En un rincón remoto del mundo, donde la selva abraza al cielo y los ríos murmuran secretos ancestrales, vivía un hombre junto a su mujer y sus dos hijos. El tiempo había tejido cabellos de nieve en su cabeza y había tallado hondas arrugas en su rostro, señales de sabiduría y vida. La enfermedad también se había instalado en su cuerpo, haciéndolo frágil como una hoja marchita. Sus hijos, jóvenes y llenos de vigor, lo dejaron en el hogar, dirigiéndose al monte en busca de dantas, esas criaturas esquivas que saben mil historias de la selva.
La mujer, de espíritu duro y mirada de piedra, le dijo al hombre: "¡Vete a trabajar!". El estaba abatido por el peso de los años y el malestar, el cual azotaba su cuerpo como un viento implacable. "¡No puedo trabajar, pues estoy viejo y enfermo!", respondió. Sin embargo, la mujer insistió, y su voz era como el martilleo de la lluvia sobre las hojas. Con resignación, el hombre tomó su machete y se adentró en la roza bajo el sol, que brillaba en el cielo con ferocidad desmedida.
El viejo, tras trabajar arduamente, sintió que aquel rey del día le robaba las fuerzas. Buscó refugio bajo la sombra bondadosa de un árbol, pero la calma de la muerte lo alcanzó allí, sin aviso, como un susurro venido desde tiempos antiguos.
Mientras tanto, en el tapete verde de la selva, sus hijos se movían con la gracia de aquellos que son uno con la tierra. Sus pies apenas rozaban el suelo, y sus ojos eran atentos vigilantes. Fue entonces cuando el destino, enmascarado de milagro, alzó su velo. Llegaron a un claro, un ámbito casi sacrosanto por su perfección, donde un hombre, un ser casi etéreo, se mantenía de pie. Se alzaba en ese planicie como un dios vestido para el carnaval del universo.
"¿Quién será este hombre? ¡Lo conozco!", dijo uno de los hermanos, el pulso en su voz era la pauta de un recuerdo. "Yo también lo conozco; ¡es nuestro padre!", respondió el otro, con corazón palpitante de anhelo. Los dos se acercaron, y al hacerlo, vieron a su padre transformado en creación viva del arte de la selva. Su cara y cuerpo eran lienzos pintados de achiote, reluciendo con vivos rojos que parecían arder. En sus tobillos y rodillas, en sus brazos, los hilos se entrelazaban como serpientes de sueños. Vestía una falda nueva y una cinta ceñía su pecho. Sobre su cabeza descansaba una corona de plumas, amarillas y rojas como el fuego, y de su espalda pendía la hermosa cola de una guacamaya. En los brazos, plumas pequeñas eran estrellas sobre la piel.
Así, el hombre parecía un espíritu recién salido de una fiesta de otros mundos, empuñando un arco, flechas y una macana, sus armas eran resquicios del guerrero que había sido. "¿Te vas a fiesta, padre?", preguntaron sus hijos, el viento comenzó a levantarse como el canto de un curaçao, y en un parpadeo, él desapareció del lugar.
El viento descansó, y el padre se reveló nuevamente a la vista de sus hijos. "¿Padre, te vas a fiesta?", insistieron, sin poder contener el latir de mil preguntas no formuladas. Con una voz serena y sabia, el padre dijo: "Me voy a fiesta. Ustedes váyanse a la casa. Tomen mi macana y busquen allí a mi mujer que es madre de ustedes. ¡Denle dos golpes de macana en la cabeza!".
Un viento todavía más formidable se alzó, los hijos sintieron la presencia vibrante de un misterio cósmico, y el padre se desvaneció como un sueño disipado por la aurora. Tomaron la macana, esa reliquia entre sus manos temblorosas, y regresaron al lugar donde sus vidas habían comenzado.
En casa, el silencio de las paredes habló más que cualquier palabra. Buscaron a su madre, recordando el mandato del espíritu que los guiaba. Al encontrarla, cumplieron su destino, porque entendieron, más allá de cualquier duda, que ella era culpable de haber condenado al hombre que les dio la vida. Esa mujer, con su corazón de piedra, recibió el juicio de la selva. La macana cayó, dos veces, en un acto que no fue de ira ni apenas de justicia, sino de equilibrio.
El hombre se unió al gran festín de las almas que danzan en el borde del horizonte, y los hijos, al quedarse, entendieron que la selva hablaba en susurros que sólo ellos podían escuchar. Así, en ese rincón del mundo donde las historias jamás mueren, el mito se hizo fuego entre las frondas, tejido en el tapiz eterno de la memoria de los pueblos.
Historia
El mito relata la historia de un hombre que, en su vejez y enfermedad, es obligado por su esposa a trabajar en el campo. Agotado por el calor, el hombre se sienta bajo un árbol y muere. Mientras tanto, sus dos hijos están en el monte cazando. Al regresar, encuentran a un hombre en un claro, a quien pronto reconocen como su padre, ahora adornado con pinturas, plumas y preparado como para una fiesta. El padre les confirma que se va a una fiesta y les ordena que regresen a casa y maten a su madre con una macana. Obedeciendo la petición de su padre, los hijos cumplen la orden, ya que su madre era una "mala mujer".
Versiones
En el análisis del mito proporcionado, observamos una única versión detallada de la historia sin contrastar con una segunda versión explícita. Sin embargo, analizando posibles variaciones comunes en otros relatos de mitos similares, podemos inferir las diferencias que podrían surgir al comparar esta versión con otras tradicionales. En la versión presentada, el enfoque recae significativamente en el sufrimiento del padre maltratado por su esposa y finalmente transformado, simbólicamente adornado y resplandeciente, como si se preparara para una fiesta ceremonial, sugiere un destino trascendental al ser visto por sus hijos en el monte. La autoridad final del padre al dictar el castigo a su esposa resalta un motivo de justicia o retribución acorde al daño recibido, un elemento que puede variar en otras versiones de la misma historia donde se podría enfatizar la reconciliación o el perdón como desenlace.
En comparación con versiones alternativas de mitos con estructuras narrativas similares, es posible que las diferencias se centren en la naturaleza de la transformación del padre, su interacción con los hijos, y el destino de la madre. Otra versión podría representar el espíritu del padre como un guía benevolente, sugiriendo la importancia de aprender del sufrimiento, más que buscar venganza. Además, en algunas historias, es factible que los hijos cuestionen o actúen en contra del deseo de eliminación de la madre, presentando una capa moral donde ellos eligen la empatía o reconciliación sobre la venganza. De este modo, las adaptaciones del mito pueden reflejar valores y enseñanzas diversas, desde justicia retributiva hasta perdón y redención.
Lección
La justicia se impone incluso después de la muerte.
Similitudes
Se asemeja a mitos de transformación y justicia como el de Orfeo en la mitología griega o el mito de Izanagi e Izanami en la mitología japonesa.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



