En las misteriosas estribaciones de la Sierra Nevada, al norte de Colombia, donde la neblina danza con los vientos que murmuran secretos, habita una tribu ancestral, los kágabas, cuyo modo de vida se aferra al tejido de los tiempos antiguos. Entre ellos, la cadencia del universo y el pulso de lo divino se siente en cada hoja que susurra al sol. Los kágabas, aún preservando lo que podría llamarse un estado primitivo de cultura, mantienen viva una fe que resuena en ecos con los ritos de los antiguos chibchas, una conexión perfumada de hojas secas y tierra húmeda.
Gauteován, la diosa madre de los kágabas, se erige no solo como creadora sino como aliento inicial de los hombres. Es conocida por tejer la trama de la vida con sus delicadas manos, insuflando a las criaturas con un soplo que es al mismo tiempo brisa y voluntad. Pero en el corazón de los kágabas, aunque Gauteován forja la carne del mundo, el dios solar resplandece sobre todos, revelando ante sus ojos una verdad que parece tan invencible como la luz que desciende desde lo alto.
Las casas de los kágabas, testigos de fiestas y plegarias, son conocidas como las casas de sol. Allí, los techos culminan en un símbolo solar tejido con varitas, una invitación para que el sol mismo descienda y participe en sus rituales. Los cánticos que allí resuenan cuentan historias de un tiempo que escapa a la memoria humana, cuando lo terrenal y lo divino estaban entrelazados en una danza inaudita.
El dios solar, ese espíritu inmenso, es reverenciado como el señor de todos los demonios o espíritus de la naturaleza, quienes custodian el equilibrio del cosmos. En tiempos tan antiguos que solo sobreviven en los cantos susurrados por los ancianos, cuatro varones taumaturgos surgieron. Ellos, los cuatro padres prístinos, son recordados como los héroes civilizadores, profetas que dieron a los hombres el arte de conversar con lo divino.
Estos ancianos, bajo el resplandor dorado, forjaron un pacto imborrable con el dios solar y los demás espíritus de la naturaleza. En un acto de infinito poder y gracia, los demonios, presididos por el sol potente, ofrecieron quitarse el rostro. Y en un gesto de confianza pocas veces contemplado, cedieron sus facciones a los hombres. Desde entonces, los kágabas, con el paso del tiempo, adoptaron la costumbre de tallar máscaras de madera, rostros arcanos que portan en sus danzas ceremoniales, creando un vínculo eterno con lo inmaterial.
Estas máscaras son más que simples trozos de madera; llevan grabadas historias de un pasado que se niega a desvanecerse, toscas esculturas de un tiempo en que los hombres caminaban hombro a hombro con lo sagrado. Hoy, nadie recuerda cómo esculpir tales semblantes, pues el arte de la escultura se ha perdido, un susurro olvidado en la brisa nocturna.
En el horizonte, los cerros elevados acarician el cielo con sus picos, igual que proezas sagradas, velando a los muertos que habitan su cima. Los kágabas saben, tan naturalmente como respiran, que las almas de sus ancestros ascendieron a esas alturas, convirtiendo las cumbres en moradas celestiales, en un ciclo eterno que resuena con mitos del vasto firmamento.
Así, estos cerros que se yerguen majestuosos, son el tejido de un lienzo sagrado que se extiende hasta Grecia, hasta México, y regresando a Sierra Nevada, donde cada roca es testigo eterno del susurro de los muertos y las risas de los vivos, entrelazados en un abrazo divino eterno.
Historia
El mito de los kágabas de la Sierra Nevada en el norte de Colombia relata la existencia de una deidad femenina llamada Gauteován, considerada como creadora de todas las cosas y madre primordial de la humanidad. Este mito también destaca la importancia del dios solar, que ocupa un lugar preeminente en sus cultos. En tiempos remotos, cuatro varones sagrados, considerados los padres originales de las dinastías de sacerdotes actuales, se convirtieron en héroes civilizadores para los kágabas. Estos patriarcas celebraron un pacto irreversible con el dios solar y otros espíritus de la naturaleza en favor de la humanidad. Parte de este pacto incluía que los demonios presididos por el sol "se quitaran el rostro" y cedieran sus caras a los hombres, lo cual se representa en la tradición de los kágabas mediante el uso de máscaras de madera en sus danzas. Además, los kágabas creen que los muertos habitan en los cerros más elevados, una creencia que se asemeja a la de otras culturas, como la griega, que consideraban las montañas símbolos del cielo y moradas de sus deidades.
Versiones
El análisis de las diferencias entre las versiones no implica contrastar dos relatos distintos de un mismo mito, sino más bien desglosar las características distintivas que presenta la versión única del mito de los kágabas con respecto a otras tradiciones mitológicas conocidas, como la de los chibchas o la mitología griega. En el relato de los kágabas, un elemento distintivo es la primacía del dios solar, quien es visto como el más poderoso entre los espíritus o demonios de la naturaleza, a diferencia de la deidad femenina creadora, Gauteován, que aunque notable, no ostenta la misma preeminencia en su culto. Esto contrasta con la tradición chibcha, donde la diosa Bachué ocupa una posición central. Adicionalmente, el mito kágaba destaca por la idea de un pacto con los demonios, quienes renuncian a sus rostros para dar poder a los humanos, manifestado simbólicamente en la costumbre de usar máscaras de madera durante las danzas, lo que diferencia notablemente a esta cultura de otras que pueden no presentar una interacción tan simbólicamente tangible entre humanos y deidades.
Otro rasgo distintivo es la concepción de los cerros más altos como morada de los muertos, un simbolismo que refleja una conexión con el cielo similar a la del Olimpo griego. Sin embargo, la versión kágaba parece otorgar a estos cerros no solo un sentido espiritual, sino también un significado práctico en su vida diaria, ya que el pacto con los espíritus define la relación directa entre los humanos y los elementos naturales. Esta idea de alcanzar una armonía con la naturaleza a través de los pactos es una noción más activa y simbiótica que en otras culturas, donde las deidades suelen operar de manera más autoritaria o distante. En resumen, la versión del mito kágaba presenta una rica mitología que subraya la interacción y el simbolismo profundo entre los humanos y el mundo espiritual, mostrando tanto paralelismos como divergencias significativas respecto a otras mitologías antiguas.
Lección
La armonía con la naturaleza es esencial para la existencia humana.
Similitudes
El mito se asemeja al Olimpo griego en cuanto a la morada de los muertos en los cerros y al uso de máscaras en rituales, similar a algunas tradiciones africanas.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



