La mechuda

Andina · Mestizo

La mechuda

Antoninito y Balbino oyen dos alaridos junto al Puente de Plata y huyen de un bulto apenas visible al lado de una palma.

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La mechuda: la entrada del relato

El relato

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Antoninito y Balbino iban una noche por Piedecuesta cuando el reloj de la iglesia vieja daba las nueve. Cruzaron la quebradita menuda que corre bajo el Puente de Plata, fumando sin prisa, con el paso descuidado de quien cree que el mundo le pertenece. Iban a un baile en casa de las fiqueras de Villanueva, donde una de ellas celebraba su matrimonio con ñor Ceferino Ríos, el brujo del Alto de Vacas.

Frente a la casa de Oviedo, Balbino se detuvo en seco. Se acomodó la corbata y murmuró, más para sí que para el amigo:

—Yo sí bailo es con Maruja, y esta noche una vaina ha de pasar.

Antoninito, que solía poner la cordura en aquella pareja, se apresuró a atajarlo:

—Deja esas chocheras malas. Ya sabes que si Segundo la pretende, tú mejor saludas, y bailas con Petronila, con Zoila o con Nicasia. No es de caballeros armar lío donde están las Garzas, las Muelalinda y las demás.

No alcanzó a convencerlo. Un aullido feroz rasgó la calma de repente, subiendo desde el fondo de la quebrada. Los dos se volvieron hacia la espesura. Contra una palma se recortaba un bulto oscuro, con los cabellos alborotados por un viento que ellos no sentían.

—Santo Dios, es la mechuda —susurró Balbino, como si temiera que el aire lo delatara—. Recemos, es lo mejor, si no, ese espanto nos traga.

El miedo fue más rápido que la oración. Echaron a correr por el camino y no pararon hasta caer sin aliento en la sala de las fiqueras, en medio de la fiesta.

El pánico se regó entre los invitados. Eulogia Plata, una anciana que sabía de remedios, hizo lo que pudo. Les dio fricciones de tuétano con albahaca, los besó en la frente, les puso fomentos calientes en el pecho y en la espalda y les hizo tragar hierbas. Nada les quitó el espanto de los ojos, abiertos y fijos.

Cuando el alba empezó a rayar sobre Piedecuesta, los dos amigos seguían tendidos bajo sábanas blancas, con la cabeza amarrada, más parecidos a difuntos que a muchachos de fiesta.

Al día siguiente, enterado todo el pueblo, un gentío llenó la casa de las fiqueras. Todos querían oír a los que habían vuelto del borde del otro mundo. Antoninito y Balbino, arrepentidos, contaron su encuentro con la mechuda con la voz todavía temblorosa.

Donde cayeron, la gente levantó una cruz alta con un letrero que decía: «Aquí, escapitas nos matan».

La mechuda: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un grito en la oscuridad basta para torcer una noche que prometía baile y conquista.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6.991882° · -73.051056°

Ficha del relato

Contexto histórico

Para este relato no hay registro publicado consultable, aunque sí un candidato con nombre. El sumario de «Crónicas y romances», del cronista piedecuestano Vicente Arenas Mantilla, cierra con una pieza titulada «El mechudo de "Juan Rodríguez"». La editorial de la Universidad Industrial de Santander lo volvió a imprimir hace poco más de una década y lo describe como cuadros de costumbres y hechos curiosos de Piedecuesta, Lebrija y Bucaramanga. Nadie puede leerlo hoy en línea, porque la casa editora no ofrece ni ejemplares ni descarga, y el otro título del autor, «Estampas de mi tierra» (1941), tampoco tiene copia abierta. No se sabe, por eso, si aquel mechudo es esta mechuda.

Bien documentado está, en cambio, el espanto greñudo de las aguas y los montes andinos. Juan de Dios Arias, en «Folclor santandereano» (1954), describe la Mancarita tal como la oyó de niño a los campesinos de Guanentá: una mujer salvaje de cabellera larga y desgreñada, cuerpo peludo, que de noche grita en tono lúgubre y hasta se arrima a las viviendas. Ese capítulo pasó en 1993 a la antología que Eugenia Villa Posse editó en Quito.

En esa misma antología, Misael Devia Morales registra la palabra: en el Tolima, cuando el Mohán se mezclaba con los pescadores tomando la forma de uno conocido, los campesinos decían «el mechudo estuvo con nosotros anoche, compadre». Javier Ocampo López cuenta la cabellona y la dama peluda entre los mitos estudiados en Boyacá (1977). Y el bestiario ilustrado de 2004, Cuentos de espantos, confesadamente ficticio, dibuja a la Llorona con una cabellera muy larga y desordenada, rondando quebradas y pozos, y dedica una lámina a la Cabellona.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está en Santander. La Mancarita que describe Juan de Dios Arias para la provincia de Guanentá es una mujer salvaje de cabellera larga y desgreñada que de noche se hace oír con un grito lúgubre y prolongado, y que a veces se acerca a las viviendas. La mechuda de Piedecuesta tiene los mismos rasgos esenciales: la cabellera suelta, la hora nocturna, el grito antes que el cuerpo. La diferencia es de escala: la Mancarita es un ser de selvas y páramos que roba niños; la mechuda asusta a dos muchachos junto a una quebrada del pueblo, camino de un baile.

El segundo paralelo es la Llorona tal como la dibuja el recuadro técnico de Cuentos de espantos (2004): figura de mujer con una cabellera muy larga y desordenada, que habita quebradas, pozos y orillas de los montes, y cuyo llanto y cuyos gritos producen escalofríos aunque no agreda físicamente a nadie. Las dos se aparecen junto al agua, las dos castigan con el miedo y no con la mano, y en las dos la víctima es el que anda de noche con malas intenciones: la Llorona espanta a borrachos e infieles, y Balbino iba decidido a que esa noche pasara algo con Maruja.

El nombre tiene su propia historia. En el Tolima, según Misael Devia, «mechudo» era el modo en que los campesinos llamaban al Mohán cuando se colaba entre ellos.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El espanto de pelo largo tiene en los Andes colombianos varios cuerpos, y los registros no coinciden en su sexo, su lugar ni su amenaza.

  2. En Santander, Arias recoge al menos tres Mancaritas. La de los campesinos de Guanentá es una mujer salvaje de una sola mama, pies vueltos hacia atrás y cabellera desgreñada, que grita de noche; unos dicen que es tímida y huye de la gente y de los perros, otros que se roba a los niños. La del anciano que habló con Manuel Ancízar en un páramo es un salvaje que remeda voces humanas, de hombre, de mujer o de niño, para arrastrar a quien lo sigue. Y la de Samuel Ortiz ni siquiera es un espanto: es Rita, una forastera manca, parlanchina y sin oficio, de los valles del Río Frío.

  3. En el Tolima de Devia el mechudo es varón: es el Mohán, dueño de los charcos del Magdalena, que en Coyaima tiene espesa y larga pelambrera negra y en Ambalema barba y pelo rojizos. Su amenaza no es el grito sino la confusión: toma la forma de un pescador conocido y nadie sabe después quién estuvo dónde.

  4. Los recuadros técnicos de Cuentos de espantos (2004) separan dos figuras. La Llorona tiene la cabellera muy larga y desordenada y el rostro de calavera, y su llanto y sus gritos producen escalofríos sin tocar a nadie. La Cabellona, en cambio, llega por una carta fechada en Frontino en 1971 y se ensaña con los violadores.

  5. La mechuda de Piedecuesta queda cerca de la Mancarita de Arias: es un bulto oscuro de cabellos alborotados, junto a una quebrada, que se anuncia con un aullido. Como la Llorona del libro de 2004, no toca a nadie. El daño lo hace el susto, y la cruz se levanta donde cayeron los muchachos, no donde apareció ella.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Crónicas y romances (ficha editorial con sumario)

    ediciones.uis.edu.co

    Es la única obra que nombra algo parecido al relato: la última de sus quince crónicas se titula «El mechudo de "Juan Rodríguez"». La sinopsis presenta el libro como cuadros de costumbres y hechos curiosos de Piedecuesta, Lebrija y Bucaramanga, el registro en que caben los nombres de vecinos, las fiqueras y el brujo de la mechuda.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 19: Juan de Dios Arias, «Folclor santandereano» (1954), «La Mancarita», folios 127-128

    flacso.edu.ec

    Da el espanto santandereano más próximo a la mechuda: la Mancarita de la provincia de Guanentá, mujer salvaje de cabellera larga y desgreñada y cuerpo peludo, que por las noches grita en tono lúgubre y prolongado y a veces se acerca a las viviendas. Añade la versión de Ancízar (imita voces para atraer a la gente) y la de Samuel Ortiz (una mujer manca llamada Rita, del Río Frío).

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 20: Misael Devia Morales, «Folclor tolimense» (1962), «El Mohán», folio 145

    flacso.edu.ec

    Documenta la palabra «mechudo» como nombre popular de un espanto de las aguas: cuando el Mohán tomaba la forma de un pescador conocido y se mezclaba en las faenas, los campesinos caían en la cuenta con la fórmula «el mechudo estuvo con nosotros anoche, compadre». En Coyaima lo describen con espesa y larga pelambrera negra.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Folclor tolimense (reedición de la Universidad de Ibagué), capítulo de mitos, pp. 57-84

    repositorio.unibague.edu.co

    Es la edición completa y abierta del texto de Devia que Villa Posse extracta; permite leer en su contexto el pasaje del Mohán: además de la fórmula «el mechudo estuvo con nosotros anoche», cuenta que el pescador solitario que oye de noche el chapoteo de la atarraya del «Mechudo», «como lo llaman familiarmente», huye aterrado rezando el Credo (pp. 60-61).

  2. El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», p. 122

    babel.banrepcultural.org

    Registra en el altiplano vecino a Santander dos espantos definidos por el pelo: la cabellona y la dama peluda, que Ocampo cuenta entre los mitos estudiados en Boyacá.

  3. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, ficha técnica de «La Llorona» (pp. 3-4) y «La Cabellona» (pp. 65-66)

    archive.org

    El recuadro técnico de la Llorona es el retrato más cercano a lo que vieron Antoninito y Balbino: figura de mujer con cabellera muy larga y desordenada, que habita quebradas, pozos y orillas de los montes y espanta a borrachos e infieles con llanto y gritos que dan escalofríos, sin agredir. La lámina de la Cabellona, una carta fechada en Frontino en 1971, la presenta como espectro que aterroriza a los caminantes.

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¿Así te la contaron?

0 publicadas0 en revisión

«La mechuda» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La mechuda» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La mechuda» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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