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Jitoma y Fiboi

El mito de Jitoma y Fïboi revela la traición y transformación en el mundo natural.

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Ilustración de Jitoma y Fiboi

Dicen los abuelos, con la seriedad de quienes portan siglos de sabiduría en su mirada, que en tiempos remotos existieron tres Jitomas, criaturas singulares que moldearon el destino del mundo. El primer Jitoma, envuelto en un resplandor que cegaba al ojo humano, fue el portador del primer amanecer. Su luz irrumpió en un universo de penumbras, iluminando un paisaje dormido, donde el canto de aves que aún no eran resonó como preludio de la vida.

El segundo Jitoma, un ser solitario y errante, vagaba por las vastedades del mundo conocido y desconocido, hasta que, en un giro cruel del destino, cayó en las fauces de Gaimo, el devorador. Su existencia se extinguió en un suspiro, pero su memoria persistió, susurrando entre el oleaje de los ríos y el viento que susurra secretos olvidados a través de las copas de los árboles.

El tercer Jitoma, hermano de Fïzido, es del que las gentes hablan con reverencia y temor en los bailes nocturnos, cuando el fuego parpadea en los ojos de los ancianos que cuentan historias. A este, le llamaban Jitoma Kïgama, el que cultiva la tierra. Era un hombre de manos generosas y alma laboriosa, siempre acompañado de su hermano Fïboi en la chagra. Mientras Jitoma tenía por esposa a una mujer de ojos profundos como el pozo de la luna, Fïboi vivía rodeado de silencios, sin la compañía de una compañera para calentar sus días y sus noches.

El turno del destino se dio cuando Arïdï Buinaima, líder venerable e inquieto, organizó un gran baile de Yuaï. Entre cantos y ritmos que rebotaban en el alma, quería que los dos hermanos, magos del cultivo y maestras de las piñas de tierra, revelaran la semilla misteriosa que sus cultivos encerraban. Arïdï Buinaima y su gente solo poseían las piñas de agua, y la promesa de las piñas de tierra parecía tan inalcanzable como la línea donde la tierra roza el cielo. Los hermanos, sin embargo, siempre llevaban las frutas, pero nunca el colino, lo que sembraba una decepción terca y amarga.

Finalmente, alguien dio en el clavo, señalando que el secreto de un regalo podría residir en el gesto del ambil, el tabaco sagrado. Así, el pueblo decidió enviar el ambil, cargado de súplica y esperanza, por primera vez. Y fue entonces que Jitoma, al saber del obsequio, tomó su instrumento y rompió a tocar con alegría el maguaré, cuya música retumbó en el aire como tambores que anuncian una guerra nacida del júbilo. Al escucharla, Fïboi se acercó a él, preguntándole por la causa del alborozo. "¡Es que hay baile!", respondió Jitoma con una sonrisa que se percibía casi indecente de tan evidente. “Finalmente nos invitan con el ambil. Nos consideran.”

Pero el aire cargaba un secreto que muchos conocían y pocos se atrevieron a verbalizar: la mujer de Jitoma y Fïboi compartían encuentros furtivos bajo la mirada cómplice de las sombras. Sus escapadas eran un rumor en el pueblo, una verdad que todos conocían menos el propio Jitoma, quien necesitaba tocarla con sus propios ojos para crédula hacerse carne en su mente. Un día, mientras se preparaban para el viaje al baile y cada cual pintaba su cuerpo con la pintura negra sagrada, la mujer dejó que sus manos vagaran hasta Fïboi, el solitario, manchándole los testículos con los tiznes y oscuros polvos de coca. Fïboi, en un gesto recíproco, impregnó sus senos y su rostro, dejando en sus cuerpos las marcas cómplices de su juego.

Desde entonces, dicen, los testículos de los hombres son oscuros, semejante a la tierra húmeda de la noche, al igual que la punta de los senos de las mujeres, marcado recuerdo de aquel juego prohibido que la luz ocultó. Jitoma, quien los observaba entre las rendijas de las hojas, llenó su pecho vacío de sospechas que resbalaban de su corazón al silencio, acumulándolas hasta que su ser no pudo contener más la desesperanza. Sin embargo, aquella tarde fatídica, supo que los rumores eran un río de verdad desbordando por su ser, al observar a su hermano, cuya vergüenza le impedía pintarse para el baile y cuyos roces no lograban limpiar las sombras de su rostro.

La plenitud del tiempo trajo el momento de cargar las piñas a la ceremonia. Jitoma, decidido a ejecutar su venganza, se levantó antes de que el sol desplegara su manto de oro por el cielo. Se adentró en su chagra y, con un susurro de poder que se arremolinó en la materia del tronco hueco, transformó piñas ordinarias en crías de guacamayo, listas para el vuelo que nunca sucedió. Volvió a su casa con un fingido apuro, despertó a la mujer y le ordenó apremiante que llamara a Fïboi: "En la mitad de la chagra hay crías de guacamayo, listas para abandonar el nido. Dile a mi hermano que las sacara conmigo."

Fïboi acudió sin dudarlo, con un bulto de palos para armar un andamio que le permitiera alcanzar el nido. Pero cada vez que escalaba al corazón del hueco, el tronco se erguía más alto, alejando el premio como si el destino mismo lo deseara inalcanzable. Hasta que, con un gesto, Jitoma le indicó que se metiera adentro y cuidara de las crías, para que estas no se lastimaran al caer. Y cuando Fïboi hizo caso, el tronco se cerró firmemente, transformándose en piedra eterna que dejó a Fïboi atrapado en el confuso abrazo de la penumbra. Al volver, las crías recuperaron su forma de piñas, y Jitoma se marchó con su botín, llevando la satisfacción de una venganza cumplida.

Cuando la madre de los dos hermanos notó la ausencia de Fïboi, comenzó a sospechar tal y como la tierra sospecha del cielo antes de la tormenta. Jitoma se convirtió en una fuente de excusas, tramando historias alrededor de la desaparición de su hermano: "Habrá encontrado un armadillo o estará escarbando un mojojoy; ya sabes cómo es, vendrá más tarde". Sin embargo, la mujer, incansable y aún esperanzada, recorría las malocas ofreciendo ambil en búsqueda del hijo extraviado, pero todo sin resultado. Su voz, fuerte en principio, se fue marchitando como hojas bajo el sol hasta que el eco de su clamor se apagó. Finalmente, se cuenta, se transformó en un gavilán de infausto augurio, un ser llamado cacambra, que lamenta eternamente, como ella lo hizo buscando al hijo que no llegaba.

Mientras tanto, Fïboi, dentro de su cárcel de piedra, luchaba por sobrevivir, primero alimentándose de los restos de piña, y luego, en un giro macabro de la necesidad, de sus propios desechos. Un día, Nokaido, el tucán, cuyas canciones estaban llenas de chismes y secretos, pasó por ahí. Fïboi rogó por su ayuda, implorándole que lo liberara. Nokaido, sin embargo, guardaba un rencor profundo: "Cuando estabas libre, intentaste atraparme con tu bodoquera; decías que era sabroso. ¿Por qué habría de ayudarte ahora?"

Desesperado, Fïboi juró no hacerle más daño si le ayudaba a liberarse. Convencido por sus ruegos, Nokaido le llevó más lejos la esperanza, indicándole que el hacha necesaria la tenía el carpintero, Eto, el pájaro amigo del vento. A cambio, Fïboi ofreció un edén lleno de frutas y gusanos, donde Eto y Nokaido eran bienvenidos a darse un banquete majestuoso.

Comprobando que el banquete existía, Eto arribó con su hacha, pero su resentimiento requería más que la promesa de un trago de ambrosía: "Cuando estabas libre, decías que yo era un excelente bocado", le reprochó a Fïboi. De nuevo, con palabras bañadas en desesperación, Fïboi prometió respeto eterno. Y así, el carpintero puso a la piedra contra el hacha, liberando astillas que hoy danzan por los bosques como piedrecillas de lo que alguna vez fue cárcel y hogar de infinita penumbra. Al fin, el boquete estuvo listo, y Eto se marchó, recomendando a un pariente que bajara al hombre.

Al poco tiempo, se presentó Kuita, el mico nocturno, ansioso por encontrar su refugio en aquel hueco que ahora contenía a Fïboi. Al hombre que rogaba le dijo: "¡Sal, que estoy cansado y quiero dormir!”-y ante las súplicas de Fïboi, este prometió no dañarlo jamás, cedido de su tesoro alimenticio: todas las frutas de la chagra del padre. El mico, hábil en la estrategia, urdió un plan. Robó un ají picante y el fruto de un caimo del almacén de la madre, y en la entrada del hueco masticó ambos, dejando caer la baba en un flujo incesante. De tal gesto nació un bejuco que se extendió desde la altura de la piedra hasta el suelo. Probándolo con pies temblorosos, Fïboi descubrió su fortaleza y descendió al suelo pacífico.

Al tocar la tierra se encontró rodeado de un vasto silencio. Por la noche, sin embargo, el murmullo de agua resonaba potente, pero en las primeras luces del día no había ni un susurro cristalino, solamente lo que quedaba como escamas de diminutos peces, a los que él llamó zambiquitos. Sin dar con el trasfondo del encantamiento, construyó una nasa que dejó en el lugar donde el agua invisible cantaba en la noche. Y al siguiente amanecer, halló pescaditos en su trampa. Construyó otra nasa, repitiendo su éxito, maravillado con lo impenetrable de un río fantasma que corría entre sombras y se desvanecía con la luz.

Tras satisfacer su hambre y curiosidad, Fïboi decidió visitar a su madre una vez más en la chagra, un ligero eco acompañándolo. La vio, con el rostro surcado de lágrimas, creyéndolo perdido, mas no quiso todavía revelarse. De regreso a su refugio, pensó que no bastaba con ocultarse; su venganza debía ser tan profunda como hiriente había sido la traición. Talló un tronco de balso, dándole forma a un pez enorme que pudiera tragarse un desprevenido, una justicia particular hecha carne de madera. Con un toque mágico, amplió el charco hasta convertirlo en una gran laguna. Talló otro pez descomunal llamado dormilón, instruyendo a ambos para que fueran su justicia encarnada: uno debía tragarse a la mujer; el otro, a su hermano.

Mientras Fïboi tejía su venganza, Jitoma en la casa notaba que algo había cambiado. Su madre, que antes suplicaba al viento, ahora cocinaba en horas extrañas, escapándose furtivamente con hambre y tristeza. "¡Esta vieja algo trama!", pensó con recelo. Hurgó en la olla descubriendo pescados cuya sola visión despertó un hambre ancestral. "¡Nos esconde el pescado!", le dijo a su mujer. Decidieron esconder su descubrimiento, lanzando avispa a la olla para que pareciera agusanada. Al volver, la madre los encontró junto al fuego, y gritando les reprochó: "¿Qué hacen cerca de mi candela, holgazanes?" Ellos, con las sonrisas jugosas de la mentirosa astucia, contestaron: "Tu olla está echa a perder, está llena de gusanos". Para consumir los restos sin dar pie a sospechas avivaron las brasas junto al arroyo, con sus manos llenas de festín de pescado y casabe, dejando nada para quien coció el manjar. Los restos lanzados al agua se transformaron en mojarras y rayas blancas que escaparon hacia la profundidad.

El tiempo, paciente y tenaz como el sol ascendiente, trajo consigo el encuentro nuevamente. Fïboi reapareció de nuevo ante su madre en la chagra, cargado de un cesto lleno de inmensos peces, ojos brillando como estrellas de fuego frío. Le pidió a su madre que convocara a Jitoma y a los vecinos: había un lugar único y sorprendente, un paraíso donde podrían pescar con barbasco hasta el hartazgo. "Que no falte nadie," insistió. Volvió la madre a la maloca, encontrando a Jitoma devorando piojos con casabe en una danza de seguridades. Al saber de la fiesta, convocó a todos junto a un golpe excitado del maguaré, voz que recorrió la selva para despertar a los habitantes: "¡Vengan, gentes! ¡Tenemos pescado en abundancia!"

Jitoma y su mujer juntaron coca, barbasco, yuca, cauana y recibieron largo su labor en la espera del amanecer que, firme, asomó su umbral con el brillo de la historia. Finalmente, Fïboi apareció, saludó a su hermano que velaba junto al fogón, ofreciéndole ambil y coca para sosegar las ascuas del cansancio. Con su tono psalmodial, convenció a Jitoma de reposar un poco más, y cuando su hermano se hundió en la suave profundidad de la hamaca, Fïboi tomó los mazos del maguaré y tocó en secreto: "Mi hermano Jitoma tiene perdido el corazón", susurró por donde nadie escuchaba sus latidos. La mujer, sobresaltada, sacudió al hombre que yacía, comunicándole la revelación nocturna. Pero Fïboi, engañoso, negó con una risa limpia de astucia. Desvanecidas las dudas, despertaron al resto y se pusieron en marcha.

Llegaron a la laguna, donde el agua y los peces convergían en una danza opulenta. Con cada puñado de barbasco, se levantaban cardúmenes enteros, formando un paisaje lacustre rebosante de vida y silencio. "Falta el gran pescado, hermano, el grueso, el mejor", animó Fïboi con un gesto que parecía condescendencia o ironía. Jitoma, con temor disfrazado de seguridad, entró en la laguna, su mujer siguiéndole como sombra. "Atrápenlo bien," indicó Fïboi con serenidad semejante a la del cazador que observa su presa confiada.

Jitoma embestía las profundidades, sumergiendo el brazo en la boca del pez oculto. De un solo movimiento, la criatura se cerró sobre él, mientras el dormilón asestaba la boca sobre su mujer. Una vorágine de agua y espuma aconteció, y el aire se llenó de murmullos huecos que resonaron con el eco del silencio súbito. La madre rompió el espacio con un candente lamento contra Fïboi, acusándolo de traidor, pero él replicó: "¿No fue igual lo que él me hizo? Él no ha muerto, verá.”

Entonces, se escuchó un trueno en la distancia: era el grito del propio Jitoma anunciando con eco de sueños al viento. “Mamá, ese es él”, indicó Fïboi, con la voz de los vientos dulces que preceden la tormenta. “Pronto regresa...” La madre, cegada por su furia y márgido por la incredulidad, maldijo a toda la gente que pescaba en la laguna, transformándolos en caimanes, lobones y otras criaturas de río. A los que quedaron en tierra, los transformó en puercos salvajes que huían de lo celestial.

Fïboi, respetuoso y cansado de sus injurias, la transformó a ella misma en un pequeño oso hormiguero feroz. Y en su travesía de los años, al volver a la antigua casa convirtió a la abuela en mariposa que ronda eternamente los tiestos, mientras la hija se transformó en facua, un pájaro que vuela en solitaria libertad, sin nido ni hogar fijo. Satisfecho con el destino cumplido, Fïboi ascendió a los cielos, donde la mujer había ido primero.

Por la mañana, de las aguas en paz, surgió un nuevo Sol. Su esencia era ardorosa, su cuerpo pura lumbre, recorriendo cada rincón de la tierra en busca del hermano perdido que nunca halla. Alumbraba, con su poder furioso, las tierras, incendiendo cada pulgada que conocía en su viaje eterno. Fue caminando, lanzando su furia como príncipe de fuego en duelo, sazonando la tierra en rocas y sabanas abrasadas. Hasta que Bikójito, hijo del firmamento y testigo del drama de incontables amaneceres, le anunció: "Tu enemigo no se encuentra aquí. Solo tus hijos que nacen de tu calor. Fïboi está más adelante." Y aunque Sol corrió tras su sombra, jamás logró alcanzarlo.

Desde entonces, cada amanecer es una lucha incesante del Sol por recuperar lo que nunca logrará, una odisea bañada en oro y resplandor que no encuentra fin. Lo que queda tras de sí es la continuación de la historia, un consejo sutil para la humanidad. Jitoma sigue siendo el gran consejero, una fuente de luz y renovación, cuyo calor hace brotar maderas y alienta montes al fuego de las chagras, donde las semillas del mañana encuentran su hogar. Fïboi conserva el poder silente de la noche, aquel calor frío y vasto que permite la vida insospechada entre sueños, como un río invisible que deja solo escamas sobre la tierra al desaparecer.

Así concluyó, o tal vez comenzó, la contienda eterna de los hermanos condenados. Y así, bajo el cielo entornado por estrellas y hojas, nos asomamos a sus enseñanzas, comprendiendo que todos somos parte de este relato, hijo de las mentes que dan vida a mitos y leyendas.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

El mito presente se caracteriza por su estructura narrativa centrada en la figura de tres personajes llamados Jitomas, quienes protagonizan diversos eventos mitológicos diferenciados por sus roles y efectos en el mundo. La primera versión menciona tres Jitomas, cada uno desempeñando un papel distinto: el primero introduce el primer amanecer, el segundo es devorado por Gaimo, y el tercero, Jitoma Kïgama, protagoniza una historia de traición y retribución que fundamenta el relato. En esta versión, Jitoma Kïgama está vinculado a la agricultura y trabaja junto a su hermano Fïboi, quien vive en soledad hasta que es traicionado por su hermano como parte de una venganza basada en un complejo triangular amoroso.

La narrativa es rica en simbolismo y justificaciones alegóricas del mundo natural, como el origen de las sombras en la luna y las manchas en el cuerpo humano. Este mito no solo destaca la traición, sino que también refleja el ciclo eterno de incorporación y exclusión entre los hermanos, dispositivos de transformación de los personajes en elementos naturales o animales. Jitoma y Fïboi finalmente personifican al Sol y la Luna, la interdependencia y antagonismo perpetuo entre la luz del día y las sombras nocturnas. El enfoque del mito se desplaza progresivamente de un conflicto fraternal a un mito cosmogónico, donde las transformaciones de los personajes afectan el orden natural, reflejando así las dualidades presentes en las cosmologías indígenas: entre luz y oscuridad, traición y reconciliación, creando un relato que es tan moral como explicativo del entorno.

Lección

La traición puede llevar a transformaciones profundas y eternas.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Apolo y Artemisa en su representación del sol y la luna, y al mito nórdico de Baldur en su temática de traición y transformación.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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