Genus irritabile vatum

Caribe · Mestizo

Genus irritabile vatum

Una campaña colonial contra habitantes de El Carbón termina convertida en intercambio de versos y sátira entre Pedro Chiquillo y los expedicionarios.

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Genus irritabile vatum: la entrada del relato

El relato

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Doscientos soldados salieron de Santa Marta el día de la Cruz de Mayo, con pitos, cajas y chirimías, a entrar en la provincia de El Carbón, que quedaba en las faldas de la Sierra Nevada mirando al poniente. Lo mandaba el gobernador Francisco Marmolejo. Capitaneaba la jornada Pedro de Cárcamo y Orozco, hijo segundo de un gobernador difunto. Iba delante Christóbal de Almonacid con cincuenta arcabuceros, y cerraba la marcha Juan de Humán, vecino de Nueva Salamanca de la Ramada.

Cruzaron el valle de Betoma y las tierras de Pocigueica. Cayeron al amanecer sobre Zaraguato y ganaron. Más adelante desbarataron a otra parcialidad, y alguien propuso llamar a aquel sitio el pueblo de los valientes. Lo oyó Pedro Chiquillo, que era soldado de poca paga y mucha lengua, y dijo que valientes eran los españoles, y que aquellos se quedaban en valentejos. Le rieron la gracia y el nombre se pegó.

Asentaron el real en Duichirrea, en el centro de la tierra, y desde allí se desparramaron a arrasar sementeras. Los carboneros no salieron a pelear. Escondieron la comida.

A las pocas semanas los soldados andaban buscando yucas podridas por los rastrojos y cocinando loros que ni el diente más viejo podía con ellos. Fue entonces cuando aparecieron en el campamento unos emisarios. Todo el mundo corrió a ver qué traían de comer.

No traían comida. Traían una piedra con vetas de oro, mandada por el capitán Antonio Flórez desde el otro lado de la sierra, y un papel con una copla puesta en boca de la piedra:

En Taironaca nací

salida de peña viva.

¡Cierra España, arriba, arriba!

si queréis saber de mí.

A Cárcamo le picaron las musas. Se encerró en su estancia y estuvo un buen rato sudando hasta que sacó la respuesta, cuatro versos con el mismo pie, prometiendo que allá irían en acabando de aquí.

La tropa lo celebró mucho. Lo habría celebrado más con un plato.

Y en ésas volvió Pedro Chiquillo de una excursión, molido y con hambre atrasada, y se encontró el campamento entero festejando literatura. Se sentó a hacer cuentas y sacó las suyas: que ni la piedra valía un bledo ni el verso un maravedí; que allí holgarían mejor frisoles en vez de piedras, coles a cambio de versos, y ají en lugar de España. Remató diciendo que las tripas llevan corazón, pero el corazón no lleva tripa.

La tropa se vino abajo de risa.

Los dos capitanes, no. Cualquier crítica militar la habrían aguantado, y hasta un insulto. Lo que no pasaron fue que les tocaran la calidad del verso.

A Pedro Chiquillo lo echaron por puertas.

De Santa Marta se fue a Cartagena, de Cartagena a Porto Bello en un galeón, y de allí a Chile, donde le fue bien. Llegó a capitán, y después a sargento mayor, y en ese cargo se murió, viejo y considerado de chicos y grandes, poetas incluidos.

Genus irritabile vatum: lo que quedó del relato

La enseñanza

“A quien manda le duele más que le nieguen el talento que que le discutan la orden.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.5° · -74.2°

Ficha del relato

Contexto histórico

El texto no empieza contando: empieza repartiendo papeles. Antes de la primera línea de acción hay una lista de personajes con su descripción —«Pedro Chiquillo, Soldado travieso de muy bueno y festivo ingenio»—, una época, «año de Nuestro Señor de mil quinientos y noventa años», y hasta un decorado: «Proscenio: la provincia de Santa Marta». Enrique Otero D'Costa monta el episodio como un retablo y luego avisa que va a mover las cuerdas.

El título es una cita y no está traducida. «Genus irritabile vatum» es de Horacio, epístola segunda del libro segundo, y significa la raza irritable de los poetas. Ahí está la clave de lectura: lo que el autor va a contar no es una campaña militar sino la epidermis de dos capitanes que se creían escritores.

La pieza se publicó en las páginas 67 a 69 de «Leyendas», el conjunto de seis textos coloniales que la revista de la Universidad Pontificia Bolivariana sacó en su número 95, julio a diciembre de 1964, después de morir el autor. Va justo detrás de «Las Clavellinas» y delante de «El cacique Salomón». Esos seis textos venían de una cantera anterior: «Historietas. Leyendas y tradiciones colombianas», que la Casa Editorial y Talleres Gráficos Arturo Zapata imprimió en Manizales en 1934, y que Daniel Mauricio Preciado Camargo describe en 2015 como un libro deliberadamente sin aparato, donde el autor «no muestra una referencia documental específica sobre el uso de las fuentes con las que trabaja».

Esa manera de escribir era una posición y Otero la había defendido por escrito diez años antes. En junio de 1924, al informar a la Academia Colombiana de Historia sobre un libro de leyendas de Manuel José Forero, le reprochó quedarse en «la cuerda amorosa o de espantos» y reclamó las otras: «las cuerdas guerreras en tierra y mar, la taumatúrgica viajera, unas veces festivas, traviesas, otras trágicas, heroicas». El informe está en el Boletín de Historia y Antigüedades número 166, páginas 632 y 633. Esta pieza es la cuerda festiva, y de las seis del conjunto es la única que se ríe.

El autor había nacido en Bucaramanga en 1883, pero conocía el terreno del que habla por oficio: vivió en la costa más de una década y fundó en Cartagena su academia de historia. Los topónimos que usa —Betoma, Pocigueica, Zaraguato, Duichirrea— son de crónica, no de mapa moderno.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más próximo está cuatro páginas atrás, en el mismo conjunto. «El castellano de San Juan», páginas 61 a 63, también resuelve una operación militar de la provincia de Santa Marta por el estómago, pero al revés: allí el sitiado convierte su hambre en arma tirándole al enemigo el último pedazo de carne, y aquí los invasores pierden porque el hambre los alcanza dentro de la casa ajena. Las dos piezas son del mismo autor y del mismo territorio, y en las dos el desenlace lo decide quién controla la comida y no quién tiene más armas.

El segundo parentesco lo pone el título y viene de muy lejos. «Genus irritabile vatum» es de las «Epístolas» de Horacio, libro segundo, epístola segunda, y nombra un tipo humano que la literatura latina ya tenía catalogado: el poeta que soporta cualquier cosa menos que le discutan el verso. Poner esa etiqueta encima de una entrada de conquista en la Sierra Nevada es el chiste entero, y significa que el autor no está contando un episodio americano sino ilustrando con él un lugar común europeo de mil seiscientos años antes.

El tercer parecido es de hechura: el duelo en coplas por turnos, donde cada réplica toma el metro y la rima de la anterior para desmentirla. Es la mecánica de la copla de contestación, y aquí funciona en tres turnos, con el tercero echando abajo los dos primeros.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Hay dos maneras de leer esta página según qué se ponga en primer plano, y el propio texto las deja las dos servidas.

  2. Leída como el autor la presenta, es la historia de un soldado con chispa al que expulsan por burlarse de los versos de sus jefes, y que acaba haciendo carrera en el otro extremo del imperio. El castigo se vuelve suerte y el chiste tiene final feliz.

  3. Leída por lo que cuenta sin querer, es otra cosa. Doscientos hombres armados entran en un territorio, arrasan sementeras, y a las pocas semanas están cazando loros por los rastrojos porque los habitantes escondieron la comida. Los carboneros ganan la campaña sin dar batalla, y el texto lo dice de pasada, como un inconveniente del asedio. El refrán que el propio Otero cita —«destroza más un español en un día que comen diez indios en un mes»— es la clave de esa segunda lectura, y está puesto para justificar el saqueo.

  4. El autor apoya la escenografía en dos cronistas sin citar página: el Padre Simón, para los picos de la sierra que «se meten barrenando hasta bien dentro de la media región del aire», y el padre Antonio Julián, de quien toma el apodo «La Perla de la América» para la provincia. Ninguno de los dos respalda el episodio de las coplas: sostienen el paisaje.

  5. Quedan dos vacilaciones del impreso. El valle aparece como Betona en el cuerpo del texto y como Betoma en la tradición del topónimo, y el soldado se llama Pedro Chiquillo en el reparto y Pedro Chiquito cuando lo expulsan. Son deslices de taller, no variantes de la tradición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Magdalena · Caribe
Referencias
10
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Leyendas

    revistas.upb.edu.co

    Imprime la pieza en las páginas 67 a 69 y es el único registro que la fija. De aquí sale todo: el reparto explícito con que abre —«Pedro Chiquillo, Soldado travieso de muy bueno y festivo ingenio»—, la época «de mil quinientos y noventa años», el «Proscenio: la provincia de Santa Marta», la entrada que ordena el gobernador Francisco Marmolejo contra los indios de la provincia de El Carbón, los doscientos soldados que salen el día de la Cruz de Mayo, el hambre en el real de Duichirrea, la piedra con vetas de oro, las dos coplas de los capitanes y la cuarteta del soldado que remata con «ni la piedra vale un bledo / ni el verso un maravedí». También el destierro y la carrera posterior en Chile.

  2. La fortaleza de los llanos de Bonda. Conquista de una frontera del reino español en el siglo XVI

    redalyc.org

    Es lo único que se localizó en abierto que documenta el escenario de esta pieza sin pasar por Otero. Enumera las provincias indígenas que los españoles distinguían en la Sierra Nevada —«Osariona, Taironaca, Orejones, Carbón, Betoma, Pocigüeica, Aruacos, y los fronterizos a Santa Marta»— y sitúa Pocigueica y Betoma a seis leguas al sur de Santa Marta, descritas por el gobernador Luis de Rojas como «la mas rrica tierra de naturales y minas». Explica además que esa clasificación en provincias respondía a homogeneidad cultural y dialectal y no a cacicazgos políticos unificados, y describe la fortaleza de Bonda como base de las entradas contra los poblados vecinos: la mecánica militar exacta que el relato cuenta en clave de chiste.

  3. Epistularum liber secundus, epístola II

    thelatinlibrary.com

    Contiene el verso del que sale el título y que el relato no traduce: en la línea 102 de la segunda epístola del libro segundo se lee «Multa fero ut placem genus inritabile uatum», soporto mucho para aplacar a la raza irritable de los poetas. El contexto importa para leer la pieza: Horacio está describiendo a dos literatos que se elogian mutuamente y se pican en cuanto alguien les discute el verso —«Discedo Alcaeus puncto illius; ille meo quis?»—, que es exactamente lo que hacen aquí el capitán Flórez y don Pedro de Cárcamo en mitad de una campaña militar en la Sierra Nevada.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. La perla de la América, provincia de Santa Marta, reconocida, observada y expuesta en discursos históricos

    archive.org

    Es una de las dos autoridades que Otero llama en su apoyo dentro de la pieza, y de la que toma el apodo con que nombra a la provincia: la perla de la América. Permite comprobar de dónde viene la escenografía —el elogio de la riqueza y de la fertilidad de la gobernación de Santa Marta, escrito por un jesuita que misionó allí— y medir su distancia con el episodio: Julián escribe casi doscientos años después de la fecha interna del relato y con un propósito de promoción económica del territorio.

  2. Hacia una nueva comprensión de la historiografía colombiana: breve historia intelectual de Enrique Otero D'Costa (1883-1964)

    repository.urosario.edu.co

    Explica por qué a Otero le interesa un soldado raso y no el capitán. Describe el empeño del autor por «dar cuenta de las mentalidades de las personas que vivían dentro de la rígida estructura social colonial, desde los notables hasta aquellos pertenecientes a los sectores populares», que es literalmente el reparto de esta pieza: dos capitanes con pretensiones de poeta y un soldado travieso que los desarma con cuatro versos. Y establece que «Historietas», el libro del que sale, está escrito deliberadamente sin aparato, sin «una referencia documental específica sobre el uso de las fuentes». Documenta además la vida cartagenera del autor con el fondo Otero D'Costa del Archivo General de la Nación, en las páginas 16 y 33.

  3. Boletín de Historia y Antigüedades, año XIV, n.º 166

    academiahistoria.org.co

    En las páginas 632 y 633 está la poética que esta pieza ejecuta. Al informar en junio de 1924 sobre un libro de leyendas de Manuel José Forero, Otero le reprocha quedarse en «la cuerda amorosa o de espantos» y reclama las otras, entre ellas «las cuerdas guerreras en tierra y mar» y las «festivas, traviesas». De las seis piezas del conjunto ésta es la única que se ríe: es el autor cumpliendo, diez años después, su propio programa. En las páginas 629 a 631, el informe de candidatura certifica en 1924 que fundó la Academia de Historia de Cartagena y dirigió dos años su «Boletín Historial», que es lo que documenta su arraigo caribeño.

  4. La selección Samper Ortega, 1926-1937: historia de un gran legado bibliográfico

    banrepcultural.org

    Da el número exacto que ocupa Otero D'Costa en la Selección Samper Ortega —el 39, «Leyendas»— y con él la vía por la que una leyenda de la provincia de El Carbón, escrita para una revista regional, acabó circulando como lectura escolar en todo el país. Explica también el criterio de la colección, pensada para difundir literatura colombiana en ediciones baratas, que es lo que convirtió un episodio samario del siglo XVI en texto canónico.

  5. Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias occidentales

    archive.org

    Es la otra autoridad que Otero invoca dentro de la pieza, y sólo para el paisaje: de aquí saca la descripción de los picos de la Sierra Nevada que «se meten barrenando hasta bien dentro de la media región del aire». Sirve para comprobar que el decorado del relato viene de la crónica del siglo XVII y no de la observación del autor, y para situar la clase de fuente con que Otero trabajaba cuando decidía no dar página.

  6. Breves anotaciones sobre la historia de la ciudad de Santa Marta

    academiadehistoriadelmagdalena.org

    Corrobora, fuera de Otero, la mecánica que decide el episodio: que en la provincia de Santa Marta la guerra la ganaba quien controlaba la comida. Escribe que «una férrea resistencia de los indígenas Bondas y Chimilas con emboscadas en los caminos impedían la búsqueda de alimentos», que es literalmente lo que en el relato deja a doscientos soldados cazando loros por los rastrojos en el real de Duichirrea. Añade el marco de la gobernación en esos años —la búsqueda aurífera concluida, el escaso contacto con la península, los reductos indígenas que no se sometían tierra adentro— y recuerda que el hambre y la emboscada eran la norma de esas entradas, no el desenlace cómico de una anécdota.

  7. Tradición oral y conducta en Córdoba, sección «copla y décima», pp. 188-231

    zapataolivella.univalle.edu.co

    Sostiene el tercer paralelo de «Similitudes», el de hechura: el duelo en coplas por turnos, donde cada réplica toma el metro y la rima de la anterior para desmentirla. La sección de copla y décima de este corpus, recogido con grabadora en el Medio y Bajo Sinú entre 1969 y 1970, documenta esa mecánica de contestación viva en el Caribe colombiano, y permite decir que lo que en la pieza de Otero parece un chiste de letrados es una forma de composición popular con su propia gramática: turno, molde métrico heredado y remate que derriba lo anterior. Aquí funciona en tres turnos, y el tercero echa abajo los dos primeros.

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Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Genus irritabile vatum» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Genus irritabile vatum» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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