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La monja de las rosas

La monja de las rosas es un mito que explora el misterio de una figura sobrenatural en la Quinta de Bolívar.

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Ilustración de La monja de las rosas

En una serena mañana, la neblina parecía un manto etéreo que acariciaba delicadamente las rosas deslumbrantes de la Quinta de Bolívar. Este lugar, un refugio de tiempo inmemorial, resguardaba no solo la memoria de un libertador y su amada, sino también los susurros de misterios tenaces que se entretejían con el aroma que emanaba de las flores.

Un hombre de mediana edad, vestido con el rigor casual de pantalón de paño y saco de lana, caminaba de la mano de su hija de seis años. La pequeña, envuelta en la luz del día por su vestido amarillo, contemplaba fascinada las sombras que parecían jugar entre las hojas verdes de un jardín que se alzaba como un oasis de historias. Mientras compraban las entradas, el padre relataba los ecos de un tiempo pasado: aquí había vivido Simón Bolívar junto a Manuela Sáenz desde 1820 hasta 1830.

El aire tenía la textura de las narraciones, y al pasar al sendero principal del jardín, la niña quedó maravillosamente perdida entre la multitud de colores de los rosales, camelias y geranios del siglo XIX, acompañados del murmullo de las violetas y las novias danzantes sobre el suelo. Fue en ese instante que la niña percibió entre la gente a una extraña figura vestida de negro, una mujer cuyo largo atuendo y sombrero la hacían casi parte del jardín, como si hubiera florecido desde la misma tierra.

Atravesando los muros históricos de la Quinta, el padre y la niña se detenían en la habitación principal, observando los objetos personales que alguna vez pertenecieron al Libertador: la espada que resguardaba leyendas de batallas y anhelos de libertad. La niña, sin embargo, miraba con insistencia hacia otra sala, ahí donde la visión de la señora en negro avanzaba, inmune al flujo del presente.

Mientras el padre intentaba absorber la historia de aquellos muros, la niña quedó ensimismada por el ramo de rosas amarillas que una asistente acomodaba en un brillante florero de cristal. Atrapada en un ensueño, la niña se encontró inadvertidamente sola en una habitación silenciosa donde el tiempo parecía haberse detenido.

De pronto, la figura en negro se deslizó del umbral y sus manos recolectaron las rosas amarillas como si fueran un tributo. Un pánico indescriptible se apoderó de la pequeña al ver cómo esa dama, como salida de un cuadro en penumbra, avanzaba y tomaba las flores con una determinación gentil pero irrefutable.

A medida que la niña intentaba tocar esa danza febril entre la realidad y el mito, un susurro en el aire se convirtió en una fuerza tangible y helada. Asida con valor al ramo, la niña sintió el peso del mundo sobre ella, mientras la figura en negro, en una danza de sortilegio, le arrebataba las flores con un gesto suave y firme, dejando tras de sí un rastro de pétalos caídos.

El llanto de la niña, el único sonido en un silencio abrumador, llevó al padre corriendo por los pasillos. Al verlo llegar, la niña se aferró a él con todas las fuerzas de su pequeño cuerpo, temblorosa y sin voz para explicar el terror que había presenciado. El padre, en su lógica terrenal, atribuyó el miedo de su hija a la sensación desconocida de perderse por breves instantes en un lugar extraño.

Mientras tanto, la figura espectral había desaparecido en el jardín, llevándose consigo el ramo dorado hacia el verde umbrío donde los mitos y la realidad se entrelazaban. Algunos pétalos amarillos, como fragmentos de un sueño roto, cubrían levemente el camino por donde había pasado aquella dama, quien ahora se fundía con el aire y el follaje.

Al salir de la Quinta, la niña miraba atrás, sus ojos todavía húmedos por las lágrimas de un misterio que nunca podría ser explicado con palabras simples. Guiada por su padre hacia el ruido cotidiano de la carrera quinta y la estación de Transmilenio, se sintió rodeada por un anhelo silencioso de compartir su historia, consciente de que quizás solo su madre y unos pocos amigos creerían en el relato de la guardiana eterna de las rosas.

Era un secreto que perduraría en las flores y en el canto invisible del jardín, a la espera de la próxima alma inocente que se atreviera a cruzar sus puertas encantadas. Así, la monja de las rosas, ya fuese vestida de blanco o de negro, continuaría su vigilancia, inmortal como las mismas leyendas que habitaban en la Quinta de Bolívar.

Historia

El mito de la monja de las rosas en la Quinta de Bolívar parece originarse de relatos y experiencias de visitantes a la histórica casa de Simón Bolívar en Bogotá. Las versiones del mito sugieren la presencia de un espíritu, descrito como una monja, que aparece en los jardines de la Quinta. Esta figura se vincula con el cuidado de las flores, especialmente las rosas, y habría sido vista o sentidos sus efectos sobre las plantas en varias ocasiones.

En las versiones proporcionadas, se menciona a una extraña mujer, a veces descrita como vestida de negro o de blanco, que se convierte en una presencia perturbadora al tomar las rosas o los ramos de flores, pareciendo alimentarse de ellas. Las experiencias narradas incluyen encuentros con este espíritu en los jardines y pasillos de la Quinta, generando temor y sorpresa en quienes se cruzan con ella. Aunque las versiones varían en detalles, todas coinciden en la sensación de inquietud que deja esta aparición y en la duda que genera en quienes viven la experiencia acerca de si serán creídos.

En resumen, el mito del espíritu de la monja en los jardines de la Quinta de Bolívar parece derivarse de relatos y avistamientos recurrentes de este ente protector, quien cuida las flores y mantiene su presencia en el lugar.

Versiones

Las tres versiones del mito de la Quinta de Bolívar coinciden en la aparición de una figura sobrenatural que interactúa con las rosas del jardín, pero muestran variaciones importantes en sus detalles y enfoques narrativos. La primera versión presenta una narrativa detallada y vívida a través del recorrido de un padre y su hija pequeña por la Quinta, describiendo desde el diálogo entre ambos hasta la interacción directa de la niña con la extraña mujer vestida de negro que, misteriosamente, se lleva un ramo de rosas amarillas. Aquí, la tensión se centra en la experiencia subjetiva de la niña y su temor ante la figura inexplicable, sugiriendo un evento que queda sin explicación lógica. Esta versión se destaca por su enfoque emotivo y visual, especialmente al resaltar el temor y la sensación de incredulidad anticipada por parte de la niña.

Las otras dos versiones se acercan más a un estilo de leyenda popular. La segunda se refiere explícitamente a "la monja de las rosas", presentándola como una figura enigmática que aparece en cada ciclo de floración sin tener testigos seguros de sus acciones. No se describe una interacción clara ni un evento específico, más bien se centra en el misterio de la presencia que recolecta las rosas. La tercera versión profundiza en esta leyenda, proporcionando una interacción similar a la primera narrativa, pero cambia a una monja de blanco como el espíritu que cuida el jardín. Aquí, hay un enfoque explícito en un breve conflicto físico entre la niña y la monja, resaltando otra vez el terror infantil, pero también sugiriendo una cierta resolución al quedar la niña con el jarrón en mano. En conjunto, las versiones exploran un mismo mito desde diferentes perspectivas, oscilando entre la vivencia personal dramatizada (primera versión) y la narración de un cuento que resalta lo inexplicable y sobrenatural (segunda y tercera versiones).

Lección

El pasado siempre deja huellas en el presente.

Similitudes

Se asemeja a los mitos de espíritus guardianes de la naturaleza en la mitología japonesa y a las apariciones espectrales en la mitología europea.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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