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La India Worunka

La historia de Mareiwa y Worunka en la Sierra de Macuira revela cambios sociales y naturales en la región de la Guajira.

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Ilustración de La India Worunka

En un tiempo que se deshilacha entre lo tangible y lo desconocido, cuando la tierra aún se acomodaba bajo el manto del cielo, existía una mujer llamada Worunka. Su historia se tejía en la Sierra de Macuira, donde los vientos susurran secretos y las piedras guardan memorias. Aquella tierra, salpicada de arroyos que reflejaban al sol como espejos líquidos, era el escenario donde Mareiwa, el gran jefe y tejedor de destinos, moldeaba el orden del universo.

En aquellos días, las mujeres llevaban misterios en sus cuerpos, cuentos de viejas perezas y arcanos peligros. Worunka, absorta en su estado, llevaba en su vientre el germen de un hijo, pero su vulva, poblada de dientes como una cueva hambrienta, amenazaba con devorar la vida antes de verla nacer. Era el tiempo cuando el coito sucedía a través del ombligo, el nocho, un portal extraño hacia la creación.

Mareiwa, movido por la compasión, observó cómo le abrían el vientre a Worunka para liberar al niño. Sin embargo, la sangre no solo llevó consigo vida, sino también una nueva visión: Mareiwa lanzó una piedra, y el eco de su impacto quebró los dientes de la vulva. "Por aquí nacerán los hijos", decretó, y desde entonces, la humanidad pudo entrar y salir del mundo por una puerta menos terrible. Testigo de este cambio monumental, una piedra en el valle entre Itojoro y Kousopa, conserva la forma de la fundacional transformación.

En ese sitio también quedaron rastros del rojo, pues Mareiwa cogió al pequeño pájaro Sangre Toro y lo sumergió en la piedra hasta que su plumaje ardió en un rojo persistente; del mismo modo, el Carpintero rozó el borde y su copete se bañó de aquel color vívido. Los guacamayos y otros pájaros del trópico, al tocar la piedra de Worunka, absorbieron matices de un tiempo que cambió para siempre la historia de los cielos y los días.

Conforme los años se fueron engarzando uno tras otro, Worunka volvió a sentir el susurro de los dioses en sus huesos. Mareiwa, síntoma de su clemencia divina, reparó que las costillas de la mujer eran como ramas raquíticas. Entonces, de sus manos cálidas y mágicas, extrajo dos costillas de un hombre y se las dio a Worunka, asegurando así su robustez y diseñando la habilidad de las mujeres para dar a luz con una facilidad nunca antes conocida. Desde ese día, la tierra guajira acogió nuevos gemelos, reflejos perfectos de vidas duales, siendo su llegada menos dolorosa, anunciando la prosperidad.

En aquellos principios, cuando el telar de la vida aún buscaba su trama, las mujeres elegían a los hombres en un cortejo invertido. Mareiwa, al observar el caos de ese ritual, soñó un mundo diferente: imponiendo el orden, cambió los roles para que fuese el hombre quien buscara a la mujer, instituyendo la ley del pago, un tributo de animales como ofrenda al padre de la novia, equilibrando el intercambio de almas y sueños.

Con el desdoblamiento de este nuevo orden, Mareiwa encargó a dos hombres la misión de caminar por un sendero que se prolongaba hasta el horizonte. Allí, en el final del trayecto, encontraron una mata con frutos colorados. Mareiwa instruyó que las semillas fueran sembradas en la Sierra de Macuira y así, emergieron las turnas, piedras de un valor inescrutable para los guajiros. Este acto, sin embargo, tejía más que semillas y frutos; delimitaba el destino de Worunka y de su descendencia.

A ella, Mareiwa le confió las semillas de la sustancia primordial; el maíz germinó bajo su cuidado, y con él vino la chicha, bebida sagrada que fermentaba historias y celebraciones. Los guajiros, desatendiendo las advertencias de Worunka sobre la templanza en el beber, se embriagaron en una fiesta, de tal modo que cuando Mareiwa regresó para inspeccionar, su figura pasó desapercibida. Taumaturgo de mares y cielos, el jefe se enfureció al encontrar su creación profanada por la borrachera desmesurada. En un castigo de soles inmutables, envió sequías a la península, secando las turnas y las demás semillas; las matas se marcharon y el hambre y la sed plasmaron su fuerza sobre la tierra.

Desde entonces, los largos veranos cobran tributo a la poca agua que ofrece el desierto, y solo en momentos en que la piedad desborda el corazón de Mareiwa, las nubes ceden y se abren en lágrimas de fecundidad sobre la Sierra de Macuira.

La historia de Worunka y Mareiwa persiste, como una canción ancestral que recorre el viento, recordando a quienes escuchan que la creación y la transformación nunca están libres de repetidos dramas ni de cambios necesarios, y que en el intersticio de estas memorias cristaliza lo que se llama vida.

Historia

El mito tiene su origen en las acciones del gran jefe Mareiwa, quien desempeñó un papel central en la formación de las costumbres y las condiciones naturales de la región de la Guajira. En tiempos antiguos, las mujeres tenían dientes en la vulva, lo que impedía el parto natural y el coito normal. Mareiwa solucionó ambos problemas: rompió los dientes de la vulva de Worunka para permitir nacimientos naturales y otorgó la tradición de que el hombre debería cortejar a la mujer, cambiando así las dinámicas sociales de género.

Mareiwa también estuvo involucrado en la agricultura de la región. Les encargó a dos personas, incluida Worunka, la tarea de sembrar semillas en la Sierra de Macuira, dando lugar al maíz y otras plantas. Sin embargo, al abusar del maíz para fabricar chicha y emborracharse, los hombres guajiros provocaron la ira de Mareiwa. El castigo fue la sequía prolongada en la región, resultando en hambre y sed.

Las acciones de Mareiwa ilustran la creencia en la influencia directa de lo divino o lo mítico en las prácticas culturales y las condiciones ambientales de la región, estableciendo normas sociales y explicando características geográficas y climáticas.

Versiones

Las dos versiones del mito presentan elementos comunes, como la intervención del ser supremo Mareiwa y el castigo por el abuso de los frutos, pero difieren en varios aspectos narrativos y simbólicos. En la primera versión, se introduce una serie de transformaciones físicas fundamentales en la anatomía humana: Mareiwa remueve los dientes de la vulva de Worunka, cambia la forma en que los bebés nacen y permite la cópula normal entre hombres y mujeres, alterando así el orden social y biológico. También hay un enfoque en la reconfiguración del papel de género, donde inicialmente las mujeres adquieren esposos y luego, tras la intervención de Mareiwa, los hombres deben buscar a las mujeres. Esta versión tiene un contexto específico en el valle entre el Itojoro y el Kousopa, enriquecido con detalles geográficos y culturales, y concluye con un cambio agrario debido a la ira de Mareiwa, afectando la flora de la región.

La segunda versión simplifica significativamente la historia, omitiendo las transformaciones físicas y aspectos de roles de género de la primera versión, y se centra principalmente en el origen del maíz y las actividades agrícolas de los guajiros. La intervención de Mareiwa se limita principalmente a una advertencia sobre el abuso de los frutos y el castigo consecuente, que es casi idéntico al final de la primera versión, pero sin la complejidad adicional de los cambios biológicos y sociales. En este caso, el castigo se presenta de manera directa, con Mareiwa enojándose específicamente por la borrachera resultante del abuso de chicha. Al suprimir elementos mitológicos complejos y centrarse en una narrativa de advertencia sobre la desobediencia, la segunda versión ofrece una lección moral más clara y sencilla, destacando la relación entre los humanos, sus acciones y las consecuencias naturales directamente impuestas por una deidad ofendida.

Lección

Las acciones humanas tienen consecuencias divinas.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Prometeo por la intervención divina en el desarrollo humano y al mito nórdico de Ymir por la creación a través de la transformación.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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