La campana del diablo

Andina · Mestizo

La campana del diablo

Una campana de plata suena sola desde un viejo caracolí y el joven Remigio corre sin mirar el camino.

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La campana del diablo: la entrada del relato

El relato

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Hubo un tiempo en que las familias de Piedecuesta salían de paseo a cualquier paraje del camino. Llevaban ollas para el sancocho, hacían melcochas y se quedaban hasta las lunadas. Uno de esos parajes era Tres Esquinas, vecino de Guamo Grande y de El Volador. Allí, al lado del hotel Bochinche, crecía un caracolí gigante, un árbol de más de doscientos años cuyas ramas se perdían en el cielo.

A media altura del tronco colgaba una campana de plata. Los que pasaban le tiraban piedras para oírla sonar, y el golpe del metal se quedaba vibrando un rato entre las hojas.

Un día, unos niños que andaban cerca del puente vehicular oyeron que la campana sonaba sola. Nadie la tocaba y seguía repicando. La noticia corrió por el pueblo y la gente no encontró otra explicación: aquello era cosa del diablo, de Mandingas. Desde entonces la llamaron la campana del diablo.

Por esos años vivía un campesino llamado Lázaro. Un día tuvo que mandar a su hijo mayor, Remigio, a hacer un mandado urgente, y antes de despacharlo le advirtió que no se acercara a la campana y que por ningún motivo le tirara piedras.

Remigio salió con la advertencia en la cabeza y la curiosidad en el cuerpo. Cuando tuvo delante el caracolí, se detuvo. No había nadie mirando. Recogió unas piedritas y empezó a tirarlas contra la campana, y con cada tañido se sentía más atrevido.

Con la última piedra, algo cambió. La campana empezó a mecerse sola y a dar unos toques fúnebres tan fuertes que el muchacho tuvo que taparse los oídos. Lo agarró un terror sin nombre y echó a correr sin mirar por dónde iba. No vio el vehículo que venía por el camino a toda velocidad. El golpe lo tiró al suelo, sin sentido.

En el hospital, Lázaro montó guardia junto a su hijo, que no despertaba. Remigio despertó al fin, y lo primero que tuvo en la memoria fue el árbol, la campana y la advertencia de su padre.

Con los años, los que pasaban por Tres Esquinas notaron que la campana ya no estaba en el caracolí. Unos dicen que el diablo se la llevó. Otros, que se la robaron.

La campana del diablo: lo que quedó del relato

La enseñanza

“La advertencia que se desoye por curiosidad suele volver después, convertida en recuerdo doloroso.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
7.0625° · -73.0106°

Ficha del relato

Contexto histórico

La leyenda de la campana del caracolí no figura en ninguna obra publicada que hoy pueda leerse. Todo indica que salió del libro «Leyendas y cuentos de Santander», que el periodista y bibliotecario piedecuestano Germán Valenzuela Sánchez publicó con Sic Editorial en 2009; pero de ese volumen sólo circulan en abierto las dos cubiertas. La contraportada habla de cuarenta y seis «sagas» y enumera cuatro títulos; la campana no figura entre ellos, y el sumario no está disponible. Una segunda compilación del corpus de Piedecuesta, preparada en la UNAB en 2016 por Pérez Pinzón, sólo se encuentra en copias de terceros sin editor responsable.

Los lugares del relato sí son de Piedecuesta. Tres Esquinas era una de las haciendas del municipio: la historia municipal que publica el Área Metropolitana de Bucaramanga cuenta que sus corredores, como los de La Venta y Los Cauchos, fueron lugares de posada para los viajeros de los caminos reales, sobre todo durante las guerras civiles de los siglos XIX y XX. Era, desde antiguo, un sitio de paso y de parada.

El motivo de la campana que suena sin que nadie la toque tiene una historia larga en la tradición hispánica. La más famosa es la de Velilla de Ebro, en Aragón, que según la tradición repicaba sola para anunciar desgracias. Benito Jerónimo Feijoo le dedicó en el siglo XVIII una disertación de su «Teatro crítico universal», en la que copia el manuscrito que describía la campana y examina las pruebas del prodigio. En Colombia, Javier Ocampo López recogió en «El pueblo boyacense y su folclor» (1977) la leyenda del toque de ánimas del convento de San Francisco de Tunja, donde las campanas dejaron de repicar mientras un alma en pena esperaba ayuda en el altar. En Santander, Juan de Dios Arias publicó en 1954 la leyenda del Colmenero de San Gil, otro muchacho que desobedece a sus padres y recibe un castigo que lo deja marcado.

Resonancias con otros mitos

La campana de Velilla de Ebro es el paralelo más conocido. Colgada en la ermita de San Nicolás de Bari, según la tradición sonaba por sí sola para anunciar desgracias: la invasión musulmana, la derrota de Ponza, la muerte de Fernando el Católico y la del rey Sebastián de Portugal, hasta un último toque en 1686. Benito Jerónimo Feijoo la examinó en su «Teatro crítico universal» a partir de un manuscrito que le remitió la condesa de Atarés, y dudó del prodigio. La campana de Piedecuesta hace lo mismo que la de Velilla —sonar sin que nadie la toque—, pero en un caracolí al lado del camino y no en un campanario, y lo que anuncia no es la muerte de un rey sino el accidente de un muchacho.

El segundo paralelo es el Colmenero de San Gil, que Juan de Dios Arias recogió de un maestro de escuela y publicó en «Folclor santandereano» (1954). Allí también hay unos padres que advierten, un muchacho que desobedece y un castigo que se vuelve lugar: el Colmenero queda preso en la roca de una escarpa y su lamento se oye en las noches de invierno. La diferencia es que la escarpa sigue ahí para recordar la falta a quien pasa, y la campana del caracolí desapareció.

Entre los dos queda la forma piedecuestana: un objeto que suena solo, atribuido al diablo, y un hijo que aprende la lección a golpes, pero sobrevive.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato piedecuestano junta dos motivos que en la tradición escrita andan separados: la campana que suena sola y el castigo del muchacho desobediente.

  2. La campana de Velilla, tal como la describe el manuscrito que Feijoo transcribió, colgaba al aire entre tres pilares de la ermita de San Nicolás, sobre un monte vecino al pueblo. Había dos campanas; la menor se tocaba a fuerza de brazos y jamás sonó sola, la mayor tañía sin impulso ajeno. Sus toques eran avisos de sucesos graves, y nadie los ponía en la cuenta del diablo. Feijoo discute si el prodigio es verdadero. En Piedecuesta la campana también suena sin mano, pero nadie la lee como anuncio: la gente la atribuye a Mandingas, y el toque solitario se vuelve amenaza.

  3. En la leyenda tunjana que recoge Ocampo López, lo sobrenatural no es que la campana suene, sino que calle: los legos dejan de ir al toque de ánimas por miedo al sacerdote difunto que espera en el altar, y las campanas vuelven a repicar cuando uno se atreve a ayudarlo. La campana es parte del orden cristiano; el espanto la interrumpe.

  4. El Colmenero de Arias comparte con Remigio el esquema de la desobediencia. Es un muchacho díscolo y haragán al que no corrigen ni los consejos de los padres ni los del párroco, y que en Viernes Santo sale a buscar miel en una escarpa. Su castigo es definitivo. El de Remigio, en cambio, se cura: despierta en el hospital con la advertencia en la memoria, y la campana termina desapareciendo sin que nadie sepa cómo.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Leyendas y cuentos de Santander (fragmento de cubiertas publicado por el autor)

    drive.google.com

    Es la procedencia más probable de la campana del caracolí: el volumen de Valenzuela recoge cuarenta y seis leyendas de Santander con Piedecuesta como centro, y la contraportada muestra que mezcla espanto, humor y castigo en escenarios de camino y vereda, como Tres Esquinas. Fija editorial (Sic Editorial, Bucaramanga) e ISBN.

  2. Piedecuesta: historia, datos generales, economía (página municipal del Área Metropolitana de Bucaramanga)

    amb.gov.co

    Confirma el escenario: al reseñar la historia de Piedecuesta cuenta que los corredores de las haciendas La Venta, Los Cauchos y Tres Esquinas fueron sitios de posada para los viajeros de los caminos reales hacia Pamplona y el Socorro, especialmente durante las guerras civiles de los siglos XIX y XX. Tres Esquinas, el paraje del caracolí y del hotel del relato, aparece así como lugar de paso y parada.

  3. Teatro crítico universal, tomo V (1733), discurso 16 «Tradiciones populares»: «Disertación sobre la Campana de Velilla»

    filosofia.org

    Es el registro clásico de la campana que suena sola. Feijoo copia el manuscrito que le remitió la condesa de Atarés: en la iglesia de San Nicolás, en un monte vecino a Velilla, colgaban dos campanas al aire entre tres pilares; la menor sólo sonaba a fuerza de brazos y la mayor tañía «milagrosamente, y sin impulso ajeno». Luego examina las pruebas del prodigio. Sirve para situar el motivo central del relato de Piedecuesta en la tradición hispánica.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Campana de Velilla

    es.wikipedia.org

    Resume la tradición de Velilla para el paralelo: la campana que llegó flotando por el Ebro, los toques atribuidos a la invasión musulmana, la derrota de Ponza, la muerte de Fernando el Católico y la del rey Sebastián, el último toque en 1686, la refundición del siglo XIX tras la cual no volvió a sonar, y las críticas de Quevedo y Feijoo.

  2. El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», pp. 122-123 («El toque de las ánimas»)

    babel.banrepcultural.org

    Da el caso colombiano de campanas y espanto. En San Francisco de Tunja, en la segunda mitad del siglo XIX, el monje que iba a hacer el toque de ánimas encontraba en el altar a un sacerdote de casulla roja que esperaba ayudante; los legos dejaron de ir por miedo, y cuando uno se atrevió a ayudar al alma en pena, se volvió a escuchar el repicar de las campanas. La campana, aquí, marca el orden que el espanto interrumpe.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 19: Juan de Dios Arias, «Folclor santandereano» (1954), «Lo que enseñan las cuevas» (El Colmenero), folios 138-140

    flacso.edu.ec

    Es el paralelo santandereano del castigo al muchacho desobediente. Arias transcribe la leyenda que le contó un maestro de escuela: un rapaz díscolo y haragán, al que no corrigen ni los padres ni el párroco, sale en Viernes Santo a sacar miel de una colmena en la escarpa y queda preso en la roca; su lamento se oye en las noches de invierno. Como Remigio, desoye la advertencia y paga en el lugar mismo de la falta.

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«La campana del diablo» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La campana del diablo» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La campana del diablo» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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