En una época donde lo divino y lo humano se entrelazaban en un baile constante de creación y destrucción, caminaba Chautéh, una figura portentosa cuya esencia era capaz de moldear la tierra misma. Se decía que sus pasos eran los acordes que dictaban el fluir del mundo, aunque nunca se sabía si era él quien seguía a la tierra, o si la tierra era la que, reverente, seguía sus trazas.
Un día, con el sol apenas filtrándose tímidamente entre las nubes grises que abrazaban el páramo, Chautéh emprendió su camino hacia lo desconocido, persiguiendo el incierto murmullo de lo que vendría. Sin embargo, aquel día el destino le tenía preparada una prueba de naturaleza sedienta. La sed se apoderó de él como un amante celoso, secando su garganta con una voracidad que solo los dioses conocen. Mientras sus pies lo llevaban por caminos ocultos, descubrió un pantano, una hondonada de misterio donde el agua yacía silenciosa, aparentemente ajena al clamor del páramo.
Armado con un carrizo de monte, Chautéh clavó su arma en el corazón de la ciénaga y bebió de su espíritu líquido, que respondía con abundancia desbordante, llenando el aire de una promesa húmeda. Sin embargo, este agua recién nacida parecía confusa, pues no se decidía por un rumbo definido; simplemente existía, en silencio, como quien duda sobre su destino. Chautéh, al notar esto, continuó su caminata, y con cada paso, el agua, que ya parecía aún más consciente, lo seguía vertiginosa y resplandeciente, como los secretos del mundo que anhelan salir a la luz.
La imagen era insólita: por donde marchaba Chautéh, el agua lo acompañaba, recreando una danza de sombras líquidas. En su deseo por entender por qué aquellas aguas lo seguían sin descanso, Chautéh, cual niño curioso jugando al escondite, optó por subir a un árbol. Pensó que quizás, al quedarse quieto, el agua encontraría su propio camino. Pero como un niño que busca la mirada protectora de un padre, el agua permaneció a sus pies, envolviendo las raíces del árbol en caprichosos charcos que reflejaban el vasto cielo.
Al retomar su senda, Chautéh probó una nueva estrategia. Corrió, riendo entre jadeos y gitanas sonrisas que desaparecían en el viento con eco mágico. Corrió en zig-zag, sus movimientos dibujando senderos intrincados como la vida de los ríos. El agua, que era vida en sí misma, no desistió en su empeño de seguir a su creador. Y así, uno tras otro, los días se sucedieron como páginas en un libro, Chautéh y el río pareciendo dos hilos de una trama inseparable.
Cuando llegaron a La Plata, un lugar donde los secretos de la tierra se hacen visibles, el río, ya con un alma propia, replicó en sus curvas la danza zigzagueante que había aprendido, creando un caleidoscopio de remolinos y corrientes juguetonas, una repetición eterna del juego entre Creador y creación. Pero Chautéh, sintiendo en sus huesos el cansancio de la eternidad y la sed saciada, decidió legar la fuerza de aquella agua/su agua a un río mayor, el Magdalena, cuyas aguas poderosas acunaban historias antiguas en cada gota.
Y así, el río Páez, nacido de la sed de un dios y la devición de una corriente, entonó su canto perpetuo entre las montañas y valles, un recordatorio de la eterna conexión que existe entre quien crea y lo que es creado. Se dice que todavía, al amanecer, cuando la neblina se disuelve suavemente, se puede ver la sombra de Chautéh caminando sobre las aguas, recogiendo el hilo de una danza sin fin, entre la tierra y el cielo, entre lo que fue y lo que siempre será.
Historia
El mito del origen del río Páez se centra en la figura de Chautéh, quien habría creado el río debido a su búsqueda de agua para saciar su sed. Según la historia, Chautéh iba por un camino y atravesó un páramo donde no había agua. Al encontrar un pantano en el monte, utilizó un carrizo de monte para extraer el agua clavándolo en el pantano. Después de beber hasta saciarse, el agua comenzó a seguirlo. A pesar de sus esfuerzos por evitar que el agua lo alcanzara, corriendo en zigzag y subiendo a un palo, el agua continuó avanzando y tomando la forma del río con muchas vueltas, tal como se observa en La Plata. Finalmente, Chautéh dejó que la corriente fluyera hacia el río grande, el Magdalena.
Versiones
El mito presentado ofrece una única versión del relato sobre cómo Chautéh creó el río Páez, y no se presentan otras versiones para realizar un análisis comparativo. Sin embargo, se pueden analizar algunos elementos característicos que podrían variar en diferentes versiones de mitos similares. En este relato, Chautéh se convierte en un creador accidental de un río debido a su necesidad de saciar la sed y su interacción física directa con el entorno, marcando un enfoque centrado en la agencia individual y la interacción con la naturaleza. La narrativa sigue un motivo de causa-consecuencia, donde el río se forma a partir de acciones específicas realizadas por el protagonista, implicando una relación casi mágica y mítica con el mundo natural.
En comparación con otros relatos mitológicos donde la creación de ríos puede involucrar combates entre seres de poder, actos divinos concertados, o transformaciones míticas, esta versión cuenta con un tono más cercano al relato oral, donde el protagonista actúa por necesidad personal. Además, el zigzag de Chautéh puede simbolizar humanidad y fatiga, dándole un carácter menos solemne y más humano. Si hubiera versiones alternativas, podrían introducir diferencias como motivos más ritualísticos, participación de entidades sobrenaturales distintas, o un mayor enfoque en lecciones morales, cada una resaltando valores culturales diversos dentro de la cosmología de la comunidad.
Lección
La interacción con la naturaleza puede dar origen a grandes cambios.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos como el de Narciso, donde el agua también juega un papel crucial, y a mitos japoneses donde los dioses interactúan directamente con la naturaleza.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



