En la penumbra de la vasta península de la Guajira, una tierra donde los vientos susurran secretos ancestrales y las arenas borran los pasos del tiempo, vivía un indio wayuu, cuyo corazón se había convertido en un mar profundo de tristeza. Su esposa había partido al más allá, pero su amor traslucía la barrera entre la vida y la muerte. Noches enteras lloró por ella, un llanto tan prolongado que el mismo universo se conmovió.
Una noche, mientras la luna tejía su manto plateado sobre la tierra, su esposa regresó. Tenía la apariencia que había tenido en vida, una presencia que era tan tangible como un soplo del viento. En el umbral de sus sueños, ella se presentó. "Esposa mía, no me dejes," suplicó el guajiro, pero ella, silenciosa como la bruma, cruzó frente a él.
¡Ven conmigo!, dijo ella al siguiente alba, posada en el límite entre sueño y vigilia. Él, inmerso en su desolación, aceptó. Ella lo cargó sobre sus espaldas, y juntos atravesaron el agua infinita hacia Jepira, la tierra de los muertos wayuu. En el camino, su marcha era grácil, como la danza de un pelícano sobre las olas.
Al llegar a la otra orilla, la búsqueda de saciar la sed los condujo al guardián del agua, un alcaraván que custodiaba la entrada a un pozo sagrado. "El agua aquí no es para los vivos," decía su mirada fija. Pero el guajiro bebió primero, y luego su esposa. Continuaron su andar hasta una montaña, umbral entre este mundo y el otro.
Se encontraron con un paisaje perturbador: gentes ebrias celebraban banquetes sobre las sepulturas. Caballos espectrales galopaban sobre suelo movedizo y cenagoso, mientras viejos conocidos, ya fallecidos, reconocieron al guajiro con voces de bienvenida.
Durante días permaneció con su esposa, quien sólo se le permitía compartir lechos en ilusiones evanescentes, siempre distante, siempre esquiva. Cuando ella partió para una danza, advirtiéndole que los rituales de los muertos no eran paisaje para los vivos, él la siguió, enfrentándose a un espectáculo de luces rojas y tamborileos que reverberaban en su alma.
Los celos, el infranqueable muro de lo incomprensible, lo atormentaron al ver a su amada entrelazada con sombras de otros tiempos. Humillado y abandonado, su regreso a la tierra de los vivos se tornó periplo.
En su errancia, se encontró en un camino bifurcado hacia Juyá, el que trae la lluvia, el abuelo eterno del wayuu. El paisaje era un caleidoscopio de frutos y animales que mutaban con el capricho de los sueños. Guiado por curiosidad y hambre, el guajiro comenzó a cazar a los espíritus de los campos, que se disfrazaban de caza y cosecha.
Los encuentros con el poderoso Juyá tejieron un lienzo de enseñanzas sobre la naturaleza de lo mortal e inmortal. El guajiro, con coraje inocente, escuchó de las plantas que hablaban, de auyamas y patillas que ocultaban secretos bajo pieles brillantes y rugosas, de conejos que eran hombres.
En medio de esta prueba divina, Juyá lo puso al amparo de su morada, advirtiéndole del poder de su esposa, Pulowi, la devoradora de vida. En un momento de insensatez, el guajiro sucumbió a la curiosidad. Vio a Pulowi en su esencia primordial y cayó, como fulminado por un rayo de otros mundos.
La araña anciana, tejedora de destinos y secretos, lo rescató. Con su hilo tejido de susurros y lunas, lo devolvió a su tierra, advirtiéndole que el relato de su travesía debía morir con él si quería seguir respirando.
Al regresar, envejecido por el tiempo, su propia madre y hermana lo recibieron como un recuerdo perdido. Guardó silencio, pero el peso del viaje había penetrado su alma, y un día, incapaz de cargar con el misterio, desató la lengua. Al hacerlo, el tejido invisible que lo mantenía atado a la vida se deshizo. En ese instante, la península calló un poco más su eterno susurro y el guajiro se unió a su esposa en Jepira, ahí donde las sombras se vuelven luz y los sueños, realidad.
Historia
El origen del mito proporcionado parece pertenecer al pueblo Wayuu, un grupo indígena ubicado en la península de La Guajira, que se extiende entre Colombia y Venezuela. El mito describe el viaje de un hombre guajiro al reino de los muertos, guiado por su difunta esposa, quien lo lleva a Jepira, la tierra de los muertos. Este mito está lleno de simbolismo cultural propio de la cosmovisión Wayuu, como la interacción con espíritus y figuras sobrenaturales, como Juyá y Pulowi, que reflejan aspectos de la naturaleza y la vida después de la muerte. También se menciona a Alekerü, la araña, que salva al guajiro al final de la historia. La narrativa refleja creencias sobre la vida, la muerte y el más allá, así como la importancia de seguir normas culturales y tabúes para evitar consecuencias desastrosas. El mito se centra en la transición del mundo de los vivos al de los muertos y el retorno al mundo terrenal, destacando la interacción continua entre estos dos planos en la cosmología Wayuu.
Versiones
La versión del mito guajiro sobre el indio Wayuu que persigue a su esposa muerta ofrece una rica narrativa centrada en el viaje entre el mundo de los vivos y los muertos. Un aspecto fundamental que se puede observar es la caracterización del viaje hacia Jepira, la tierra de los muertos. En el relato, la interacción con seres sobrenaturales, como Alcaraván, el guardián del agua, y el linaje de Juyá y Pulowi, revela una compleja mitología donde las fronteras entre la vida y la muerte, y entre el mundo humano y el sobrenatural, son permeables. A lo largo del relato, el protagonista se encuentra con varias entidades y obstáculos que simbolizan los peligros y las tentaciones al cruzar estos umbrales, reflejando la coexistencia y el conflicto entre deseos humanos y normas espirituales.
La narrativa también pone de relieve el papel de los rituales y las advertencias en la relación del guajiro con los muertos. Por ejemplo, el paisaje onírico transforma los eventos a través de metáforas visuales de frutas y animales que tienen significados ocultos, manifestando las pruebas que enfrenta el protagonista. El elemento de no revelar ciertas experiencias a los vivos conecta con la idea de la muerte como un viaje irreversible, donde romper con tabúes puede sellar el destino de uno mismo. La advertencia final de la Araña sobre el silencio que debe guardar el guajiro destaca la importancia de los secretos y el respeto por lo inexplicable para sobrevivir. Por lo tanto, la historia subraya tanto la vulnerabilidad humana frente a las fuerzas místicas como la interdependencia entre los dos mundos, donde la revelación y el olvido juegan roles críticos en la continuidad de la vida y el alma en la cosmología wayuu.
Lección
El respeto por los secretos del más allá es crucial para la supervivencia.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Orfeo y Eurídice, donde el protagonista busca a su amada en el reino de los muertos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



