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La candileja

La historia de La Candileja advierte sobre el peligro de la excesiva indulgencia con los niños y sus consecuencias sobrenaturales.

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Ilustración de La candileja

En las vastas extensiones de los Llanos Orientales, donde las estrellas parecen colgar del cielo con un brillo particular y el viento lleva murmullos de tiempos antiguos, se cincela una leyenda que se desliza entre los rumores de las hojas y los suspiros del río. En esas tierras, las historias no son solo palabras; son ecos de un pasado que sigue pisando las arenas y verdor del presente. Entre todas, resplandece la de La Candileja, una presencia marcadamente inquietante que vaga alimentada por luces trémulas y el peso de una condena impuesta por las celestiales potestades.

Hace mucho tiempo, en un caserío de caminos polvorientos y cielo sin límites, habitaba una anciana conocida por su riqueza y aún más por el irremediable cariño que sentía por sus dos nietos. Estos pequeños eran dueños y señores de la casa, sus pasos resonaban por doquier, y sus risas, aunque encantadoras, traían consigo un vendaval de travesuras. La abuela, ciega de amor y ternura, los perdonaba todo, incluso cuando sus juegos la implicaban a ella misma en acciones impensables.

Fue en esa casa donde una tarde, entre sombras largas de un sol vespertino, los nietos manifestaron su más peculiar ocurrencia: convertir a su abuela en una montura. Ante alborozo de los niños, la anciana accedió, dejándolos cabalgar sobre su espalda con la entrega de quien no conoce otro sentido del ser que no sea el amor. Los vecinos hablaban de aquella familia con una mezcla de burla y asombro, dicen que la anciana jamás dibujó amonestaciones en su núcleo familiar, por lo que, cuando cerró los ojos al mundo y arribó al umbral de los cielos, le fue considerado el corazón demasiado blando.

Las puertas del cielo le resultaron esquivas y San Pedro, con mirada serena, le indicó que debía pagar por aquella desidia en la crianza con una penitencia que trascendería la muerte: volver a la tierra a vagar entre tres llamas ardientes, ella y sus nietos convertidos en fuegos rojos que azotaran la noche. Formaría La Candileja un espanto para los incautos y los errantes del camino, símbolo viviente de advertencia para las madres y abuelas indulgentes.

Desde entonces, en noches de quietud premonitoria o cuando el cielo retumba con presagios de tormenta, se puede ver a La Candileja, un fuego que parecen ondas de vida, llevando eternamente el rastro de los pasos que antes recorrieron los nietos traviesos. Danza sobre colinas y llanuras, se asoma al borde de los pantanos y su fulgor acompaña a quienes se aventuran en los caminos reales de un paraje solitario.

Aquellos que caminan o cabalgan solos a deshoras perciben una presencia que se cuelga de sus pasos, una luminaria roja que se cierne sobre los hombros. Algunos, pobres titanes del engaño y el desamor, narran encuentros donde la candente persecución les dejó mugidos de miedo en el pecho, la luz danzando en torno a ellos con furia de viento. Los borrachos y los padres irresponsables se llevan la peor parte, pues el fuego errante somete a los atormentados a noches de insomnio y terror.

Sin embargo, en esta historia de penas, también hay un vestigio de la abuela que fue compasiva; La Candileja no solo porta el látigo de la lección, sino aun conserva retazos de su don divino. En las noches en que la penumbra devora el lugar, a los niños perdidos entre sombras, les arroja su brillante resguardo, guiando sus pasos hasta la cálida seguridad de sus hogares.

Así, la historia de La Candileja se disemina entre las gentes del llano, hilada en las voces que resuenan alrededor de viejas chimeneas, en los labios de las abuelas que adormecen a sus nietos con cuentos que llevan moralejas sentidas. Susurran que su luz es distinta de aquella de las guacas, esos cofres de riqueza escondida que prometen fortuna. La Candileja es una energía viva, el reflejo de una historia de amor incondicional y su condena redentora —un recordatorio incandescente de la necesaria enseñanza de la responsabilidad sobre el alma de los jóvenes—.

En estos parajes donde la tierra y el cielo se confunden en la distancia, las nocturnas apariciones de La Candileja continúan siendo lecciones resplandecientes en la memoria colectiva, una advertencia caminante, un faro de nostalgia para corazones livianos, una chispa amable para pequeñas figuras perdidas, convocada por el cariño perpetuo de una abuela que, de tanto perdonar, encontró en un castigo la función de su ser.

Historia

El mito de "La Candileja" surge de una antigua leyenda campesina, extendida por los Llanos Orientales, que ha sido transmitida de generación en generación. La historia cuenta que una anciana mujer, por mandato divino, fue condenada a vagar en forma de ser mitológico descrito como una bola de fuego con tres llamas, representando a la mujer y sus dos nietos. Esto fue el castigo por ser excesivamente indulgente y no imponer disciplina a sus nietos, quienes hacían travesuras incontroladas y la utilizaban como caballo de carga. El mito advierte a quienes andan en malos pasos, como borrachos, infieles y padres irresponsables, ya que la Candileja los persigue y asusta, mientras que a los niños perdidos les ofrece guía para volver a casa.

Versiones

Las diversas versiones del mito de La Candileja coinciden en presentar al personaje central como una anciana maldicionada a vagar en este mundo en forma de una luz o bola de fuego debido a su excesiva indulgencia con sus nietos. La primera versión describe un espectro dotado de un hachón encendido que persigue a quienes cometen transgresiones morales como los borrachos o padres irresponsables, indicando que sentirse indulgente puede tener repercusiones sobrenaturales. En esta narrativa, la aparición fantasmal adquiere un carácter punitivo, atormentando físicamente a sus víctimas. Por otro lado, en una representación más detallada, se explica que la anciana fue condenada por San Pedro a vagar con tres llamaradas que representan a ella y a sus nietos, simbolizando el castigo divino por ser permisiva.

Por el contrario, las versiones más recientes destacan un matiz de compasión en La Candileja, quien sin perder su esencia intimidante, también muestra empatía hacia los niños perdidos, guiándolos de vuelta a casa. Este contraste añade una dimensión más compleja al mito, al reconocer la dualidad de su naturaleza como protectora y castigadora. Las narrativas modernas también subrayan la participación de La Candileja como un sistema de lección moral, alertando a padres y abuelas sobre las consecuencias de ser excesivamente permisivas con las travesuras de sus niños. Todas las variantes mantienen la esencia sobrenatural de la historia, pero ajustan su mensaje moral y sus métodos de interacción con los humanos según las normas culturales de cada generación y región que transmite el mito.

Lección

La indulgencia excesiva puede tener consecuencias negativas.

Similitudes

Se asemeja a mitos como el de las Furias en la mitología griega, que también persiguen a los transgresores, o a los fuegos fatuos del folclore europeo.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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