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Juma

El mito de Juma narra la transgresión y castigo por deshonrar objetos sagrados, destacando la importancia del respeto en las prácticas culturales.

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Ilustración de Juma

En lo profundo de la selva, donde el aire cargado de vaho parece latir con el pulso inconsciente de la naturaleza, se alza una roca oscura, eternamente humeante. Los ancianos susurran que es más que una simple formación de piedra; es, dicen, el testigo perpetuo de un evento misterioso y de un baile que trastocó el equilibrio del mundo.

Allí, en un tiempo fuera del tiempo, vivía Juma, un ser legendario venido del Cotué, dotado de poderes que rozaban lo divino, igual que los héroes de los antiguos relatos que laten en los corazones de los perros guardianes de los libros sagrados. Juma, con su presencia incandescente, parecía encarnar a la selva misma con cada paso que daba.

Un día, mientras habitaba en las cercanías de La Chorrera, Juma decidió bañarse en el río. Se despojó de su capa, una vestimenta que rebosaba significado más allá de lo aparente, y la dejó en las márgenes del agua. Fue en la pujanza del río donde unos hombres, impulsados por la arremetida de un destino desconocido, llegaron y se llevaron aquella capa hasta el chorro de Jidïma, donde aguardaba la tribu Jidïma Ninairaï, imperturbables en su febril preparación para un baile cargado de presagios.

Cuando Juma emergió del abrazo del agua, se encontró desnudo de su atuendo ceremonial, y en su lugar, utilizó hojas largas de zigobe. Fue así que, con tal inventiva, dio a los hombres su primera prenda, un simple cobijo para la desnudez, tejido con la esencia misma de la selva. Envuelto en su nueva indumentaria, emprendió la búsqueda de su capa, siendo antaño joven, ora anciano, ora hombre, ora mujer, a veces tan sencillo como un niño en el regazo del bosque.

Por el sendero se cruzó con la tribu Ezi Ninairaï, que se deleitaba en la metamorfosis de los disfraces. Juma, con un gesto de magia y travesura, alteró su danza, dejando a los danzantes atrapados en sus propias máscaras, sus cuerpos temblando al ritmo de una melodía que sólo él podía escuchar. Siguiendo su camino, halló a otros, fábricas expansivas de atuendos que fueron encantados, riéndose en secreto, transformados en piedras respirables, sin tiempo ni forma.

En su peregrinaje tropezó con una mujer que sembraba la quebrada con su red de camarones. Con un soplo de su hálito divino, Juma la convirtió en estatua, sus piernas esculpidas al estilo de una divinidad alcanzada por el pánico de un relámpago errante, atrapada en la danza estática de las eras.

Finalmente, Juma llegó a la bulliciosa corriente del chorro de Jidïma. Allí, emergían jóvenes juguetones, probándose con claros disfraces la capa que habían tomado. Como un viejo cualquiera convocado por el capricho de sus juegos, Juma se acercó:

—¿Qué hacen con esa capa? —inquirió con mirada sabia, oculta bajo arrugas enternecedoras.

Y aquellos jóvenes, estirando su diaria irreverencia, respondieron:

—Estamos probando una sotana que no sabemos a quién pertenece.

La voz de Juma sonó entre la burla y la solemnidad, diciendo:

—Vaya cosa curiosa hacen...

Y les pintó los pies y las cejas con tintes oscuros. Su sentencia cayó con el peso del trueno:

—Por atreverse a usar lo que no les pertenece, un día serán devorados por los ciclos del tiempo, convirtiéndose en palomas cuyo canto será el irrepetible eco de sus juegos prohibidos.

De súbito, los muchachos sintieron su canto alzarse en suaves murmullos de la selva, mientras sus cuerpos se metamorfoseaban en sombras emplumadas, presagio de aves que no hallarán descanso.

Juma, sabiendo aún no había culminado su influencia, caminó hasta la gran maloca. Dentro, donde se reunían Aïmaïdoraï y Jurasefïi en comunión ambil, un presentimiento atravesó sus miradas:

—Algo terrible está por suceder —habló uno, como si las raíces de la tierra se agitaran bajo ellos.

Sobre el suelo se desenvolvía la prueba de disfraces, risas entremezcladas en pasos desubicados y retazos de tela robada. Entonces, tan pronto como Juma atravesó la umbra de la maloca, el aire se volvió denso, la percusión tomó un compás errático, y los danzantes detuvieron su juego. La figura del anciano, anciano o niño, demanda o pregunta:

—¿Qué juego es este?

—Ensayamos la capa de un desconocido —dijeron, sus corazones temblando bajo el manto de lo inevitable.

Con un gesto que ocultaba el reconocimiento, Juma les instó a continuar el baile. Trataban de seguir pero no lograban encontrar el ritmo, chocando, equivocando el compás, hasta que, en su desesperación, le suplicaron al anciano:

—Quizá a ti te quede bien. ¡Pruébatela!

Así, Juma permitió que la capa fluyera a su alrededor como un río de seda ancestral. Encajó a la perfección. Con una sonrisa que presagiaba tormentas, él pronunció:

—Ahora, veamos cómo bailan conmigo.

La danza que comenzó absorbió al mundo. La tierra vibraba bajo sus pies mientras conducía a todos al meandro de la alborada, sacudiendo el patio, haciendo de la causa una tempestad que atravesaba el día y la noche. Era el reclamo del viento, el arrullo de la selva, el vendaval que sumía los postes y hacía huir a los hombres como si buscasen la protección de los antepasados. Las mujeres, mientras tanto, preparaban la cauana, observando con ojos de profecía el venado teñido de rojo, preparado para un festín grotesco que ya no podía detenerse.

Un grito resonó en la vorágine:

—¡Este es el Baile de Comer Gente!

Pero las advertencias fueron en vano. Juma, en su danza hechicera, arrastró a los danzantes hasta arrastrarlos fuera de los límites conocidos, una ola frenética que los empujaba hacia el río, carcajadas entrelazándose con el sabor de su miedo. Al llegar al agua embravecida, alzó la voz, el juicio convertido en mantra:

—Por lo que tomaron y no respetaron, serán piedras, voces atrapadas en la corriente por siempre.

En ese instante, un relámpago hendió el cielo. La capa se sacudió como un ala gigantesca, y los bailantes fueron tragados por el tumulto del agua. Sus gritos se disolvieron, y sus cuerpos duros, impactados por el torrente, se volvieron uno con la roca negra que exhala nieblas y secretos en el chorro del rio.

Desde ese entonces, cuando el sol rinde homenaje al cañón del río y las nieblas danzan su propia coreografía en el aire cálido, algunos viajeros afirman oír, entre susurros, el murmullo de risas y el retumbar lejano de tambores atrapados en las espumas.

Juma entonces se quitó la capa, con calma, dignidad que rebosaba hasta cubrir la senda de regreso, hacia el lugar donde la selva esconde a quienes la conocen. Detrás de él, dejó el eco de un baile en el que los hombres, por sus actos desconsiderados, fueron condenados dentro del cauce implacable del Jidïma, como una advertencia viva en la turbia serenidad de la eternidad selvática.

Historia

El mito tiene su origen en torno a una roca negra que exhala un vaho misterioso en medio de un chorro bravio, y la presencia de una mujer con rasgos divinos en ese lugar. La narración se centra en un personaje llamado Juma, un ser poderoso que vivía cerca de La Chorrera y que, después de que le robaran su capa ritual a orillas de un río, emprendió un viaje para recuperarla, transformando a varios seres y tribus en su camino. Finalmente, Juma llega al chorro de Jidïma, donde recupera su capa y provoca un evento conocido como el "Baile de Comer Gente". Durante este baile, los danzantes son atrapados por el poder de la capa de Juma y terminan convertidos en piedra, formando parte de la roca negra en el río. Este mito describe cómo la transgresión y la falta de respeto hacia objetos sagrados pueden llevar a consecuencias sobrenaturales, y se perpetúa en el relato de las voces atrapadas en la corriente del río.

Además, el mito también explica la creación de la primera prenda para cubrir la desnudez humana, a través de la invención de Juma de un atuendo con hojas largas de zigobe después de que le robaran su capa.

Versiones

La narrativa presentada ofrece una única versión del mito, por lo tanto no hay múltiples iteraciones para contrastar. Sin embargo, dentro de esta versión, se pueden identificar varios elementos temáticos y narrativos que se entrelazan para formar una historia rica en simbolismo y consecuencias. Se trata de un mito que parece centrarse en la noción de respeto hacia objetos y figuras sagradas, reflejado en la pérdida y búsqueda de una capa ritual por el protagonista, Juma. La transformación de las personas que encontraron la capa en aves y posteriormente en piedras sugiere un castigo divino por la transgresión de límites sagrados, particularmente la apropiación indebida de objetos con valor ritual significativo.

El texto se caracteriza por su rica imaginería de transformación, cambio e identidad, representando a Juma en formas cambiantes mientras avanza en su misión de recuperación de la capa. Esta mutabilidad de forma puede simbolizar el poder divino y el entendimiento que Juma posee, en contraposición a la rigidez de aquellos que ignoran o deshonran creencias establecidas. La danza final y la subsiguiente petrificación de los danzantes subraya el poder del ritual y su capacidad para atraer consecuencias eternas cuando se ejecuta sin el debido respeto. El mito no solo cuenta la historia de un castigo, sino que también ofrece una advertencia sobre la importancia de honrar las prácticas y objetos sacros en la cultura a la que pertenece.

Lección

El respeto hacia lo sagrado es fundamental para evitar consecuencias nefastas.

Similitudes

Este mito se asemeja al mito griego de Orfeo, donde la música y el poder sobrenatural tienen un papel central, y al mito nórdico de Loki, que también involucra transformaciones y travesuras divinas.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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