En una aldea olvidada por el tiempo y escondida entre las brumas de la memoria, vivía un anciano, claro como las estrellas en una noche despejada. Poseedor de una juventud perdida en sus recuerdos, había formado una familia que era el pilar de su existencia. Junto a él, una esposa amorosa estaba a punto de traer al mundo a su tercer hijo. Sin embargo, el destino, caprichoso y severo, decidió arrebatarle aquella dicha; su esposa, luchando entre la vida y la muerte, no resistió y se desvaneció de este mundo, dejándolo con el corazón desgarrado y dos hijos huérfanos: un niño y una niña, tan puros y resplandecientes como el amanecer.
Perdido entre el eco de su tristeza y el bullicio ensordecedor del mundo exterior, el anciano decidió tomar a otra esposa. Una joven que, cual viento indolente, llegó a su vida buscando refugio. Él, en un intento desesperado por reconfigurar su quebrada familia, le advirtió sobre la presencia de sus hijos, inocentes ángeles que correteaban por su hogar. Ella, con una sonrisa escondida, aceptó sus condiciones y se asentó entre ellos.
Los días se deslizaban granulosos entre sus dedos, y pronto la joven esposa abandonó la dulzura de sus promesas. Comenzó a manejar los quehaceres con mano de hierro, obligando a los niños a realizar tareas que superaban su capacidad. El anciano, consciente del malestar que sus hijos sufrían, intentó mediar, pero sus palabras se desvanecían como un eco en una caverna intratable. Ella lo ignoraba, y él, atrapado entre sus afectos e impotencia, buscaba consuelo en los atardeceres interminables del campo.
Un día, la tensión acumulada se desbordó como un río furioso. Desesperado por el silencio en su hogar, el anciano intentó acercarse a su esposa para buscar consuelo, solo para ser rechazado brusca y violentamente. Los susurros de una confrontación inevitable flotaban en el aire. La joven esposa, alzando una muralla de resentimientos, amenazó con abandonar el hogar si los niños no eran expulsados, pues consideraba que su sola presencia era la fuente de todas sus penas.
Dolido y confundido, el anciano contempló el fulgor de lo irrenunciable: elegir entre sus hijos y la posibilidad de una compañía. Lloró lágrimas que taladraron la tierra buscando justicia. Al final, bajo el peso de una esperanza menguante de consolidar su vida junto a la mujer que había elegido, accedió con un corazón marcado por el deber, sin renunciar por completo al amor paternal.
Así, con sueños marchitos, condujo a sus hijos hacia el bosque. La inocencia de los pequeños, sin embargo, no desconocía el veneno que los rodeaba. El niño llevaba una navajita, herramienta del destino, y la niña, lista ingeniosa y previsora, cargaba una totuma con maíz desgranado. Cada cinco pasos, ella dejaba caer un puñado de granos, marcando el camino del retorno en el latido de la naturaleza.
Se hundieron en la espesura del bosque, y al mediodía, el anciano, valiéndose de una excusa insípida, se alejó prometiendo volver con comida. Sin embargo, aquello era solo un velo tras el cual escondía su última decisión. Los pequeños supieron entonces que el bosque debía ser su nuevo hogar, pues su padre no volvería. Había llantos y pesares, pero el muchachito, dotado de un optimismo iluminador, tomó de la mano a su hermana y ambos comenzaron el camino inverso marcado por los granos de maíz.
La tarde ya había teñido el mundo de ocres y violetas cuando vislumbraron la seguridad de su hogar. Sin entrar, se escondieron detrás de la casa, testigos silenciosos de su propio abandono. Escucharon sin ser vistos, y vieron cómo la madrastra, al encontrarlos allí, hirvió de enojo, acusando al anciano de traición a su promesa.
No pasó mucho tiempo antes de que el anciano volviera a sucumbir al peso de su elección cruel y llevase nuevamente a sus hijos al bosque, esta vez con un acto de brutalidad que escapaba de cualquier perdón: les quitó los ojos, dejándolos a merced del instinto y la esperanza. Sin embargo, el destino, guardián de equilibrios, permitió que una voz viajara a través de la etérea bruma del más allá: la voz de su difunta madre, un canto que atravesó el viento preguntando por su desgracia.
Guiados por el eco espectral, los niños alcanzaron un árbol que un pájaro, el pajuil, adornaba con sus cantos. Preguntado por la causa de su ceguera, el ave aconsejó que se untaran con la savia del árbol, devolviendo milagrosamente la vista a sus ojos. Con sus espíritus renovados y deseosos de hallar un sendero seguro, dormitaron bajo la copa protectora durante la noche.
En sueños, una advertencia les marcó el camino hacia un futuro incierto: al este, hallarán una casa habitada por una anciana que se alimenta del extravío de los viajeros. Los hermanos avanzaron al amanecer, sus pasos constantes guiados por la personificación misma de sus miedos futuros.
Al llegar a la casa, fueron recibidos por la viejita, que simiente de sombras y retales de tiempo, los encerró en una caja. Cada luna llena les pedía que le mostraran el dedo para comprobar su hueso carnoso, pero la astucia infantil burló su hambre con la cola de un ratón, que llevaban consigo y que por largo tiempo engañó a su carcelera. La pequeña, sin embargo, perdió un día el señuelo y no tuvo más remedio que mostrar su propio dedo.
La anciana sonrió complacida sin prever que cada acto suyo sellaba su destino. Liberó a los niños para que trabajaran en su hogar, pidiéndoles que encendieran el fuego de una gran paila llena de agua, intención disimulada bajo falsas buenas intenciones. Pero el niño y la niña, perspicaces, rehusaron bailar en la escalera, sospechando su oscuro propósito. La mujer, ofreciendo ejemplo, comenzó la danza mortal, sólo para encontrar su desenlace sumido en el agua hirviente, empujada por los niños que habían logrado voltearle su destino.
De aquella olla emergieron seres únicos, caninos y salvajes, que se transformaron en los protectores de la niñez perdida: pantera, tigre, león y onca, ahora los acompañaban en su nueva travesía.
Con el paso de los años, el tiempo dejó su impronta en la niña, que creció hasta desear complacer su corazón con el amor de un hombre. Pero en aquel desierto de humanidad, su destino fue tomar un rumbo inesperado; raptada por las copas de los árboles y las sombras de las lunares, los salvajes hicieron suya su vida.
El hermano, con la sangre hirviendo por la pérdida, cruzó mares con la compañía de los espíritus salvajes en cuerpo de bestias, buscando quizás un último consuelo, una última esperanza.
Así, la memoria del anciano fue dejando su rastro en la tierra, convertido en eco, en recuerdo; sus hijos, marcados por la bondad y el sufrimiento, se deslizaron como estrellas fugaces a traviesa de un cielo temerario y eterno. Y quienes escuchaban la historia, comprendían que la vida, con sus caprichos y senderos errantes, trazaba un círculo perfecto entre lo mágico y lo humano, donde cada paso y cada lágrima conectaban mundos ajenos e inseparables.
Historia
El origen del mito parece ser una narración oral centrada en un relato de estructura folclórica que comparte similitudes con cuentos de hadas y leyendas populares. La historia incluye elementos como la madrastra malvada, el abandono de niños en el bosque, el uso de objetos (granos de maíz) para encontrar el camino de regreso, y el encuentro con una criatura mágica (el pajuil) que proporciona una solución mágica para recuperar la vista de los niños. También hay una figura de una anciana caníbal, que también es común en varios mitos y cuentos de diferentes culturas. La historia se cierra con un giro mágico donde se generan animales poderosos a partir de la cabeza de la anciana, lo que sugiere una relación con temas de transformación y creación.
Versiones
El mito presentado en la versión puede ser interpretado como una adaptación de la historia de "Hansel y Gretel", con elementos y características propias de la tradición oral de la región de donde proviene. Una diferencia notable con la versión conocida del cuento de los hermanos Grimm es la figura del padre, quien en esta narración toma una decisión más activa y nefasta al estar convencido de abandonar a sus hijos por la influencia de su nueva esposa. La madre biológica de los niños, quien muere al inicio, reaparece posteriormente en una forma espiritual o una conciencia que guía a los niños a lo largo de su travesía en el bosque. Esta dimensión espiritual añade una capa adicional que no está presente en la versión europea original, haciendo énfasis en la protección materna incluso después de la muerte.
Además, el personaje del pájaro (pajuil) que canta para ayudar a los niños a recuperar la vista es una adición única que proporciona un elemento de renacimiento o regeneración, simbolizando la restauración del bien contra el mal. Esto contrasta con el enfoque del cuento de los hermanos Grimm, que se centra más en la inteligencia y astucia de los niños para escapar de la bruja. Por último, en esta adaptación el final es más violento; la vieja (asociada con características de bruja) es engañada y destruida por los propios niños, un desenlace que convierte la historia en una narrativa de venganza y justicia, transformando el temor en una victoria. En resumen, esta versión presenta diferencias en motivaciones, elementos espirituales y vínculos familiares que enriquecen la narrativa con valores y símbolos culturales específicos.
Lección
La bondad y la astucia pueden superar la adversidad.
Similitudes
El mito se asemeja a 'Hansel y Gretel' de los hermanos Grimm y a la historia de 'Persephone' de la mitología griega.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



