La luz del amanecer se filtraba entre las hojas verdes del bosque mientras Kugï, un pato de plumas brillantes, remontaba el río Yuanda en su canoa tan pequeña que casi parecía flotar sobre susurros. Con el rostro vuelto hacia las alturas, entonaba una canción ancestral que resonaba entre las corrientes como un hechizo guardado en la memoria de las aguas.
—Vamos arriba, a donde el padre, a donde Yainorako. El hijo de él es Obekuni, allá vamos.
Mientras avanzaba, mordisqueaba los restos que la corriente le traía: hojas perennes, ramas errantes y una espuma de color singular que se deslizaba río abajo. Los ancianos decían que cuando Kugï canta, el río crece y se llena de esos despojos mágicos.
En su travesía, el pato llegó a un rincón del río cercado por las trampas de Jitoma, un hombre con apetito insaciable y una mirada que perforaba las sombras. Su yerno, Buynaizeka, el caimán, se encargaba de los restos culinarios, limpiando los platos tras una comida relámpago, mientras miraba incrédulo.
—¿Por qué devoras sin pausa, suegro? —preguntó un día el caimán, inclinando su hocico en curiosidad.
La respuesta fue el silencio feroz de Jitoma, que con rabia ató la lengua del caimán con una cuerda de chambira y la arrancó de cuajo. La lengua transformada en un sapo saltó lejos, y el caimán, dolorido y traicionado, fue empujado a un hoyo resbaladizo, quedando atrapado en su forma actual. De este modo, herido en cuerpo y espíritu, Buynaizeka se arrastró hasta la orilla del río, donde el destino le devolvería la esperanza.
Fue en ese momento de quietud que escuchó el canto alegre de Kugï, que remaba cerca.
—¡Sobrino! —rugió el caimán, haciendo vibrar el aire. —¡Llévame contigo!
Kugï se compadeció, pero su canoa no era más que una hoja en el río, incapaz de acoger tanto dolor.
—Tío, no puedo. Mi canoa se hundiría —explained Kugï, con tristeza en los ojos. —Pero mi hermano Nokuere viene detrás de mí; él tiene una canoa grande.
Y así, volvió a su ruta, su canto entrelazándose con el murmullo del agua mientras dejaba al caimán en espera, junto con sus sueños de libertad.
No mucho después, el río reflejó la silueta de Nokuere, otro pato, más grande y silente. Buynaizeka, con una mezcla de esperanza y desesperación, repitió su súplica.
—¡Sobrino, llévame contigo!
Nokuere, escéptico, desconfió al principio.
—Mi canoa es grande, pero yo soy impuro, paso el día apestando el aire.
—No me importa —insistió el caimán, la esperanza prendida en su voz—, solo sácame de aquí.
Fue unirse al pato, pero la travesía pronto envenenó el aire, y el caimán, asfixiado, exclamó:
—¡Sobrino, qué hedor! ¿Por qué habitas entre vapores tan repugnantes?
—Te lo advertí —replicó el pato—. Ahora te dejo aquí. Este será tu destino.
El caimán fue expulsado una vez más al agua, condenado a vivir junto a la ribera, convertido en una advertencia para todo el que pasara.
Mientras tanto, en alguna parte del vasto mundo, dos muchachas, hijas de Buynaiyarai, erraban lejos de casa, siguiendo la luz de un mechón luminoso que las guiaba por los caminos oscuros del bosque.
El hombre que las guiaba no era su tío Neimuada, aunque así lo aparentase, y al llegar el amanecer, se desvaneció, dejándolas solas y confundidas entre el verdor. Joyareño y Rikoño continuaron, lideradas por el instinto y el eco de un destino no revelado.
En su vagabundeo, toparon con el pato Nokuere, quien las recibió con una actitud confiada.
—¿Dónde queda el puerto de nuestro padre? —preguntaron las chicas.
—Suban a mi canoa —les respondió, con una sonrisa cómplice—. Yo las llevaré hasta un lugar seguro.
Así fue que el pato las dejó en el puerto de un hombre, quien resultó ser Noifereiraï, una boa inmensa que las acogió como sus nueras, envueltas en un engaño latente. En la hamaca adornada de cascabeles, Unuyo las visitaba en la oscuridad, dejando un rastro pegajoso sobre sus cuerpos somnolientos. Pero Rikoño, siempre atenta, desveló el secreto, y ambas hermanas decidieron que el monstruo debía ser eliminado.
Con astucia, prepararon agua hirviendo y se libraron de su carcelero, convirtiendo a Unuyo en la memoria petrificada de un árbol que narra su final. De nuevo huyeron, esta vez iluminadas por el destino y la complicidad de animales del bosque, quienes les señalaban caminos honestos y traicioneros.
Separadas por la vastedad del mundo, Rikoño se encontró un día en casa de Kanimani mientras Joyareño sucumbía al juego perverso del tío Moifenirai. La canción de la burla se intercambiaba entre los espíritus, y el sacrificio exigía sangre y engaños. Al final, Moifenirai devoró la hermana equivocada, y Rikoño, testigo desde las sombras, juró venganza.
Rikoño, afligida, persiguió al tigre hasta un umbral donde el tiempo se detenía, sus acciones movidas por la amargura y una promesa no cumplida. Con manos decididas y palabras de poder, arrancó la vida del tigre y su reinado de temor se transformó en un nido de comején, una advertencia para los que se atrevían a recordar su nombre.
Con el alma cansada, Rikoño volvió al lugar de su origen, donde halló granjas resonantes con cantos de luto. Allí, la magia de la palabra fluyó de sus labios en un idioma tejido por los caminos y los pasos extraviados.
—¡Miren cómo habla mi hija! —exclamó Buynaiyarai, al fin con el corazón aliviado. —Tal vez trae las voces de tantos universos cruzados.
Fue entonces que Rikoño se transformó, elevándose a los cielos como una lora que anunciaba aún más viajes y uniones lejanas. Las loritas, desde entonces, reflejan el vuelo de las hijas que parten en busca de nuevos horizontes.
Y Kugï, el pato de sueños aguerridos, prosiguió su viaje río arriba hasta alcanzar el gran baile de Obekuni. Cuentan que sus cantos siguen resonando en el viento, enredándose con las corrientes y las espumas para susurrar a los viajeros que todos los caminos están confeccionados con destellos de promesa y cambio, revelando la esencia misma de la existencia a través de las voces del río.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
Las diferencias en las versiones de este mito se centran principalmente en las variaciones culturales y narrativas que se observan al comparar las historias de Kugï y las hermanas Joyareño y Rikoño. En la historia de Kugï, el pato, se enfatiza la mezcla de elementos naturales y sobrenaturales, presentando una compleja interacción entre los personajes animales y los flujos del río, lo que denota una percepción de la naturaleza como un espacio viviente y sagrado. Kugï fracasa en su intento de ayudar al caimán debido a las limitaciones físicas del medio y es representado como un personaje que sigue su objetivo de llegar a un baile, dejando a otros personajes en situaciones inalteradas.
En la narrativa de las hermanas Joyareño y Rikoño, hay una notable transición de lo natural a lo humano y viceversa. Mientras que Kugï mantiene su forma y función a lo largo del relato, las hermanas experimentan transformaciones más radicales, que incluyen enfrentamientos con criaturas míticas y engaños. La versión se diversifica en una serie de encuentros que exhiben la interacción y manipulación de identidades a través de sus contornos físicos y sociales. Este relato subraya temas de supervivencia y metamorfosis personal, en especial la conversión de Rikoño en lora, lo cual simboliza la memoria y el poder del lenguaje como herramientas de trascendencia. La variabilidad de estos relatos sugiere una rica tradición oral que busca explicar fenómenos más amplios ligados a las identidades culturales y al respeto por la naturaleza.
Lección
La naturaleza y el cambio son constantes inevitables.
Similitudes
El mito recuerda a las transformaciones y metamorfosis presentes en la mitología griega, como las de Ovidio.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



