban lo mortal en inmortal.

Ante la narrativa de lo inevitable, la tormenta afuera arreció en un paroxismo de centellas y radiaciones. Una neblina imposible cubrió el taxi como un telón cerrado en la última escena de una obra teatral perturbadora. El taxista, tembloroso, pidió cambiar nuevamente de tema para no atraer desgracias todavía más profundas.

Al llegar a la funeraria, ya la conversación había virado hacia predicciones futbolísticas y loterías auguradas, como si la monja viera más allá del horizonte mortal, uniendo hilos invisibles del destino que para muchos estaban ocultos.

“Déjeme entrar a buscar el dinero”, pidió la monja con voz adivinatoria, pero implícita, dejando en el aire una promesa tácita de retornar. El taxista se quedó esperándola, protegido bajo el tenue ruido del motor, que apenas amortiguaba los resonantes ecos de sus pensamientos.

Pasaron los minutos, y el taxista, sintiéndose atrapado en un reloj sin agujas, decidió entrar a la funeraria. Lo que halló fue una perfecta y aterradora imagen del silencio: la misma monja que momentos antes se había sentado en su vehículo, ahora yacía en el frío reposo de un ataúd.

El taxista, deshecho entre incredulidad y terror, se desplomó. Auxiliado por otros, únicamente encontró coherencia cuando mencionó tal hecho inconcebible a sus compañeros, quienes se abalanzaron para constatar la siniestra verdad.

Y así, envuelto en una bruma de espejismos encarnados, el cuerpo de la monja cobró una expresión que era a la vez macabra y burlona. Aquellos rostros que la miraban en el mar del terror se escurrieron, sudorosos, del espacio y del tiempo donde el relato había fijado sus raíces.

Las placas del taxi en el que la monja había realizado su último viaje, coincidieron con el número ganador de la Lotería de Bogotá aquella semana, un regalo póstumo, como un acto final de pago a quien tenía ya una identidad que sólo pertenecía al reino espectral.

La luz mortecina del alba enardecía un rumor: el taxista que había participado en esta danza con lo etéreo no existía desde hacía un año; al igual que el taxi donde la monja había hecho su último recorrido, un vehículo chatarrizado en un trágico accidente de amor prohibido en los alrededores del Aeropuerto Internacional El Dorado.

Y así fue que la ciudad, repleta de almas errantes y sueños rotos por los relojes, dio cabida a un nuevo mito, un relato que entrelazó vidas más allá de la muerte, entregando a los vivientes y a los que vigilan desde el otro lado un motivo eterno para observar con asombro los meandros de lo inexplicable.

Historia

El mito parece originarse en relatos urbanos que circulaban en Bogotá y Tuluá (Valle del Cauca) durante la década de 1990. En ambos lugares, se cuenta la historia de un taxista que recoge a una monja y la lleva a una funeraria. Tras dejarla allí, el taxista descubre que la monja estaba en el ataúd, insinuando que había fallecido previamente. Este relato genera miedo entre los taxistas, al punto que en Tuluá, según se dice, los taxistas evitan transportar monjas durante la noche. Las versiones coinciden en elementos como la noche lluviosa y los eventos inexplicables relacionados con la monja en el ataúd en la funeraria.

Versiones

Las dos primeras versiones del mito, aunque comparten la narrativa básica de una monja misteriosa que toma un taxi a una funeraria solo para ser encontrada en un ataúd poco después, difieren en detalles significativos que enriquecen la trama. La primera versión es mucho más detallada y extensa, con diálogos elaborados y una narrativa que expone críticas hacia la Iglesia, aludiendo a escándalos sexuales y corrupción. Además, introduce elementos sobrenaturales y surrealistas, como la profecía futbolística y la recomendación de comprar un billete de lotería que coincide con las placas del taxi, lo que da un final inesperado relacionado con el enriquecimiento del taxista. En contraste, la segunda versión es más condensada, centrándose en el giro macabro y reduciendo el enfoque en comentarios sociales, lo que la convierte en un relato más directo.

La versión de Tuluá introduce variaciones geográficas y culturales, adaptando la historia al contexto específico de Valle del Cauca. Aunque la estructura central de la narrativa permanece, se presentan adapciones que reflejan la cultura local, como el temor resultante que afecta a los taxistas de la región, quienes ahora evitan transportar monjas durante la noche. Esta adaptación no solo subraya un entorno diferente sino también enfatiza el impacto psicológico y social del mito en la comunidad local, mostrando cómo una historia puede evolucionar y ser incorporada a diferentes contextos regionales, resaltando tanto la consistencia en su esencia como las variaciones que la hacen única para cada lugar.

Lección

El silencio puede tener un costo fatal.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Caronte, el barquero del Hades, y a leyendas japonesas de yūrei (fantasmas).

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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